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miércoles, 30 de abril de 2014

La pastilla

Aquella noche me encontraba solo, sentado en mi coche, de cara al mar, con la única compañía de una luna llena brillante y una muñeca inflable barata en el asiento de al lado.


El mar sonaba, incansable, en su hermosa sinfonía del romper de olas. En la radio de mi mente, músicos locos que tocaban melodías reticentes y desconcertantes. Hacía días que no me encontraba bien. Estaba sumido en una depresión; la depresión por haber perdido a la mujer de mi vida. Ya no escuchaba su voz en la mañana, ya no veía su risa las tardes de domingo, ya no besaba sus labios ni tocaba su pelo. Todo era un efímero recuerdo, vano y escandaloso, que provocaba desprendimientos mentales en mi cerebro. Ya no había sexo, debía conformarme con los fríos y poco placenteros, orificios de aquella muñeca inerte que me acompañaba. Esa noche estaba dispuesto a ahondar en ella, a contarle todos mis secretos. Ya sé, es triste, pero créanme, cuando lo has perdido todo, puede resultar necesario, hasta imprescindible, hablar con alguien, incluso aunque ese alguien sea de polietileno color

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El sueño i-real

Un día, me encontraba en mi pequeño pueblo observando cómo se llevaban a cabo las obras en un espacio natural; se estaba remodelando para que fuese un lugar más turístico y agradable. Al ver los progresos que iban alcanzando las obras, un extraño y mágico recuerdo de un sueño invadió mi mente por completo; era un sueño repetitivo que tenía cuando era muy pequeño, el cual vivía como si fuese real, cada vez que me sucedía:


    La luna es la única luz que alumbra este barranco; sus aguas han sido sustituidas por ramas secas de las que cuelgan extrañas telas rasgadas, que dan la sensación de ser un lugar abandonado y perdido. —Ya estoy aquí de nuevo, —me digo consciente de que es un sueño, pero sabiendo que es tan real que no puedo evitar vivirlo como tal, algo verdadero—. Al ser un sueño repetitivo, ya sé lo que va a pasar, sin embargo, vuelvo a tener el mismo comportamiento que siempre. Comienzo a andar por la senda que acompaña al barranco por uno de sus lados, camino y camino sin descanso, es de noche, cada vez estoy más adentrado en la perdida maleza vegetal; tengo miedo, pero continúo. Llego a un sitio donde hay un pequeño lago, —al menos aquí sí hay agua, —pienso—. La superficie está tan calma, que resalta el dibujo perfecto de la luna llena en ella. Me quedo mirándola atolondrado. El crujir de una rama llama mi atención; mis ojos se clavan en un árbol que se alza en una de las paredes contiguas al lago. Conozco este lugar pero, en ese árbol, entre sus ramas, ahora hay una caseta de madera perfectamente montada. La miro fascinado, descubro una escalera que da acceso a ella. Me dispongo a subir cuando un sonido humano distrae mi atención; proviene de la casita del