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miércoles, 5 de febrero de 2014

Carretera final

Mario conducía su coche por una autovía, a su lado iba Pedro, amigo suyo desde la infancia; iban de viaje de fin de semana a las playas del sur de España, estaban en pleno mes de julio y el calor era abochornante. Decidieron parar a refrescarse y comer algo en una estación de servicio que había en el camino. Eran las 14:00 horas, el sol caía como cristales afilados que se incrustan en la piel produciendo un daño irreparable. Pedro acababa de salir del coche y estaba estirándose en medio de la calzada del aparcamiento, llevaban 4 horas de viaje y sus cuerpos estaban algo agarrotados. Una fuerte bocina alertó a Pedro, que vio como un tráiler le pasaba de cerca esquivándole, se lo hubiera llevado por delante de no ser por la habilidad del conductor. Pedro saltó a un lado quedándose con un susto de muerte, mientras Mario, reía al ver el pequeño percance que le había sucedido a su amigo; la situación había sido algo cómica a pesar de la peligrosidad de la misma. A decir verdad, reía porque en realidad no había pasado nada, no hubiese reaccionado así si el susto hubiese tomado el término de accidente al final.


    —Joder, tío. Tendrías que ver el salto que has dado y la cara que se te ha quedado, —le dijo Mario riéndose.


    —Qué cabrón, no te rías tanto, me he dado un susto para morirse. Ha pasado cerca. No sé por qué ese tío circulaba a tanta velocidad por dentro de un parking, pero bueno, no ha sido nada. ¿Vamos a

miércoles, 18 de diciembre de 2013

La canica negra

Diego tenía una canica, una pequeña canica de color negro opaco. Ella destacaba del resto de canicas, las demás eran comunes; transparentes y con ese toque de color retorcido en su interior. Diego jugaba cada día con sus canicas, se decía a sí mismo que la negra era la reina, la destructora, la que mandaba con las demás, y así, agrupaba las transparentes y atacaba con la negra, porque para él, esa era mucho más poderosa.


    Un día, su tío llegó con un gran camión; cargado con infinidad de piedras de “mentira”. Era para él, se lo había comprado en un mercado ambulante. Su tío era codicioso, quería que su sobrino de 6 años tuviese todo lo mejor. Al pequeño Diego le fascinó el camión en gran medida, tanto fue así, que olvidó sus canicas en un cajón, sí, esas que tantas tardes de diversión le habían brindado, a él y a sus amigos. Bastaba con hacer pequeños hoyos en la arena del parque y jugar a meterlas todas dentro, siempre atacadas por la negra, claro. El camión, grande, sofisticado y con gran cantidad de detalles, eclipsaba todo el tiempo de juego del pequeño. Se pasó casi dos meses jugando sin cesar con ese juguete de nueva generación, que le había regalado su