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jueves, 26 de junio de 2014

Una historia en diez palabras

Amaba, reía, compartía, abrazaba; vivía.

Insultaba, odiaba, envidiaba, lloraba; moría.





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José Lorente.


miércoles, 26 de marzo de 2014

Carta de un admirador virtual

Y entonces te vi, comprobé que no eras esa chica extraña con la que había cruzado cuatro vagas frases mediante la mensajería de una red social. Tu imagen me transmitió cosas que ni siquiera yo puedo entender. En ese momento no tenía la certeza de que esa imagen de ti fuera la que en realidad es, tenía cierta incertidumbre por no saber quién eras realmente, por otro lado, si esa de la foto eras tú, el cielo me quería regalar tu sonrisa cada cierto tiempo en forma de imágenes de ti.


    El tiempo puso las cosas en su lugar, poco a poco, esa incertidumbre fue dando paso a una certeza cargada de dulzura, de miradas profundas, serenas y llanas. A esas alturas ya no cabía duda de que eras esa mujer que era capaz de despertar cosas en mi interior, sensaciones que muy pocas han logrado, aun estando distante y sin tú saberlo, lograste trasladarme a tus pies. Eso es algo que yo nunca entenderé, pero es que los sentimientos son tan caprichosos y misteriosos, que si los entendiéramos perderían todo su encanto, no sería lo mismo si pudiéramos decidir qué personas serán especiales en la vida. Todo es un ir y venir de circunstancias, de causalidades inquietantes y no casualidades, que te llevan a conocer personas sin apenas explicación. Y tú eres eso, una persona que conozco exiguamente, pero con la que tengo la impresión de haber compartido media vida, escuchando tus risas y penas, sólo leyendo tu mirada. No sé nada y sin embargo lo sé todo. Estas palabras tenían que ser escritas para que tú las leas y te sientas tan especial como eres, tanto, que eres capaz de provocar sentimientos en personas con las que no has compartido más que varias publicaciones, que dejan entrever parte de tu vida

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Giro inesperado

Había una vez, un perro muy pequeño y muy tímido. Se paseaba por la calle huyendo de todo lo que se movía, se escondía todo lo que podía, temblando de miedo. Sólo en el hogar, se sentía cómodo y seguro.


    Un día, el perrito se dio cuenta de que si seguía así, jamás encontraría una madre para sus hijos, así que, después de pensarlo con detenimiento, fue a buscar a su dueño, ladrándole con alegría para que le sacara a pasear; su amo, que lo conocía a la perfección, no entendía por qué quería salir para luego ir escondiéndose. Aun así, le puso la correa y salieron a la calle. Cuál fue la sorpresa de su dueño, al ver que, ante el primer perro que vieron, Haki, que es como se llamaba, salió corriendo a saludarle moviendo el rabo alegremente. Su actitud cambió por completo y empezó a socializar con los demás perros del barrio, tanto fue así, que Haki, en poco tiempo, se había ganado la confianza de todos y ahora cuando salía, los demás perros y perritas más guapos, querían seguirle donde fuera. Y así, consiguió el respeto y la admiración de todos, perros y dueños. Consiguió una estupenda madre para sus hijos y su dueño, Steven, conoció al dueño de ésta; él era un considerable directivo, de una importante empresa de expansión mundial, que al conocer la historia de Haki, contrató a Steven, dándole uno de los mejores puestos de la empresa. Sus vidas dieron un giro inesperado y repentino, y sus días cambiaron para siempre. Jamás tuvieron que preocuparse por nada más que ser felices y disfrutar de la vida que les había tocado vivir. Y todo por un simple cambio de actitud del perro, enfrentándose a sus miedos.



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miércoles, 16 de octubre de 2013

Recuerdos

Recuerdo cuando te vi por primera vez, Carola; tenías una cara angelical, tu pelo brillaba con destellos púrpuras adiamantados. Sólo teníamos 17 años, pero al verte, sentí que iba a quererte siempre. Los años han pasado y no pareces haber envejecido, tu pelo sigue destellando y tu cara enamorándome cada día más. Miles de emociones vividas y miles de experiencias han pasado por nuestra vida de dos. Llegó la niña y eso nos hizo vivir mucho más felices. Y ahora, con 90 años, me miras y me dices: —Viviana, mi vida no podría haber sido mejor sin ti.