Mostrando entradas con la etiqueta niño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta niño. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de diciembre de 2013

La canica negra

Diego tenía una canica, una pequeña canica de color negro opaco. Ella destacaba del resto de canicas, las demás eran comunes; transparentes y con ese toque de color retorcido en su interior. Diego jugaba cada día con sus canicas, se decía a sí mismo que la negra era la reina, la destructora, la que mandaba con las demás, y así, agrupaba las transparentes y atacaba con la negra, porque para él, esa era mucho más poderosa.


    Un día, su tío llegó con un gran camión; cargado con infinidad de piedras de “mentira”. Era para él, se lo había comprado en un mercado ambulante. Su tío era codicioso, quería que su sobrino de 6 años tuviese todo lo mejor. Al pequeño Diego le fascinó el camión en gran medida, tanto fue así, que olvidó sus canicas en un cajón, sí, esas que tantas tardes de diversión le habían brindado, a él y a sus amigos. Bastaba con hacer pequeños hoyos en la arena del parque y jugar a meterlas todas dentro, siempre atacadas por la negra, claro. El camión, grande, sofisticado y con gran cantidad de detalles, eclipsaba todo el tiempo de juego del pequeño. Se pasó casi dos meses jugando sin cesar con ese juguete de nueva generación, que le había regalado su

domingo, 15 de diciembre de 2013

Perfume. Capítulo 22

La noche se ha apoderado del día hace rato, no sé la hora que es, tampoco me importa demasiado, sé que es sábado y que tengo a mi lado a la mujer más impresionante que se ha cruzado en mi vida. El taxi se mueve despacio, parece no querer llegar al destino nunca; mi casa. Sara no despega la mano de mi muslo izquierdo.


—Sabes… Valentín. Parecerá una tontería pero, estos paseos nocturnos en coche por la ciudad, me encantan. Adoro imaginar las vidas que se esconden detrás de cada ventana iluminada.


—¿Y por qué ha de ser una tontería?


—No sé, pero pienso que tampoco tiene mucha importancia. La gente se fija en cosas más interesantes, supongo.


—Pues, te diré algo; yo también disfruto pensando que esas luces en las ventanas albergan vidas desconocidas y misteriosas. Cada casa, un mundo. Cada calle, miles de historias diferentes, vividas por personas diferentes a lo largo de sus años de vida.


—Vaya, eres un filósofo, ¿no?


—¿Filósofo? No creo. Sólo soy un chico muy curioso, al que le encanta fantasear sobre las cosas que realmente son importantes, y las vidas ajenas, aunque sean eso, ajenas, me parecen realmente importantes e interesantes.


—Es un tema interesante, sí. A mí al menos me lo parece. ¿Qué conversación tendrán en esa casa mientras cenan? —Dice, señalando un edificio en donde varias ventanas están iluminadas—. ¿Qué pasaría ayer en esa calle? ¿Y en esta otra? ¿Qué…?


Un giro brusco del taxi interrumpe la curiosidad de Sara. Nuestros cuerpos se mueven a velocidad de vértigo sin control, la mano de Sara me aprieta el muslo fuerte para después soltarlo de golpe. El coche derrapa de lado, el conductor lucha por hacerse con el control. Seguidamente, un ruido espantoso y grotesco se escucha a pocos metros de distancia, nuestro taxi se detiene en seco, cerca de estamparse contra un banco de la acera, por el lado donde va sentada Sara.


—¿Estáis bien? —Dice el taxista, girándose hacia nosotros.


Unos segundos de silencio se apoderan del momento.


—S… sí, —contesto, casi sin poder hablar—. ¿Tú estás bien? —Le pregunto a Sara, que me mira con expresión, como si hubiese pasado un desfile de fantasmas por delante de ella.


—Creo que sí, —contesta, llevándose la mano al pecho y dando un suspiro que no termina de aliviar sus nervios.


Me agarra con la otra mano por la muñeca, noto sus temblores trasladarse a mi brazo, llevo mi otra mano para cubrir la suya, me doy cuenta de que estoy temblando como ella o más.


—Bien, gracias a Dios, —dice el taxista, abriendo la puerta para bajar del coche, le seguimos. Al bajar, vemos lo que nos temíamos; un coche empotrado contra un árbol frontalmente, el impacto ha sido tan brutal, que el coche se ha partido en dos como si fuese una enorme mandíbula que quería comerse al árbol y se ha quedado en el intento. Una mujer yace en el suelo, varios metros por delante del siniestro y un hombre, al parecer el conductor, se ha esclafado contra el árbol, dejando pegadas ahí partes de su cuerpo, el hombre está en el suelo, destrozado, apenas se reconoce que es una persona. Un poco más allá, un corro de gente rodea algo, quizá es alguien herido. La gente se ha quedado en shock como nosotros. El tráfico se ha detenido y en pocos segundos se escuchan sonidos de sirenas próximas en las calles. Sara no me ha soltado el brazo desde que hemos salido del taxi, su mano ejerce una presión que va cada vez a más, llega hasta a hacerme algo de daño, que no lo es tanto en estas condiciones. Cuando vemos el amasijo de hombre y la sangre por todas partes, oculta su rostro en mi pecho. El taxista camina hacia la escena, con las dos manos puestas sobre su cabeza.


—Pero, ¿qué ha pasado? —Le pregunto, cuando ya siento que puedo volver a articular palabras.


—Pues… no estoy seguro, pero creo que ese hombre se ha saltado el semáforo, lo he podido esquivar de milagro. ¡Pero, por Dios, mira lo que ha pasado! ¡Mira aquella mujer! ¿La habrá atropellado? —Responde sin mirarme directamente a la cara.


—No lo sé, pero, por la sangre que hay a su alrededor, parece que está muerta también.


—¡¿No me digas?! Máximo, vámonos, no puedo con esto, me estoy mareando, —dice Sara, oculta todavía en mi americana.


—No podemos irnos todavía, Sara. Tendremos que esperar a que vengan las autoridades, no podemos irnos sin más.


—¿Por qué? —Responde, aterrorizada.


—No lo sé, pero creo que es lo correcto.


—No creo que haga falta que os quedéis, el que conducía era yo, vosotros no estáis implicados en el accidente, tampoco parece que haya que asistir a nadie. Iros si ella se encuentra tan mal, hombre, —dice el taxista, que escuchaba lo que hablábamos.


—¿Sí? ¿Tú crees? —Le digo—. ¿Allí no habrá alguien herido? —Pregunto, señalando el tumulto de gente arremolinada alrededor de algo.


—No lo sé, pero ya hay bastante gente. Marchaos. Yo me encargaré de declarar si hace falta. Si estáis bien, claro.


—Sí, sí, yo estoy bien, gracias, vámonos, por favor, Máximo, —contesta Sara, envuelta en un temblor considerable.


—Vale, está bien, tranquila, nos vamos. Muchas gracias, señor, —le digo al taxista—. ¿Qué le debo?


—Nada, hombre, sólo faltaba… Habéis estado en peligro en mi taxi, ¿qué demonios? No, hombre, no. Ya es suficiente.


—Está bien, muchas gracias, señor. Suerte.


—De nada, hombre.


—Adiós.


—Hasta luego, —añade Sara.


Damos media vuelta y caminamos en dirección a… no sabemos dónde todavía. Ella no ha podido descubrir su cara aún, su mano ha dejado de hacer tanta presión en mi brazo, pero no del todo. Andamos y andamos hasta que estamos lo suficientemente lejos del sitio, tres ambulancias han pasado por nuestro lado, haciendo que revivamos el angustioso momento. Sara, al fin, saca su cara de mi pecho, pero no dice nada, sigue cogiéndome del brazo, con la cabeza apoyada en mi hombro. No me gusta verla así, parece que le ha afectado demasiado. En la misma acera por la que caminamos, se acercan en sentido opuesto una madre con su hijo, que lleva tres globos de helio, uno de cada color; rojo, verde y amarillo. El niño, de unos cuatro años, está mirando a Sara fijamente, parece preocupado. <<¿Puede ser que un niño tan pequeño, pueda percibir la tristeza que refleja Sara?>> Me pregunto. Cuando está a nuestra altura, mis dudas se despejan.


—Señora, te regalo un globo, ¿qué color te gusta? —Dice el niño, deteniendo a su madre en el acto.


—Tomás, deja a la señora, —le dice su madre.


Mami, parece triste, quiero regalarle uno de mis globos, para que esté feliz, —insiste el chico.


Sara y yo nos paramos, asombrados por la lucidez de un niño tan joven.


—Tranquila, señora. No me molesta. Tomás, me gusta el color amarillo, no hace falta que me lo regales, eres muy amable, pero quédate tú con tu globo, seguro que lo disfrutas más que yo, —dice Sara, dejando asomar una sonrisa, cosa que a mí, me tranquiliza bastante.


—Pero, yo quiero que lo tengas, a mí me ha alegrado mucho cuando me los ha comprado mi madre, me gustaría que te alegrase a ti también, te he visto tan triste, —replica el niño que, con su inocente cara, está haciendo que a Sara se le olvide el horrible suceso que acabamos de presenciar.


—No, Tomás, guapo, insisto. Muchísimas gracias, pero quédatelo, ya me has alegrado bastante. Eres muy amable, —dice Sara, agachándose y dándole un beso en la mejilla.


—Bueno, como quieras. Luego no digas que no te lo ofrecí, —contesta el niño, algo avergonzado, por recibir el beso de una mujer tan hermosa.


—Eres un artista, muchacho, —le digo.


—A ti no te lo doy, era para tu novia, que es muy guapa, —contesta Tomás, escondiéndose un poco detrás de su madre, mirándome con una mueca de enfado.


Su madre, Sara y yo, rompemos a reír enérgicamente.


—Eres muy especial, Tomás, —le dice Sara—. Realmente lo es, —continúa, dirigiéndose a su madre, que lo mira orgullosa.


—Sí, es un granuja, —replica ella—. Anda, vamos a casa, diles adiós, nos espera papá, —le dice al pequeño.


—Adiós, guapa. Adiós, feo. —Dice el pícaro niño, comenzando a andar.


—Adiós, cuídate, bombón, —se despide Sara.


—Hasta luego, —digo.


Seguimos nuestro camino. Ese pequeño granuja nos ha alegrado un poco, haciendo que no pensemos en el accidente. Nos hemos relajado. Le propongo ir caminando a casa, no queda demasiado lejos, ella acepta. Continuamos andando por la noche valenciana en busca de la tranquilidad de mi hogar, que nos espera ansioso de tener nuestra compañía.





No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.


miércoles, 11 de diciembre de 2013

El encuentro

Llámame tonto, llámame ingenuo, llámame como quieras llamarme, pero jamás me llames extraño porque formas parte de mí desde aquella vez que nuestros caminos se cruzaron. 


Sabes que fue aquella noche, enfrente de la fuente, dónde vivimos nuestra más sincera bienvenida.


Éramos muchos, pero sólo estábamos tú y yo. Tus cabellos me obligaron a peinarte, tus ropas me llevaron a quitarlas. Me sentía como un niño ante un caramelo una tarde de domingo.


No podías quejarte, tampoco querías, llegaste para regalarme tu cuerpo, yo te cogí en mis manos, sólo te quería a ti, de entre muchas.


Me enseñaste las virtudes de tu cuerpo, no pude resistirlo y te mordí, una y otra vez, hasta dejarte en los huesos.


Un instante después, no valías nada, me desprendí de ti con la facilidad de hacer un gesto con el brazo y dejarte en el bordillo, tirada.


Mis amigos me esperaban, uno de ellos dijo:


—¿Has terminado con la mazorca? Tenemos que irnos.


Nunca más supe nada de ti, pero en aquel momento fuiste todo para mí.



NO OLVIDES REGISTRARTE EN LA PÁGINA PRESIONANDO EL BOTÓN AZUL DE LA ESQUINA SUPERIOR DERECHA "PARTICIPAR EN ESTE SITIO" Y ACEPTAR CON TU CUENTA DE GOOGLE. MUCHISIMAS GRACIAS.

domingo, 6 de octubre de 2013

Perfume. Capítulo 12

…—Iba caminando hacia casa, cuando me crucé con un tío que estaba tan bueno, que no pude evitar mirarle fijamente a los ojos al pasar a mi lado, comprobando que él también me miraba a mí. No sé qué pasó, no lo suelo hacer nunca, pero sonreímos los dos como si tuviéramos una alianza común, un plan entre ambos. Seguí adelante sin hacer demasiado caso, pero extrañada por esa sensación que me asaltó, cuando el chico se giró y me dijo:


—¡Sandra! ¿No me has reconocido, o qué?


Yo me giré, pasmada, me quedé mirándolo con media sonrisa en la boca, el ceño medio fruncido y le dije:
—No. ¿Eres…? —Mi cabeza intentaba recordar.


—Soy Carlos. Carlos Barrameda, ¿recuerdas? Fuimos novios de niños. Te cogía de la mano todas las tardes y nos íbamos al pequeño estanque con patos que hay en nuestro pueblo.


—¿Carlos? ¿En serio? No puede ser. Pero si… Vaya, cómo has cambiado. Jamás te hubiese reconocido, —respondí, colocando mi mano en la frente mientras un escalofrío recorrió mi cuerpo al recordar aquellos momentos.


—Sí. Por aquel entonces llevaba ortodoncia y gafas de culo de vaso. Por no hablar de mi problema de acné. Pero bueno, esas cosas se arreglan con el tiempo. Nada que ver con ahora.


—No, no hace falta que lo digas. Se te ve muy bien. Pero, dime. ¿Qué es de tu vida? No te veo desde… bueno, teníamos unos seis años cuando jugábamos a ser novios. Luego tú te viniste a la ciudad y no volviste más. Después me fui yo y tampoco he vuelto mucho por allí.  Nunca he sabido más de ti.


—Sí. Mis padres montaron un negocio aquí, el cual dirijo yo ahora. El tiempo pasa muy rápido. Al pueblo he ido en un par de ocasiones. Aunque no lo creas, lo más bonito que recuerdo de allí eres tú. Volví al estanque y el tiempo pareció transportarme a esos momentos que pasábamos allí. Siempre me decías: <<cuando sea mayor tendré mi propia tienda de ropa donde venderé mis diseños de moda>>. Lo recuerdo como si fuese ayer y ahora mírate, tienes pinta de hacer lo que querías. Estás muy guapa, mejor de cómo te recordaba.


—Sí, sí. Bueno, no tengo mis propios diseños, pero trabajo con diseñadores de vez en cuando, conozco a varios. Tú siempre decías que me ibas a querer siempre. Lo repetías constantemente, —contesté, emocionada al recordar aquellos bonitos momentos de mi vida que casi había olvidado.


—Y así es, Sandra. Jamás me he olvidado de ti. Siempre he tenido la esperanza de encontrarte de nuevo y parece que ese momento ha llegado. Esto es impresionante, —contestó él, queriendo esconder la sonrisa sin éxito.


—Pero, ¿qué dices, hombre? Con lo guapo que estás, habrás tenido y tendrás a todas las chicas que quieras. No seas tonto, —repliqué mientras observaba al detalle al morenazo de ojos azules, barba de tres días, pelo liso y bien peinado, rasgos bien definidos y marcados que tenía delante.


—Sí, es cierto. No he tenido problemas para ligar, pero, la verdad que, parece una tontería, pero la chica que más cosas me ha transmitido en esta vida has sido tú, aunque fuésemos niños. Te mentiría si te dijera otra cosa, Sandra.


—Vaya, Carlitos. Eso me está halagando demasiado. ¿Por qué no quedamos otro día y hablamos más tranquilos? Esto debe ser cosa del destino.


—No podría irme de aquí sin tu número de móvil. No sabes las veces que he maldecido no tenerlo. Por favor, no hay cosa que quiera más que quedar contigo. Es perfecto. Apunta.


—Y yo, ni corta ni perezosa saqué mi móvil, lo apunté y compartimos un “hola” por whats. Luego, nos despedimos, que yo tenía prisa y él también. Tío, ese chaval está cañón y encima, parece que está enamorado de mí. Era tan tierno de niño. Era feísimo, pero a mí me gustaba cómo me trataba. Como siga igual de bien me lo quedo para mí. La verdad que yo tampoco lo había olvidado del todo. Ningún hombre me ha tratado con la delicadeza que me trató él, aunque fuésemos niños. ¿No es increíble? La vida a veces te da unas sorpresas…


—Y tanto, amiga, —contesto mirándola después de soltar una enorme carcajada.


—¿Qué te hace tanta gracia? Imbécil. Es algo bonito y tú te ríes. ¿Así cómo quieres que esa tía del metro se fije en ti? Eres un insensible, —contesta, un poco enfadada y desconocedora de los hechos que han tenido lugar hoy con Sara, la dulce y femenina Sara.


—No me río de lo que te pasó ni de lo ñoña que te has puesto al hablar de él, que te has puesto así, tontita. Me ha hecho gracia la frase que has dicho de, “la vida te da unas sorpresas a veces”. Y es que esa frase la he pensado yo hace un rato porque tú tampoco sabes lo que me ha pasado hoy, amiga.


—No, ¿qué? No me digas que también has ligado.


—Mucho mejor que eso, Sandra. Es que, ¿sabes quién ha necesitado mi ayuda esta mañana en el metro?


—¡No…! ¿Ella? —contesta, refiriéndose a Sara, por ser tantas las veces que le he hablado de mis extraños sentimientos hacia ella.


—Sí, hija, sí. Verás, estaba yo sentado tan tranquilo con ella a mi lado cuando me pidió el móvil para llamar y… —le cuento todo al detalle.


—Dios, eso es increíble. Parece que se ha conjugado el destino para nosotros dos desde ayer hasta hoy. Pero, no la habrás besado ya, ¿no?


—No, no. Faltó poco, pero nos contuvimos los dos.


—Lo digo porque eso a nosotras no nos gusta mucho, ¿eh? Aunque, ¿qué te voy a explicar a ti, galán?, que eres un seductor de primera. No te costó mucho llevarme a la cama, bandido, y eso que yo no soy una chica fácil.


—Bueno, eso da igual. Ya sabes lo que esa chica ha conseguido en mí. No pienso ir de listo con ella ni hacerle daño, todo lo contrario, quiero ir poco a poco.


—Más te vale, que con treinta y dos años que tienes, ya te toca sentarte con una y dejar de jugar con todas las niñas que tienes locas detrás.


—Sí, me apetece ya quedarme con una sola. Y no digas que juego con nadie, sabes que no es así. Nunca hago nada que ellas no quieran. Si luego se toman mal que no las vuelva a llamar es asunto suyo.


—Bueno, yo sólo te aviso, como amiga. Puedes coger mis consejos o no, al final siempre haces lo que te viene en gana, cabrón.


—Sí, te agradezco todos los consejos que me has dado desde una perspectiva femenina, siempre aprendo algo nuevo contigo, eres tan inteligente, y guapa… —contesto con una sonrisa picarona en mis labios.


—¿Qué voy a hacer contigo? Nunca cambiarás, pájaro.


—Es mi naturaleza, ya lo sabes, preciosa.


El representante del actor famoso al que esperamos entra en la sala, interrumpiendo nuestra interesante conversación, detrás le sigue él, el anciano Anthony Hopkins que, es exactamente igual que en las películas, sólo que aquí parece un poco más viejo, si cabe. Nos saludan y toman asiento en los butacones contiguos al mío. Exponemos los puntos a tratar y comenzamos nuestra jornada laboral.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.


miércoles, 2 de octubre de 2013

Cuando fui

Un sonido de terror se escuchó en la otra habitación, poco después del último golpe.


    Cuando fui hasta allí, me di cuenta de que no podía parar de llorar. Sus manos ensangrentadas; sus ojos vestían el miedo y el dolor en su entera forma. No pude resistir el empuje de hacerlo, el niño me cogía de la mano: —mamá, mamá, ¿qué le pasa a papá?—. Tenía que hacerlo, —sus tíos sabrán cuidar de él, —me dije—. Me miré al espejo; un extraño pálpito recorrió mi cuerpo, al ver tales moratones recientes en mi cara. Acurruqué mi cuerpo junto al de él, abracé al bebé lo más fuerte que pude y con la otra mano apreté el gatillo del arma que sostenía mi marido inerte, con la que se acababa de suicidar, y que en este momento apuntaba a mi pecho.


    El niño creció con el trauma de haber vivido esa horrible escena con apenas 4 años. Su maduración fue precoz, y a sus 18, ya era una persona totalmente independizada, autosuficiente y poseedor de un don especial de tratar con delicadeza a las mujeres; aprendió a ser un hombre siendo niño gracias a los errores de su difunto padre.