Mostrando entradas con la etiqueta accidente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta accidente. Mostrar todas las entradas

lunes, 7 de julio de 2014

¿Por qué?

—Hagamos el amor.


    —No.


    —¿Por qué?


    —Porque no.


    —Ese motivo carece de argumento.


    —Y tu propuesta carece de sentido común.


    —No.


    —¿Por qué?


    —Porque mi propuesta es aceptable.


    —Sí, pero no en mi caso.


    —¿Por qué?


    —Porque

miércoles, 11 de junio de 2014

El rezo de la muerte

Empujó la puerta de la habitación, su mirada reflejaba el temor del alma, sus movimientos estaban ralentizados por ese temor agudo, incontrolable e inusitado que le terminaba de provocar un espeluznante sonido de voces que provenía del interior. Era su habitación, y, desde hacía días, en casa no había nadie más que ella. Al otro lado, la oscuridad dictaba su usual armonía escandalosa e incierta. Las voces pararon tan pronto como la puerta comenzó a gruñir cual bisagra oxidada y vieja. No sabía muy bien si avanzar o salir corriendo de aquel agujero de misterio y miedo puro. Pero un empuje anormal la mandó adentro de un soplo infeliz. La puerta se cerró tras de sí, dejándola a merced de las sombras, de la incertidumbre más pesarosa. Prendió la luz pero no funcionó, la histeria comenzaba a tener efecto en su mente y sus actos, dando palmadas desesperadas en aquel interruptor que jamás había dejado de funcionar. Las voces sonaron de nuevo, esta vez inteligibles, cercanas y reales.


    —Pasa, Paola, no te quedes ahí. Te estábamos esperando, —esa voz sonaba dulcemente diabólica, pero agriamente tentadora.


    Paola trató de articular palabra para preguntar qué estaba ocurriendo, pero su voz era inexistente, de su boca sólo manaba aire sin un código audible. Se asustó más si cabía.


    —¿Qué te pasa, Paola? ¿No quieres jugar con nosotras? —Esta voz era más aterradora; una mezcla de voces rasgadas e intrincadas.


    —Tú lo pediste, pediste que te trajésemos aquí, ¿recuerdas? —esa voz era familiar aunque peliaguda y molesta incluso—. Pediste reunirte con nosotros en tu habitación, como en los viejos tiempos, como en tu niñez. Ahora no te escondas, no temas, no intentes huir. Eres nuestra para siempre, como siempre.


    Paola recordó el tremendo esfuerzo que había desempeñado en pedirle a los cielos que sus padres y sus dos hermanas volvieran, o que la llevaran con ellos. Hacía dos semanas que habían muerto en la carretera.




No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a continuar. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.


miércoles, 16 de abril de 2014

El extraordinario viaje de Pablo. Capítulo 1

Para celebrar el lanzamiento del libro en papel, hoy publico su primer capítulo.


Brillaba un día radiante de sol, el cielo estaba azul intenso. Era un verano cualquiera. Corría una brisa fresca y suave, era un día estupendo para estar descansando al abrigo de las olas del mar. Pablo se encontraba en una de las playas de la localidad castellonense de Vinarós, en la Comunidad Valenciana, España. Estaba descansando con sus amigos de la infancia Luis y Sergio; se habían acercado a relajarse hasta allí con los dos quads que tenían ellos. Los tres hablaban y bromeaban todo el tiempo, pasando una agradable tarde.


    Luis era el mejor amigo de Pablo desde que tenían los dos 4 años. Sus padres  también eran amigos desde hacía mucho tiempo y acostumbraban a organizar comidas y reuniones entre ellos, de ahí la amistad que les unía.


    Pablo no tenía quad, su familia era modesta y él no había podido conseguir trabajo desde que terminó sus estudios como técnico electromagnético. Aunque era muy bueno en su campo y sus notas eran excelentes, no había tenido aún la fortuna de acceder a ninguna ocupación de esas características. Sin embargo, le fascinaban los vehículos, así como los quads que tenían sus amigos. Siempre andaba detrás de Luis insistiendo en que le dejara llevar su máquina, pero su amigo todavía no tenía la suficiente confianza en él como para dejársela, se la había comprado hacía un par de

miércoles, 5 de marzo de 2014

Terrible suceso, el milagro de la salvación

Hoy no voy a escribir ninguna historia de ficción como es habitual en mí, no. Hoy voy a describir el terrible suceso que tuvo lugar ayer, 4 de marzo de 2014, en la carretera que va desde la localidad valenciana de Dos Aguas al pueblo de Buñol.


Ayer por la mañana, una de mis hermanas me despertaba llamándome al móvil, informándome de una terrible noticia. El autobús escolar que lleva a los alumnos de secundaria de Millares y Dos Aguas al centro de estudios de Buñol, circulaba pasadas las 7 de la mañana, por esa angosta carretera de montaña cuando, inexplicablemente, se salió de la vía, cayendo por un barranco a más de veinte metros de profundidad, dando dos vueltas de campana. Los 21 alumnos que viajaban en él, incluida mi sobrina, sufrieron un terrible accidente: “Empecé a dar vueltas por los asientos, chocándome por todas partes, los gritos se escuchaban mientras el autobús daba vueltas”. Esas fueron las palabras de mi sobrina, cuando afortunadamente, me contaba el suceso horas después.


Milagrosamente, nadie tuvo que lamentar la pérdida de ninguno de sus hijos, nadie murió, y eso sólo puede ser gracias a alguna fuerza divina que impidió la tragedia absoluta, aquella que podría haber dejado a dos poblaciones de menos de 500 habitantes cada una, sin esos 21 niños, que son los que llenan de alegría esos pequeños pueblos. Y más si tenemos en cuenta que, desde seis meses atrás, mi pueblo, Millares, ha sufrido la pérdida de dos niños en muy traumáticas circunstancias, uno de 16 y otro de 8 años.


Hoy, a todos los familiares de los chicos que viajaban en ese vehículo, sólo nos queda dar las gracias a cualquiera que fuese la causa por la cual salvaron sus vidas. Sólo podemos estar felices de poder escuchar sus palabras una vez más, unas palabras marcadas por un tremendo shock, que todavía les tiene traumatizados. Desde aquí todo mi apoyo, respeto y solidaridad con todos los familiares de los que han quedado heridos de más gravedad, dándoles todo mi ánimo y deseando que esos niños sanen cuanto antes.




miércoles, 5 de febrero de 2014

Carretera final

Mario conducía su coche por una autovía, a su lado iba Pedro, amigo suyo desde la infancia; iban de viaje de fin de semana a las playas del sur de España, estaban en pleno mes de julio y el calor era abochornante. Decidieron parar a refrescarse y comer algo en una estación de servicio que había en el camino. Eran las 14:00 horas, el sol caía como cristales afilados que se incrustan en la piel produciendo un daño irreparable. Pedro acababa de salir del coche y estaba estirándose en medio de la calzada del aparcamiento, llevaban 4 horas de viaje y sus cuerpos estaban algo agarrotados. Una fuerte bocina alertó a Pedro, que vio como un tráiler le pasaba de cerca esquivándole, se lo hubiera llevado por delante de no ser por la habilidad del conductor. Pedro saltó a un lado quedándose con un susto de muerte, mientras Mario, reía al ver el pequeño percance que le había sucedido a su amigo; la situación había sido algo cómica a pesar de la peligrosidad de la misma. A decir verdad, reía porque en realidad no había pasado nada, no hubiese reaccionado así si el susto hubiese tomado el término de accidente al final.


    —Joder, tío. Tendrías que ver el salto que has dado y la cara que se te ha quedado, —le dijo Mario riéndose.


    —Qué cabrón, no te rías tanto, me he dado un susto para morirse. Ha pasado cerca. No sé por qué ese tío circulaba a tanta velocidad por dentro de un parking, pero bueno, no ha sido nada. ¿Vamos a

domingo, 12 de enero de 2014

Perfume. Capítulo 26

…—Soy la hermana de Héctor. Paula.

—Ah… Paula, ¿cómo estás? ¿Qué número es este? ¿Has cambiado de móvil? No me aparece tu nombre.

Un sollozo profundo se escucha por el altavoz del iPad, Paula ha arrancado a llorar de forma bastante angustiosa.

—Max… Mi… —un espasmo en su respiración agitada la interrumpe—… mi hermano, —los gimoteos y espasmos se acentúan después de terminar de hablar.

—¡¿Qué pasa, Paula?! ¿Dónde está? ¡Dime!

—Maaaax… —el tono de su voz fue de más a menos al decir mi nombre—. Un accidente, ha tenido un accidente. Se ha matado, Maaaaax… se ha matadooo, —esto último lo pronuncia sin apenas poder hacerlo, sus cortes de respiración no la

domingo, 15 de diciembre de 2013

Perfume. Capítulo 22

La noche se ha apoderado del día hace rato, no sé la hora que es, tampoco me importa demasiado, sé que es sábado y que tengo a mi lado a la mujer más impresionante que se ha cruzado en mi vida. El taxi se mueve despacio, parece no querer llegar al destino nunca; mi casa. Sara no despega la mano de mi muslo izquierdo.


—Sabes… Valentín. Parecerá una tontería pero, estos paseos nocturnos en coche por la ciudad, me encantan. Adoro imaginar las vidas que se esconden detrás de cada ventana iluminada.


—¿Y por qué ha de ser una tontería?


—No sé, pero pienso que tampoco tiene mucha importancia. La gente se fija en cosas más interesantes, supongo.


—Pues, te diré algo; yo también disfruto pensando que esas luces en las ventanas albergan vidas desconocidas y misteriosas. Cada casa, un mundo. Cada calle, miles de historias diferentes, vividas por personas diferentes a lo largo de sus años de vida.


—Vaya, eres un filósofo, ¿no?


—¿Filósofo? No creo. Sólo soy un chico muy curioso, al que le encanta fantasear sobre las cosas que realmente son importantes, y las vidas ajenas, aunque sean eso, ajenas, me parecen realmente importantes e interesantes.


—Es un tema interesante, sí. A mí al menos me lo parece. ¿Qué conversación tendrán en esa casa mientras cenan? —Dice, señalando un edificio en donde varias ventanas están iluminadas—. ¿Qué pasaría ayer en esa calle? ¿Y en esta otra? ¿Qué…?


Un giro brusco del taxi interrumpe la curiosidad de Sara. Nuestros cuerpos se mueven a velocidad de vértigo sin control, la mano de Sara me aprieta el muslo fuerte para después soltarlo de golpe. El coche derrapa de lado, el conductor lucha por hacerse con el control. Seguidamente, un ruido espantoso y grotesco se escucha a pocos metros de distancia, nuestro taxi se detiene en seco, cerca de estamparse contra un banco de la acera, por el lado donde va sentada Sara.


—¿Estáis bien? —Dice el taxista, girándose hacia nosotros.


Unos segundos de silencio se apoderan del momento.


—S… sí, —contesto, casi sin poder hablar—. ¿Tú estás bien? —Le pregunto a Sara, que me mira con expresión, como si hubiese pasado un desfile de fantasmas por delante de ella.


—Creo que sí, —contesta, llevándose la mano al pecho y dando un suspiro que no termina de aliviar sus nervios.


Me agarra con la otra mano por la muñeca, noto sus temblores trasladarse a mi brazo, llevo mi otra mano para cubrir la suya, me doy cuenta de que estoy temblando como ella o más.


—Bien, gracias a Dios, —dice el taxista, abriendo la puerta para bajar del coche, le seguimos. Al bajar, vemos lo que nos temíamos; un coche empotrado contra un árbol frontalmente, el impacto ha sido tan brutal, que el coche se ha partido en dos como si fuese una enorme mandíbula que quería comerse al árbol y se ha quedado en el intento. Una mujer yace en el suelo, varios metros por delante del siniestro y un hombre, al parecer el conductor, se ha esclafado contra el árbol, dejando pegadas ahí partes de su cuerpo, el hombre está en el suelo, destrozado, apenas se reconoce que es una persona. Un poco más allá, un corro de gente rodea algo, quizá es alguien herido. La gente se ha quedado en shock como nosotros. El tráfico se ha detenido y en pocos segundos se escuchan sonidos de sirenas próximas en las calles. Sara no me ha soltado el brazo desde que hemos salido del taxi, su mano ejerce una presión que va cada vez a más, llega hasta a hacerme algo de daño, que no lo es tanto en estas condiciones. Cuando vemos el amasijo de hombre y la sangre por todas partes, oculta su rostro en mi pecho. El taxista camina hacia la escena, con las dos manos puestas sobre su cabeza.


—Pero, ¿qué ha pasado? —Le pregunto, cuando ya siento que puedo volver a articular palabras.


—Pues… no estoy seguro, pero creo que ese hombre se ha saltado el semáforo, lo he podido esquivar de milagro. ¡Pero, por Dios, mira lo que ha pasado! ¡Mira aquella mujer! ¿La habrá atropellado? —Responde sin mirarme directamente a la cara.


—No lo sé, pero, por la sangre que hay a su alrededor, parece que está muerta también.


—¡¿No me digas?! Máximo, vámonos, no puedo con esto, me estoy mareando, —dice Sara, oculta todavía en mi americana.


—No podemos irnos todavía, Sara. Tendremos que esperar a que vengan las autoridades, no podemos irnos sin más.


—¿Por qué? —Responde, aterrorizada.


—No lo sé, pero creo que es lo correcto.


—No creo que haga falta que os quedéis, el que conducía era yo, vosotros no estáis implicados en el accidente, tampoco parece que haya que asistir a nadie. Iros si ella se encuentra tan mal, hombre, —dice el taxista, que escuchaba lo que hablábamos.


—¿Sí? ¿Tú crees? —Le digo—. ¿Allí no habrá alguien herido? —Pregunto, señalando el tumulto de gente arremolinada alrededor de algo.


—No lo sé, pero ya hay bastante gente. Marchaos. Yo me encargaré de declarar si hace falta. Si estáis bien, claro.


—Sí, sí, yo estoy bien, gracias, vámonos, por favor, Máximo, —contesta Sara, envuelta en un temblor considerable.


—Vale, está bien, tranquila, nos vamos. Muchas gracias, señor, —le digo al taxista—. ¿Qué le debo?


—Nada, hombre, sólo faltaba… Habéis estado en peligro en mi taxi, ¿qué demonios? No, hombre, no. Ya es suficiente.


—Está bien, muchas gracias, señor. Suerte.


—De nada, hombre.


—Adiós.


—Hasta luego, —añade Sara.


Damos media vuelta y caminamos en dirección a… no sabemos dónde todavía. Ella no ha podido descubrir su cara aún, su mano ha dejado de hacer tanta presión en mi brazo, pero no del todo. Andamos y andamos hasta que estamos lo suficientemente lejos del sitio, tres ambulancias han pasado por nuestro lado, haciendo que revivamos el angustioso momento. Sara, al fin, saca su cara de mi pecho, pero no dice nada, sigue cogiéndome del brazo, con la cabeza apoyada en mi hombro. No me gusta verla así, parece que le ha afectado demasiado. En la misma acera por la que caminamos, se acercan en sentido opuesto una madre con su hijo, que lleva tres globos de helio, uno de cada color; rojo, verde y amarillo. El niño, de unos cuatro años, está mirando a Sara fijamente, parece preocupado. <<¿Puede ser que un niño tan pequeño, pueda percibir la tristeza que refleja Sara?>> Me pregunto. Cuando está a nuestra altura, mis dudas se despejan.


—Señora, te regalo un globo, ¿qué color te gusta? —Dice el niño, deteniendo a su madre en el acto.


—Tomás, deja a la señora, —le dice su madre.


Mami, parece triste, quiero regalarle uno de mis globos, para que esté feliz, —insiste el chico.


Sara y yo nos paramos, asombrados por la lucidez de un niño tan joven.


—Tranquila, señora. No me molesta. Tomás, me gusta el color amarillo, no hace falta que me lo regales, eres muy amable, pero quédate tú con tu globo, seguro que lo disfrutas más que yo, —dice Sara, dejando asomar una sonrisa, cosa que a mí, me tranquiliza bastante.


—Pero, yo quiero que lo tengas, a mí me ha alegrado mucho cuando me los ha comprado mi madre, me gustaría que te alegrase a ti también, te he visto tan triste, —replica el niño que, con su inocente cara, está haciendo que a Sara se le olvide el horrible suceso que acabamos de presenciar.


—No, Tomás, guapo, insisto. Muchísimas gracias, pero quédatelo, ya me has alegrado bastante. Eres muy amable, —dice Sara, agachándose y dándole un beso en la mejilla.


—Bueno, como quieras. Luego no digas que no te lo ofrecí, —contesta el niño, algo avergonzado, por recibir el beso de una mujer tan hermosa.


—Eres un artista, muchacho, —le digo.


—A ti no te lo doy, era para tu novia, que es muy guapa, —contesta Tomás, escondiéndose un poco detrás de su madre, mirándome con una mueca de enfado.


Su madre, Sara y yo, rompemos a reír enérgicamente.


—Eres muy especial, Tomás, —le dice Sara—. Realmente lo es, —continúa, dirigiéndose a su madre, que lo mira orgullosa.


—Sí, es un granuja, —replica ella—. Anda, vamos a casa, diles adiós, nos espera papá, —le dice al pequeño.


—Adiós, guapa. Adiós, feo. —Dice el pícaro niño, comenzando a andar.


—Adiós, cuídate, bombón, —se despide Sara.


—Hasta luego, —digo.


Seguimos nuestro camino. Ese pequeño granuja nos ha alegrado un poco, haciendo que no pensemos en el accidente. Nos hemos relajado. Le propongo ir caminando a casa, no queda demasiado lejos, ella acepta. Continuamos andando por la noche valenciana en busca de la tranquilidad de mi hogar, que nos espera ansioso de tener nuestra compañía.





No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.


miércoles, 21 de agosto de 2013

Mi amigo

Me dirigía hacia mi casa una noche de enero. Eran las 20:30. Cansado, llevaba toda la tarde en el bar después de haber discutido con mi mujer por haberme olvidado de comprar unos huevos que me encargó. Andaba cabizbajo, con las manos en los bolsillos y dando patadas a una oxidada lata de refresco, la cual, resonaba en el silencio de la noche provocando que huyeran los gatos callejeros del lugar.


    Ella había estado haciéndome llamadas insistentes al móvil que no encontraron respuesta, es más, agobiado por su persistencia decidí apagarlo. No quería ni pensar en lo que pasaría cuando entrara por la puerta, lo que tenía claro es que no me apetecía discutir y que su recibimiento no sería agradable. Pensaba en lo triste que era mi vida después de que uno  de nuestros dos hijos falleciera a los 8 años en un accidente de tráfico, a lo que se sumaba la pérdida del trabajo al que era fiel durante más de una

miércoles, 14 de agosto de 2013

Volando

Mi mano derecha lleva el acelerador a tope; suelto. Este nuevo viraje, invita a rozar mi rodilla contra el asfalto. La carretera se vuelve a abrir, mi mano tiene intención de estrujar al máximo el puño. Miro el velocímetro; —185 km/hora está bien para este tramo de un solo sentido, —pienso—. Otra curva me lleva a arañar mi codo en el pavimento; disfruto. Algo cruza mi trayectoria; un conejo. Mi máquina da un bandazo y me lanza por los aires; veo todo desde arriba. Mi vuelo se detiene al mismo tiempo, que choco con el águila que intentaba cazar al conejo.