Una
luz dorada incidió en sus párpados, tentándole a descubrir sus ojos; al
abrirlos, pudo distinguir en el techo de esa habitación, el número trece,
grande, con letra nítida y elegante. La mencionada luz nacía del interior del
número. Esmeralda se quedó pasmada y aterrorizada. No sabía dónde ni por qué
estaba ahí. En su memoria comenzaron a florecer recuerdos de experiencias que,
desde hacía unos días, habían tenido lugar en su vida, con referencia a ese
número.
Todo
comenzó una bella mañana de otoño. Ella estaba regando las plantas de su
jardín, como era habitual cada mañana. El teléfono móvil sonó en el interior de
la casa y Esmeralda corrió a cogerlo. La llamada entrante era por parte de un
número sin identificar, al descolgar, silencio; un silencio vacío, inquietante.
La llamada se cortó poco después y en la pantalla del móvil sólo quedó la hora;
las 10:13. No le dio demasiada importancia, pero sí se le quedó grabada esa
hora en la mente; era muy supersticiosa y según la gente en general, ese
número, el trece, da mala suerte. Siguió con sus tareas habituales durante todo
el día, pero
no fue un día como los demás, la misma llamada se repitió otras dos veces; a
las 16:13 y a las 21:13 horas. A Esmeralda no le hacía ninguna gracia pensar en
el hecho de que alguien le estuviese gastando una broma pesada, sabiendo su
debilidad supersticiosa. Llamó a las personas que podían haber pensado en hacer
algo así y se dio cuenta de que nadie lo había hecho, entonces, ¿quién podía
estar llamándola desde un terminal con el número oculto y siempre a los trece
minutos de una determinada hora? No tenía ni idea, pero ese hecho le erizaba el
bello de todo su cuerpo cada vez que lo pensaba. Su marido, Jorge, conocedor
del gran temor que sentía ella por sus supersticiones, trató de consolarla
restando importancia a ese