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miércoles, 28 de mayo de 2014

Un debate sobre sueños

¿Y qué pasa cuando una casualidad se convierte en causalidad? ¿O es que no existen las casualidades y sí las causalidades? Eso mismo me pregunté yo la noche de ayer, una de tantas veces que me he formulado esa clase de incógnitas. Mis conclusiones son mías, no por ellos deben ser, necesariamente, equivocadas.


    A menudo escuchamos a alguien decir: «Vaya casualidad». Es muy convencional utilizar esa expresión cuando algo nos resulta fruto de una suerte extraña, de una conjugación de actos que llevan inevitablemente a ese hecho que nos deja boquiabiertos, anonadados, absortos en un misterio imperturbable al que no somos capaces de acceder, al menos conscientemente. Es entonces cuando dejamos que la suerte magna dé su explicación, que es tan limitada como nuestro frágil entendimiento. Pocas personas son capaces de pararse a pensar que esa «casualidad» es fruto de un sinfín de actos llevados a cabo intencionadamente por cada individuo, y es que, sin que nosotros lo sepamos o lo entendamos, a nuestro alrededor actúan una infinidad de fuerzas que tienen que ver directamente con cada uno de nosotros y lo que nos rodea. Nada es al azar, por lo tanto me aventuro a decir, que la llamada suerte no existe en realidad, sino en una ínfima parte de nuestro cerebro, catalogada con ese término coloquial que parece darle sentido a todo lo que no tiene ninguna explicación lógica para nosotros, el ser humano. Pero, ¿quién soy yo para afirmar algo tan contrario a las creencias de la mayoría de las personas? Pues… sólo un hombre que no se conforma con pensar que todo es cómo nosotros creemos que es. Bajo mi punto de vista, no tenemos ni siquiera una remota idea de qué rige en realidad a la vida en su exponente máximo. Y con estas palabras os relato uno de los múltiples hechos que me han ocurrido a lo largo de mi curiosa e insignificante vida, llena de esas casualidades que según muchos, son fruto de la poderosa suerte; yo digo que es causa del destino que uno mismo se preocupa en

miércoles, 9 de abril de 2014

La cartera llena

Arturo era un vagabundo profesional, de esos que saben buscarse la vida sin necesidad de seguir el patrón estipulado por la sociedad. Su relación con el dinero era discreta, más bien pobre, nunca mejor dicho. Todo lo que necesitaba, lo encontraba buscando por los campos, pescando en los riachuelos, cuidando de las dos cabras que un mercader dejó olvidadas un día junto al lago.


    Una mañana, Arturo salió de su porche, construido con cartones, plásticos y maderas viejas, agarró su carromato destartalado y fue en busca de frutas, avanzando por aquel camino de tierra, por el que acostumbraba a andar cada mañana. Cuando llevaba caminando largo rato, algo llamó su atención en medio del camino; era un bulto de color negro, destacaba sobre la tierra seca de la senda. Al acercarse, se dio cuenta de que era una cartera de caballero, de esas que hacía siglos que no veía. Soltó el carromato, lo rodeó y con extrema curiosidad, le dio dos patadas a la cartera, como un auténtico cavernícola que encuentra una piedra de oro desconocida. Naturalmente, Arturo no era un cavernícola, conocía la vida moderna, pero de lejos, de muchos años atrás, cuando era un joven estudiante entusiasta de quince años. Lamentablemente, todo cambió para él, en el momento de la muerte de toda su familia en un accidente de vuelo, quedándose solo, teniendo que buscarse la vida de la mejor forma que se le

domingo, 3 de noviembre de 2013

Perfume. Capítulo 16

Siete mensajes de la guapa y dulce Sara, ni siquiera me he dado cuenta que han llegado. <<Qué borracho vas, el vino te ha cegado. Los mensajes han llegado a las cinco y cuarenta y tres y ahora son las cinco y cincuenta y ocho. Bueno, tampoco es demasiado tiempo. Contéstale ya>>, me digo, concentrado en la pantalla del móvil. Abro la aplicación rápidamente:




Sara Robledo


últ. vez hoy a las 17:51






No te olvides de tocar la


piedra siempre


ni de traerme un regalo en 


forma de


souvenir  08:46




Te mando muchos besos,


preciosa  8:47






Hola, señor Valentín 17:41




Decirte que la piedra que me has


regalado me encanta, me gustan esos


pequeños detalles en un hombre. La


llevaré siempre conmigo.


Te lo aseguro. 17:41




No te preocupes que te traeré algo,


quizá un amuleto de la suerte 17:42




Así estaremos en paz en cuanto a


regalos, te parece? 17:42




Un besazo enorme, delincuente 17:43




Ah, y la foto que tienes puesta


me encanta. Estás sexy. 17:43




Muaaaaks 17:43






Preciosaaa 17:59




No me había enterado de tus


mensajes 17:59




Eso, eso. Así me gusta, que


me tengas en cuenta  durante


tu viaje 18:00




A mí también me encanta tu


foto, me encantas tú


entera 18:00




Cuando vuelvas te veo,


no? 18:00




Pásalo genial, bombón 18:00




Muaaaaa 18:01






Guardo el móvil y la voz de Sandra vuelve a la escena.


—Oye. ¿Me estás escuchando? ¿Qué era eso tan importante que tenías que hacer con el móvil, que ni siquiera estabas haciéndome caso?


—Disculpa. ¿Qué decías?


—Da igual. Vamos a sentarnos.


—Sí. Me muero de sed.


—Yo también.


Nos acomodamos en los butacones. El músico acaba de terminar la canción y está diciendo unas palabras para presentar la siguiente.


—El tema que interpretaré a continuación, es muy especial para mí. Es un pequeño tributo a uno de mis músicos referentes:


>>La vie en rose, de Louis Armstrong. Espero que la disfruten y la sientan tanto como yo. Gracias, —dice el músico.


—Anda, qué casualidad. Justamente esa canción. Veníamos escuchándola y ahora la tenemos aquí, en directo, —me dice Sandra, con gran expresión de alegría en su rostro.


—Sí, cierto. Por eso es mágico este local. Siempre hay algo que te sorprende, —contesto con media cabeza puesta en Sara al haber recibido sus mensajes y pendiente de si el móvil vuelve a vibrar.


—Qué lugar tan bueno éste, —agrega ella, moviendo su pierna al compás de la canción que empieza a sonar.


Se acerca otro camarero, también negro, y vestido como el anterior.


—¿Qué desean los señores? —Pregunta.


—Yo tomaré un gin tonic de Bombay Sapphire, —dice Sandra.


—Yo otro, pero con Hendrick´s.


—Muy bien, señores. ¿Alguna cosa más? ¿Algo para picar?


—¿Tú quieres algo, Sandra?


—No, todavía voy hinchada de la comida.


—De acuerdo. Es todo, muchas gracias, —le digo al camarero, que hace un gesto de asentimiento y se retira a servir el pedido.


—No podemos hacer nada hoy. Sandra, no creas que no me apetece pero, sería ir en contra de mis principios si después de conocer a Sara, con todo lo que siento por ella, me acostara contigo.


—¿Cómo? Pero, bueno. ¿Qué mosca te ha picado con esa tía? Si no es nada tuyo, sólo es una desconocida que te ha dado su número, nada más.


—Sí, una desconocida que, sabes perfectamente todo lo que ha despertado en mi interior siendo eso, una desconocida. De sobra sabes lo difícil que es, que una mujer, me haga sentir estas cosas y más sin conocerla de nada. Ya te he dicho que no me gustaría cagarla con ella ni hacerle daño ni nada de nada, ¿entiendes?


—Sí, entiendo. Pero también entiendo, que si te acuestas conmigo hoy, no va a pasar nada, porque ella no está implicada en tu vida, todavía. Quizá más adelante lo esté, pero ahora no. No la traicionarías ni le estarías haciendo daño, porque no es nada tuyo, ¿entiendes eso tú? Y te lo digo desde la perspectiva de una mujer, ¿eh?




—Sí, seguramente tienes razón pero, no me gusta actuar contrariamente a mis instintos. Mi conciencia me dice que no haga nada contigo hoy, no sé. Quizá debería tomarme menos en serio esas cosas.


—Pues claro, tonto. Pareces otra persona desde que has estado trasteando el móvil. Era ella, ¿verdad? ¿Te ha contestado? No pienso entrometerme entre ella y tú pero, acuérdate lo que me has dicho antes en el coche, sobre dejarnos llevar. ¿Crees que puedes seguir esa regla todavía? —Se abalanza sobre mí, tentando mi debilidad masculina.


—Mujer, viéndote así, tan de cerca, pues… bueno… veremos que sucede, —contesto, dejándome querer.


—Ese es mi Maxi. Luego no dirás lo mismo, estoy segura. Mañana será otro día. Quizá yo tampoco quiera o pueda volver a acostarme contigo. También está Carlos por ahí, ¿recuerdas? Según lo que dices tú, yo tampoco debería tener nada contigo hoy, ¿no? Tonterías, todavía somos libres, como siempre. No seas tonto y disfruta.


—Es verdad. Suena muy convincente lo que dices, cualquiera se resiste a tus razonamientos, y a tu belleza. Si es que…


—Claro, bobo. Disfrutemos del momento. Ya vendrá lo que tenga que venir.


—Sí.


Me centro en la música y trato de sacar a Sara de mi mente. El camarero nos sirve las copas y deleitamos nuestro paladar con tan apetecibles bebidas.


Dos copas más tarde, llega el momento de irnos. Hemos disfrutado de la actuación del músico que, ahora sé que se llama, Charles Owen, quiero seguirle después, seguir su carrera musical. Sus canciones me han llegado muy adentro. Sandra también ha quedado impresionada por ese hombre negro, que parecía fundirse con su saxofón y que tenía una voz ronca y carismática. Ella no deja que pague ni una copa siquiera y yo acepto a regañadientes. Aunque yo le haya invitado a comer, no me gusta mucho que me pague todas las copas; nos son baratas precisamente.


Caminamos hasta la puerta de la entrada, donde está el recepcionista con nuestras americanas en la mano, aguardando que las recojamos. Mientras me la pongo observo el local, la gente que hay en las mesas; está lleno y entre la multitud parece que veo la melena de Sara. Me quedo congelado ante la posibilidad de tenerla tan cerca. <<No puede ser ella, debería estar en su clase de pilates, o de danza, o en el gimnasio>>, me digo, confuso. Miro la hora; son las ocho y treinta y cinco de la tarde. <<Sí, a estas horas debe estar en alguno de esos sitios. pero>>… continúo deliberando. La supuesta Sara gira un poco su cabeza, permitiéndome ver su cara y sí, es ella, sin duda lo es y está con otro chico. <<¿Ha mentido? ¿Por qué está aquí?>> Me pregunto. No lo sé, tampoco quiero comprobarlo, está con otro tío y ahora nada me cuadra. Saco el móvil para ver si ha contestado a mis mensajes, no hay mensajes nuevos. Abro el chat y compruebo que no se ha conectado. Agarro a Sandra del brazo y provoco que salgamos rápidamente. Visto lo visto, voy a acostarme con ella, sí o sí.



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José Lorente.


miércoles, 30 de octubre de 2013

TRECE

Una luz dorada incidió en sus párpados, tentándole a descubrir sus ojos; al abrirlos, pudo distinguir en el techo de esa habitación, el número trece, grande, con letra nítida y elegante. La mencionada luz nacía del interior del número. Esmeralda se quedó pasmada y aterrorizada. No sabía dónde ni por qué estaba ahí. En su memoria comenzaron a florecer recuerdos de experiencias que, desde hacía unos días, habían tenido lugar en su vida, con referencia a ese número.




Todo comenzó una bella mañana de otoño. Ella estaba regando las plantas de su jardín, como era habitual cada mañana. El teléfono móvil sonó en el interior de la casa y Esmeralda corrió a cogerlo. La llamada entrante era por parte de un número sin identificar, al descolgar, silencio; un silencio vacío, inquietante. La llamada se cortó poco después y en la pantalla del móvil sólo quedó la hora; las 10:13. No le dio demasiada importancia, pero sí se le quedó grabada esa hora en la mente; era muy supersticiosa y según la gente en general, ese número, el trece, da mala suerte. Siguió con sus tareas habituales durante todo el día, pero no fue un día como los demás, la misma llamada se repitió otras dos veces; a las 16:13 y a las 21:13 horas. A Esmeralda no le hacía ninguna gracia pensar en el hecho de que alguien le estuviese gastando una broma pesada, sabiendo su debilidad supersticiosa. Llamó a las personas que podían haber pensado en hacer algo así y se dio cuenta de que nadie lo había hecho, entonces, ¿quién podía estar llamándola desde un terminal con el número oculto y siempre a los trece minutos de una determinada hora? No tenía ni idea, pero ese hecho le erizaba el bello de todo su cuerpo cada vez que lo pensaba. Su marido, Jorge, conocedor del gran temor que sentía ella por sus supersticiones, trató de consolarla restando importancia a ese

domingo, 22 de septiembre de 2013

Perfume. Capítulo 10

Sigo detrás de ella, no puedo dejar de mirarla, tampoco puedo dejar de pensar en lo que acaba de suceder. <<¿Quién sabe lo que puede pasarte? La vida te brinda unas sorpresas a veces>>… recapacito. Su falda negra y ceñida por encima de las rodillas, dibuja una silueta perfecta, al menos, perfecta para mí. Y esa chaqueta americana gris oscuro, le da un toque de elegancia que va acorde con su aroma. <<Qué piernas>> pienso, sin dejar de observarla mientras sube la escalera, algo alejada, delante de mí. Termina la escalinata, llego al llano de arriba, ella se aleja, la gente se pone delante y no la veo, una chica de pelo rosa que se había cruzado delante de mí impidiendo que la viera se aparta, la vuelvo a ver, está pasando la tarjeta. Saco de mi bolsillo una de mis tres piedras de la suerte y grito:


—¡Sara!


Se gira sonriente desde el otro lado de las barreras de seguridad.


—Sabía que me dirías algo más, —contesta en tono alto, para que la oiga bien.


—¡Toma! —Le digo lanzándole la piedra, la agarra demostrando extrema agilidad.


—¿Qué es esto?


—Es una de mis piedras de la suerte, siempre las llevo conmigo, —respondo mientras paso mi tarjeta y las barreras se abren—. Siempre que tengo pensamientos negativos, las toco y recuerdo que tengo que sacar esa negatividad, —concluyo mientras llego donde está ella que, continua observando el pequeño regalo que le acabo de hacer. Llego y la acompaño en la observación de la roca; es una china redonda, amarillenta, con una capa de esmalte brillante y rayas azules que se expanden por toda su superficie—. Las compré en un mercadillo, en Italia. El japonés que las vendía me dijo que empleara esa técnica cada vez que me sintiera mal, —le digo—. Quiero que la guardes para tu viaje, así te acuerdas de mí. Te dará suerte.


—Vaya, eres un chico supersticioso, ¿eh?


—Yo no lo llamaría así. Yo lo llamaría… creyente en fuerzas desconocidas que escapan a nuestro entendimiento, —le explico, sonriendo, con otra de las piedras en mi mano, alzándola en el aire.


—Bueno, sí. Podría ser una forma de llamarlo, —contesta, mirando el reloj, momento que aprovecho para espiar el canalillo que asoma a través de la abertura que lleva su camisa beis.


Se intuyen unos senos que me hacen imaginar cosas más allá de lo que me hace sentir. La puedo imaginar en sus momentos más ardientes, su voz me saca de esos pensamientos veloces y distraídos.


 —Debo irme, Valentín. Me encantaría quedarme aquí un rato más, pero no puedo.


—Claro, yo también tengo que irme.


Miro alrededor, no hay nadie más, sólo el guardia de seguridad, nos hemos quedado solos. Le cierro la mano entorno a la piedra que le he obsequiado, sin soltarla le beso la mejilla lentamente mientras ella cede dando un empujón con su cara en la mía y nos frotamos suavemente los rostros. Se separa como quién se marcha a la fuerza y sabiendo que, si nos quedásemos un poco más, no se sabe lo que podría suceder.


—Venga, hasta la vista, Valentín, seductor, —dice, comenzando a andar.


—¿Seductor? Tú sí eres seductora, la diferencia es que no tienes que hacer nada para serlo.


—Tú tampoco, no te equivoques, guapo.


—Bueno, si tú lo dices. Pronto sabrás de mí, —le digo mientras veo cómo se va alejando. Comienzo a andar, es el inicio de la escalera que da a la calle, ella la sube y yo detrás, a escasos metros.


—Pásalo bien en tu viaje, belleza, —le comento en tono alto.


—Tú pásalo bien en todo lo que hagas, —replica, alegre.


El final de las escaleras llega y nuestros caminos se separan; de momento.



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