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miércoles, 11 de junio de 2014

El rezo de la muerte

Empujó la puerta de la habitación, su mirada reflejaba el temor del alma, sus movimientos estaban ralentizados por ese temor agudo, incontrolable e inusitado que le terminaba de provocar un espeluznante sonido de voces que provenía del interior. Era su habitación, y, desde hacía días, en casa no había nadie más que ella. Al otro lado, la oscuridad dictaba su usual armonía escandalosa e incierta. Las voces pararon tan pronto como la puerta comenzó a gruñir cual bisagra oxidada y vieja. No sabía muy bien si avanzar o salir corriendo de aquel agujero de misterio y miedo puro. Pero un empuje anormal la mandó adentro de un soplo infeliz. La puerta se cerró tras de sí, dejándola a merced de las sombras, de la incertidumbre más pesarosa. Prendió la luz pero no funcionó, la histeria comenzaba a tener efecto en su mente y sus actos, dando palmadas desesperadas en aquel interruptor que jamás había dejado de funcionar. Las voces sonaron de nuevo, esta vez inteligibles, cercanas y reales.


    —Pasa, Paola, no te quedes ahí. Te estábamos esperando, —esa voz sonaba dulcemente diabólica, pero agriamente tentadora.


    Paola trató de articular palabra para preguntar qué estaba ocurriendo, pero su voz era inexistente, de su boca sólo manaba aire sin un código audible. Se asustó más si cabía.


    —¿Qué te pasa, Paola? ¿No quieres jugar con nosotras? —Esta voz era más aterradora; una mezcla de voces rasgadas e intrincadas.


    —Tú lo pediste, pediste que te trajésemos aquí, ¿recuerdas? —esa voz era familiar aunque peliaguda y molesta incluso—. Pediste reunirte con nosotros en tu habitación, como en los viejos tiempos, como en tu niñez. Ahora no te escondas, no temas, no intentes huir. Eres nuestra para siempre, como siempre.


    Paola recordó el tremendo esfuerzo que había desempeñado en pedirle a los cielos que sus padres y sus dos hermanas volvieran, o que la llevaran con ellos. Hacía dos semanas que habían muerto en la carretera.




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José Lorente.


domingo, 1 de junio de 2014

Perfume. Capítulos 45, 46 y 47

Capítulo 45


Las doce y veinticinco de la madrugada, las ruedas de mi coche se asientan en la plaza de garaje de mi casa. Subo al piso, me desvisto con rapidez, el silencio de mi hogar, ese tan inconfundible y constante, me invade de arriba abajo, sólo el pequeño murmullo del agua de mi arrecife se escucha en tan grata calma. Pero no es calma precisamente lo que hay dentro de mi cabeza, ni mucho menos, todo lo contrario. Mañana tengo la cita con Howart, luego tengo que ver a Sara, tengo ganas de ella, pero no sé si después de hablar con ese detective seguiré sintiendo lo mismo. Me aplomo en el sofá, observando los peces, noto mis párpados pesados. Decido ir a la cama para intentar conciliar el sueño. Pongo sonidos de olas del mar en el móvil y me acurruco debajo del edredón nórdico. Imágenes de Sandra tramando el plan para robarme, de Héctor sonriéndome, de Paula intentando acostarse conmigo, de Sara embaucándome y los mini Héctors con sus locuras, se suceden por mi cabeza a velocidad de