Contrario a mis pretensiones, el
deseo de robar la vida de Sandra se sobrepone a los consejos del anciano.
Pronto vuelvo a sentir que la traición, es algo que merece ser vengado de una
forma que nunca pueda olvidar la víctima, o simplemente, que no pueda recordar
nada nunca más. Se lo cuento a Joe, aunque es una persona muy pacífica, me da
la razón. Me dice que él en mi caso también haría lo mismo. Le doy las gracias
por haberme hecho pasar este buen rato y me despido con las ganas que se
despiden dos amigos que se conocen de forma especial desde hace bastantes
Mostrando entradas con la etiqueta amigos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amigos. Mostrar todas las entradas
domingo, 11 de mayo de 2014
domingo, 4 de mayo de 2014
Perfume. Capítulo 43
Estar en casa de Joe me hace
sentir tranquilo. Su cercana presencia siempre ha cubierto mi persona de un
manto de serenidad, de normalidad anormal. Es una relación difícil de explicar.
No sé si con las demás personas de su vida sucede igual, lo que sé es que
conmigo, parece haber una relación de estrechez sentimental desde que me
transmitió las palabras de mi abuela con su boca.
Mientras bebemos el
whisky, le cuento todo el asunto del robo y la traición de Sandra. Le explico
mis repentinas ganas de matar y también el asunto del detective privado. Él
conocía a Héctor, pero no lo suficiente como para acudir a su entierro ni para
enterarse de su muerte por otra persona que no sea yo.
—Tío, vaya días
llevas… —me dice.
—Joder, y tanto…
Creo que me estoy volviendo loco, o estoy rozando la fina línea que separa la
cordura de la demencia, —contesto, después lleno mi garganta de escocés.
—Está bien. No te
atormentes. Te voy a dar algo que quizá te ayude a superar todo esto.
—¿Algún amuleto?
—No, hombre, no.
Esas mierdas no funcionan. Lo que te voy a dar es la droga más potente que
existe en la Tierra. Viene de una planta del Amazonas. Conseguirla es difícil y
caro, pero su efecto es algo, que no se puede explicar con palabras. Vamos a
tomarla, a ver si por ahí descubres algo.
—Pero, ¿qué dices?
Yo no tomo esas mierdas. ¿Desde cuándo te drogas?
—Me lo dio a
conocer uno de mis clientes. Te aseguro que la experiencia que vives bajo sus
efectos es inolvidable, a partir de ahí, entiendes la vida conforme es. Confía
en mí.
—Yo paso. No me
jodas, Joe.
—Qué sí, coño. Ya
verás, tan pronto como empieces a ver cosas, sentirás que todo lo que has visto
es material, que hay muchas cosas que escapan a nuestro entendimiento. Gracias
a esta sustancia, verás todo de otro modo. Tu abuela aprueba el experimento.
—¿Mi abuela? ¿No
dijiste que no volvería a saber de ella?
—Sí, pero ha
querido hacerme saber que tomes esto, y si ella lo dice, es porque sabe que te vendrá
bien.
Me quedo mirándolo
con cara de pocos amigos al hacerme la idea de tomar una sustancia desconocida
y quizá dañina, que el loco de Joe, está a punto de darme. Se levanta del sofá,
va a la cocina, abre la nevera y saca una pequeña jarra de cristal que contiene
un líquido color marrón. Se acerca y vierte un poco en cada vaso de whisky.
Parece asqueroso. Devuelve la jarra a la nevera, se acerca, coge su vaso y le
da un trago; su cara adopta matices amargos después de sorber.
—Venga, ¿a qué
esperas? —Me dice.
Miro el vaso con
cara de asco, lo agarro, coloco mi nariz dentro; huele a whisky. Sin pensarlo
dos veces le doy un buen trago. El sabor es rancio, seco y desagradable, mucho
peor que el escocés. Me dan dos arcadas que acentúan todas las arrugas de mi
cara.
—Qué asco, por
Dios, —refunfuño.
—En cinco minutos
sabrás lo que es bueno, amigo.
Debatimos sobre lo
malas que son las drogas para el organismo durante un rato hasta que empiezo a
notar algo extraño dentro de mí. La sangre de mis venas parece solidificarse,
la noto fluir con una densidad pasmosa. Me miro las manos, están muy
enrojecidas. Al levantar mis ojos, el salón de Joe ha cambiado por completo.
Hay un arco iris que nace de algún lugar y se estrella justo delante de mí, con
un gnomo que salta alegre, avanzando por él. Joe está volando, alrededor del
arco iris. Sus palabras son ahora distantes pero sonoras, me llegan en forma de
notas musicales de colores. Miro a un lado; hay un anciano con barba de
ochocientos siglos, con más arrugas que otra cosa en su cara y mirada triste.
Me mira y sonríe. Me explica todas las cosas que debo saber sobre mi vida,
desde el momento en el que nací hasta día de hoy. Ha sido un resumen extenso,
no se ha dejado nada el muy cabrón; desde los juegos que jugaba de niño, hasta
el presente de Sara, Héctor y demás. Comprendo que las cosas que me están
sucediendo tienen que ser así, y no de otro modo. También me dice que soy una
persona muy especial, y que tengo a un gran número de personas que me aprecian.
Que no debo preocuparme por nada más que por vivir en armonía y calma. El
misterioso anciano se levanta y se aleja, levitando, dejándome atónito mientras
veo a mi madre cantando una canción que ha inventado con mi nombre. Ahora el
anciano está delante de Joe, parece que se conocen. Le está explicando algunas
cosas que no logro escuchar, pero la cara de Joe me hace pensar que son de una
importancia transcendente para él. El gnomo sigue dando saltitos en el arco
iris, desplazándose a un lado y a otro. Me levanto, miro por la ventana; los
árboles del jardín están charlando entre ellos. El agua del mar está abrigando
la arena de la playa con brazos, como si fuera un bebé frágil y delicado.
Siento un golpe en la nuca. Me giro, es el anciano, me ha dado una colleja
simpática y ahora me estrecha la mano diciéndome adiós. Joe está detrás de él.
Poco después, todo desaparece; estamos Joe y yo en el sofá, sentados, como
antes. Ahora por mi cabeza deambulan pensamientos desconocidos, que sin embargo,
me son muy familiares. La sensación es gloriosa, la paz reina en el salón.
—¿Y no querías
probarla, Maxi? —Me dice Joe, con una simpática sonrisa iluminando su rostro.
—Joder, ese viejo
lo sabía absolutamente todo.
—Ese viejo es tu
conciencia.
Lo miro
comprendiendo perfectamente lo que dice. El anciano hablaba desde el más
profundo yo, pero como si fuese otra persona. Es la mejor forma de conocerse a
uno mismo. Esta droga provoca que veas las cosas de un modo que jamás podrías
comprender si te explicaran. Hay que vivirlo para saber lo que pasa mientras
estás bajo los efectos. Ahora ya no quiero matar a nadie, estoy lleno de amor
por todo cuanto me rodea. Sólo quiero vivir en paz y armonía. Sandra es una
magnífica amiga que merece vivir. No quiero ser yo el que la maltrate
físicamente. Sara es una preciosa mujer, que me tiene enamorado y ni siquiera
me había dado cuenta de ello. Héctor ha pasado a ser compañero de mi abuela.
Todo eso es lo que me ha hecho comprender al abuelo parlanchín. Y así quiero
seguir pensando.
Descarga esta novela completa aquí: http://www.amazon.es/Perfume-Jos%C3%A9-Lorente-ebook/dp/B00KCPSANC/ref=sr_1_5?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1400244644&sr=1-5&keywords=perfume
No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.
José Lorente.
miércoles, 16 de abril de 2014
El extraordinario viaje de Pablo. Capítulo 1
Para celebrar el lanzamiento del libro en papel, hoy publico su primer capítulo.
Brillaba un día radiante de sol, el cielo estaba azul intenso. Era un verano cualquiera. Corría una brisa fresca y suave, era un día estupendo para estar descansando al abrigo de las olas del mar. Pablo se encontraba en una de las playas de la localidad castellonense de Vinarós, en la Comunidad Valenciana, España. Estaba descansando con sus amigos de la infancia Luis y Sergio; se habían acercado a relajarse hasta allí con los dos quads que tenían ellos. Los tres hablaban y bromeaban todo el tiempo, pasando una agradable tarde.
Brillaba un día radiante de sol, el cielo estaba azul intenso. Era un verano cualquiera. Corría una brisa fresca y suave, era un día estupendo para estar descansando al abrigo de las olas del mar. Pablo se encontraba en una de las playas de la localidad castellonense de Vinarós, en la Comunidad Valenciana, España. Estaba descansando con sus amigos de la infancia Luis y Sergio; se habían acercado a relajarse hasta allí con los dos quads que tenían ellos. Los tres hablaban y bromeaban todo el tiempo, pasando una agradable tarde.
Luis era el mejor amigo de Pablo desde que tenían los dos 4
años. Sus padres también eran amigos
desde hacía mucho tiempo y acostumbraban a organizar comidas y reuniones entre
ellos, de ahí la amistad que les unía.
Pablo no tenía quad,
su familia era modesta y él no había podido conseguir trabajo desde que terminó
sus estudios como técnico electromagnético. Aunque era muy bueno en su campo y
sus notas eran excelentes, no había tenido aún la fortuna de acceder a ninguna
ocupación de esas características. Sin embargo, le fascinaban los vehículos,
así como los quads que tenían sus
amigos. Siempre andaba detrás de Luis insistiendo en que le dejara llevar su
máquina, pero su amigo todavía no tenía la suficiente confianza en él como para
dejársela, se la había comprado hacía un par de
domingo, 12 de enero de 2014
Perfume. Capítulo 26
…—Soy
la hermana de Héctor. Paula.
—Ah…
Paula, ¿cómo estás? ¿Qué número es este? ¿Has cambiado de móvil? No me aparece
tu nombre.
Un
sollozo profundo se escucha por el altavoz del iPad, Paula ha arrancado a
llorar de forma bastante angustiosa.
—Max…
Mi… —un espasmo en su respiración agitada la interrumpe—… mi hermano, —los
gimoteos y espasmos se acentúan después de terminar de hablar.
—¡¿Qué
pasa, Paula?! ¿Dónde está? ¡Dime!
—Maaaax…
—el tono de su voz fue de más a menos al decir mi nombre—. Un accidente, ha
tenido un accidente. Se ha matado, Maaaaax… se ha matadooo, —esto último lo
pronuncia sin apenas poder hacerlo, sus cortes de respiración no la
domingo, 24 de noviembre de 2013
Perfume. Capítulo 19
Respondo a la llamada.
—Hola, ¿ya estás
aquí?
—Sí, ¿dónde estás
exactamente?
—Estoy sentado en
el muro de la parada del metro.
—Ah, pues voy a
salir justo por ahí.
—Vale, aquí te
espero.
—Bien, ciao.
—Hasta ahora.
Guardo el móvil y
me pongo de pie, delante de las escaleras que salen del metro. Una notable
brisa sale del interior golpeando mi cara. La gente comienza a aparecer, mi
olfato detecta el dulce aroma de mujer, ese que me llevó a fijarme en ella por
primera vez. Sara aparece, es como si alrededor de ella brillara un halo de
luz, la gente que camina a su lado parece desaparecer, sólo está ella. Lleva
unos vaqueros de pitillo color azul claro, rotos y desgastados, unos tacones
negros y un abrigo inglés color crema hasta las rodillas; el pelo suelto le
cubre los hombros y el pecho parcialmente; un bolso negro y grande cuelga de su
brazo medio flexionado. No puedo dejar de mirarla. Levanta la cabeza antes de
comenzar a subir las escaleras, me ve, sonríe
y con una mano se toca el pelo. <<Qué bella es>>, me digo. Llega
hasta mí, su aroma envuelve mi ser completamente mientras nos saludamos,
besándonos las mejillas. Sonreímos como dos adolescentes que tienen su primera
cita.
—Bueno, aquí me
tienes, —dice ella, tocándose la melena con gesto elegante.
—Sí, me apetecía
mucho poder verte y hablar tranquilamente.
—Eso está bien.
¿Vamos?
—Sí, necesito un
vaquero, una camisa blanca, un cinturón de vestir y un abrigo. Siempre está
bien la opinión de una mujer.
—Sí, claro, yo te
asesoro. Yo necesito, tacones, medias, faldas, abrigo, vaqueros, gafas,
pulseras, pendientes y algún perfume. No tengo de nada.
—Anda ya. Seguro
que tienes el armario, que no te cabe nada más.
—La verdad es que
sí, pero no me gusta demasiado lo que tengo. Necesito renovar ya.
—Que enfermedad
tenéis las mujeres con la moda, Dios.
—Y los hombres con
el sexo y no te digo nada, ¿o prefieres que te diga?
—No, no, tranquila,
está bien así. Necesitas mucha ropa, mucha. Toda la que puedas comprar. Es más,
me han dicho que los tráiler que llegaron ayer, son todos para ti, —digo con
cara de pillo.
—Qué tonto estás,
—contesta riéndose.
—Sí, estoy todo lo
tonto que tú quieras que esté. ¿Vamos o nos quedamos aquí? A mí no me importa.
—Vamos, vamos,
Valentín, picarón.
Vamos a la tienda
de ropa en la que suelo comprar casi todas mis prendas. Encuentro todo lo que
buscaba, ha sido fácil elegir teniendo la cartera llena. Ahora vamos a por sus
compras. En este momento, un hombre debe saber armarse de paciencia y saber
estar, de lo contrario, la mujer a la que acompaña, puede convertirse en un
arma de doble filo, dispuesta a rajarte la yugular si no colaboras.
Soy como una mula
de carga, soporto el peso de varias bolsas, me llaman al móvil, para cogerlo
tengo que hacer verdaderos malabarismos. Es mi mejor amigo, Héctor. Sara me
mira y me echa una mano con las bolsas, para que pueda atender la llamada.
—Cógelo, anda, —me
dice mientras me quita peso de las manos.
—Gracias,
—contesto—. Dime, Héctor.
—¿Qué pasa, Max?
¿Qué haces? ¿Te apetece que vayamos a tomar unas cervecitas mañaneras, o qué?
—Pues… me
encantaría. Pero no puedo, estoy en el centro con una amiga, de compras. Si
quieres, esta tarde te digo algo.
—¿Qué amiga? ¿Desde
cuándo vas tú de compras con amigas? Eso es nuevo. ¿Quién es? No será esa del
metro, ¿no?
—Luego hablamos,
mejor. Ahora estoy un tanto ocupado, o mejor dicho, cargado.
—Bueno, venga. Esta
tarde te llamo de nuevo. Hablamos.
—Vale, hasta luego,
Héctor, gracias. Un abrazo.
—Adiós.
Sara me mira
sonriendo, mientras agarra en sus manos una nueva falda que llevarse al
probador. Parece que ha estado atenta a la conversación.
—¿Sabes? Siempre es
bueno tener amigos, y si son de los que te llaman para tomar cervezas un sábado
por la mañana, mucho mejor.
—Sí, estoy de
acuerdo. Lamentablemente, de esos hay muy pocos. Conforme van pasando los años,
quedan menos. ¿Cuántas amigas de esas tienes tú? Apuesto a que no superas las
cinco.
—Es verdad, yo
diría que sólo tengo dos. ¿Y tú?
—Yo tengo tres, el
que ha llamado, es uno de ellos.
—Pues qué bien. Eso
quiere decir que eres un chico sociable, me gusta.
—Claro, me encanta
estar con amigos. Tomar unas cervezas y reír. Para mí, es un poco la esencia de
la vida.
—No puedo estar más
de acuerdo.
—Oye. ¿Te apetece
que comamos juntos?
—Sí, ¿por qué no
iba a apetecerme?
—No sé, yo sólo
pregunto.
—Muy bien, eres
educado, ¿eh? ¿Dónde te apetece comer?
—Bueno, viendo el
día tan soleado que ha salido, apetece comer en alguna terraza. ¿Te parece?
—Eso es perfecto,
estaba pensando lo mismo.
—Vale, conozco un
sitio que te encantará.
—Seguro que sí.
Visitamos varias
tiendas más y llega la hora de comer. Mi estómago pide a gritos algo sólido y
consistente que llevarme a la boca. Hace rato que estoy pensando en la comida,
en el sitio ese que me encanta. No está muy lejos, podemos ir andando.
Llegamos al lugar,
cargados con bolsas, algo cansados, con hambre y sedientos. Es un restaurante
en una de las calles céntricas de la ciudad. Sus mesas y sillas de mimbre
blanco brillan al sol, cubiertas por sombrillas enormes de color blanco
también. En cada mesa, hay una vela de diferente diseño; unas planas y negras;
otras altas y grises; otras doradas y ovaladas, y así, varios modelos y
colores. Los camareros visten traje negro con delantal del mismo color y
pajarita blanca. Nos sentamos en una de las mesas libres, una que recibe una
cantidad considerable de sol, hace frío y se agradece. Llega el camarero, nos
trae la carta y nos pregunta qué queremos beber.
—¿Te gusta el vino?
—Le pregunto a Sara.
—Me encanta el
vino.
—Vale, ¿te importa
que elija yo?
—Para nada. Por
favor, escoge. Yo no entiendo mucho, tú sí, ¿verdad?
—Bueno, algo
entiendo, sí, —contesto, guiando mi atención hacia el camarero. Tomaremos un Beronia,
reserva de 2006.
—De acuerdo,
señores. Ahora les tomo nota de la comida. Les sugiero nuestra especialidad en
tapas: cangrejo de río adiamantado, con salsa de ostras.
—¿Eso qué es?
—Pregunta Sara.
—No te preocupes,
ahora lo verás. Pónganos una de cangrejos, mientras decidimos los platos
principales, —le digo al camarero.
—Muy bien,
—contesta éste, retirándose a cocina.
—Max. ¿Te puedo
hacer una pregunta?
—Sí, claro. Dime.
—¿Crees que
podríamos pasar el fin de semana juntos?
—¿Cómo?
—No hagas que esto
sea más difícil para mí. Ya me has oído. ¿Te gustaría?
—Claro que me gustaría
pero, ¿no es un poco precipitado? ¿No sois vosotras las que siempre decís, que
os gusta esperar un poco antes de pasar una noche juntos?
—Sí, Valentín, eso
es lo normal pero, yo no soy una chica normal, ¿o es que no te has dado cuenta
ya?
—Bueno, diciéndome
estas cosas, puedo llegar a esa conclusión, sí. Hacemos una cosa. Vamos a dejar
que las cosas vayan por su camino. De momento, estoy de acuerdo en compartir mi
fin de semana contigo. Supongo que seguiré igual. Ahora, ¿te puedo hacer yo
otra pregunta a ti?
—Sí, por supuesto.
—¿Qué hacías ayer
por la tarde, a eso de las ocho y media?
—¿Por qué preguntas
eso?
—Por curiosidad.
¿Puedes responderme?
—Sí, claro que
puedo. Estaba en…
Descarga esta novela completa aquí: http://www.amazon.es/Perfume-Jos%C3%A9-Lorente-ebook/dp/B00KCPSANC/ref=sr_1_5?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1400244644&sr=1-5&keywords=perfume
No olvides que puedes
suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el
botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio"
y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes
compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me
ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias.
Saludos.
José Lorente.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
