Mostrando entradas con la etiqueta Carlos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de octubre de 2013

Perfume. Capítulo 13

Después de hora y media de negociaciones con Anthony y su traductor, conseguimos venderle el seguro, y no sólo eso, también conseguimos que prorrogue su estancia en el hotel por cuatro días más. Teniendo en cuenta, que su habitación cuesta ochocientos euros el día, y que, de esos, nos quedamos Sandra y yo el quince por ciento cada uno, más el cuarenta por ciento del total del precio del seguro, el negocio nos ha salido redondo y hemos decidido salir a celebrarlo, además, hoy es viernes, tenemos todo de cara y mucho que celebrar. Después de dejarnos todo el trabajo adelantado para el lunes, hemos hablado con nuestro jefe y nos ha dicho que nos podemos tomar el resto del día libre, que hemos cumplido con creces nuestros objetivos.


Salimos del hotel felices y bromeando por las caras que ponía el actor famoso al escuchar hablar a Sandra, en perfecto inglés, sobre los lugares turísticos de la ciudad. Al final el traductor personal del actor no hizo falta, se mantuvo en silencio durante toda la reunión.


Álex, el recepcionista, suelta otro de sus desafortunados comentarios al vernos salir.


—Qué bien viven algunos… la una y media y ya se van a casita. ¡Ay!


—Haberte dedicado a otra cosa, amigo, —le replica Sandra, que tampoco le hace mucho caso a ese pesado.


Yo, sonrío y añado:


—No la pongas furiosa, que te come, ¿eh? Es una fiera.


Aparta su mirada de nosotros, avergonzado por la contestación que se ha llevado por parte de mi compañera y agacha la cabeza.


—Eso, eso, trabaja un poco y quizá puedas ascender, —le susurro a Sandra, que me mira sonriendo, feliz, consciente de nuestro buen hacer hoy y de nuestro golpe de destino en forma de amor.


Voy pensando que iremos en su coche, ella nunca viene en metro, va a todas partes con su BMW Serie 3 descapotable color rojo, o con su scooter de ciento veinticinco centímetros cúbicos, color oro. No me equivoco demasiado y andamos dos manzanas hasta llegar a su coche de Barbie perfecta. Montamos, huele a ambientador de fresa. Es enero y hace bastante frío. Son casi las dos de la tarde, hemos hablado de ir a comer. Antes de arrancar me pregunta:


—¿Qué te apetece comer? ¿Dónde vamos?


—Pues, no sé. Tampoco es que tenga demasiada hambre pero, ¿por qué no vamos al restaurante de mi amigo Toni? Ya sabes las pizzas y pastas que hacen allí, y también sabes que tienen buenos vinos. A mí me apetece. ¿Qué dices?


—Yo estaba pensando en ir a un japonés. Pero tu idea me parece estupenda, nos beberemos un par de botellas, ¿no? Estamos de fiesta. Tengo ganas de marearme.


Doy una carcajada mientras la miro después de escuchar esa última frase. La última vez que la escuché de su boca, terminamos haciendo el camasutra en la habitación de su loft. Hace tiempo que no mantengo relaciones y no estaría mal follármela, hacerlo con ella es garantía de buen polvo.


—Como si queremos bebernos tres, —respondo siguiéndole la fiesta y enfocando mis pensamientos en apagar mi sed de sexo.


—Eres un cabronazo. No esperaba otra respuesta viniendo de ti. Qué pena que no seamos del todo compatibles, si no, ya tendríamos hijos, al menos.


—¡No jodas! Déjate de hijos, por ahora. No sé si estaría preparado para ser padre.


—Yo sí, sólo me falta el marido, —contesta seguida de una inmensa carcajada irónica, que esconde las ganas que tiene de sentar su vida sentimental—. Y tú, seguro que también, no seas tonto, mírate, lo tienes todo.


—Bueno, eso de “todo”, es bastante relativo. Según los ojos que te miren. Está visto que tú me miras bien.


—¿Y qué me dices de todas esas niñas que llevas detrás, que no paran de enviarte mensajes ni de llamarte? Tantas no podemos equivocarnos mucho, ¿eh?


—Bueno, quizá son chicas a las que les gusta un tipo de hombre como yo, nada más.


—¿Y Sara? ¿Acaso crees que ha sido casualidad, que de toda la gente que había en el metro, te pidiera el favor a ti? ¡Venga, hombre! Que eres un partidazo y ya está, reconócelo, por favor, déjate de tanta humildad, saca tu lado salvaje y oscuro de una vez. Sé que lo tienes.


—Bueno, Sandra, querida. Si tú piensas que soy todo eso, perfecto, me halagas mucho, pero yo tengo un concepto diferente de mí mismo y de todas las cosas que engloban a la atracción física y sexual.


—¡Ay! Ya estamos. Cómo eres, ¿eh? Nunca lograré que te comportes como un auténtico cabronazo, no lo eres. Desistiré en mi empeño por conseguirlo.


—No, no lo soy, cariño. Y si lo sabes, ¿por qué vuelves a intentarlo una y otra vez?


—No sé, supongo que será porque eres el único tío que he conocido en mi vida, que no es un cabrón por naturaleza. Bueno, exceptuando a Carlos que, mira qué casualidad, ahora lo tengo en mi lista de whats. ¿No es increíble?


—Sí lo es, sí. Quizá él no haya cambiado y siga sin ser un gilipollas, ¿quién sabe?


—Sí, no lo sé, pero pronto lo iremos descubriendo. En cuanto lleguemos al restaurante pienso escribirle algo. No sé por qué, pero hay algo que me empuja a querer verlo de nuevo, bueno, eso sin contar el cuerpazo y la cara que tiene… ¡Dios, qué bueno está!


—Claro, escríbele y ponle que quieres follártelo, —contesto, bromeando, con una fuerte carcajada. Ella me mira seriamente durante un instante y después ríe conmigo del mismo modo.


—No serás un crabrón, pero bromitas, te las sabes todas, idiota.


—Ya me conoces. Ahí tenías un sitio para aparcar. Da la vuelta. El restaurante queda cercano.


Aparcamos y entramos en el sitio. Una música relajada de violines ambienta la sala. Cortinas rojas con borlas doradas cubren los ventanales y varios camareros vigilan el local. Sólo tienen tres mesas ocupadas, está muy tranquilo y, al reconocerme, nos llevan a una zona un poco más vanguardista que hay para clientes VIP. Nos sentamos y pedimos. Yo una pizza especial “Toni” y ella, unos ñoqui con setas al pesto. Una botella de rioja Montecillo, reserva del noventa y seis, y una tapa de quesos de cabra combinados con mermeladas dulces cierran el pedido. La comida promete ser deliciosa, como siempre. Cuando viene el camarero y nos sirve el vino, Sandra me dice:


—Ostras, con el hambre se me había olvidado escribir a Carlos, voy a ello, disculpa.


—Claro, mujer.


Saca su móvil del bolso y cuando comienza a trastearlo, la melodía que tiene por tono de llamada se activa. Sonríe y me muestra la pantalla, en la que pone:


 Carlos Barrameda


 CONTESTAR  RECHAZAR


La miro haciendo un gesto de “adelante, cógelo, la vida es así de sorprendente” y sonrío. Contesta con un “¿sí?” en tono interesante. Yo, cojo la copa de vino y disfruto de lo que voy a escuchar.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.


domingo, 6 de octubre de 2013

Perfume. Capítulo 12

…—Iba caminando hacia casa, cuando me crucé con un tío que estaba tan bueno, que no pude evitar mirarle fijamente a los ojos al pasar a mi lado, comprobando que él también me miraba a mí. No sé qué pasó, no lo suelo hacer nunca, pero sonreímos los dos como si tuviéramos una alianza común, un plan entre ambos. Seguí adelante sin hacer demasiado caso, pero extrañada por esa sensación que me asaltó, cuando el chico se giró y me dijo:


—¡Sandra! ¿No me has reconocido, o qué?


Yo me giré, pasmada, me quedé mirándolo con media sonrisa en la boca, el ceño medio fruncido y le dije:
—No. ¿Eres…? —Mi cabeza intentaba recordar.


—Soy Carlos. Carlos Barrameda, ¿recuerdas? Fuimos novios de niños. Te cogía de la mano todas las tardes y nos íbamos al pequeño estanque con patos que hay en nuestro pueblo.


—¿Carlos? ¿En serio? No puede ser. Pero si… Vaya, cómo has cambiado. Jamás te hubiese reconocido, —respondí, colocando mi mano en la frente mientras un escalofrío recorrió mi cuerpo al recordar aquellos momentos.


—Sí. Por aquel entonces llevaba ortodoncia y gafas de culo de vaso. Por no hablar de mi problema de acné. Pero bueno, esas cosas se arreglan con el tiempo. Nada que ver con ahora.


—No, no hace falta que lo digas. Se te ve muy bien. Pero, dime. ¿Qué es de tu vida? No te veo desde… bueno, teníamos unos seis años cuando jugábamos a ser novios. Luego tú te viniste a la ciudad y no volviste más. Después me fui yo y tampoco he vuelto mucho por allí.  Nunca he sabido más de ti.


—Sí. Mis padres montaron un negocio aquí, el cual dirijo yo ahora. El tiempo pasa muy rápido. Al pueblo he ido en un par de ocasiones. Aunque no lo creas, lo más bonito que recuerdo de allí eres tú. Volví al estanque y el tiempo pareció transportarme a esos momentos que pasábamos allí. Siempre me decías: <<cuando sea mayor tendré mi propia tienda de ropa donde venderé mis diseños de moda>>. Lo recuerdo como si fuese ayer y ahora mírate, tienes pinta de hacer lo que querías. Estás muy guapa, mejor de cómo te recordaba.


—Sí, sí. Bueno, no tengo mis propios diseños, pero trabajo con diseñadores de vez en cuando, conozco a varios. Tú siempre decías que me ibas a querer siempre. Lo repetías constantemente, —contesté, emocionada al recordar aquellos bonitos momentos de mi vida que casi había olvidado.


—Y así es, Sandra. Jamás me he olvidado de ti. Siempre he tenido la esperanza de encontrarte de nuevo y parece que ese momento ha llegado. Esto es impresionante, —contestó él, queriendo esconder la sonrisa sin éxito.


—Pero, ¿qué dices, hombre? Con lo guapo que estás, habrás tenido y tendrás a todas las chicas que quieras. No seas tonto, —repliqué mientras observaba al detalle al morenazo de ojos azules, barba de tres días, pelo liso y bien peinado, rasgos bien definidos y marcados que tenía delante.


—Sí, es cierto. No he tenido problemas para ligar, pero, la verdad que, parece una tontería, pero la chica que más cosas me ha transmitido en esta vida has sido tú, aunque fuésemos niños. Te mentiría si te dijera otra cosa, Sandra.


—Vaya, Carlitos. Eso me está halagando demasiado. ¿Por qué no quedamos otro día y hablamos más tranquilos? Esto debe ser cosa del destino.


—No podría irme de aquí sin tu número de móvil. No sabes las veces que he maldecido no tenerlo. Por favor, no hay cosa que quiera más que quedar contigo. Es perfecto. Apunta.


—Y yo, ni corta ni perezosa saqué mi móvil, lo apunté y compartimos un “hola” por whats. Luego, nos despedimos, que yo tenía prisa y él también. Tío, ese chaval está cañón y encima, parece que está enamorado de mí. Era tan tierno de niño. Era feísimo, pero a mí me gustaba cómo me trataba. Como siga igual de bien me lo quedo para mí. La verdad que yo tampoco lo había olvidado del todo. Ningún hombre me ha tratado con la delicadeza que me trató él, aunque fuésemos niños. ¿No es increíble? La vida a veces te da unas sorpresas…


—Y tanto, amiga, —contesto mirándola después de soltar una enorme carcajada.


—¿Qué te hace tanta gracia? Imbécil. Es algo bonito y tú te ríes. ¿Así cómo quieres que esa tía del metro se fije en ti? Eres un insensible, —contesta, un poco enfadada y desconocedora de los hechos que han tenido lugar hoy con Sara, la dulce y femenina Sara.


—No me río de lo que te pasó ni de lo ñoña que te has puesto al hablar de él, que te has puesto así, tontita. Me ha hecho gracia la frase que has dicho de, “la vida te da unas sorpresas a veces”. Y es que esa frase la he pensado yo hace un rato porque tú tampoco sabes lo que me ha pasado hoy, amiga.


—No, ¿qué? No me digas que también has ligado.


—Mucho mejor que eso, Sandra. Es que, ¿sabes quién ha necesitado mi ayuda esta mañana en el metro?


—¡No…! ¿Ella? —contesta, refiriéndose a Sara, por ser tantas las veces que le he hablado de mis extraños sentimientos hacia ella.


—Sí, hija, sí. Verás, estaba yo sentado tan tranquilo con ella a mi lado cuando me pidió el móvil para llamar y… —le cuento todo al detalle.


—Dios, eso es increíble. Parece que se ha conjugado el destino para nosotros dos desde ayer hasta hoy. Pero, no la habrás besado ya, ¿no?


—No, no. Faltó poco, pero nos contuvimos los dos.


—Lo digo porque eso a nosotras no nos gusta mucho, ¿eh? Aunque, ¿qué te voy a explicar a ti, galán?, que eres un seductor de primera. No te costó mucho llevarme a la cama, bandido, y eso que yo no soy una chica fácil.


—Bueno, eso da igual. Ya sabes lo que esa chica ha conseguido en mí. No pienso ir de listo con ella ni hacerle daño, todo lo contrario, quiero ir poco a poco.


—Más te vale, que con treinta y dos años que tienes, ya te toca sentarte con una y dejar de jugar con todas las niñas que tienes locas detrás.


—Sí, me apetece ya quedarme con una sola. Y no digas que juego con nadie, sabes que no es así. Nunca hago nada que ellas no quieran. Si luego se toman mal que no las vuelva a llamar es asunto suyo.


—Bueno, yo sólo te aviso, como amiga. Puedes coger mis consejos o no, al final siempre haces lo que te viene en gana, cabrón.


—Sí, te agradezco todos los consejos que me has dado desde una perspectiva femenina, siempre aprendo algo nuevo contigo, eres tan inteligente, y guapa… —contesto con una sonrisa picarona en mis labios.


—¿Qué voy a hacer contigo? Nunca cambiarás, pájaro.


—Es mi naturaleza, ya lo sabes, preciosa.


El representante del actor famoso al que esperamos entra en la sala, interrumpiendo nuestra interesante conversación, detrás le sigue él, el anciano Anthony Hopkins que, es exactamente igual que en las películas, sólo que aquí parece un poco más viejo, si cabe. Nos saludan y toman asiento en los butacones contiguos al mío. Exponemos los puntos a tratar y comenzamos nuestra jornada laboral.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

El sueño i-real

Un día, me encontraba en mi pequeño pueblo observando cómo se llevaban a cabo las obras en un espacio natural; se estaba remodelando para que fuese un lugar más turístico y agradable. Al ver los progresos que iban alcanzando las obras, un extraño y mágico recuerdo de un sueño invadió mi mente por completo; era un sueño repetitivo que tenía cuando era muy pequeño, el cual vivía como si fuese real, cada vez que me sucedía:


    La luna es la única luz que alumbra este barranco; sus aguas han sido sustituidas por ramas secas de las que cuelgan extrañas telas rasgadas, que dan la sensación de ser un lugar abandonado y perdido. —Ya estoy aquí de nuevo, —me digo consciente de que es un sueño, pero sabiendo que es tan real que no puedo evitar vivirlo como tal, algo verdadero—. Al ser un sueño repetitivo, ya sé lo que va a pasar, sin embargo, vuelvo a tener el mismo comportamiento que siempre. Comienzo a andar por la senda que acompaña al barranco por uno de sus lados, camino y camino sin descanso, es de noche, cada vez estoy más adentrado en la perdida maleza vegetal; tengo miedo, pero continúo. Llego a un sitio donde hay un pequeño lago, —al menos aquí sí hay agua, —pienso—. La superficie está tan calma, que resalta el dibujo perfecto de la luna llena en ella. Me quedo mirándola atolondrado. El crujir de una rama llama mi atención; mis ojos se clavan en un árbol que se alza en una de las paredes contiguas al lago. Conozco este lugar pero, en ese árbol, entre sus ramas, ahora hay una caseta de madera perfectamente montada. La miro fascinado, descubro una escalera que da acceso a ella. Me dispongo a subir cuando un sonido humano distrae mi atención; proviene de la casita del