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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Dulce aventura

Ocurrió hacia las 2 de la madrugada, de aquel 26 de diciembre, de 2003. Me dirigía con mi coche a casa, venía de pasar varios días con la familia en la pequeña aldea donde me crie.


    Un tramo de carretera de montaña llena de curvas y por la que es difícil cruzarse algún coche, separa la ciudad de esa aldea. Escuchaba la radio, sonaba un debate sobre la Navidad y sobre la ilusión que producía el consumismo puro y duro en estas fechas tan entrañables y señaladas en todo el mundo. El pequeño Fido Dido que colgaba de mi espejo retrovisor central, se movía empujado por la inercia en cada curva. La oscuridad sería absoluta de no ser por la creciente y casi llena luna, que bañaba todo el monte, regalando un paisaje digno de apreciar.


    Giré dos curvas muy cerradas, una a izquierda y otra a derecha, nada más salir de la segunda, mis reflejos se vieron puestos a prueba, para tratar de detener el vehículo en seco. Un coche con los cuatro intermitentes estaba parado en medio de la carretera, delante de ese, había más, todos igual, con las luces puestas y los intermitentes centelleando; parecía más un atasco de los que se forman a hora punta en las entradas y salidas de la ciudad. No era propio encontrarse eso allí. Mi sorpresa fue considerable al observar tal fenómeno, en mis 40 años de vida, jamás me había visto obligado a parar por encontrarme un coche parado delante de mí. Algún frenazo brusco por cruzarse algún animal salvaje, pero nada

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El encuentro

Llámame tonto, llámame ingenuo, llámame como quieras llamarme, pero jamás me llames extraño porque formas parte de mí desde aquella vez que nuestros caminos se cruzaron. 


Sabes que fue aquella noche, enfrente de la fuente, dónde vivimos nuestra más sincera bienvenida.


Éramos muchos, pero sólo estábamos tú y yo. Tus cabellos me obligaron a peinarte, tus ropas me llevaron a quitarlas. Me sentía como un niño ante un caramelo una tarde de domingo.


No podías quejarte, tampoco querías, llegaste para regalarme tu cuerpo, yo te cogí en mis manos, sólo te quería a ti, de entre muchas.


Me enseñaste las virtudes de tu cuerpo, no pude resistirlo y te mordí, una y otra vez, hasta dejarte en los huesos.


Un instante después, no valías nada, me desprendí de ti con la facilidad de hacer un gesto con el brazo y dejarte en el bordillo, tirada.


Mis amigos me esperaban, uno de ellos dijo:


—¿Has terminado con la mazorca? Tenemos que irnos.


Nunca más supe nada de ti, pero en aquel momento fuiste todo para mí.



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