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domingo, 1 de diciembre de 2013

Perfume. Capítulo 20

—Aquí su Beronia reserva, señores, —interrumpe el camarero.


El silencio se apodera de la escena. Nos llena las copas y se retira.


—¿Por dónde íbamos? Ah, sí. Estaba en… mi clase de pilates, como todos los días, —prosigue Sara.


—Ya, claro.


—Qué.


—No, nada. ¿Y qué tal fue la clase? ¿Bien?


—Sí, genial. Aunque, ahora que lo dices… me duele un poco el cuello, creo que me pasé estirando en uno de los ejercicios. ¿Crees que podrás aliviarme? —Una mueca de sensualidad acompaña su pregunta.


—¿Yo? ¿Cómo? No soy masajista.


—No hace falta que lo seas. Seguro que hay mil formas de hacer que no piense en el dolor de cuello.


—Sí, bueno. Sé varias formas pero, todavía no te has ganado que te las muestre.


—¿Ah, no? ¿Por qué? ¿Qué debería hacer para poder conocer tu faceta curativa?


—Verás, muñeca. Quizá, ayer en el metro pude parecerte un chico fácil, pero de eso, tengo bien poco. A mí hay que ganarme, conquistarme. ¿Sabes?, una de las mejores formas de conseguir mi confianza, es mediante la honestidad. ¿Crees que podrías llegar a cumplir eso?


—¿Por qué dices eso? ¿Crees que te he mentido en algo? Tampoco me digas ahora, que no eres un chico fácil. ¿Acaso crees que no me he dado cuenta de cómo me mirabas cada día en el metro? Serías estúpido si pensaras que no era consciente de tu interés por mí.


—¿Cómo? Yo no te miraba, te estás equivocando.


—¿Ahora quién miente a quién? Lo he visto con mis propios ojos, no mientas, —una sonrisa confiada luce en su cara.


—Está bien, está bien. Me has pillado, sí, te miraba. ¿Cómo no te iba a mirar, siendo como eres de hermosa? Te miran todos los hombres, seguro. Pero, no cambies el rumbo de la conversación. La que ha mentido eres tú. Confiesa, yo lo he hecho. Ayer no estabas en tu clase de pilates, —tampoco puedo dejar de sonreír, me gusta demasiado, me domina.


—Está bien. No fui a pilates, no. Mi primo me llamó, tuvo problemas con su novia, rompieron. Siempre que tiene problemas con esa niñata, me busca para desahogarse. Estuvimos en un local de copas, hasta bien entrada la noche. Hasta que fui a buscar a mis amigas para irme de viaje y recibí la noticia del accidente.


—Ah. ¿Y por qué me has dicho que estabas en pilates?


—¿Acaso eres alguien tan importante como para darte explicaciones de mis cosas íntimas? Tú mismo lo has dicho, hay que ganarse la confianza. Como verás, yo tampoco soy una chica fácil y te estoy proponiendo pasar la noche contigo. ¿Te parece poco? —Su semblante es algo más serio ahora.


—Vaya. A esto sí se le puede llamar jaque mate, eso es lo que acabas de hacerme. Lo siento mucho. Es que… estuve en el mismo local ayer por la tarde, te vi con ese chico y pensé que me tomabas el pelo con lo del viaje y todo lo demás. Pensé que eras como la mayoría que ha pasado por mi vida, mentirosas y despiadadas. No tengo mucha confianza en las mujeres en general, aunque pienso que hay excepciones. Lo siento, me equivocaba.


—No te preocupes, hombre. Si has pasado malos momentos con chicas por culpa de mentiras y desconfianzas, es muy normal que no te fíes de la primera que pasa. ¿Por qué iba a ser yo diferente?


—¿Y por qué no?


—Vuelves a pecar de ingenuo, no te das cuenta. Soy mujer, haces bien no fiándote, acuérdate siempre.


—Señores. Sus cangrejos de río adiamantados, con salsa de ostras, —interrumpe el camarero, con el plato en una de sus manos mientras hace hueco en la mesa para dejarlo.


Esa última frase me ha hecho pensar. Me he quedado mirándola con cara de ser un hombre que se ve totalmente eclipsado, por la inteligencia de esa bellísima mujer, de ojazos multicolor y pelo dorado, que tengo la suerte de que me acompañe en la mesa para comer.


—¿Han decidido los señores qué tomarán de primer plato? —Salta el camarero, que no puede apartar la vista de encima de Sara.


—Yo sí, —contesta ella—. Tomaré unos fideos de pescado. ¿Y tú, Valentín?


Estoy ensimismado, la situación me ha dejado pensativo, tanto, que apenas puedo pensar en la comida, y eso que estaba hambriento. Dada la interesante conversación, no he tenido tiempo de mirar la carta, decido pedir algo que conozco de este sitio, por no pedir más tarde y que traigan los platos separados.


—Eh… sí. Yo tomaré chuletón a la brasa con setas variadas. Eso me vendrá de maravilla, —digo sonriendo, con mis ojos clavados en los de Sara, ella sonríe y mira la copa de vino para darle un trago, volviendo a estrellar sus ojos contra los míos.


—Muy bien, señores. Enseguida vienen sus platos, buen provecho, —concluye el camarero, marchándose—. Si desean algo, no tienen más que pedirlo.


—De acuerdo, gracias, —contesto.


—Muchas gracias, —dice Sara.


—Bueno, Valentín. ¿Me vas a decir qué es eso de cangrejos adiamantados o lo tengo que adivinar también? Tiene una pinta exquisita, y brillan, ¿eh? Como diamantes. Menudos destellos. Casi estoy pensando en colgarme uno al cuello y lucirlo por ahí, —ríe, guasona.


—Sí, disculpa. Claro que brillan, tienen un baño en una salsa a la que añaden polvo de diamante. De ahí su nombre y su brillo, es de cajón.


—Lo había imaginado, pero, ¿vamos a comer diamante? ¿Eso no será malo?


—No, mujer. Después de comerlo, tendremos un precio algo superior al normal, ¿no? La moda antigua, era llevar diamantes colgados, en anillos, relojes, pendientes y demás. Ahora ya no, ahora lo que se lleva, es tenerlos dentro, como parte de ti, —sonrío, proponiéndole un brindis con mi copa alzada.


—Qué ocurrente eres, Valentincito. Chin, chin. Por la honestidad.


—Sí, eso, y por la vida.


Ella, parece saber, que su habilidad psicológica me ha desconcertado. <<Parece que ha soltado esa frase de la honestidad en el brindis a propósito>>, pienso, mientras la miro con cara de estar acorralado por una exuberante mujer de elevada intelectualidad.


—¿Por qué me miras así? Parece que estás como pensativo.


—No, no. Te miro normal, bueno, no, te miro como se mira a una mujer que es de las más hermosas que han podido ver estos humildes ojos.


—Calla, bobo. Soy normal. Seguro que habrás estado con chicas más guapas.


—Bueno… y lo bien que hueles. Tu olor, tu perfume, es algo… maravilloso, hipnótico, tentador.


—¿Te está subiendo el vino?


—Sí, un poco.


—Se nota. Vaya frases románticas te salen, por mí no pares, ¿eh?


—Voy a parar, no vaya a ser que te lo creas de verdad, —sonrío pícaramente.


—Anda, golfo. Vamos a nutrirnos de diamantes a ver si se te pasa el vino.


—Me parece bien.


Probamos los cangrejos. Poco después llegan los platos. Más tarde, el postre y el café. Ella toma poleo, yo, café solo. Terminamos. Llega la cuenta y quiero invitarla; no me deja bajo ningún concepto y pagamos a medias, es lo justo. Nos vamos del local.


—Bueno, ¿y ahora, qué hacemos? —Pregunto, agarrándola por la cintura y dándole un pequeño abrazo, el primero de muchos que vendrán, o eso espero.


Ella responde, agarrándome por detrás de la nuca. Nos miramos de cerca.


—No sé. Podemos ir al cine, o a dar un paseo. O podemos montarnos el cine en tu casa, me da igual. Sólo me apetece estar contigo, me siento tan a gusto, —dice ella, en tono acaramelado.


—Y yo, guapa, y yo. Vayamos al cine, me apetece. Hay una peli que me gustaría ver, —contesto, medio intimidado.


—Me parece bien.


Nos soltamos, deshaciendo ese momento tan cercano y cariñoso, y vamos dirección al cine. Mi felicidad es acentuada, pocas veces alcanzable. Me fundo en alegría.



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José Lorente.


domingo, 24 de noviembre de 2013

Perfume. Capítulo 19

Respondo a la llamada.


—Hola, ¿ya estás aquí?


—Sí, ¿dónde estás exactamente?


—Estoy sentado en el muro de la parada del metro.


—Ah, pues voy a salir justo por ahí.


—Vale, aquí te espero.


—Bien, ciao.


—Hasta ahora.


Guardo el móvil y me pongo de pie, delante de las escaleras que salen del metro. Una notable brisa sale del interior golpeando mi cara. La gente comienza a aparecer, mi olfato detecta el dulce aroma de mujer, ese que me llevó a fijarme en ella por primera vez. Sara aparece, es como si alrededor de ella brillara un halo de luz, la gente que camina a su lado parece desaparecer, sólo está ella. Lleva unos vaqueros de pitillo color azul claro, rotos y desgastados, unos tacones negros y un abrigo inglés color crema hasta las rodillas; el pelo suelto le cubre los hombros y el pecho parcialmente; un bolso negro y grande cuelga de su brazo medio flexionado. No puedo dejar de mirarla. Levanta la cabeza antes de comenzar a subir las escaleras, me ve, sonríe  y con una mano se toca el pelo. <<Qué bella es>>, me digo. Llega hasta mí, su aroma envuelve mi ser completamente mientras nos saludamos, besándonos las mejillas. Sonreímos como dos adolescentes que tienen su primera cita.


—Bueno, aquí me tienes, —dice ella, tocándose la melena con gesto elegante.


—Sí, me apetecía mucho poder verte y hablar tranquilamente.


—Eso está bien. ¿Vamos?


—Sí, necesito un vaquero, una camisa blanca, un cinturón de vestir y un abrigo. Siempre está bien la opinión de una mujer.


—Sí, claro, yo te asesoro. Yo necesito, tacones, medias, faldas, abrigo, vaqueros, gafas, pulseras, pendientes y algún perfume. No tengo de nada.


—Anda ya. Seguro que tienes el armario, que no te cabe nada más.


—La verdad es que sí, pero no me gusta demasiado lo que tengo. Necesito renovar ya.


—Que enfermedad tenéis las mujeres con la moda, Dios.


—Y los hombres con el sexo y no te digo nada, ¿o prefieres que te diga?


—No, no, tranquila, está bien así. Necesitas mucha ropa, mucha. Toda la que puedas comprar. Es más, me han dicho que los tráiler que llegaron ayer, son todos para ti, —digo con cara de pillo.


—Qué tonto estás, —contesta riéndose.


—Sí, estoy todo lo tonto que tú quieras que esté. ¿Vamos o nos quedamos aquí? A mí no me importa.


—Vamos, vamos, Valentín, picarón.


Vamos a la tienda de ropa en la que suelo comprar casi todas mis prendas. Encuentro todo lo que buscaba, ha sido fácil elegir teniendo la cartera llena. Ahora vamos a por sus compras. En este momento, un hombre debe saber armarse de paciencia y saber estar, de lo contrario, la mujer a la que acompaña, puede convertirse en un arma de doble filo, dispuesta a rajarte la yugular si no colaboras.


Soy como una mula de carga, soporto el peso de varias bolsas, me llaman al móvil, para cogerlo tengo que hacer verdaderos malabarismos. Es mi mejor amigo, Héctor. Sara me mira y me echa una mano con las bolsas, para que pueda atender la llamada.


—Cógelo, anda, —me dice mientras me quita peso de las manos.


—Gracias, —contesto—. Dime, Héctor.


—¿Qué pasa, Max? ¿Qué haces? ¿Te apetece que vayamos a tomar unas cervecitas mañaneras, o qué?


—Pues… me encantaría. Pero no puedo, estoy en el centro con una amiga, de compras. Si quieres, esta tarde te digo algo.


—¿Qué amiga? ¿Desde cuándo vas tú de compras con amigas? Eso es nuevo. ¿Quién es? No será esa del metro, ¿no?


—Luego hablamos, mejor. Ahora estoy un tanto ocupado, o mejor dicho, cargado.


—Bueno, venga. Esta tarde te llamo de nuevo. Hablamos.


—Vale, hasta luego, Héctor, gracias. Un abrazo.


—Adiós.


Sara me mira sonriendo, mientras agarra en sus manos una nueva falda que llevarse al probador. Parece que ha estado atenta a la conversación.


—¿Sabes? Siempre es bueno tener amigos, y si son de los que te llaman para tomar cervezas un sábado por la mañana, mucho mejor.


—Sí, estoy de acuerdo. Lamentablemente, de esos hay muy pocos. Conforme van pasando los años, quedan menos. ¿Cuántas amigas de esas tienes tú? Apuesto a que no superas las cinco.


—Es verdad, yo diría que sólo tengo dos. ¿Y tú?


—Yo tengo tres, el que ha llamado, es uno de ellos.


—Pues qué bien. Eso quiere decir que eres un chico sociable, me gusta.


—Claro, me encanta estar con amigos. Tomar unas cervezas y reír. Para mí, es un poco la esencia de la vida.


—No puedo estar más de acuerdo.


—Oye. ¿Te apetece que comamos juntos?


—Sí, ¿por qué no iba a apetecerme?


—No sé, yo sólo pregunto.


—Muy bien, eres educado, ¿eh? ¿Dónde te apetece comer?


—Bueno, viendo el día tan soleado que ha salido, apetece comer en alguna terraza. ¿Te parece?


—Eso es perfecto, estaba pensando lo mismo.


—Vale, conozco un sitio que te encantará.


—Seguro que sí.


Visitamos varias tiendas más y llega la hora de comer. Mi estómago pide a gritos algo sólido y consistente que llevarme a la boca. Hace rato que estoy pensando en la comida, en el sitio ese que me encanta. No está muy lejos, podemos ir andando.


Llegamos al lugar, cargados con bolsas, algo cansados, con hambre y sedientos. Es un restaurante en una de las calles céntricas de la ciudad. Sus mesas y sillas de mimbre blanco brillan al sol, cubiertas por sombrillas enormes de color blanco también. En cada mesa, hay una vela de diferente diseño; unas planas y negras; otras altas y grises; otras doradas y ovaladas, y así, varios modelos y colores. Los camareros visten traje negro con delantal del mismo color y pajarita blanca. Nos sentamos en una de las mesas libres, una que recibe una cantidad considerable de sol, hace frío y se agradece. Llega el camarero, nos trae la carta y nos pregunta qué queremos beber.


—¿Te gusta el vino? —Le pregunto a Sara.


—Me encanta el vino.


—Vale, ¿te importa que elija yo?


—Para nada. Por favor, escoge. Yo no entiendo mucho, tú sí, ¿verdad?


—Bueno, algo entiendo, sí, —contesto, guiando mi atención hacia el camarero. Tomaremos un Beronia, reserva de 2006.


—De acuerdo, señores. Ahora les tomo nota de la comida. Les sugiero nuestra especialidad en tapas: cangrejo de río adiamantado, con salsa de ostras.


—¿Eso qué es? —Pregunta Sara.


—No te preocupes, ahora lo verás. Pónganos una de cangrejos, mientras decidimos los platos principales, —le digo al camarero.


—Muy bien, —contesta éste, retirándose a cocina.


—Max. ¿Te puedo hacer una pregunta?


—Sí, claro. Dime.


—¿Crees que podríamos pasar el fin de semana juntos?


—¿Cómo?


—No hagas que esto sea más difícil para mí. Ya me has oído. ¿Te gustaría?


—Claro que me gustaría pero, ¿no es un poco precipitado? ¿No sois vosotras las que siempre decís, que os gusta esperar un poco antes de pasar una noche juntos?


—Sí, Valentín, eso es lo normal pero, yo no soy una chica normal, ¿o es que no te has dado cuenta ya?


—Bueno, diciéndome estas cosas, puedo llegar a esa conclusión, sí. Hacemos una cosa. Vamos a dejar que las cosas vayan por su camino. De momento, estoy de acuerdo en compartir mi fin de semana contigo. Supongo que seguiré igual. Ahora, ¿te puedo hacer yo otra pregunta a ti?


—Sí, por supuesto.


—¿Qué hacías ayer por la tarde, a eso de las ocho y media?


—¿Por qué preguntas eso?


—Por curiosidad. ¿Puedes responderme?


—Sí, claro que puedo. Estaba en…



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