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miércoles, 1 de enero de 2014

El año pasado

Otro año más que dejamos atrás, lleno de ilusiones perdidas y ganadas, de nuevos conocidos y viejos desaparecidos. Un año en el que no podremos volver a vivir jamás porque nunca volverá, porque el pasado nunca vuelve para permitir redimirnos de nuestros errores. No podemos hacer eso, en cambio podemos pensar en ellos como un aprendizaje de vida, como ese maestro perfecto que nos puede enseñar a no volver a hacer las cosas que nos llevaron a tener dolor y sufrimiento. Sólo nos queda pensar en éste nuevo año que viene, para disfrutarlo al máximo, porque dentro de un año por estas mismas fechas, tendremos que hablar de él como de éste, sabremos que nunca volverá. Así que, tómate la vida con optimismo, porque sólo hay una oportunidad de hacerlo, y si la vives amargado o metido en negatividades, nunca podrás volver para arreglarlo; morirás vacío y arrepentido cualquier día.



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José Lorente.



miércoles, 25 de diciembre de 2013

Dulce aventura

Ocurrió hacia las 2 de la madrugada, de aquel 26 de diciembre, de 2003. Me dirigía con mi coche a casa, venía de pasar varios días con la familia en la pequeña aldea donde me crie.


    Un tramo de carretera de montaña llena de curvas y por la que es difícil cruzarse algún coche, separa la ciudad de esa aldea. Escuchaba la radio, sonaba un debate sobre la Navidad y sobre la ilusión que producía el consumismo puro y duro en estas fechas tan entrañables y señaladas en todo el mundo. El pequeño Fido Dido que colgaba de mi espejo retrovisor central, se movía empujado por la inercia en cada curva. La oscuridad sería absoluta de no ser por la creciente y casi llena luna, que bañaba todo el monte, regalando un paisaje digno de apreciar.


    Giré dos curvas muy cerradas, una a izquierda y otra a derecha, nada más salir de la segunda, mis reflejos se vieron puestos a prueba, para tratar de detener el vehículo en seco. Un coche con los cuatro intermitentes estaba parado en medio de la carretera, delante de ese, había más, todos igual, con las luces puestas y los intermitentes centelleando; parecía más un atasco de los que se forman a hora punta en las entradas y salidas de la ciudad. No era propio encontrarse eso allí. Mi sorpresa fue considerable al observar tal fenómeno, en mis 40 años de vida, jamás me había visto obligado a parar por encontrarme un coche parado delante de mí. Algún frenazo brusco por cruzarse algún animal salvaje, pero nada