Mostrando entradas con la etiqueta casualidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta casualidad. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de mayo de 2014

Un debate sobre sueños

¿Y qué pasa cuando una casualidad se convierte en causalidad? ¿O es que no existen las casualidades y sí las causalidades? Eso mismo me pregunté yo la noche de ayer, una de tantas veces que me he formulado esa clase de incógnitas. Mis conclusiones son mías, no por ellos deben ser, necesariamente, equivocadas.


    A menudo escuchamos a alguien decir: «Vaya casualidad». Es muy convencional utilizar esa expresión cuando algo nos resulta fruto de una suerte extraña, de una conjugación de actos que llevan inevitablemente a ese hecho que nos deja boquiabiertos, anonadados, absortos en un misterio imperturbable al que no somos capaces de acceder, al menos conscientemente. Es entonces cuando dejamos que la suerte magna dé su explicación, que es tan limitada como nuestro frágil entendimiento. Pocas personas son capaces de pararse a pensar que esa «casualidad» es fruto de un sinfín de actos llevados a cabo intencionadamente por cada individuo, y es que, sin que nosotros lo sepamos o lo entendamos, a nuestro alrededor actúan una infinidad de fuerzas que tienen que ver directamente con cada uno de nosotros y lo que nos rodea. Nada es al azar, por lo tanto me aventuro a decir, que la llamada suerte no existe en realidad, sino en una ínfima parte de nuestro cerebro, catalogada con ese término coloquial que parece darle sentido a todo lo que no tiene ninguna explicación lógica para nosotros, el ser humano. Pero, ¿quién soy yo para afirmar algo tan contrario a las creencias de la mayoría de las personas? Pues… sólo un hombre que no se conforma con pensar que todo es cómo nosotros creemos que es. Bajo mi punto de vista, no tenemos ni siquiera una remota idea de qué rige en realidad a la vida en su exponente máximo. Y con estas palabras os relato uno de los múltiples hechos que me han ocurrido a lo largo de mi curiosa e insignificante vida, llena de esas casualidades que según muchos, son fruto de la poderosa suerte; yo digo que es causa del destino que uno mismo se preocupa en

miércoles, 30 de octubre de 2013

TRECE

Una luz dorada incidió en sus párpados, tentándole a descubrir sus ojos; al abrirlos, pudo distinguir en el techo de esa habitación, el número trece, grande, con letra nítida y elegante. La mencionada luz nacía del interior del número. Esmeralda se quedó pasmada y aterrorizada. No sabía dónde ni por qué estaba ahí. En su memoria comenzaron a florecer recuerdos de experiencias que, desde hacía unos días, habían tenido lugar en su vida, con referencia a ese número.




Todo comenzó una bella mañana de otoño. Ella estaba regando las plantas de su jardín, como era habitual cada mañana. El teléfono móvil sonó en el interior de la casa y Esmeralda corrió a cogerlo. La llamada entrante era por parte de un número sin identificar, al descolgar, silencio; un silencio vacío, inquietante. La llamada se cortó poco después y en la pantalla del móvil sólo quedó la hora; las 10:13. No le dio demasiada importancia, pero sí se le quedó grabada esa hora en la mente; era muy supersticiosa y según la gente en general, ese número, el trece, da mala suerte. Siguió con sus tareas habituales durante todo el día, pero no fue un día como los demás, la misma llamada se repitió otras dos veces; a las 16:13 y a las 21:13 horas. A Esmeralda no le hacía ninguna gracia pensar en el hecho de que alguien le estuviese gastando una broma pesada, sabiendo su debilidad supersticiosa. Llamó a las personas que podían haber pensado en hacer algo así y se dio cuenta de que nadie lo había hecho, entonces, ¿quién podía estar llamándola desde un terminal con el número oculto y siempre a los trece minutos de una determinada hora? No tenía ni idea, pero ese hecho le erizaba el bello de todo su cuerpo cada vez que lo pensaba. Su marido, Jorge, conocedor del gran temor que sentía ella por sus supersticiones, trató de consolarla restando importancia a ese

domingo, 20 de octubre de 2013

Perfume. Capítulo 14

Miro a Sandra, ella habla con el teléfono, su cara es un poema de amor.


—Hola, Carlos. Precisamente ahora, estaba pensando en escribirte. ¿Cómo estás? —Continúa Sandra, sin poder borrar la sonrisa de su rostro.


Yo, mientras tanto, deleito mi olfato, colocando mi nariz por encima de la copa mientras le doy unas vueltas al vino, luego, riego mi paladar con esta bebida tan deliciosa, que se expande por mi boca, dejando tonos almizclados a madera vieja y ciruelas, con una terminación seca que se vierte en mi garganta, provocando carraspera placentera.


—¿Cómo? ¿U… una cosa para mí? Pero, ¿por qué te has molestado? —Dice ella, sorprendida.


Levanto la mirada al escuchar eso, ningún hombre en su sano juicio, compra un detalle a una mujer antes de unas cuantas citas, pero, <<quizá, éste la quiera desde niño y quiera seducirla desde el primer momento>>, debato dentro de mí, clavando mis ojos en el escote de Sandra. Aunque no la desee siempre, pocas veces puedo evitar dirigir mi mirada a esa zona, es un paisaje tan hermoso.


—Ah. ¿Cómo que una cosa mía de cuando éramos niños? ¿Qué es? No recuerdo que tuvieras nada mío, —dice ella, fisgoneando inconscientemente, deseosa de saber más.


La miro a la cara al escuchar eso y ella me sonríe mostrando una gran felicidad por el detalle que está exponiendo Carlos. <<Vaya, resulta que es un romántico y guarda algo suyo desde hace tantos años, al final será eso, un tío perfecto para ella>>, sigo deliberando en mis adentros.


—¿Cómo? Eso no puede ser. Es verdad, no me acordaba. Pero, ¿cómo puedes tenerla aún, después de tanto tiempo? Es increíble, —prosigue su conversación con el que, para mí, es un completo extraño, al que empiezo a coger cierto aprecio por tratar tan bien a mi compañera y amiga pero, no lo conozco, quizá es otro de esos mamones a los que les gusta jugar con los sentimientos de las chicas, no lo sé, ya le conoceré.


—Claro que podemos vernos. Mañana, genial. Tengo el día libre, me muero de ganas de volver a ver a Chip, no lo puedo creer. Bueno, también tengo ganas de verte a ti de nuevo, eres tan bueno, conservando a la tortuguita que encontramos aquel día… Bueno, mañana te veo, besos, Carlos, adiós.


Cuelga el móvil y con él todavía en la mano, me mira con una expresión tan alegre, que se le estira toda la piel de la cara hacia atrás. Me dice:


—¿Tú te has dado cuenta de lo que acaba de pasar, amigo?


—Pues, claro. Cuando ibas a escribirle, se ha adelantado, llamándote, para decirte que aún tiene la tortuga que encontrasteis un día, ¿no?


—Sí, pero es que… esa tortuga la tuve casi desde que nací y se escapó de mi jardín. Pasaron meses y la encontró él aquel día, mientras estábamos juntos jugando en el lago. Chip era muy especial para mí, la reconocimos porque tenía un corazón negro dibujado en una de las escamas de su caparazón.


—Y si era tan especial, ¿por qué no volviste a llevártela tú? ¿Por qué se la quedó él?


—Pues porque a mi madre no le gustaba nada Chip; siempre decía: “¡Quitar esa cosa de mi vista!”. Fue un regalo de mi padre a los pocos meses de nacer yo. Utilizó el pretexto de “regalo” para poder meterla en casa; a él le encantan todos los bichos. Entonces mi madre, cuando volví aquel día con Chip, ya no la aceptó de nuevo en la familia al haberse acostumbrado a vivir sin ella. No sabes cuántas veces he recordado a esa pequeña. Pasaba horas mirando cómo comía o cómo tomaba el sol en mi jardín. Y ahora, mira, resulta que Carlos viene acompañado por ella. ¿Cómo no recordé que se la quedó él? Ciertas lagunas existenciales de la niñez habitan en mi cabeza, Maxi, supongo que a todos nos pasa, ¿no?


—Sí, yo también he olvidado muchas cosas de cuando era niño, pero, realmente no se olvidan, se quedan ahí, en los almacenes cerrados de recuerdos, esperando a que alguien o algo los abra y volvamos a verlos con claridad; ahí tienes la prueba de ello. Definitivamente, ese tal Carlos, es tu hombre, no lo dudes y a por él, pero hoy… hoy, tomémonos este vino y disfrutemos de nuestros éxitos, querida, —le digo, alzando mi copa hacia ella, esperando ese brindis que tan buenas sensaciones respalda.


—Sí. ¡Bien dicho, cariño! ¡Por nosotros, por Sara, Carlos y Anthony Hopkins!


—Y su traductor con cara de Gepeto, —añado, chocando mi copa contra la de ella y sonriendo intensamente.


Bebemos y bebemos, hasta que dos camareros nos traen los platos que hemos elegido. Sus ñoqui, tienen una pinta estupenda y me hace pensar que quizá, tenía que habérmelos pedido yo también. No le doy mayor importancia porque mi pizza estará tremendamente buena, eso seguro, viniendo de Toni, todo está muy rico. Comemos, reímos y brindamos, disfrutando de este día tan completo. Cuando queremos darnos cuenta, son las cinco de la tarde, nos hemos bebido dos botellas de vino y estamos pensando en pedir otra más. El mareo es significativo en mi mente, pero al ser vino, es una embriaguez alegre, dinámica y dicharachera. No paramos de decir tonterías y de halagarnos mutuamente.


—Sandra, amor. Tienes que perdonarme pero, siempre te miro las tetas; las tienes tan ricas. Me encantan.


—Ya lo sé, ¿crees que no me doy cuenta? Pero bueno, he de confesarte, que me encanta que las mires de esa manera, hace que me sienta sexy, deseada, también consigues que quiera follarte.


—¿Qué me dices? Pues a partir de ahora te las miraré más a menudo, cuando me hables, verás que miro hacia abajo descaradamente, mira, así, —contesto, acercando mi cara a su busto peligrosamente. La tensión sexual se deja ver en el aire y ella, mientras me estoy acercando, agarra mi cabeza por detrás y comienza a frotarme el pelo con sus dedos. Percibo la intención de esa caricia y no puedo evitar notar una leve erección al pensar en lo que puede pasar.


—Te gustan, ¿eh? Pues… puede que las disfrutes hoy, no lo sé, me lo estoy pensando aún, —replica ella, agarrando mi pelo y guiando mi cara hacia la de ella, aprovechando para darme un beso lento y húmedo en mi sien derecha y apartándome de un pequeño empujón, para después mirarme sensualmente.


—Pues no lo pienses tanto, que a mí ya me ha subido la temperatura y no sólo por este vino tan cabezón, —agrego mientras me hago el interesante, tomando el poco vino que queda en la copa.


—No pidamos otra botella más. Vayámonos a tomar una copa de verdad, ¿te parece?


—Sí, estaba pensando en decirte lo mismo. Vámonos ya. Deja que pague yo la comida. Luego me invitas a una copa y listo, ¿de acuerdo?


—Me parece bien.


Levanto la mano y pido al camarero que se acerque.


—La cuenta, por favor, —le digo.


Aparece poco después con el plato donde deposito mi dinero y dejo una propina de diez euros. Al fin y al cabo, Toni es mi amigo. Cojo a Sandra de la mano, la ayudo a levantarse y salimos de allí, dispuestos a ir a un bar de copas. El día está yendo fenomenal y esta chica tiene todo un arsenal de recursos que, quizá, sea la última vez que disfrute, por la aparición de Carlos y Sara en nuestras vidas.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.


domingo, 13 de octubre de 2013

Perfume. Capítulo 13

Después de hora y media de negociaciones con Anthony y su traductor, conseguimos venderle el seguro, y no sólo eso, también conseguimos que prorrogue su estancia en el hotel por cuatro días más. Teniendo en cuenta, que su habitación cuesta ochocientos euros el día, y que, de esos, nos quedamos Sandra y yo el quince por ciento cada uno, más el cuarenta por ciento del total del precio del seguro, el negocio nos ha salido redondo y hemos decidido salir a celebrarlo, además, hoy es viernes, tenemos todo de cara y mucho que celebrar. Después de dejarnos todo el trabajo adelantado para el lunes, hemos hablado con nuestro jefe y nos ha dicho que nos podemos tomar el resto del día libre, que hemos cumplido con creces nuestros objetivos.


Salimos del hotel felices y bromeando por las caras que ponía el actor famoso al escuchar hablar a Sandra, en perfecto inglés, sobre los lugares turísticos de la ciudad. Al final el traductor personal del actor no hizo falta, se mantuvo en silencio durante toda la reunión.


Álex, el recepcionista, suelta otro de sus desafortunados comentarios al vernos salir.


—Qué bien viven algunos… la una y media y ya se van a casita. ¡Ay!


—Haberte dedicado a otra cosa, amigo, —le replica Sandra, que tampoco le hace mucho caso a ese pesado.


Yo, sonrío y añado:


—No la pongas furiosa, que te come, ¿eh? Es una fiera.


Aparta su mirada de nosotros, avergonzado por la contestación que se ha llevado por parte de mi compañera y agacha la cabeza.


—Eso, eso, trabaja un poco y quizá puedas ascender, —le susurro a Sandra, que me mira sonriendo, feliz, consciente de nuestro buen hacer hoy y de nuestro golpe de destino en forma de amor.


Voy pensando que iremos en su coche, ella nunca viene en metro, va a todas partes con su BMW Serie 3 descapotable color rojo, o con su scooter de ciento veinticinco centímetros cúbicos, color oro. No me equivoco demasiado y andamos dos manzanas hasta llegar a su coche de Barbie perfecta. Montamos, huele a ambientador de fresa. Es enero y hace bastante frío. Son casi las dos de la tarde, hemos hablado de ir a comer. Antes de arrancar me pregunta:


—¿Qué te apetece comer? ¿Dónde vamos?


—Pues, no sé. Tampoco es que tenga demasiada hambre pero, ¿por qué no vamos al restaurante de mi amigo Toni? Ya sabes las pizzas y pastas que hacen allí, y también sabes que tienen buenos vinos. A mí me apetece. ¿Qué dices?


—Yo estaba pensando en ir a un japonés. Pero tu idea me parece estupenda, nos beberemos un par de botellas, ¿no? Estamos de fiesta. Tengo ganas de marearme.


Doy una carcajada mientras la miro después de escuchar esa última frase. La última vez que la escuché de su boca, terminamos haciendo el camasutra en la habitación de su loft. Hace tiempo que no mantengo relaciones y no estaría mal follármela, hacerlo con ella es garantía de buen polvo.


—Como si queremos bebernos tres, —respondo siguiéndole la fiesta y enfocando mis pensamientos en apagar mi sed de sexo.


—Eres un cabronazo. No esperaba otra respuesta viniendo de ti. Qué pena que no seamos del todo compatibles, si no, ya tendríamos hijos, al menos.


—¡No jodas! Déjate de hijos, por ahora. No sé si estaría preparado para ser padre.


—Yo sí, sólo me falta el marido, —contesta seguida de una inmensa carcajada irónica, que esconde las ganas que tiene de sentar su vida sentimental—. Y tú, seguro que también, no seas tonto, mírate, lo tienes todo.


—Bueno, eso de “todo”, es bastante relativo. Según los ojos que te miren. Está visto que tú me miras bien.


—¿Y qué me dices de todas esas niñas que llevas detrás, que no paran de enviarte mensajes ni de llamarte? Tantas no podemos equivocarnos mucho, ¿eh?


—Bueno, quizá son chicas a las que les gusta un tipo de hombre como yo, nada más.


—¿Y Sara? ¿Acaso crees que ha sido casualidad, que de toda la gente que había en el metro, te pidiera el favor a ti? ¡Venga, hombre! Que eres un partidazo y ya está, reconócelo, por favor, déjate de tanta humildad, saca tu lado salvaje y oscuro de una vez. Sé que lo tienes.


—Bueno, Sandra, querida. Si tú piensas que soy todo eso, perfecto, me halagas mucho, pero yo tengo un concepto diferente de mí mismo y de todas las cosas que engloban a la atracción física y sexual.


—¡Ay! Ya estamos. Cómo eres, ¿eh? Nunca lograré que te comportes como un auténtico cabronazo, no lo eres. Desistiré en mi empeño por conseguirlo.


—No, no lo soy, cariño. Y si lo sabes, ¿por qué vuelves a intentarlo una y otra vez?


—No sé, supongo que será porque eres el único tío que he conocido en mi vida, que no es un cabrón por naturaleza. Bueno, exceptuando a Carlos que, mira qué casualidad, ahora lo tengo en mi lista de whats. ¿No es increíble?


—Sí lo es, sí. Quizá él no haya cambiado y siga sin ser un gilipollas, ¿quién sabe?


—Sí, no lo sé, pero pronto lo iremos descubriendo. En cuanto lleguemos al restaurante pienso escribirle algo. No sé por qué, pero hay algo que me empuja a querer verlo de nuevo, bueno, eso sin contar el cuerpazo y la cara que tiene… ¡Dios, qué bueno está!


—Claro, escríbele y ponle que quieres follártelo, —contesto, bromeando, con una fuerte carcajada. Ella me mira seriamente durante un instante y después ríe conmigo del mismo modo.


—No serás un crabrón, pero bromitas, te las sabes todas, idiota.


—Ya me conoces. Ahí tenías un sitio para aparcar. Da la vuelta. El restaurante queda cercano.


Aparcamos y entramos en el sitio. Una música relajada de violines ambienta la sala. Cortinas rojas con borlas doradas cubren los ventanales y varios camareros vigilan el local. Sólo tienen tres mesas ocupadas, está muy tranquilo y, al reconocerme, nos llevan a una zona un poco más vanguardista que hay para clientes VIP. Nos sentamos y pedimos. Yo una pizza especial “Toni” y ella, unos ñoqui con setas al pesto. Una botella de rioja Montecillo, reserva del noventa y seis, y una tapa de quesos de cabra combinados con mermeladas dulces cierran el pedido. La comida promete ser deliciosa, como siempre. Cuando viene el camarero y nos sirve el vino, Sandra me dice:


—Ostras, con el hambre se me había olvidado escribir a Carlos, voy a ello, disculpa.


—Claro, mujer.


Saca su móvil del bolso y cuando comienza a trastearlo, la melodía que tiene por tono de llamada se activa. Sonríe y me muestra la pantalla, en la que pone:


 Carlos Barrameda


 CONTESTAR  RECHAZAR


La miro haciendo un gesto de “adelante, cógelo, la vida es así de sorprendente” y sonrío. Contesta con un “¿sí?” en tono interesante. Yo, cojo la copa de vino y disfruto de lo que voy a escuchar.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.


domingo, 29 de septiembre de 2013

Perfume. Capítulo 11

Se va alejando por la acera, me quedo mirándola antes de girar y tomar mi camino, contrario al suyo. Giro, me dirijo al trabajo, echo un vistazo a la escultura de la Dama Ibérica, que descansa en la rotonda, como cada mañana, unos rayos de sol matutino la bañan levemente. Doblo la esquina, el hotel me espera, los clientes me esperan. Mi mente intenta ocuparse con mis obligaciones sin éxito, no puedo dejar de pensar en lo que acaba de suceder. <<Tengo su número, tengo su número. Voy a enviarle un mensaje para cuando encienda su móvil, supongo que será al final del día, da igual, lo haré de todos modos, para que se lo encuentre al encender>>, me detengo pensando y sacando el móvil de mi bolsillo. <<No puede ser>>, exclamo al advertir una ráfaga de ese aroma delicioso que lleva Sara. Me giro, pensando que ha vuelto a buscarme; no está. <<Idiota, ¿crees, que porque te haya dado su número está tan interesada en ti que volvería a buscarte?  Ingenuo>>, me dice la voz interior. Me olvido de esa estupidez y me centro de nuevo en el móvil para enviarle un mensaje. Abro el whats app; voy al buscador de personas e introduzco su nombre: Sara.




Sara Barbate                móvil


La vida es bella :D


Sara Félix                     móvil


Carpe diem ;P


Sara Jaén                     móvil


Mamá cómprame unas botas que éstas están rotas.


Sara Robledo               móvil


No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hiciesen a ti.




La elijo de entre todas, me he detenido un segundo a leer su frase de estado. <<Estoy totalmente de acuerdo con esa frase, ahora me gusta un poco más, ¿tendrá esa humildad que tanta falta les hace a las chicas guapas de esta ciudad? No lo sé, pero esa frase dice mucho de ella, —reflexiono, mirando la pantalla sin mensajes de su chat que estoy a punto de estrenar—. ¿Qué le digo? Ya está>>:




Sara Robledo


últ. vez hoy a las 08:17




Hola, señorita Robledo 08:45




Te escribo para que no te


olvides de mí,


¿eh? Jajajajaj 08:45





Espero que te vaya genial en


tu viaje 08:46




No te olvides de tocar la


piedra siempre,


ni de traerme un regalo en  


forma de


souvenir  08:46




Te mando muchos besos,


preciosa  8:47






Cierro el chat y continúo mi camino hacia el trabajo, para cumplir con mi jornada laboral de comercial vendedor de seguros para los clientes del hotel.


Hoy me espera un cliente muy especial, me avisaron ayer que vistiera mi mejor traje porque hoy llegaba a hospedarse, Anthony Hopkins; actor de renombre al que admiro desde que vi la película: ¿Conoces a Joe Black?. Hice caso a mi jefe y me he puesto el traje Versace color gris oscuro que me favorece tanto; una camisa entallada blanca con una corbata estrecha del mismo gris que el traje, cumplen su cometido de llevar un look elegante y discreto. Los zapatos, negro brillo, terminan de darme un aspecto juvenil a la vez que serio. Un peinado hacia atrás y una barba bien perfilada me dan un semblante correcto y formal. Entro por las puertas correderas, el recepcionista, Álex, me saluda, bromeando:


—Buenos días. Qué, ¿estás preparado para hablar con Hannibal? Ten cuidado, no te vaya comer para el almuerzo, —y ríe como un loco.


No me hace demasiada gracia el comentario, no me cae extremadamente bien este tío, no somos compatibles. Aun así, contesto educadamente.


—Buenos días. Quizá me lo coma yo a él, nunca se sabe. Hasta luego.


Sigo mi camino, tomo el ascensor y me elevo hasta la planta número doce, allí me espera Sandra Rodríguez, mi compañera de trabajo. Formamos un equipo excepcional y pocos son los clientes que se resisten a contratar un seguro con nosotros durante su estancia en el hotel. Ella es una mujer despampanante; nos hemos acostado varias veces, pero los dos sabemos y hemos llegado a la conclusión, de que no somos el uno para el otro, eso sí, el sexo que hemos compartido ha sido de los mejores que hemos podido disfrutar los dos, ella es multiorgásmica y yo… yo soy un aventurero al que le gusta disfrutar y probar de todo lo que se puede probar en esta vida. Hoy, consciente del cliente famoso, lleva un vestido negro, ajustado, con un escote pronunciado pero que enseña lo justo de sus pechos naturales de volumen perfecto, una americana también negra y unos tacones demasiado altos del mismo color. Es casi más alta que yo y eso que mi estatura es de ciento ochenta y tres centímetros. Después de repasar su modelito de hoy me acerco a ella, está hablando por teléfono mientras mira por la ventana. Se ve media Valencia desde aquí.


—Buenos días, Sandrita, —le digo en voz baja, cogiéndola por encima de su codo izquierdo.


Se gira, me toca en el costado y me sonríe a modo de réplica. Su melena negra, larga y lisa esconde un rostro angelical, con rasgos muy finos, ojos negros y grandes, custodiados por unas pestañas que bien podrían confundirse con abanicos, y unos labios carnosos de una forma tal, que cualquier hombre dejaría que lo hipnotizase a besos, de hecho, son muchos los perseguidores de esta chica, que compagina su trabajo aquí con su otro trabajo de personal shopper. Su estilo y elegancia son absolutos y sublimes, no me extraña que tenga tantos clientes, aunque siempre he pensado que muchos de ellos quieren follársela y ya está; aunque eso no es asunto mío. Es una buena amiga con la que he pasado buenos ratos sexuales y una gran compañera de trabajo, nada más.


Me siento en uno de los butacones de lujo que tiene el ostentoso hotel y saco mi iPad para repasar los puntos del día. De nuevo recuerdo a Sara, es un recuerdo inevitable que me asalta, que se ha estado colando en mi mente durante días, pero el de hoy es diferente, la conozco y presiento que a partir de este momento, esos recuerdos invasores no van a parar de irrumpir en mi vida a cada rato.


Sandra termina la llamada, se gira y me dice:


—¿A que no sabes lo que me pasó anoche?


—No, ¿qué?

—Pues, iba caminando hacia casa…





No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.