Mario conducía su coche
por una autovía, a su lado iba Pedro, amigo suyo desde la infancia; iban de
viaje de fin de semana a las playas del sur de España, estaban en pleno mes de
julio y el calor era abochornante. Decidieron parar a refrescarse y comer algo
en una estación de servicio que había en el camino. Eran las 14:00 horas, el
sol caía como cristales afilados que se incrustan en la piel produciendo un
daño irreparable. Pedro acababa de salir del coche y estaba estirándose en
medio de la calzada del aparcamiento, llevaban 4 horas de viaje y sus cuerpos
estaban algo agarrotados. Una fuerte bocina alertó a Pedro, que vio como un tráiler
le pasaba de cerca esquivándole, se lo hubiera llevado por delante de no ser
por la habilidad del conductor. Pedro saltó a un lado quedándose con un susto
de muerte, mientras Mario, reía al ver el pequeño percance que le había
sucedido a su amigo; la situación había sido algo cómica a pesar de la
peligrosidad de la misma. A decir verdad, reía porque en realidad no había
pasado nada, no hubiese reaccionado así si el susto hubiese tomado el término
de accidente al final.
—Joder, tío. Tendrías que ver el salto que has dado
y la cara que se te ha quedado, —le dijo Mario riéndose.
—Qué cabrón, no te rías tanto, me he dado un susto
para morirse. Ha pasado cerca. No sé por qué ese tío circulaba a tanta
velocidad por dentro de un parking, pero bueno, no ha sido nada. ¿Vamos a