Un día, me encontraba
en mi pequeño pueblo observando cómo se llevaban a cabo las obras en un espacio
natural; se estaba remodelando para que fuese un lugar más turístico y
agradable. Al ver los progresos que iban alcanzando las obras, un extraño y
mágico recuerdo de un sueño invadió mi mente por completo; era un sueño
repetitivo que tenía cuando era muy pequeño, el cual vivía como si fuese real,
cada vez que me sucedía:
La luna es la única luz que alumbra este barranco;
sus aguas han sido sustituidas por ramas secas de las que cuelgan extrañas
telas rasgadas, que dan la sensación de ser un lugar abandonado y perdido. —Ya
estoy aquí de nuevo, —me digo consciente de que es un sueño, pero sabiendo que
es tan real que no puedo evitar vivirlo como tal, algo verdadero—. Al ser un
sueño repetitivo, ya sé lo que va a pasar, sin embargo, vuelvo a tener el mismo
comportamiento que siempre. Comienzo a andar por la senda que acompaña al
barranco por uno de sus lados, camino y camino sin descanso, es de noche, cada
vez estoy más adentrado en la perdida maleza vegetal; tengo miedo, pero
continúo. Llego a un sitio donde hay un pequeño lago, —al menos aquí sí hay
agua, —pienso—. La superficie está tan calma, que resalta el dibujo perfecto de
la luna llena en ella. Me quedo mirándola atolondrado. El crujir de una rama
llama mi atención; mis ojos se clavan en un árbol que se alza en una de las
paredes contiguas al lago. Conozco este lugar pero, en ese árbol, entre sus
ramas, ahora hay una caseta de madera perfectamente montada. La miro fascinado,
descubro una escalera que da acceso a ella. Me dispongo a subir cuando un
sonido humano distrae mi atención; proviene de la casita del