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domingo, 11 de mayo de 2014

Perfume. Capítulo 44

Contrario a mis pretensiones, el deseo de robar la vida de Sandra se sobrepone a los consejos del anciano. Pronto vuelvo a sentir que la traición, es algo que merece ser vengado de una forma que nunca pueda olvidar la víctima, o simplemente, que no pueda recordar nada nunca más. Se lo cuento a Joe, aunque es una persona muy pacífica, me da la razón. Me dice que él en mi caso también haría lo mismo. Le doy las gracias por haberme hecho pasar este buen rato y me despido con las ganas que se despiden dos amigos que se conocen de forma especial desde hace bastantes

domingo, 4 de mayo de 2014

Perfume. Capítulo 43

Estar en casa de Joe me hace sentir tranquilo. Su cercana presencia siempre ha cubierto mi persona de un manto de serenidad, de normalidad anormal. Es una relación difícil de explicar. No sé si con las demás personas de su vida sucede igual, lo que sé es que conmigo, parece haber una relación de estrechez sentimental desde que me transmitió las palabras de mi abuela con su boca.


Mientras bebemos el whisky, le cuento todo el asunto del robo y la traición de Sandra. Le explico mis repentinas ganas de matar y también el asunto del detective privado. Él conocía a Héctor, pero no lo suficiente como para acudir a su entierro ni para enterarse de su muerte por otra persona que no sea yo.


—Tío, vaya días llevas… —me dice.


—Joder, y tanto… Creo que me estoy volviendo loco, o estoy rozando la fina línea que separa la cordura de la demencia, —contesto, después lleno mi garganta de escocés.


—Está bien. No te atormentes. Te voy a dar algo que quizá te ayude a superar todo esto.


—¿Algún amuleto?


—No, hombre, no. Esas mierdas no funcionan. Lo que te voy a dar es la droga más potente que existe en la Tierra. Viene de una planta del Amazonas. Conseguirla es difícil y caro, pero su efecto es algo, que no se puede explicar con palabras. Vamos a tomarla, a ver si por ahí descubres algo.


—Pero, ¿qué dices? Yo no tomo esas mierdas. ¿Desde cuándo te drogas?


—Me lo dio a conocer uno de mis clientes. Te aseguro que la experiencia que vives bajo sus efectos es inolvidable, a partir de ahí, entiendes la vida conforme es. Confía en mí.


—Yo paso. No me jodas, Joe.


—Qué sí, coño. Ya verás, tan pronto como empieces a ver cosas, sentirás que todo lo que has visto es material, que hay muchas cosas que escapan a nuestro entendimiento. Gracias a esta sustancia, verás todo de otro modo. Tu abuela aprueba el experimento.


—¿Mi abuela? ¿No dijiste que no volvería a saber de ella?


—Sí, pero ha querido hacerme saber que tomes esto, y si ella lo dice, es porque sabe que te vendrá bien.


Me quedo mirándolo con cara de pocos amigos al hacerme la idea de tomar una sustancia desconocida y quizá dañina, que el loco de Joe, está a punto de darme. Se levanta del sofá, va a la cocina, abre la nevera y saca una pequeña jarra de cristal que contiene un líquido color marrón. Se acerca y vierte un poco en cada vaso de whisky. Parece asqueroso. Devuelve la jarra a la nevera, se acerca, coge su vaso y le da un trago; su cara adopta matices amargos después de sorber.


—Venga, ¿a qué esperas? —Me dice.


Miro el vaso con cara de asco, lo agarro, coloco mi nariz dentro; huele a whisky. Sin pensarlo dos veces le doy un buen trago. El sabor es rancio, seco y desagradable, mucho peor que el escocés. Me dan dos arcadas que acentúan todas las arrugas de mi cara.


—Qué asco, por Dios, —refunfuño.


—En cinco minutos sabrás lo que es bueno, amigo.


Debatimos sobre lo malas que son las drogas para el organismo durante un rato hasta que empiezo a notar algo extraño dentro de mí. La sangre de mis venas parece solidificarse, la noto fluir con una densidad pasmosa. Me miro las manos, están muy enrojecidas. Al levantar mis ojos, el salón de Joe ha cambiado por completo. Hay un arco iris que nace de algún lugar y se estrella justo delante de mí, con un gnomo que salta alegre, avanzando por él. Joe está volando, alrededor del arco iris. Sus palabras son ahora distantes pero sonoras, me llegan en forma de notas musicales de colores. Miro a un lado; hay un anciano con barba de ochocientos siglos, con más arrugas que otra cosa en su cara y mirada triste. Me mira y sonríe. Me explica todas las cosas que debo saber sobre mi vida, desde el momento en el que nací hasta día de hoy. Ha sido un resumen extenso, no se ha dejado nada el muy cabrón; desde los juegos que jugaba de niño, hasta el presente de Sara, Héctor y demás. Comprendo que las cosas que me están sucediendo tienen que ser así, y no de otro modo. También me dice que soy una persona muy especial, y que tengo a un gran número de personas que me aprecian. Que no debo preocuparme por nada más que por vivir en armonía y calma. El misterioso anciano se levanta y se aleja, levitando, dejándome atónito mientras veo a mi madre cantando una canción que ha inventado con mi nombre. Ahora el anciano está delante de Joe, parece que se conocen. Le está explicando algunas cosas que no logro escuchar, pero la cara de Joe me hace pensar que son de una importancia transcendente para él. El gnomo sigue dando saltitos en el arco iris, desplazándose a un lado y a otro. Me levanto, miro por la ventana; los árboles del jardín están charlando entre ellos. El agua del mar está abrigando la arena de la playa con brazos, como si fuera un bebé frágil y delicado. Siento un golpe en la nuca. Me giro, es el anciano, me ha dado una colleja simpática y ahora me estrecha la mano diciéndome adiós. Joe está detrás de él. Poco después, todo desaparece; estamos Joe y yo en el sofá, sentados, como antes. Ahora por mi cabeza deambulan pensamientos desconocidos, que sin embargo, me son muy familiares. La sensación es gloriosa, la paz reina en el salón.


—¿Y no querías probarla, Maxi? —Me dice Joe, con una simpática sonrisa iluminando su rostro.


—Joder, ese viejo lo sabía absolutamente todo.


—Ese viejo es tu conciencia.


Lo miro comprendiendo perfectamente lo que dice. El anciano hablaba desde el más profundo yo, pero como si fuese otra persona. Es la mejor forma de conocerse a uno mismo. Esta droga provoca que veas las cosas de un modo que jamás podrías comprender si te explicaran. Hay que vivirlo para saber lo que pasa mientras estás bajo los efectos. Ahora ya no quiero matar a nadie, estoy lleno de amor por todo cuanto me rodea. Sólo quiero vivir en paz y armonía. Sandra es una magnífica amiga que merece vivir. No quiero ser yo el que la maltrate físicamente. Sara es una preciosa mujer, que me tiene enamorado y ni siquiera me había dado cuenta de ello. Héctor ha pasado a ser compañero de mi abuela. Todo eso es lo que me ha hecho comprender al abuelo parlanchín. Y así quiero seguir pensando.





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José Lorente.




miércoles, 16 de abril de 2014

El extraordinario viaje de Pablo. Capítulo 1

Para celebrar el lanzamiento del libro en papel, hoy publico su primer capítulo.


Brillaba un día radiante de sol, el cielo estaba azul intenso. Era un verano cualquiera. Corría una brisa fresca y suave, era un día estupendo para estar descansando al abrigo de las olas del mar. Pablo se encontraba en una de las playas de la localidad castellonense de Vinarós, en la Comunidad Valenciana, España. Estaba descansando con sus amigos de la infancia Luis y Sergio; se habían acercado a relajarse hasta allí con los dos quads que tenían ellos. Los tres hablaban y bromeaban todo el tiempo, pasando una agradable tarde.


    Luis era el mejor amigo de Pablo desde que tenían los dos 4 años. Sus padres  también eran amigos desde hacía mucho tiempo y acostumbraban a organizar comidas y reuniones entre ellos, de ahí la amistad que les unía.


    Pablo no tenía quad, su familia era modesta y él no había podido conseguir trabajo desde que terminó sus estudios como técnico electromagnético. Aunque era muy bueno en su campo y sus notas eran excelentes, no había tenido aún la fortuna de acceder a ninguna ocupación de esas características. Sin embargo, le fascinaban los vehículos, así como los quads que tenían sus amigos. Siempre andaba detrás de Luis insistiendo en que le dejara llevar su máquina, pero su amigo todavía no tenía la suficiente confianza en él como para dejársela, se la había comprado hacía un par de

domingo, 12 de enero de 2014

Perfume. Capítulo 26

…—Soy la hermana de Héctor. Paula.

—Ah… Paula, ¿cómo estás? ¿Qué número es este? ¿Has cambiado de móvil? No me aparece tu nombre.

Un sollozo profundo se escucha por el altavoz del iPad, Paula ha arrancado a llorar de forma bastante angustiosa.

—Max… Mi… —un espasmo en su respiración agitada la interrumpe—… mi hermano, —los gimoteos y espasmos se acentúan después de terminar de hablar.

—¡¿Qué pasa, Paula?! ¿Dónde está? ¡Dime!

—Maaaax… —el tono de su voz fue de más a menos al decir mi nombre—. Un accidente, ha tenido un accidente. Se ha matado, Maaaaax… se ha matadooo, —esto último lo pronuncia sin apenas poder hacerlo, sus cortes de respiración no la

domingo, 24 de noviembre de 2013

Perfume. Capítulo 19

Respondo a la llamada.


—Hola, ¿ya estás aquí?


—Sí, ¿dónde estás exactamente?


—Estoy sentado en el muro de la parada del metro.


—Ah, pues voy a salir justo por ahí.


—Vale, aquí te espero.


—Bien, ciao.


—Hasta ahora.


Guardo el móvil y me pongo de pie, delante de las escaleras que salen del metro. Una notable brisa sale del interior golpeando mi cara. La gente comienza a aparecer, mi olfato detecta el dulce aroma de mujer, ese que me llevó a fijarme en ella por primera vez. Sara aparece, es como si alrededor de ella brillara un halo de luz, la gente que camina a su lado parece desaparecer, sólo está ella. Lleva unos vaqueros de pitillo color azul claro, rotos y desgastados, unos tacones negros y un abrigo inglés color crema hasta las rodillas; el pelo suelto le cubre los hombros y el pecho parcialmente; un bolso negro y grande cuelga de su brazo medio flexionado. No puedo dejar de mirarla. Levanta la cabeza antes de comenzar a subir las escaleras, me ve, sonríe  y con una mano se toca el pelo. <<Qué bella es>>, me digo. Llega hasta mí, su aroma envuelve mi ser completamente mientras nos saludamos, besándonos las mejillas. Sonreímos como dos adolescentes que tienen su primera cita.


—Bueno, aquí me tienes, —dice ella, tocándose la melena con gesto elegante.


—Sí, me apetecía mucho poder verte y hablar tranquilamente.


—Eso está bien. ¿Vamos?


—Sí, necesito un vaquero, una camisa blanca, un cinturón de vestir y un abrigo. Siempre está bien la opinión de una mujer.


—Sí, claro, yo te asesoro. Yo necesito, tacones, medias, faldas, abrigo, vaqueros, gafas, pulseras, pendientes y algún perfume. No tengo de nada.


—Anda ya. Seguro que tienes el armario, que no te cabe nada más.


—La verdad es que sí, pero no me gusta demasiado lo que tengo. Necesito renovar ya.


—Que enfermedad tenéis las mujeres con la moda, Dios.


—Y los hombres con el sexo y no te digo nada, ¿o prefieres que te diga?


—No, no, tranquila, está bien así. Necesitas mucha ropa, mucha. Toda la que puedas comprar. Es más, me han dicho que los tráiler que llegaron ayer, son todos para ti, —digo con cara de pillo.


—Qué tonto estás, —contesta riéndose.


—Sí, estoy todo lo tonto que tú quieras que esté. ¿Vamos o nos quedamos aquí? A mí no me importa.


—Vamos, vamos, Valentín, picarón.


Vamos a la tienda de ropa en la que suelo comprar casi todas mis prendas. Encuentro todo lo que buscaba, ha sido fácil elegir teniendo la cartera llena. Ahora vamos a por sus compras. En este momento, un hombre debe saber armarse de paciencia y saber estar, de lo contrario, la mujer a la que acompaña, puede convertirse en un arma de doble filo, dispuesta a rajarte la yugular si no colaboras.


Soy como una mula de carga, soporto el peso de varias bolsas, me llaman al móvil, para cogerlo tengo que hacer verdaderos malabarismos. Es mi mejor amigo, Héctor. Sara me mira y me echa una mano con las bolsas, para que pueda atender la llamada.


—Cógelo, anda, —me dice mientras me quita peso de las manos.


—Gracias, —contesto—. Dime, Héctor.


—¿Qué pasa, Max? ¿Qué haces? ¿Te apetece que vayamos a tomar unas cervecitas mañaneras, o qué?


—Pues… me encantaría. Pero no puedo, estoy en el centro con una amiga, de compras. Si quieres, esta tarde te digo algo.


—¿Qué amiga? ¿Desde cuándo vas tú de compras con amigas? Eso es nuevo. ¿Quién es? No será esa del metro, ¿no?


—Luego hablamos, mejor. Ahora estoy un tanto ocupado, o mejor dicho, cargado.


—Bueno, venga. Esta tarde te llamo de nuevo. Hablamos.


—Vale, hasta luego, Héctor, gracias. Un abrazo.


—Adiós.


Sara me mira sonriendo, mientras agarra en sus manos una nueva falda que llevarse al probador. Parece que ha estado atenta a la conversación.


—¿Sabes? Siempre es bueno tener amigos, y si son de los que te llaman para tomar cervezas un sábado por la mañana, mucho mejor.


—Sí, estoy de acuerdo. Lamentablemente, de esos hay muy pocos. Conforme van pasando los años, quedan menos. ¿Cuántas amigas de esas tienes tú? Apuesto a que no superas las cinco.


—Es verdad, yo diría que sólo tengo dos. ¿Y tú?


—Yo tengo tres, el que ha llamado, es uno de ellos.


—Pues qué bien. Eso quiere decir que eres un chico sociable, me gusta.


—Claro, me encanta estar con amigos. Tomar unas cervezas y reír. Para mí, es un poco la esencia de la vida.


—No puedo estar más de acuerdo.


—Oye. ¿Te apetece que comamos juntos?


—Sí, ¿por qué no iba a apetecerme?


—No sé, yo sólo pregunto.


—Muy bien, eres educado, ¿eh? ¿Dónde te apetece comer?


—Bueno, viendo el día tan soleado que ha salido, apetece comer en alguna terraza. ¿Te parece?


—Eso es perfecto, estaba pensando lo mismo.


—Vale, conozco un sitio que te encantará.


—Seguro que sí.


Visitamos varias tiendas más y llega la hora de comer. Mi estómago pide a gritos algo sólido y consistente que llevarme a la boca. Hace rato que estoy pensando en la comida, en el sitio ese que me encanta. No está muy lejos, podemos ir andando.


Llegamos al lugar, cargados con bolsas, algo cansados, con hambre y sedientos. Es un restaurante en una de las calles céntricas de la ciudad. Sus mesas y sillas de mimbre blanco brillan al sol, cubiertas por sombrillas enormes de color blanco también. En cada mesa, hay una vela de diferente diseño; unas planas y negras; otras altas y grises; otras doradas y ovaladas, y así, varios modelos y colores. Los camareros visten traje negro con delantal del mismo color y pajarita blanca. Nos sentamos en una de las mesas libres, una que recibe una cantidad considerable de sol, hace frío y se agradece. Llega el camarero, nos trae la carta y nos pregunta qué queremos beber.


—¿Te gusta el vino? —Le pregunto a Sara.


—Me encanta el vino.


—Vale, ¿te importa que elija yo?


—Para nada. Por favor, escoge. Yo no entiendo mucho, tú sí, ¿verdad?


—Bueno, algo entiendo, sí, —contesto, guiando mi atención hacia el camarero. Tomaremos un Beronia, reserva de 2006.


—De acuerdo, señores. Ahora les tomo nota de la comida. Les sugiero nuestra especialidad en tapas: cangrejo de río adiamantado, con salsa de ostras.


—¿Eso qué es? —Pregunta Sara.


—No te preocupes, ahora lo verás. Pónganos una de cangrejos, mientras decidimos los platos principales, —le digo al camarero.


—Muy bien, —contesta éste, retirándose a cocina.


—Max. ¿Te puedo hacer una pregunta?


—Sí, claro. Dime.


—¿Crees que podríamos pasar el fin de semana juntos?


—¿Cómo?


—No hagas que esto sea más difícil para mí. Ya me has oído. ¿Te gustaría?


—Claro que me gustaría pero, ¿no es un poco precipitado? ¿No sois vosotras las que siempre decís, que os gusta esperar un poco antes de pasar una noche juntos?


—Sí, Valentín, eso es lo normal pero, yo no soy una chica normal, ¿o es que no te has dado cuenta ya?


—Bueno, diciéndome estas cosas, puedo llegar a esa conclusión, sí. Hacemos una cosa. Vamos a dejar que las cosas vayan por su camino. De momento, estoy de acuerdo en compartir mi fin de semana contigo. Supongo que seguiré igual. Ahora, ¿te puedo hacer yo otra pregunta a ti?


—Sí, por supuesto.


—¿Qué hacías ayer por la tarde, a eso de las ocho y media?


—¿Por qué preguntas eso?


—Por curiosidad. ¿Puedes responderme?


—Sí, claro que puedo. Estaba en…



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