Mostrando entradas con la etiqueta dinero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dinero. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de junio de 2014

La comida

—No puedes comprarte eso. No puedes comprar lo otro. Debes guardar el dinero para el mañana. Nunca sabes cuándo lo echarás en falta.


    —Ya. Pero a mí me gusta vivir el presente, me gusta gastar dinero si me apetece. El dinero va y viene. Las experiencias no, esas solo vienen si las vives, y para vivirlas hace falta dinero.


    —Sí, pero tú siempre serás pobre. Yo, por ejemplo, tengo mucho dinero ahorrado, nunca seré pobre.


    —No serás pobre económicamente, pero sí espiritualmente.


    —Prefiero estar tranquila, teniendo todo ese dinero que vivir sin apenas nada, siempre pensando en si podré pagar las facturas.


    —Es una decisión tuya. Pero piénsalo. Cuando te vayas a la tumba, ese dinero no dirá nada, será un montón de papeles sin valor. En cambio, si vives sin pensar demasiado en él y disfrutando cada momento como si fuese el último, morirás llena de recuerdos, que al fin y al cabo, es de lo que se compone la vida, de recuerdos. No de montones y montones de billetes o infinitos números en la cuenta corriente.


    —Ya. Es cierto. Aun así, prefiero llevar esta filosofía de seguridad económica. No lo puedo cambiar.


    —Todos podemos cambiar si nos lo proponemos.


    —Yo no quiero cambiar. Quiero morir dejando una buena herencia a mis futuros hijos.


    —Totalmente respetable.


    —Sí, igual que tu parecer sobre este asunto.


    —¿Comemos ya, o quieres esperar a morir para comer también?


    —Comemos, comemos. Ni que fuese a morir hoy mismo.


Una hora más tarde, una ambulancia llevaba el cuerpo de la adinerada joven hacia el ambulatorio más cercano. Una oliva de la ensalada quedó atascada en su esófago, reventándolo y produciendo una infección en la cavidad torácica; una infección mortal. Murió sola, sin pareja, sin hijos, sin viajar, sin probar cosas nuevas por no querer gastar ese dinero tan preciado, por tanto murió vacía, eso sí, con una cuenta corriente ejemplar que el banco utilizó en bienes gananciales.




No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a continuar. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.







miércoles, 9 de abril de 2014

La cartera llena

Arturo era un vagabundo profesional, de esos que saben buscarse la vida sin necesidad de seguir el patrón estipulado por la sociedad. Su relación con el dinero era discreta, más bien pobre, nunca mejor dicho. Todo lo que necesitaba, lo encontraba buscando por los campos, pescando en los riachuelos, cuidando de las dos cabras que un mercader dejó olvidadas un día junto al lago.


    Una mañana, Arturo salió de su porche, construido con cartones, plásticos y maderas viejas, agarró su carromato destartalado y fue en busca de frutas, avanzando por aquel camino de tierra, por el que acostumbraba a andar cada mañana. Cuando llevaba caminando largo rato, algo llamó su atención en medio del camino; era un bulto de color negro, destacaba sobre la tierra seca de la senda. Al acercarse, se dio cuenta de que era una cartera de caballero, de esas que hacía siglos que no veía. Soltó el carromato, lo rodeó y con extrema curiosidad, le dio dos patadas a la cartera, como un auténtico cavernícola que encuentra una piedra de oro desconocida. Naturalmente, Arturo no era un cavernícola, conocía la vida moderna, pero de lejos, de muchos años atrás, cuando era un joven estudiante entusiasta de quince años. Lamentablemente, todo cambió para él, en el momento de la muerte de toda su familia en un accidente de vuelo, quedándose solo, teniendo que buscarse la vida de la mejor forma que se le

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El céntimo de la suerte

Moisés y Robert, amigos de varios años, viajaron a una isla paradisiaca con motivo de una celebración pendiente que tenían, por haber podido acceder al trabajo por el que suspiraban los dos. Se trasladaron sin demasiado equipaje, sólo una mochila cada uno, donde llevaban: una toalla, una muda de ropa, cepillo y pasta de dientes, la cartera llena de tarjetas de crédito, dinero y documentación, teléfono móvil y algunas cosas más de menor importancia. La estancia iba a ser corta y ellos habían ido para disfrutar de una aventura sin planear, pensaban en emborracharse y divertirse sin censura. Los planes no programados, comenzaron a torcerse cuando perdieron el primer embarque en puerto, por llegar (gracias a un inesperado atasco de tráfico) a diez minutos de zarpar el buque. Querían hacer ese viaje a toda costa y compraron nuevos billetes para esa tarde.


    Una vez en el navío, todo comenzó a fluir de manera muy natural y espontánea. Se sentaron en el bar a tomar cerveza y unos bocadillos. La primera ronda de cervezas las pagó Moisés; extrajo de su bolsillo trasero del pantalón, unas monedas con las que pagar. Al sacar la calderilla, la tela interna del bolsillo se mezcló con sus dedos y un céntimo cayó al suelo. Moisés se dio cuenta de que esa insignificante y poco valorada pieza metálica, rodó por el suelo entre sus pies; no le dio la más mínima importancia y dejó la pequeña monedilla a su suerte en el

miércoles, 7 de agosto de 2013

El otro yo

Despierto, la alarma suena estridente, son las 7:00 de la mañana. Ha sido otra noche de cruel insomnio, sólo he dormido dos horas. —¡Maldición! —Pienso al pisar con el pie derecho el charco de agua, que se ha formado en el suelo debido a la lluvia nocturna, por haberme olvidado de cerrar la ventana ayer—. Me rasco la cabeza buscando una solución al maltrecho incidente. Miro a la mesilla. —¡Mierda! —Grito cogiendo el teléfono móvil empapado, que no responde al presionar la tecla de encendido—. Me pongo en pie y voy a buscar la fregona dejando huellas húmedas por todo el recorrido. Ando ofuscado, rabioso; el cuarto dedo de mi pie izquierdo, colisiona tontamente contra el marco de la puerta que da paso al cuarto de la lavadora. El golpe ha sido suave y ligero, pero estoy saltando de dolor sobre una pierna con los ojos cerrados, algo parecido a una sonrisa sin serlo y agarrándome el pie con mis dos manos. Intento eludir el dolor y trato de resolver el problema del charco en la habitación cogiendo la fregona, que resulta estar impregnada de lejía, algo que no es bueno para mi piso, no le doy importancia porque tengo prisa por llegar a tiempo al trabajo. —¿Qué habré hecho yo? ¿Por qué me pasa esto a mí? ¡Qué mala suerte tengo! —Repito incansable en mi cabeza—. Recojo el agua a toda prisa, guardo la fregona y me apresuro en ir a vestirme y al baño para asearme; son las 7:20 y llevo casi diez minutos de retraso. Al abrir el grifo, suelta un par de escupitajos marcados de óxido, que llenan mi traje gris, de una constelación de manchas color marrón. No sale agua. —¡Maldición, maldición y maldición! Esto es el colmo. —Me digo frustrado, rabiando de ira y con dolor en mi dedo—… Me cambio el traje corriendo, me pongo otro que no me sienta nada bien. Salgo escopeteado con el coche, son 20 los minutos de retraso; llegaré a tiempo si el tráfico me lo permite. No es así. Una retención que parece fruto del mismísimo satanás, me frena al poco de echarme al asfalto. —¡Vaya día, vaya día! —Repito en voz alta mientras busco algún tema en la radio que me ayude a calmar mi frustración—. Todo son canciones molestas; no me gustan, apago la radio. Toco el claxon y grito: —¡Venga, hostia, venga! ¡Es para hoy! Los coches se mueven a paso de tortuga, estoy sudando y eso que es