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miércoles, 5 de febrero de 2014

Carretera final

Mario conducía su coche por una autovía, a su lado iba Pedro, amigo suyo desde la infancia; iban de viaje de fin de semana a las playas del sur de España, estaban en pleno mes de julio y el calor era abochornante. Decidieron parar a refrescarse y comer algo en una estación de servicio que había en el camino. Eran las 14:00 horas, el sol caía como cristales afilados que se incrustan en la piel produciendo un daño irreparable. Pedro acababa de salir del coche y estaba estirándose en medio de la calzada del aparcamiento, llevaban 4 horas de viaje y sus cuerpos estaban algo agarrotados. Una fuerte bocina alertó a Pedro, que vio como un tráiler le pasaba de cerca esquivándole, se lo hubiera llevado por delante de no ser por la habilidad del conductor. Pedro saltó a un lado quedándose con un susto de muerte, mientras Mario, reía al ver el pequeño percance que le había sucedido a su amigo; la situación había sido algo cómica a pesar de la peligrosidad de la misma. A decir verdad, reía porque en realidad no había pasado nada, no hubiese reaccionado así si el susto hubiese tomado el término de accidente al final.


    —Joder, tío. Tendrías que ver el salto que has dado y la cara que se te ha quedado, —le dijo Mario riéndose.


    —Qué cabrón, no te rías tanto, me he dado un susto para morirse. Ha pasado cerca. No sé por qué ese tío circulaba a tanta velocidad por dentro de un parking, pero bueno, no ha sido nada. ¿Vamos a

domingo, 15 de septiembre de 2013

Perfume. Capítulo 9

—Hola, Shibila. Soy Sara, te llamo desde el móvil de un chico que ha tenido la amabilidad de prestarme su teléfono, —dice al tiempo que me mira sonriendo. 


Continúa la conversación; habla de cómo, cuándo, y dónde han de recogerla después del trabajo. Descubro que sale de trabajar a las cinco y media de la tarde, y que, después de eso, tiene tres cosas que hacer; una clase de danza, otra de pilates, y después, una hora de gimnasio. <<Es toda una deportista, me encanta. Eso explica su esbelta y estilizada figura>>, me aclaro mentalmente.


—Vale, Shibila. Quedamos así. A las diez y media en la Plaza de Vicente Iborra, donde está Pekado. Supongo que me dará tiempo a hacer las maletas. Luego te veo. Besos, —concluye, cortando la llamada y devolviéndome el móvil—. Muchísimas gracias, —me dice sonriendo—. De no ser por ti, esta noche no podría irme a Malibú. Tengo una semana de vacaciones. Nos escapamos ahí, tres amigas y yo. Vamos a pasarlo bien.


—Vaya, qué buen destino ese. No he estado nunca, pero me encantaría poder ir algún día.


—Seguro que sí, ya verás. Yo he estado dos veces, esta es la tercera.


—Ah, genial. Tiene que ser precioso.


—Lo es.


Tuerzo el morro y un incómodo silencio se apodera del momento. No han pasado ni cinco segundos cuando dice:


—¿Eres italiano? Con ese nombre…


La miro, sonrío y contesto:


—Sí. Bueno, mis raíces son de allí, pero por parte de mi padre. Él nació en Florencia, pero de muy niño tuvo que venirse, mi madre es de aquí, de Valencia. Yo nací en esta ciudad, aunque viajo a Italia a veces, a ver a primos y tíos, pero me siento valenciano.


—Ah, interesante. Me encanta Italia. He estado en Nápoles y Venecia. Me gustaría visitar más ciudades de allí, me encanta su cultura.


—Sí, saben cuidarse muy bien y tienen un estilo de vida muy curioso. A mí, me gusta cuando voy y salgo por allí con mis primos, son la leche.


—Pues sí. Bueno, ésta es mi parada. Voy a trabajar.


—Sí, también es la mía.


—Un placer conocerte, Valentín. Y de nuevo, muchísimas gracias por el gran favor.


—¿Valentín? Max, por favor.


—Me gusta Valentín, te va mejor, —contesta, haciendo un guiño de ojo y mostrando su lengua levemente, con gesto simpático.


—Bueno, no me disgusta ese nombre, al fin y al cabo, Valentino es mi apellido y Valentín tiene que ver con él. Te dejo que me llames así, pero sólo porque eres tú, ¿eh? Y gracias a ti por facilitarme tu número. Seguramente acabas de cometer una estupidez, dándole el teléfono a un psicópata con manía persecutoria, —añado en tono de guasa.


—¡Eh! Si es así, no recibirás respuesta alguna ¡Loco! —Contesta, siguiendo la broma.


“Próxima parada: Beniferri”, se escucha en el altavoz del tren.


—Ahora sí. Bajamos ya, —dice ella con una leve expresión de pena.


—Sí, no hay otra. El deber nos espera. Dame dos besos y pásalo bien en Malibú. Pronto sabrás de mí, —le contesto, acercándome a esa cara de tremenda belleza, siendo embriagado y rodeado por ese aroma hipnótico, que hizo que la mirara por primera vez hace semanas.


La piel de su cara es fina y suave. <<Mi barba de tres días le estará pinchando>>, pienso.


—Sí, gracias. Puede que, cuando me hables, no sepa quién eres, —replica mientras roza mi cara con su mejilla.


—Te lo recordaré, —mi sonrisa intenta deslumbrar—, además, la foto que tengo puesta en el perfil del chat es inconfundible, salgo con una metralleta de loco psicópata... No lo olvides, —respondo con esa expresión pícara que muestro algunas veces.


—¡Oh, qué miedo! Tendré que huir o llamar a la policía.


—La policía soy yo, yo soy todo, —el tren se ha detenido y mi frase no ha terminado del todo cuando las puertas se abren y la gente empieza a salir.


Nos levantamos, ella va delante, parece que tiene prisa. La miro triste porque se separa de mí, pero alegre porque ya sé quién es y lo que es mejor, tengo su número de teléfono.



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José Lorente.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El céntimo de la suerte

Moisés y Robert, amigos de varios años, viajaron a una isla paradisiaca con motivo de una celebración pendiente que tenían, por haber podido acceder al trabajo por el que suspiraban los dos. Se trasladaron sin demasiado equipaje, sólo una mochila cada uno, donde llevaban: una toalla, una muda de ropa, cepillo y pasta de dientes, la cartera llena de tarjetas de crédito, dinero y documentación, teléfono móvil y algunas cosas más de menor importancia. La estancia iba a ser corta y ellos habían ido para disfrutar de una aventura sin planear, pensaban en emborracharse y divertirse sin censura. Los planes no programados, comenzaron a torcerse cuando perdieron el primer embarque en puerto, por llegar (gracias a un inesperado atasco de tráfico) a diez minutos de zarpar el buque. Querían hacer ese viaje a toda costa y compraron nuevos billetes para esa tarde.


    Una vez en el navío, todo comenzó a fluir de manera muy natural y espontánea. Se sentaron en el bar a tomar cerveza y unos bocadillos. La primera ronda de cervezas las pagó Moisés; extrajo de su bolsillo trasero del pantalón, unas monedas con las que pagar. Al sacar la calderilla, la tela interna del bolsillo se mezcló con sus dedos y un céntimo cayó al suelo. Moisés se dio cuenta de que esa insignificante y poco valorada pieza metálica, rodó por el suelo entre sus pies; no le dio la más mínima importancia y dejó la pequeña monedilla a su suerte en el

sábado, 7 de septiembre de 2013

El extraordinario viaje de Pablo. Loverot. Sinopsis.

Pablo, un joven de 23 años, sufre un inesperado accidente de tráfico. A partir de entonces, comienza a experimentar una serie de sucesos que nada tienen que ver con lo que está acostumbrado en su vida normal. A raíz del incidente, se sumerge en un inquietante, sorprendente e inusual mundo que le lleva a conocer a personajes de lo más extraños y seres increíbles; un lugar en donde los sentidos adquieren otro plano de interacción con el entorno, en el que Pablo, alcanza poderes extrasensoriales que nunca imaginó que existirían, un universo en el que encuentra su lugar y su destino en la vida. Allí conoce a Maya; una joven sanadora espiritual que le despierta su lado más romántico y apasionado. Ella será la que le empuje a continuar trabajando para terminar la misión que le es encomendada. Sin embargo, Pablo es bastante inexperto en el uso de sus poderes y eso le llevará a cometer errores poniendo en peligro a sus seres más queridos.
Por otro lado, las noches del joven en Loverot son aterradoras por culpa de unas pesadillas angustiosas que no le dejan dormir y que resultan ser parte del nuevo mundo en el que se encuentra.

El destino de todos los seres vivos de la Tierra estará en manos de Pablo. Es posible que resuelva sus dudas y temores; pero, ¿y si no lo hace?