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lunes, 14 de julio de 2014

Silencio a voces

¿Y qué hacer cuando la vida te sorprende con una tragedia, que bien podría ser un punto de inflexión en la misma? ¿Nada? ¿Algo? ¿Mucho? Pues todo…


    Dormía y lo hacía bien, descansando lo suficiente cada día, acompañado de su amiga, confidente, leal, fiel y esposa, Inmaculada. Ella era una delicia de mujer, una madre perfecta, la que siempre soñó Joel que tendría. Su vida no podía ser más perfecta hasta que una mañana, Inmaculada no despertó. Joel la zarandeó varias veces impotente al ver que su querida mujer no abría los ojos como cada mañana para regalarle esa sonrisa que consiguió enamorarle. La tragedia fue terrible, esa dama de apenas treinta años, había abandonado la vida con una muerte súbita todavía inexplicable, dejando tras de ella a dos hijos y un marido desconsolados, hundidos, muertos en vida. Pero la cosa no acabó ahí, una semana después, el hijo mayor, Roberto, tampoco despertó, tuvo una muerte idéntica a Inmaculada. Los médicos se rompieron los sesos en investigaciones infructuosas que no llevaron a ninguna parte. Joel estaba hundido, las pastillas antidepresivas habían pasado a ser su alimento más común, sólo le quedaba Mario, el niño de cuatro años, al que se aferraba intentando sacar una luz, en una mirada apagada, triste, endeble.


    Una semana después, Mario tampoco despertó, las mismas circunstancias, la misma historia repetida por tres veces ante los ojos de un hombre, que ya pensaba más en quitarse la vida que en otra cosa. Pero por otro lado, un confuso instinto le decía que no tenía que ser débil, que tenía que seguir adelante, y lo intentó, no quitándose la vida.


    Una semana más tarde, Joel se acostó, buscando esas horas de descanso que se habían convertido en un calvario de camas vacías, de silencios inquietantes, de soledad traumatizante. Al dormirse tuvo un sueño; se vio inmerso en un acantilado, aferrado a la pared del mismo, a medio camino entre el fondo y la cima, sin cuerdas ni arneses, sólo sus manos y sus pies para salir de allí. Sólo tenía dos opciones, tratar de escalar o dejarse caer. Miró hacia arriba y pudo ver a su mujer y sus hijos animándole a que subiera; le estaban esperando. Joel sacó fuerzas de lo más profundo y escaló, hiriéndose las manos, sin miedo a caer. Logró llegar a la cima, donde estaba su familia esperándole. Inmaculada se tiró sobre él, abrazándole como si fuera la última vez que lo hacía, Roberto y Mario se sumaron al abrazo. Los cuatro caminaron por el bosque que coronaba el precipicio, perdiéndose en la niebla de la mañana. Joel despertó, maldiciendo la vida, insultando a la existencia que le había arrebatado lo que más quería. La semana siguiente transcurrió fugaz, Joel apenas prestaba atención a nada, era como un espíritu que vagabundea entre la vida y la muerte. Las cosas que veía antes normales, parecían haber mutado, su percepción ante la vida se había trastocado de tal modo, que todo parecía un sueño. Los vecinos le miraban raro, en el trabajo no rendía, los coches parecían máquinas de otros

domingo, 4 de mayo de 2014

Perfume. Capítulo 43

Estar en casa de Joe me hace sentir tranquilo. Su cercana presencia siempre ha cubierto mi persona de un manto de serenidad, de normalidad anormal. Es una relación difícil de explicar. No sé si con las demás personas de su vida sucede igual, lo que sé es que conmigo, parece haber una relación de estrechez sentimental desde que me transmitió las palabras de mi abuela con su boca.


Mientras bebemos el whisky, le cuento todo el asunto del robo y la traición de Sandra. Le explico mis repentinas ganas de matar y también el asunto del detective privado. Él conocía a Héctor, pero no lo suficiente como para acudir a su entierro ni para enterarse de su muerte por otra persona que no sea yo.


—Tío, vaya días llevas… —me dice.


—Joder, y tanto… Creo que me estoy volviendo loco, o estoy rozando la fina línea que separa la cordura de la demencia, —contesto, después lleno mi garganta de escocés.


—Está bien. No te atormentes. Te voy a dar algo que quizá te ayude a superar todo esto.


—¿Algún amuleto?


—No, hombre, no. Esas mierdas no funcionan. Lo que te voy a dar es la droga más potente que existe en la Tierra. Viene de una planta del Amazonas. Conseguirla es difícil y caro, pero su efecto es algo, que no se puede explicar con palabras. Vamos a tomarla, a ver si por ahí descubres algo.


—Pero, ¿qué dices? Yo no tomo esas mierdas. ¿Desde cuándo te drogas?


—Me lo dio a conocer uno de mis clientes. Te aseguro que la experiencia que vives bajo sus efectos es inolvidable, a partir de ahí, entiendes la vida conforme es. Confía en mí.


—Yo paso. No me jodas, Joe.


—Qué sí, coño. Ya verás, tan pronto como empieces a ver cosas, sentirás que todo lo que has visto es material, que hay muchas cosas que escapan a nuestro entendimiento. Gracias a esta sustancia, verás todo de otro modo. Tu abuela aprueba el experimento.


—¿Mi abuela? ¿No dijiste que no volvería a saber de ella?


—Sí, pero ha querido hacerme saber que tomes esto, y si ella lo dice, es porque sabe que te vendrá bien.


Me quedo mirándolo con cara de pocos amigos al hacerme la idea de tomar una sustancia desconocida y quizá dañina, que el loco de Joe, está a punto de darme. Se levanta del sofá, va a la cocina, abre la nevera y saca una pequeña jarra de cristal que contiene un líquido color marrón. Se acerca y vierte un poco en cada vaso de whisky. Parece asqueroso. Devuelve la jarra a la nevera, se acerca, coge su vaso y le da un trago; su cara adopta matices amargos después de sorber.


—Venga, ¿a qué esperas? —Me dice.


Miro el vaso con cara de asco, lo agarro, coloco mi nariz dentro; huele a whisky. Sin pensarlo dos veces le doy un buen trago. El sabor es rancio, seco y desagradable, mucho peor que el escocés. Me dan dos arcadas que acentúan todas las arrugas de mi cara.


—Qué asco, por Dios, —refunfuño.


—En cinco minutos sabrás lo que es bueno, amigo.


Debatimos sobre lo malas que son las drogas para el organismo durante un rato hasta que empiezo a notar algo extraño dentro de mí. La sangre de mis venas parece solidificarse, la noto fluir con una densidad pasmosa. Me miro las manos, están muy enrojecidas. Al levantar mis ojos, el salón de Joe ha cambiado por completo. Hay un arco iris que nace de algún lugar y se estrella justo delante de mí, con un gnomo que salta alegre, avanzando por él. Joe está volando, alrededor del arco iris. Sus palabras son ahora distantes pero sonoras, me llegan en forma de notas musicales de colores. Miro a un lado; hay un anciano con barba de ochocientos siglos, con más arrugas que otra cosa en su cara y mirada triste. Me mira y sonríe. Me explica todas las cosas que debo saber sobre mi vida, desde el momento en el que nací hasta día de hoy. Ha sido un resumen extenso, no se ha dejado nada el muy cabrón; desde los juegos que jugaba de niño, hasta el presente de Sara, Héctor y demás. Comprendo que las cosas que me están sucediendo tienen que ser así, y no de otro modo. También me dice que soy una persona muy especial, y que tengo a un gran número de personas que me aprecian. Que no debo preocuparme por nada más que por vivir en armonía y calma. El misterioso anciano se levanta y se aleja, levitando, dejándome atónito mientras veo a mi madre cantando una canción que ha inventado con mi nombre. Ahora el anciano está delante de Joe, parece que se conocen. Le está explicando algunas cosas que no logro escuchar, pero la cara de Joe me hace pensar que son de una importancia transcendente para él. El gnomo sigue dando saltitos en el arco iris, desplazándose a un lado y a otro. Me levanto, miro por la ventana; los árboles del jardín están charlando entre ellos. El agua del mar está abrigando la arena de la playa con brazos, como si fuera un bebé frágil y delicado. Siento un golpe en la nuca. Me giro, es el anciano, me ha dado una colleja simpática y ahora me estrecha la mano diciéndome adiós. Joe está detrás de él. Poco después, todo desaparece; estamos Joe y yo en el sofá, sentados, como antes. Ahora por mi cabeza deambulan pensamientos desconocidos, que sin embargo, me son muy familiares. La sensación es gloriosa, la paz reina en el salón.


—¿Y no querías probarla, Maxi? —Me dice Joe, con una simpática sonrisa iluminando su rostro.


—Joder, ese viejo lo sabía absolutamente todo.


—Ese viejo es tu conciencia.


Lo miro comprendiendo perfectamente lo que dice. El anciano hablaba desde el más profundo yo, pero como si fuese otra persona. Es la mejor forma de conocerse a uno mismo. Esta droga provoca que veas las cosas de un modo que jamás podrías comprender si te explicaran. Hay que vivirlo para saber lo que pasa mientras estás bajo los efectos. Ahora ya no quiero matar a nadie, estoy lleno de amor por todo cuanto me rodea. Sólo quiero vivir en paz y armonía. Sandra es una magnífica amiga que merece vivir. No quiero ser yo el que la maltrate físicamente. Sara es una preciosa mujer, que me tiene enamorado y ni siquiera me había dado cuenta de ello. Héctor ha pasado a ser compañero de mi abuela. Todo eso es lo que me ha hecho comprender al abuelo parlanchín. Y así quiero seguir pensando.





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José Lorente.




domingo, 30 de marzo de 2014

Perfume. Capítulo 38

Mis pensamientos se ven interrumpidos por las palabras de Paula.


—La llamaré cómo me venga en gana. No haberla metido en tu vida, te jodes, —su tono es seco, sereno.


—Llámala como quieras en tu cabeza, pero a mis oídos, se llama Sara, ¿entendido? —Mi tono es más dominante que el suyo, siempre ha sido así.


—Vale, vale, no te enfades. Esto debe estar de muerte… —cambia de tema, sacando la comida.


Disfrutamos de una buena cena a base de sushi; me encanta este manjar asiático, tiene todas las propiedades básicas que necesita el cuerpo humano para evolucionar sano, además, tiene un exquisito sabor.


Terminamos la comida, retiramos los platos, en realidad lo hace ella, se ha empeñado en hacerlo, alegando que está en mi casa, y en calidad de invitada, le toca hacerlo. No opongo demasiada resistencia y me acomodo en el sofá, mirando el océano coralino, que hoy, no sé por qué, luce increíblemente precioso. Quizá sea porque en el salón faltan algunos objetos decorativos, o quizá porque mis ojos lo perciben así, no lo sé, en cualquier caso, estoy atolondrado mirando el vaivén de los peces en la corriente.


Llega Paula, saca un paquete de cigarrillos y se dispone a encender uno.


—Muchacha, te he dicho un montón de veces que en mi casa no se fuma, no sé por qué sigues haciendo caso omiso. Además, esa mierda te está jodiendo.


—Lo sé, pero sigo insistiendo porque al final, siempre me permites encenderlos, me quieres demasiado, ya lo sé. Y sí, me está jodiendo, pero es mi problema, como el tuyo con esa putita, también te va a joder y te empeñas en no recibir consejo ni ayuda de nadie.


Me río por lo hábil que ha estado la niña en esta ocasión, es muy inteligente, aunque ante mí, su inteligencia se ve mermada por sus sentimientos emocionales amorosos. A veces puedes ser un maldito genio y parecer de lo más tonto cuando sientes cosas tan auténticas, que pareces volar entre un mar de dudas y reflexiones que no te llevan a ninguna parte excepto a sufrir mal de amor, es la realidad, sin embargo, no desistimos nunca en buscar esas sensaciones, como el que busca un tesoro escondido en el fondo marino con más de tres mil años de antigüedad. Al final, te das cuenta de que ese tesoro es mucho más vano y ridículo de lo que esperabas, suele ser así. Con todas y con esas le contesto:


—Vale, tus problemas son tuyos, y los míos… ya sabes… Debes irte en cuanto termines esa mierda que llevas entre los dedos, —sonrío con picardía.


—Mierda, Maxi. Siempre consigues lo que quieres, ¿eh?


—Ya lo sabes, no entiendo por qué insistes tanto.


—Está bien, está bien. Me iré en cuanto termine el pitillo. Pero, ¿y si te dijera que si haces que me vaya no te paso el número de teléfono de Howart? Me dejarías quedarme un rato más, ¿verdad? —la sonrisa pícara nace ahora entre sus labios.


—¡Joder! No harás eso, pásamelo, anda… no seas mala.


—Ya te he puesto mi condición, quien algo quiere, algo le cuesta.


—Ay… —suspiro, abatido—. ¿Qué voy a hacer contigo? Está bien, quédate, pero sólo un rato, necesito descansar, mañana tengo trabajo por hacer.


—Que sí… me fumo el cigarro y me voy, sólo quería saber si era tan importante para ti hablar con ese tipo.


—Lo es… ya lo sabes… ¿para qué haces ese tipo de pruebas? Eres masoquista, te gusta torturarte.


—No, soy mujer y me gusta tener la certeza de las intuiciones que tengo. Ahora te paso el número, —contesta, sacando su móvil del bolsillo.


Después de que lo trastee durante varios segundos, el mío vibra sobre la mesa.


—Ahí lo tienes, pesado, —dice, ahogando el cigarrillo en el impoluto cenicero que tengo, (no sé por qué razón desde hace siglos), y levantándose, agarrando su bolso y esbozando una gran sonrisa. Después se abalanza sobre mí y me besa en la mejilla—. Gracias por todo, eres un cielo. Ya nos veremos. Espero que te vaya bien con la putita…


—No la llames así… —gruño—. Ten cuidado.


—Lo haré. Hasta la vista, —y desaparece del salón, dejándome en mi maravilloso mundo de soledad, en mis cavilaciones dispares y cómo no, con los mini Héctors golpeteando en las paredes de mi cráneo. Han aparecido conforme he escuchado que se cerraba la puerta de la entrada, como si no quisieran que me quedase solo, como si quisieran hacerme una compañía sobrenatural, a la que no estoy acostumbrado y no creo que llegue a estarlo. Esta vez me miran con seriedad, están ahí, delante, en el suelo del salón. De pronto, uno de ellos salta:


—Miradlo, tan solo como siempre. Tratando de eludir una pena tan grande que le corroe entero su ser, es lo que trae la soledad a veces.


Los miro y sonrío, parecen las palabras del mismo Héctor pero dichas desde un enano parlanchín con voz de ser diminuto. Y es que parece que, para mí, Héctor no ha llegado a morir del todo, muestra de ello son estas visiones tan extrañas a la par que reales.


—No le digas eso, hombre, míralo. Él nunca ha querido estar solo, pero la vida lo ha llevado a que sea así, —le contesta otro de sus clones.


—¿Qué queréis? ¿Por qué aparecéis en mi cabeza? —Pregunto, sin dejar de sonreír. Parece mentira pero la situación me resulta de lo más cómica, no como las veces anteriores, que pensaba que me estaba volviendo loco por el shock de la muerte de mi mejor amigo. Quizá, las aclaraciones de Joe, hacen que lo vea todo de otro modo. Sea como sea, sigo sonriendo al formular las preguntas.


Todos me miran, hay siete en total y cada uno de ellos muestra una expresión diferente. Después miran hacia arriba, y desparecen sin contestar, como si alguien les hubiera llamado con urgencia y llegasen tarde a algún sitio, en donde, por no ser puntual, te cae un gran castigo. Me quedo con cara de bobo, tratando de atar cabos que están más desordenados que el cajón de escritorio de un quinceañero fanático del coleccionismo de piezas estúpidas.


Vuelvo en mí, siendo consciente de que el cansancio está haciendo mella en mis ojos, me escuecen. Me levanto del sofá y voy directo a la habitación, a pasar la que puede ser, la noche de más descanso desde hace una semana, pero, con un desorden doloroso en la cabeza a la vez que desconcertante. <<Mañana será otro día>>, pienso.


Me desvisto, me embuto en el nórdico y no sé lo que es antes, apoyar la cabeza en la almohada o quedarme dormido…


Un sonido escandaloso resuena en mi mente y provoca que despierte, sobresaltado. Es la maldita alarma del despertador, que parece haber cobrado vida propia, pidiendo ser desconectada. Son la siete de la mañana y en mi cabeza ya rondan los números y características de los seguros del hotel, después, un rostro bonito amenizado por un bello cuerpo que tiene un nombre, Sandra. Le contaré todo lo que ha pasado y no creerá que mi fin de semana haya transcurrido así. Pensará que estoy bromeando, cómo suelo hacer, después se dará cuenta que hablo en serio y buscará la mejor forma de consolarme, cómo sólo ella sabe hacer. Sara aparece después de Sandra, pero su recuerdo es incierto, como de un sueño confuso, la desconfianza me está llevando a contraer mis sentimientos hacia ella, buena prueba de ello es, que es la primera vez en semanas, que su imagen no es la primera en aparecer en mi mente nada más despertar.


Me levanto, me aseo, me pongo el traje de batalla y salgo hacia el trabajo. Una nueva semana me espera, llena de labores y compromisos.





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José Lorente.




domingo, 16 de marzo de 2014

Perfume. Capítulo 35

Al fin puedo completar la comida; el arroz estilo risotto me ha salido impresionante, para chuparse los dedos. Las felicitaciones de Sara al terminar de comerlo hacen que crezca mi ego. Nadie me ha dicho nunca tantas cosas buenas sobre mí, esta chica va a terminar por hacerme caer en un enamoramiento absoluto, allanador. La verdad, ya tenía ganas de vivir momentos así, después de tantos años de soledad, de relaciones vacías, de engaños y traición, creo que ya lo merezco. Es como ese regalo que uno siempre espera, pero que no sabe si terminará llegando algún día.


Sara se empeña en retirar la mesa, alegando que yo he sido el cocinero y que le toca a ella esa tarea, me parece justo y accedo, pero no dejo de ayudarla aunque ella no quiera. Me acomodo en el sofá, mirando los peces, como hago muchas veces, pensando en lo bonita que podría ser la vida acompañado por Sara, es lo que ella consigue que desee.


Siento sensación de sueño de nuevo, parece que no he dormido suficiente y mi cuerpo demanda descanso. Llega ella desde la cocina, se recuesta sobre mí, besando con fragilidad la parte que está entre mi cuello y mi pecho, esos besos me están acentuando el sueño, cierro los ojos. Oigo cómo pone la televisión y comienza a cambiar de canal, posiblemente en busca de una de esas películas romanceras de las tardes de los domingos, que siempre empiezan con la imagen de una de esas lujosas casas de campo blancas americanas, en donde termina pasando de todo, menos algo bonito.


—Duerme, cariño, —me dice despacio, acariciando mi rostro.


—Sí, gracias, —susurro, más cercano al mundo de los sueños que a la realidad.


Abro los ojos, me encuentro tumbado en el sofá, la televisión está apagada y Sara no está. El silencio invade toda la casa, estoy seguro de que no está, conozco este silencio como si lo hubiera vivido en todas mis anteriores vidas. Me levanto, saco el móvil del bolsillo para mirar la hora. Son las siete de la tarde, la noche ya ha caído sobre la ciudad, es domingo y mañana toca ir a trabajar, en unas horas debo acostarme de nuevo. <<Pero, ¿dónde habrá ido? ¿Por qué no ha esperado a que despierte?>> Voy a la cocina, encuentro un posit fosforito pegado en la puerta de la nevera con un pequeño texto escrito a mano: He tenido que irme, estabas tan dormido que me ha dado pena despertarte. Esta semana nos vemos. Vamos hablando, mi príncipe. Besos, tu princesa. Vuelvo a pegar ese maldito papel en la nevera, aunque no me guste tener nada adherido ahí; siempre he pensado que queda cursi y hace que el electrodoméstico parezca viejo. Pero viene de ella, desprende su olor, y es algo que quiero tener bien cerca, aunque tenga que romper mi regla de no poner cosas en la nevera. Voy al baño, desperezándome, pensando en arreglarme un poco y salir; el Nigth Jazz es el destino elegido. Me encanta ir los domingos a estas horas a tomar las últimas copas del fin de semana, a ahogar el final del tiempo libre entre notas de jazz auténticas. Unos vaqueros y un jersey color oliva de punto cruzado son mi indumentaria, con unas botas de color crudo, basta de trajes. Salgo a la calle, el frío es intenso, el aire es algo húmedo y de mi aliento brota vapor, me acurruco dentro del abrigo de tres cuartos y salgo caminando hacia el Nigth Jazz.


Al llegar, media hora después, veo que una de las luces del local parpadea de forma poco común, parece que se ha estropeado. Entonces, salen de dentro dos personas corriendo y gritando, llevan pasamontañas y una bolsa grande, me escondo en una esquina, observando a los criminales. <<¿Y si son los mismos que fueron a mi casa?>> Me pregunto. Suben a una furgoneta y ésta sale chillando ruedas, el portero del Nigth Jazz sale poco después, con su mano puesta en el muslo. Me acerco y le digo:


—¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra bien?


Me mira, angustiado, sudando. Al llevar la vista donde tiene puesta su mano me doy cuenta que su traje blanco se está tiñendo de rojo.


—¡Esos cabrones…! ¡Me han disparado, joder, me han disparado!


Saco mi móvil para llamar a una ambulancia y a la policía. Agarro al portero y lo ayudo a volver al local. Al entrar, una sensación extraña se infiltra en mis adentros, la música no ha golpeado en mis oídos haciendo que me transporte a otros lugares mágicos, no, lo que ha llegado a mí, son los gritos de varias personas, al comprobar que hay varios muertos en el local, uno de ellos es uno de los músicos. Ayudo al portero a recostarse en uno de los butacones.


—Han llegado gritando que nos tiráramos al suelo, con sus armas levantadas. Uno llevaba una escopeta recortada y el otro un revólver. Una mujer ha gritado y se la han cargado, sin más. El músico ha levantado la mano y se lo han cepillado también. Luego han robado la estatua de Franklin tallada a mano, que fue hecha exclusivamente para este local hace más de cien años. ¡Cabrones! —Me cuenta el portero entre suspiros y muecas de dolor en su cara.


—¿Y a ti?  —Pregunto.


—Yo estaba detrás del de la pistola. Me he abalanzado sobre él para ver si le quitaba el arma, pero el muy hijo de puta, se ha escabullido como si fuera un experto y me ha disparado en la pierna. Luego, el otro ha salido corriendo y él me ha mirado a los ojos, para después seguirle. Me ha perdonado la vida, podría haberme matado y no lo ha hecho. ¡Joder! ¡Cómo duele, hostia! —Las gotas de sudor brillan en su tez negra.


—Tranquilo, pronto llegará la ambulancia, está de camino, aguanta.


Me levanto y miro el local, la gente está aterrada, apenas se atreve a abrir la boca, se mantienen en las posiciones que quedaron cuando los bandidos estaban aquí. Los cadáveres están ahí, derramando sangre, manchando la moqueta. Unas manchas que tardarán mucho en desaparecer, sobre todo de la memoria de los que están aquí. La tragedia no puede ser mayor. Una mano me coge por detrás, fuerte.


—Max, —me dice. Es la voz de Paula.


Me giro, se abalanza sobre mí, llorando, muerta de miedo. Lo que le faltaba a la niña, ayer su hermano y hoy esto. Va a quedar traumatizada al final, la vida se ha cebado con ella en este fin de semana fatídico. Le acaricio la cabeza siguiendo el sentido de su pelo y le digo:


—Ya está, bonita, ya está. Ya pasó, estoy aquí, se han ido. Tranquila.


—¡Vámonos, Maxi, vámonos de aquí!


—Está bien. Salgamos.


La saco de allí lo más rápido que puedo, no quiero que sufra más. Iremos a otro lugar más tranquilo. <<No puede estar pasando esto… estoy soñando, estoy soñando>>… me digo.





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José Lorente.




domingo, 2 de marzo de 2014

Perfume. Capítulo 33


Corto la llamada, esta conversación me ha dejado mucho más tranquilo. Siempre que Joe me ha aconsejado, el tiempo le ha dado la razón, no ha fallado nunca. A partir de ahora tendré que vigilar las acciones de Sara, no he de confiar del todo, pero, me gusta tanto… Es tan buena conmigo. Nunca he sentido las sensaciones que ella me ha despertado, desde el primer día que la vi, que la olí. Fue como un torrente de agua que llega para refrescar una tierra que lleva demasiados meses sin empaparse. El amor toma un significado diferente cuando pienso en ella. <<¿Por qué se habrá ido? ¿Dónde estará? —Me pregunto—. Quiero llamarla, pero tampoco quiero que piense que la agobio, tengo tantas ganas de sentirla cerca, que saldría a buscarla a la calle, pero no lo voy a hacer. Mejor me quedo aquí, me meto en mi selva, con mis animales, ellos sí me entienden, o al menos eso parece>>, pienso.

Subo al piso de arriba, entro en la habitación tropical, Priscila y Rocco salen a saludarme.

—Max… Max… —Dice Rocco, posándose en mi hombro.

Le acaricio el cuello, remolonea con mi mano. Me siento en el suelo, pensando mis cosas. Una pequeña ardilla rayada sale de entre unos matojos, cargada con unas semillas, es la primera vez que la veo desde que metí la pareja de ardillas; se queda mirándome varios segundos, comiendo una de las semillas con sus movimientos veloces de mandíbula. La imagen me roba una sonrisa, la ardilla parece asustarse y se esconde de nuevo. Suena el timbre. No sé quién puede ser, quizá sea Sara. Bajo corriendo, esperando encontrármela detrás de la puerta. Abro y sí, es ella, cargada con una bandeja de lo que parecen ser pasteles.

—Hola, cariño, —dice, pasando y dándome un beso—. Me agobiaba aquí sola y he salido a dar una vuelta, a ver si veía una pastelería, me apetecía comer pasteles. No sabía cuáles te gustaban y he cogido un poco de todo, mira, —y destapa la bandeja, dejando asomar una variedad de dulces, que bien podrían acabar con el hambre mundial.

—Te he llamado, ¿por qué no me has avisado? No sabía si te habías ido o qué habías hecho.

—No quería molestarte, estabas en un funeral. Por cierto, ¿qué tal ha ido? ¿Cómo estaba la familia? Tienes mejor cara que esta mañana, —su expresión dulce y simpática me embriaga, me quedo embobado, mirándola.

—Bien… bueno… ya sabes cómo son estas cosas. Mucha tristeza y alguna cara indeseable, pero ya está, él ha pasado a ser un bonito recuerdo. Ahora tengo que apoyar a la familia todo lo que pueda. Debo relajarme hoy, lo merezco.

—Sí, debes estar tranquilo, yo estoy aquí. Vamos, te daré el masaje que no pude darte anoche. Verás qué manos tengo.

—Eso sería estupendo, ¿harás eso por mí?

—Ni lo dudes. Vamos, dejaré esto en la cocina y te lo hago, —se da la vuelta y se encamina a dejar los pasteles. La sigo como el que sigue al líder de los centinelas de una guerra sin fin.

Llegamos al salón. Los sofás parecen esperarme, ansiosos de notar el peso de mi cuerpo hundido en ellos. Sara está apartando los cojines, para que pueda tumbarme y estar más cómodo.

—Quítate la ropa, anda, —me dice. Lo hago, sin preguntar.

Me tumbo en el sofá, boca abajo. La comodidad me envuelve, sigo estando bastante cansado. Poco después, noto su presencia por detrás de mí, su calor corporal en mi cuerpo. Se sienta en mi trasero, sus manos frías comienzan a manosear mi espalda, lo hace francamente bien, yo diría que es una profesional. Me estoy relajando mucho, me entra sueño, noto la vigilia tocando a la puerta de mi mente en forma de imágenes distorsionadas de la realidad. <<Me voy a quedar dormido>>, pienso.

—¡Eh, tú! ¡Despierta! —dice Sara en tono alto mientras toca mi pelo, masajeando mi cabeza.

—Estoy despierto, —contesto.

—Y una mierda, tío, estabas roncando. Será cabrón…

—¿En serio?

—Sí, además parecía que hablabas algo que no he podido entender.

—¿Hablo en sueños?

—No sé, eso parece. Voy a parar ya, porque si no, te quedarás dormido de nuevo. No quiero que estés durmiendo, quiero disfrutar de ti, esta noche me iré y no tendremos este tiempo tan valioso para estar juntos.

—Me parece justo. Pero, al menos nos veremos en el metro por las mañanas, ¿no?

—Sí, supongo que sí, aunque en el trabajo se rumorea que quizá me cambien de zona esta semana. Ya te iré comentando según vaya enterándome.

—¿De zona? Pero, ¿no eres diseñadora de interiores?

—Sí.

—¿Y cambias de zona? Pensé que trabajabas en una oficina.

—Sí, pero muchas veces salgo de allí para ir a casa de los clientes. Me puedo pasar varios días, quizá semanas, con el proyecto de una casa, depende de lo que quieran los clientes. He estado en la zona de Benicalap las últimas semanas, decorando un conjunto de casas adosadas. Mi jefe me dijo que esta semana, era probable que terminara ahí y me fuera a otro lugar.

—Entiendo. Vaya… pues nos veremos por la tarde…

—Sí, espero sacar tiempo de no donde no hay para poder verte algún día. Aunque suelo ir bastante liada con las clases y demás.

—Ostras… bueno… siempre nos quedará el fin de semana.

—Sí, eso sí. Si no nos vemos esta semana, nos veremos el viernes, o el sábado. Eso seguro. Estaré contando los segundos que faltan para verte, te voy a echar de menos, Valentín, guapo, —una última presión con su mano en uno de mis músculos dorsales culmina el trabajo mientras dice esa última frase.

—¿Ya?

—Ya. No me digas que no te has quedado bien, ¿eh?

Me levanto, me estiro todo lo que puedo, comprobando que sí, que me ha dejado como nuevo. Vaya manos.

—Sí, ¿estás segura que eres diseñadora y no masajista?

Una sonrisa nace de sus labios.

—No, aunque vistas las opiniones de todas las personas a las que he hecho masajes, bien podría dedicarme a ello, sí. Oye, tengo hambre, ¿qué podemos comer?

—Es verdad, son casi las tres. ¿Qué te apetece?

—Me apetece que me cocines, a ver qué sabes hacer.

—No soy un gran cocinero, normalmente cocina Marisa. Los fines de semana suelo comprar algo por ahí, cuando no, salgo a comer fuera. Pero puedo hacer un esfuerzo. ¿Risotto con gambas y setas? Lo he hecho unas cuantas veces y no me sale mal del todo.

—¿Cómo puede ser?

—¿Qué?

—El risotto es mi arroz favorito, y ahora resulta que es lo que mejor sabes cocinar. Todo parecen señales del destino. Eres perfecto. Comamos risotto cocinado por mi amor, elaborado con todo su amor.

—Vaya… sé hacer otras cosas, pero vamos… eso es lo que mejor me ha salido. Manos a la obra entonces. Me gustaría que me hicieras compañía mientras cocino, abramos una botella de vino. ¿Te parece?

—Tú sí que sabes disfrutar de la buena vida, cielo. Vamos, de postre tenemos pastelitos.

—Sí, dulces como tú.

—Anda, galán. Me vas a sonrojar.

—Es que eres como la miel de dulce, —me lanzo a darle un bocadito en el cuello. Las risas suenan mientras nos acercamos a la cocina. Voy a hacer mi primera comida para compartirla con alguien en esta casa. Ella, sin duda, merece la ocasión.

Al entrar en la estancia, voy directo a mi vinoteca; ahí tengo una selección de vinos de lo más exquisito. Le doy a elegir, sé que a ella le gustan mucho también. Elige un Somontano, crianza del ochenta y nueve; toda una delicia para el paladar. Aprovecho para sacar un preciado queso de cabrales, que guardo para esas ocasiones en las que me pongo a beber vino, observando el gran acuario del salón. Al abrir la botella y el queso, la mezcla de aromas impregna mi olfato, llenándolo de armonía culinaria.

—Ese queso es alucinante, —me dice.

—No le gusta a todo el mundo, es muy fuerte, pero si lo combinas con el vino, puede resultar hasta orgásmico.

—Doy fe de ello, aunque prefiero un orgasmo provocado por tus encantos.

—Y yo por los tuyos.

Comenzamos a beber, el agua de la cazuela empieza a hervir al mismo tiempo que nuestros labios se funden en uno, llenándose de deseo y placer.



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José Lorente.