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miércoles, 11 de junio de 2014

El rezo de la muerte

Empujó la puerta de la habitación, su mirada reflejaba el temor del alma, sus movimientos estaban ralentizados por ese temor agudo, incontrolable e inusitado que le terminaba de provocar un espeluznante sonido de voces que provenía del interior. Era su habitación, y, desde hacía días, en casa no había nadie más que ella. Al otro lado, la oscuridad dictaba su usual armonía escandalosa e incierta. Las voces pararon tan pronto como la puerta comenzó a gruñir cual bisagra oxidada y vieja. No sabía muy bien si avanzar o salir corriendo de aquel agujero de misterio y miedo puro. Pero un empuje anormal la mandó adentro de un soplo infeliz. La puerta se cerró tras de sí, dejándola a merced de las sombras, de la incertidumbre más pesarosa. Prendió la luz pero no funcionó, la histeria comenzaba a tener efecto en su mente y sus actos, dando palmadas desesperadas en aquel interruptor que jamás había dejado de funcionar. Las voces sonaron de nuevo, esta vez inteligibles, cercanas y reales.


    —Pasa, Paola, no te quedes ahí. Te estábamos esperando, —esa voz sonaba dulcemente diabólica, pero agriamente tentadora.


    Paola trató de articular palabra para preguntar qué estaba ocurriendo, pero su voz era inexistente, de su boca sólo manaba aire sin un código audible. Se asustó más si cabía.


    —¿Qué te pasa, Paola? ¿No quieres jugar con nosotras? —Esta voz era más aterradora; una mezcla de voces rasgadas e intrincadas.


    —Tú lo pediste, pediste que te trajésemos aquí, ¿recuerdas? —esa voz era familiar aunque peliaguda y molesta incluso—. Pediste reunirte con nosotros en tu habitación, como en los viejos tiempos, como en tu niñez. Ahora no te escondas, no temas, no intentes huir. Eres nuestra para siempre, como siempre.


    Paola recordó el tremendo esfuerzo que había desempeñado en pedirle a los cielos que sus padres y sus dos hermanas volvieran, o que la llevaran con ellos. Hacía dos semanas que habían muerto en la carretera.




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José Lorente.


miércoles, 1 de enero de 2014

El año pasado

Otro año más que dejamos atrás, lleno de ilusiones perdidas y ganadas, de nuevos conocidos y viejos desaparecidos. Un año en el que no podremos volver a vivir jamás porque nunca volverá, porque el pasado nunca vuelve para permitir redimirnos de nuestros errores. No podemos hacer eso, en cambio podemos pensar en ellos como un aprendizaje de vida, como ese maestro perfecto que nos puede enseñar a no volver a hacer las cosas que nos llevaron a tener dolor y sufrimiento. Sólo nos queda pensar en éste nuevo año que viene, para disfrutarlo al máximo, porque dentro de un año por estas mismas fechas, tendremos que hablar de él como de éste, sabremos que nunca volverá. Así que, tómate la vida con optimismo, porque sólo hay una oportunidad de hacerlo, y si la vives amargado o metido en negatividades, nunca podrás volver para arreglarlo; morirás vacío y arrepentido cualquier día.



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José Lorente.