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miércoles, 22 de enero de 2014

Entrevista a un extraterrestre. Capítulo 3

—Bien, Jonhy. Comenzamos a saber más cosas sobre ti. ¿De verdad los gobiernos, sabían de vuestra existencia y nos lo han ocultado? —Preguntó el presentador—. Siempre ha habido rumores sobre eso, pero la habilidad de los altos mandatarios de esconder la verdad es cada vez mayor.


—Por supuesto que lo sabían, es más, me consta que conocen a un total de 12 razas diferentes de seres que no habitan este planeta, pero lo han visitado alguna vez, —contestó Jonhy con tono simpático.


—¿Quieres decir que en tu planeta existen otros seres?


—Claro que existen. Igual que aquí hay animales, allí también hay otras especies diferentes a nosotros, pero la nuestra es la más avanzada, como el humano aquí. Los seres de otros planetas a los que conoce vuestro gobierno, no son todas de nuestro mundo; hay de hasta 9 planetas diferentes.


—Deduzco que, seres de 9 planetas diferentes han visitado nuestro planeta alguna vez, ¿es eso lo que quieres decir, Petaca?


—Exacto, eres muy hábil, Anthony, amigo.


—¿Y desde cuándo crees, o sabes, que nuestro gobierno tiene esa serie de

miércoles, 15 de enero de 2014

Entrevista a un extraterrestre. Capítulo 2

    Aproveché la pausa para consultar las redes sociales y publicar lo que estaba viviendo. Mi sorpresa fue enorme al comprobar que, la mayoría de noticias de mis amigos de la red hacían referencia directa hacia lo mismo, la entrevista a Jonhy Petaca, el extraterrestre. Desistí de publicar lo mío para no saturar la red con noticias redundantes y me dediqué a leer lo que opinaba la gente.


    —Maira, cariño. Todos parecen estar al tanto de lo que sucede aquí, la noticia está corriendo como la pólvora, —le dije posando mi mano sobre la suya, que ya había dejado de presionar con tanta fuerza mi muñeca. Ella me miró con una expresión de evasión completa; parecía estar fuera de ella misma. No sabía por qué, nunca la había visto así, pero fuera lo que fuese, el tal Jonhy Petaca, parecía haber eclipsado a la mujer que tanto amaba.


    —Quiero irme de aquí, Bruce, —dijo con esa expresión de mil demonios y con la mirada perdida en algún punto del interior de mi cara. Me dejó algo preocupado, las únicas veces que escucho mi nombre pronunciado por sus labios es cuando algo no va bien.


    —Pero, ¿qué dices? Si esto está en su punto más interesante. Mira lo que dice la gente en las redes. Mira ese tío, si es un actor, lo está haciendo genial. Estos de la tele se las saben todas, —contesté acercándole el móvil para que pudiese ver algunas noticias de gente

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Dulce aventura

Ocurrió hacia las 2 de la madrugada, de aquel 26 de diciembre, de 2003. Me dirigía con mi coche a casa, venía de pasar varios días con la familia en la pequeña aldea donde me crie.


    Un tramo de carretera de montaña llena de curvas y por la que es difícil cruzarse algún coche, separa la ciudad de esa aldea. Escuchaba la radio, sonaba un debate sobre la Navidad y sobre la ilusión que producía el consumismo puro y duro en estas fechas tan entrañables y señaladas en todo el mundo. El pequeño Fido Dido que colgaba de mi espejo retrovisor central, se movía empujado por la inercia en cada curva. La oscuridad sería absoluta de no ser por la creciente y casi llena luna, que bañaba todo el monte, regalando un paisaje digno de apreciar.


    Giré dos curvas muy cerradas, una a izquierda y otra a derecha, nada más salir de la segunda, mis reflejos se vieron puestos a prueba, para tratar de detener el vehículo en seco. Un coche con los cuatro intermitentes estaba parado en medio de la carretera, delante de ese, había más, todos igual, con las luces puestas y los intermitentes centelleando; parecía más un atasco de los que se forman a hora punta en las entradas y salidas de la ciudad. No era propio encontrarse eso allí. Mi sorpresa fue considerable al observar tal fenómeno, en mis 40 años de vida, jamás me había visto obligado a parar por encontrarme un coche parado delante de mí. Algún frenazo brusco por cruzarse algún animal salvaje, pero nada

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Giro inesperado

Había una vez, un perro muy pequeño y muy tímido. Se paseaba por la calle huyendo de todo lo que se movía, se escondía todo lo que podía, temblando de miedo. Sólo en el hogar, se sentía cómodo y seguro.


    Un día, el perrito se dio cuenta de que si seguía así, jamás encontraría una madre para sus hijos, así que, después de pensarlo con detenimiento, fue a buscar a su dueño, ladrándole con alegría para que le sacara a pasear; su amo, que lo conocía a la perfección, no entendía por qué quería salir para luego ir escondiéndose. Aun así, le puso la correa y salieron a la calle. Cuál fue la sorpresa de su dueño, al ver que, ante el primer perro que vieron, Haki, que es como se llamaba, salió corriendo a saludarle moviendo el rabo alegremente. Su actitud cambió por completo y empezó a socializar con los demás perros del barrio, tanto fue así, que Haki, en poco tiempo, se había ganado la confianza de todos y ahora cuando salía, los demás perros y perritas más guapos, querían seguirle donde fuera. Y así, consiguió el respeto y la admiración de todos, perros y dueños. Consiguió una estupenda madre para sus hijos y su dueño, Steven, conoció al dueño de ésta; él era un considerable directivo, de una importante empresa de expansión mundial, que al conocer la historia de Haki, contrató a Steven, dándole uno de los mejores puestos de la empresa. Sus vidas dieron un giro inesperado y repentino, y sus días cambiaron para siempre. Jamás tuvieron que preocuparse por nada más que ser felices y disfrutar de la vida que les había tocado vivir. Y todo por un simple cambio de actitud del perro, enfrentándose a sus miedos.



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miércoles, 30 de octubre de 2013

TRECE

Una luz dorada incidió en sus párpados, tentándole a descubrir sus ojos; al abrirlos, pudo distinguir en el techo de esa habitación, el número trece, grande, con letra nítida y elegante. La mencionada luz nacía del interior del número. Esmeralda se quedó pasmada y aterrorizada. No sabía dónde ni por qué estaba ahí. En su memoria comenzaron a florecer recuerdos de experiencias que, desde hacía unos días, habían tenido lugar en su vida, con referencia a ese número.




Todo comenzó una bella mañana de otoño. Ella estaba regando las plantas de su jardín, como era habitual cada mañana. El teléfono móvil sonó en el interior de la casa y Esmeralda corrió a cogerlo. La llamada entrante era por parte de un número sin identificar, al descolgar, silencio; un silencio vacío, inquietante. La llamada se cortó poco después y en la pantalla del móvil sólo quedó la hora; las 10:13. No le dio demasiada importancia, pero sí se le quedó grabada esa hora en la mente; era muy supersticiosa y según la gente en general, ese número, el trece, da mala suerte. Siguió con sus tareas habituales durante todo el día, pero no fue un día como los demás, la misma llamada se repitió otras dos veces; a las 16:13 y a las 21:13 horas. A Esmeralda no le hacía ninguna gracia pensar en el hecho de que alguien le estuviese gastando una broma pesada, sabiendo su debilidad supersticiosa. Llamó a las personas que podían haber pensado en hacer algo así y se dio cuenta de que nadie lo había hecho, entonces, ¿quién podía estar llamándola desde un terminal con el número oculto y siempre a los trece minutos de una determinada hora? No tenía ni idea, pero ese hecho le erizaba el bello de todo su cuerpo cada vez que lo pensaba. Su marido, Jorge, conocedor del gran temor que sentía ella por sus supersticiones, trató de consolarla restando importancia a ese

miércoles, 2 de octubre de 2013

Cuando fui

Un sonido de terror se escuchó en la otra habitación, poco después del último golpe.


    Cuando fui hasta allí, me di cuenta de que no podía parar de llorar. Sus manos ensangrentadas; sus ojos vestían el miedo y el dolor en su entera forma. No pude resistir el empuje de hacerlo, el niño me cogía de la mano: —mamá, mamá, ¿qué le pasa a papá?—. Tenía que hacerlo, —sus tíos sabrán cuidar de él, —me dije—. Me miré al espejo; un extraño pálpito recorrió mi cuerpo, al ver tales moratones recientes en mi cara. Acurruqué mi cuerpo junto al de él, abracé al bebé lo más fuerte que pude y con la otra mano apreté el gatillo del arma que sostenía mi marido inerte, con la que se acababa de suicidar, y que en este momento apuntaba a mi pecho.


    El niño creció con el trauma de haber vivido esa horrible escena con apenas 4 años. Su maduración fue precoz, y a sus 18, ya era una persona totalmente independizada, autosuficiente y poseedor de un don especial de tratar con delicadeza a las mujeres; aprendió a ser un hombre siendo niño gracias a los errores de su difunto padre.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El sueño i-real

Un día, me encontraba en mi pequeño pueblo observando cómo se llevaban a cabo las obras en un espacio natural; se estaba remodelando para que fuese un lugar más turístico y agradable. Al ver los progresos que iban alcanzando las obras, un extraño y mágico recuerdo de un sueño invadió mi mente por completo; era un sueño repetitivo que tenía cuando era muy pequeño, el cual vivía como si fuese real, cada vez que me sucedía:


    La luna es la única luz que alumbra este barranco; sus aguas han sido sustituidas por ramas secas de las que cuelgan extrañas telas rasgadas, que dan la sensación de ser un lugar abandonado y perdido. —Ya estoy aquí de nuevo, —me digo consciente de que es un sueño, pero sabiendo que es tan real que no puedo evitar vivirlo como tal, algo verdadero—. Al ser un sueño repetitivo, ya sé lo que va a pasar, sin embargo, vuelvo a tener el mismo comportamiento que siempre. Comienzo a andar por la senda que acompaña al barranco por uno de sus lados, camino y camino sin descanso, es de noche, cada vez estoy más adentrado en la perdida maleza vegetal; tengo miedo, pero continúo. Llego a un sitio donde hay un pequeño lago, —al menos aquí sí hay agua, —pienso—. La superficie está tan calma, que resalta el dibujo perfecto de la luna llena en ella. Me quedo mirándola atolondrado. El crujir de una rama llama mi atención; mis ojos se clavan en un árbol que se alza en una de las paredes contiguas al lago. Conozco este lugar pero, en ese árbol, entre sus ramas, ahora hay una caseta de madera perfectamente montada. La miro fascinado, descubro una escalera que da acceso a ella. Me dispongo a subir cuando un sonido humano distrae mi atención; proviene de la casita del