Mostrando entradas con la etiqueta ventana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ventana. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de diciembre de 2013

Perfume. Capítulo 22

La noche se ha apoderado del día hace rato, no sé la hora que es, tampoco me importa demasiado, sé que es sábado y que tengo a mi lado a la mujer más impresionante que se ha cruzado en mi vida. El taxi se mueve despacio, parece no querer llegar al destino nunca; mi casa. Sara no despega la mano de mi muslo izquierdo.


—Sabes… Valentín. Parecerá una tontería pero, estos paseos nocturnos en coche por la ciudad, me encantan. Adoro imaginar las vidas que se esconden detrás de cada ventana iluminada.


—¿Y por qué ha de ser una tontería?


—No sé, pero pienso que tampoco tiene mucha importancia. La gente se fija en cosas más interesantes, supongo.


—Pues, te diré algo; yo también disfruto pensando que esas luces en las ventanas albergan vidas desconocidas y misteriosas. Cada casa, un mundo. Cada calle, miles de historias diferentes, vividas por personas diferentes a lo largo de sus años de vida.


—Vaya, eres un filósofo, ¿no?


—¿Filósofo? No creo. Sólo soy un chico muy curioso, al que le encanta fantasear sobre las cosas que realmente son importantes, y las vidas ajenas, aunque sean eso, ajenas, me parecen realmente importantes e interesantes.


—Es un tema interesante, sí. A mí al menos me lo parece. ¿Qué conversación tendrán en esa casa mientras cenan? —Dice, señalando un edificio en donde varias ventanas están iluminadas—. ¿Qué pasaría ayer en esa calle? ¿Y en esta otra? ¿Qué…?


Un giro brusco del taxi interrumpe la curiosidad de Sara. Nuestros cuerpos se mueven a velocidad de vértigo sin control, la mano de Sara me aprieta el muslo fuerte para después soltarlo de golpe. El coche derrapa de lado, el conductor lucha por hacerse con el control. Seguidamente, un ruido espantoso y grotesco se escucha a pocos metros de distancia, nuestro taxi se detiene en seco, cerca de estamparse contra un banco de la acera, por el lado donde va sentada Sara.


—¿Estáis bien? —Dice el taxista, girándose hacia nosotros.


Unos segundos de silencio se apoderan del momento.


—S… sí, —contesto, casi sin poder hablar—. ¿Tú estás bien? —Le pregunto a Sara, que me mira con expresión, como si hubiese pasado un desfile de fantasmas por delante de ella.


—Creo que sí, —contesta, llevándose la mano al pecho y dando un suspiro que no termina de aliviar sus nervios.


Me agarra con la otra mano por la muñeca, noto sus temblores trasladarse a mi brazo, llevo mi otra mano para cubrir la suya, me doy cuenta de que estoy temblando como ella o más.


—Bien, gracias a Dios, —dice el taxista, abriendo la puerta para bajar del coche, le seguimos. Al bajar, vemos lo que nos temíamos; un coche empotrado contra un árbol frontalmente, el impacto ha sido tan brutal, que el coche se ha partido en dos como si fuese una enorme mandíbula que quería comerse al árbol y se ha quedado en el intento. Una mujer yace en el suelo, varios metros por delante del siniestro y un hombre, al parecer el conductor, se ha esclafado contra el árbol, dejando pegadas ahí partes de su cuerpo, el hombre está en el suelo, destrozado, apenas se reconoce que es una persona. Un poco más allá, un corro de gente rodea algo, quizá es alguien herido. La gente se ha quedado en shock como nosotros. El tráfico se ha detenido y en pocos segundos se escuchan sonidos de sirenas próximas en las calles. Sara no me ha soltado el brazo desde que hemos salido del taxi, su mano ejerce una presión que va cada vez a más, llega hasta a hacerme algo de daño, que no lo es tanto en estas condiciones. Cuando vemos el amasijo de hombre y la sangre por todas partes, oculta su rostro en mi pecho. El taxista camina hacia la escena, con las dos manos puestas sobre su cabeza.


—Pero, ¿qué ha pasado? —Le pregunto, cuando ya siento que puedo volver a articular palabras.


—Pues… no estoy seguro, pero creo que ese hombre se ha saltado el semáforo, lo he podido esquivar de milagro. ¡Pero, por Dios, mira lo que ha pasado! ¡Mira aquella mujer! ¿La habrá atropellado? —Responde sin mirarme directamente a la cara.


—No lo sé, pero, por la sangre que hay a su alrededor, parece que está muerta también.


—¡¿No me digas?! Máximo, vámonos, no puedo con esto, me estoy mareando, —dice Sara, oculta todavía en mi americana.


—No podemos irnos todavía, Sara. Tendremos que esperar a que vengan las autoridades, no podemos irnos sin más.


—¿Por qué? —Responde, aterrorizada.


—No lo sé, pero creo que es lo correcto.


—No creo que haga falta que os quedéis, el que conducía era yo, vosotros no estáis implicados en el accidente, tampoco parece que haya que asistir a nadie. Iros si ella se encuentra tan mal, hombre, —dice el taxista, que escuchaba lo que hablábamos.


—¿Sí? ¿Tú crees? —Le digo—. ¿Allí no habrá alguien herido? —Pregunto, señalando el tumulto de gente arremolinada alrededor de algo.


—No lo sé, pero ya hay bastante gente. Marchaos. Yo me encargaré de declarar si hace falta. Si estáis bien, claro.


—Sí, sí, yo estoy bien, gracias, vámonos, por favor, Máximo, —contesta Sara, envuelta en un temblor considerable.


—Vale, está bien, tranquila, nos vamos. Muchas gracias, señor, —le digo al taxista—. ¿Qué le debo?


—Nada, hombre, sólo faltaba… Habéis estado en peligro en mi taxi, ¿qué demonios? No, hombre, no. Ya es suficiente.


—Está bien, muchas gracias, señor. Suerte.


—De nada, hombre.


—Adiós.


—Hasta luego, —añade Sara.


Damos media vuelta y caminamos en dirección a… no sabemos dónde todavía. Ella no ha podido descubrir su cara aún, su mano ha dejado de hacer tanta presión en mi brazo, pero no del todo. Andamos y andamos hasta que estamos lo suficientemente lejos del sitio, tres ambulancias han pasado por nuestro lado, haciendo que revivamos el angustioso momento. Sara, al fin, saca su cara de mi pecho, pero no dice nada, sigue cogiéndome del brazo, con la cabeza apoyada en mi hombro. No me gusta verla así, parece que le ha afectado demasiado. En la misma acera por la que caminamos, se acercan en sentido opuesto una madre con su hijo, que lleva tres globos de helio, uno de cada color; rojo, verde y amarillo. El niño, de unos cuatro años, está mirando a Sara fijamente, parece preocupado. <<¿Puede ser que un niño tan pequeño, pueda percibir la tristeza que refleja Sara?>> Me pregunto. Cuando está a nuestra altura, mis dudas se despejan.


—Señora, te regalo un globo, ¿qué color te gusta? —Dice el niño, deteniendo a su madre en el acto.


—Tomás, deja a la señora, —le dice su madre.


Mami, parece triste, quiero regalarle uno de mis globos, para que esté feliz, —insiste el chico.


Sara y yo nos paramos, asombrados por la lucidez de un niño tan joven.


—Tranquila, señora. No me molesta. Tomás, me gusta el color amarillo, no hace falta que me lo regales, eres muy amable, pero quédate tú con tu globo, seguro que lo disfrutas más que yo, —dice Sara, dejando asomar una sonrisa, cosa que a mí, me tranquiliza bastante.


—Pero, yo quiero que lo tengas, a mí me ha alegrado mucho cuando me los ha comprado mi madre, me gustaría que te alegrase a ti también, te he visto tan triste, —replica el niño que, con su inocente cara, está haciendo que a Sara se le olvide el horrible suceso que acabamos de presenciar.


—No, Tomás, guapo, insisto. Muchísimas gracias, pero quédatelo, ya me has alegrado bastante. Eres muy amable, —dice Sara, agachándose y dándole un beso en la mejilla.


—Bueno, como quieras. Luego no digas que no te lo ofrecí, —contesta el niño, algo avergonzado, por recibir el beso de una mujer tan hermosa.


—Eres un artista, muchacho, —le digo.


—A ti no te lo doy, era para tu novia, que es muy guapa, —contesta Tomás, escondiéndose un poco detrás de su madre, mirándome con una mueca de enfado.


Su madre, Sara y yo, rompemos a reír enérgicamente.


—Eres muy especial, Tomás, —le dice Sara—. Realmente lo es, —continúa, dirigiéndose a su madre, que lo mira orgullosa.


—Sí, es un granuja, —replica ella—. Anda, vamos a casa, diles adiós, nos espera papá, —le dice al pequeño.


—Adiós, guapa. Adiós, feo. —Dice el pícaro niño, comenzando a andar.


—Adiós, cuídate, bombón, —se despide Sara.


—Hasta luego, —digo.


Seguimos nuestro camino. Ese pequeño granuja nos ha alegrado un poco, haciendo que no pensemos en el accidente. Nos hemos relajado. Le propongo ir caminando a casa, no queda demasiado lejos, ella acepta. Continuamos andando por la noche valenciana en busca de la tranquilidad de mi hogar, que nos espera ansioso de tener nuestra compañía.





No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.


domingo, 29 de septiembre de 2013

Perfume. Capítulo 11

Se va alejando por la acera, me quedo mirándola antes de girar y tomar mi camino, contrario al suyo. Giro, me dirijo al trabajo, echo un vistazo a la escultura de la Dama Ibérica, que descansa en la rotonda, como cada mañana, unos rayos de sol matutino la bañan levemente. Doblo la esquina, el hotel me espera, los clientes me esperan. Mi mente intenta ocuparse con mis obligaciones sin éxito, no puedo dejar de pensar en lo que acaba de suceder. <<Tengo su número, tengo su número. Voy a enviarle un mensaje para cuando encienda su móvil, supongo que será al final del día, da igual, lo haré de todos modos, para que se lo encuentre al encender>>, me detengo pensando y sacando el móvil de mi bolsillo. <<No puede ser>>, exclamo al advertir una ráfaga de ese aroma delicioso que lleva Sara. Me giro, pensando que ha vuelto a buscarme; no está. <<Idiota, ¿crees, que porque te haya dado su número está tan interesada en ti que volvería a buscarte?  Ingenuo>>, me dice la voz interior. Me olvido de esa estupidez y me centro de nuevo en el móvil para enviarle un mensaje. Abro el whats app; voy al buscador de personas e introduzco su nombre: Sara.




Sara Barbate                móvil


La vida es bella :D


Sara Félix                     móvil


Carpe diem ;P


Sara Jaén                     móvil


Mamá cómprame unas botas que éstas están rotas.


Sara Robledo               móvil


No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hiciesen a ti.




La elijo de entre todas, me he detenido un segundo a leer su frase de estado. <<Estoy totalmente de acuerdo con esa frase, ahora me gusta un poco más, ¿tendrá esa humildad que tanta falta les hace a las chicas guapas de esta ciudad? No lo sé, pero esa frase dice mucho de ella, —reflexiono, mirando la pantalla sin mensajes de su chat que estoy a punto de estrenar—. ¿Qué le digo? Ya está>>:




Sara Robledo


últ. vez hoy a las 08:17




Hola, señorita Robledo 08:45




Te escribo para que no te


olvides de mí,


¿eh? Jajajajaj 08:45





Espero que te vaya genial en


tu viaje 08:46




No te olvides de tocar la


piedra siempre,


ni de traerme un regalo en  


forma de


souvenir  08:46




Te mando muchos besos,


preciosa  8:47






Cierro el chat y continúo mi camino hacia el trabajo, para cumplir con mi jornada laboral de comercial vendedor de seguros para los clientes del hotel.


Hoy me espera un cliente muy especial, me avisaron ayer que vistiera mi mejor traje porque hoy llegaba a hospedarse, Anthony Hopkins; actor de renombre al que admiro desde que vi la película: ¿Conoces a Joe Black?. Hice caso a mi jefe y me he puesto el traje Versace color gris oscuro que me favorece tanto; una camisa entallada blanca con una corbata estrecha del mismo gris que el traje, cumplen su cometido de llevar un look elegante y discreto. Los zapatos, negro brillo, terminan de darme un aspecto juvenil a la vez que serio. Un peinado hacia atrás y una barba bien perfilada me dan un semblante correcto y formal. Entro por las puertas correderas, el recepcionista, Álex, me saluda, bromeando:


—Buenos días. Qué, ¿estás preparado para hablar con Hannibal? Ten cuidado, no te vaya comer para el almuerzo, —y ríe como un loco.


No me hace demasiada gracia el comentario, no me cae extremadamente bien este tío, no somos compatibles. Aun así, contesto educadamente.


—Buenos días. Quizá me lo coma yo a él, nunca se sabe. Hasta luego.


Sigo mi camino, tomo el ascensor y me elevo hasta la planta número doce, allí me espera Sandra Rodríguez, mi compañera de trabajo. Formamos un equipo excepcional y pocos son los clientes que se resisten a contratar un seguro con nosotros durante su estancia en el hotel. Ella es una mujer despampanante; nos hemos acostado varias veces, pero los dos sabemos y hemos llegado a la conclusión, de que no somos el uno para el otro, eso sí, el sexo que hemos compartido ha sido de los mejores que hemos podido disfrutar los dos, ella es multiorgásmica y yo… yo soy un aventurero al que le gusta disfrutar y probar de todo lo que se puede probar en esta vida. Hoy, consciente del cliente famoso, lleva un vestido negro, ajustado, con un escote pronunciado pero que enseña lo justo de sus pechos naturales de volumen perfecto, una americana también negra y unos tacones demasiado altos del mismo color. Es casi más alta que yo y eso que mi estatura es de ciento ochenta y tres centímetros. Después de repasar su modelito de hoy me acerco a ella, está hablando por teléfono mientras mira por la ventana. Se ve media Valencia desde aquí.


—Buenos días, Sandrita, —le digo en voz baja, cogiéndola por encima de su codo izquierdo.


Se gira, me toca en el costado y me sonríe a modo de réplica. Su melena negra, larga y lisa esconde un rostro angelical, con rasgos muy finos, ojos negros y grandes, custodiados por unas pestañas que bien podrían confundirse con abanicos, y unos labios carnosos de una forma tal, que cualquier hombre dejaría que lo hipnotizase a besos, de hecho, son muchos los perseguidores de esta chica, que compagina su trabajo aquí con su otro trabajo de personal shopper. Su estilo y elegancia son absolutos y sublimes, no me extraña que tenga tantos clientes, aunque siempre he pensado que muchos de ellos quieren follársela y ya está; aunque eso no es asunto mío. Es una buena amiga con la que he pasado buenos ratos sexuales y una gran compañera de trabajo, nada más.


Me siento en uno de los butacones de lujo que tiene el ostentoso hotel y saco mi iPad para repasar los puntos del día. De nuevo recuerdo a Sara, es un recuerdo inevitable que me asalta, que se ha estado colando en mi mente durante días, pero el de hoy es diferente, la conozco y presiento que a partir de este momento, esos recuerdos invasores no van a parar de irrumpir en mi vida a cada rato.


Sandra termina la llamada, se gira y me dice:


—¿A que no sabes lo que me pasó anoche?


—No, ¿qué?

—Pues, iba caminando hacia casa…





No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.