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miércoles, 26 de febrero de 2014

La niña que pensaba en marionetas

En el pequeño teatro, de una pequeña localidad, de un gran país, tenía lugar un espectáculo de muñecos de trapo. Lucía, una niña de seis años, estaba sentada entre el público, observando embebida aquel curioso espectáculo.


    Las marionetas bailaban, gritaban, lloraban, reían, <<¿cómo es posible que puedan hacer todo eso? Si son de trapo>>, pensaba Lucía con la boca abierta.


    Después de la función, volvió a su casa, de la mano de su inseparable madre. Al llegar quiso saber más sobre lo que había visto.


    —Mamá, ¿cómo pueden hablar unos muñecos?


    —Es la magia del teatro, hija. Allí, todo es posible.


    —Pero, ¿por qué mis muñecas no hablan?


    —Porque no están en el teatro.


    Lucía se quedó meditando largo rato; quería que sus muñecas hablaran e hicieran todo lo que había visto en el teatro. Se fue a jugar con ellas, pero nunca cobraron vida. Les recreó un mini teatro, pero aquellas siguieron sin hacer nada. Lucía se enfadaba cada vez que sus muñecas no cobraban vida. Hasta que un día, el milagro ocurrió, después de dos años tratando de recrear el ambiente exacto al del teatro, las muñecas al fin despertaron de su letargo y comenzaron a hablar con

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Dulce aventura

Ocurrió hacia las 2 de la madrugada, de aquel 26 de diciembre, de 2003. Me dirigía con mi coche a casa, venía de pasar varios días con la familia en la pequeña aldea donde me crie.


    Un tramo de carretera de montaña llena de curvas y por la que es difícil cruzarse algún coche, separa la ciudad de esa aldea. Escuchaba la radio, sonaba un debate sobre la Navidad y sobre la ilusión que producía el consumismo puro y duro en estas fechas tan entrañables y señaladas en todo el mundo. El pequeño Fido Dido que colgaba de mi espejo retrovisor central, se movía empujado por la inercia en cada curva. La oscuridad sería absoluta de no ser por la creciente y casi llena luna, que bañaba todo el monte, regalando un paisaje digno de apreciar.


    Giré dos curvas muy cerradas, una a izquierda y otra a derecha, nada más salir de la segunda, mis reflejos se vieron puestos a prueba, para tratar de detener el vehículo en seco. Un coche con los cuatro intermitentes estaba parado en medio de la carretera, delante de ese, había más, todos igual, con las luces puestas y los intermitentes centelleando; parecía más un atasco de los que se forman a hora punta en las entradas y salidas de la ciudad. No era propio encontrarse eso allí. Mi sorpresa fue considerable al observar tal fenómeno, en mis 40 años de vida, jamás me había visto obligado a parar por encontrarme un coche parado delante de mí. Algún frenazo brusco por cruzarse algún animal salvaje, pero nada