Me dirigía hacia
mi casa una noche de enero. Eran las 20:30. Cansado, llevaba toda la tarde en
el bar después de haber discutido con mi mujer por haberme olvidado de comprar
unos huevos que me encargó. Andaba cabizbajo, con las manos en los bolsillos y
dando patadas a una oxidada lata de refresco, la cual, resonaba en el silencio
de la noche provocando que huyeran los gatos callejeros del lugar.
Ella había estado haciéndome llamadas
insistentes al móvil que no encontraron respuesta, es más, agobiado por su
persistencia decidí apagarlo. No quería ni pensar en lo que pasaría cuando
entrara por la puerta, lo que tenía claro es que no me apetecía discutir y que
su recibimiento no sería agradable. Pensaba en lo triste que era mi vida después
de que uno de nuestros dos hijos
falleciera a los 8 años en un accidente de tráfico, a lo que se sumaba la
pérdida del trabajo al que era fiel durante más de una