Arturo era un
vagabundo profesional, de esos que saben buscarse la vida sin necesidad de
seguir el patrón estipulado por la sociedad. Su relación con el dinero era
discreta, más bien pobre, nunca mejor dicho. Todo lo que necesitaba, lo
encontraba buscando por los campos, pescando en los riachuelos, cuidando de las
dos cabras que un mercader dejó olvidadas un día junto al lago.
Una mañana, Arturo salió de su porche, construido con cartones,
plásticos y maderas viejas, agarró su carromato destartalado y fue en busca de
frutas, avanzando por aquel camino de tierra, por el que acostumbraba a andar
cada mañana. Cuando llevaba caminando largo rato, algo llamó su atención en
medio del camino; era un bulto de color negro, destacaba sobre la tierra seca
de la senda. Al acercarse, se dio cuenta de que era una cartera de caballero,
de esas que hacía siglos que no veía.
Soltó el carromato, lo rodeó y con extrema curiosidad, le dio dos patadas a la
cartera, como un auténtico cavernícola que encuentra una piedra de oro
desconocida. Naturalmente, Arturo no era un cavernícola, conocía la vida
moderna, pero de lejos, de muchos años atrás, cuando era un joven estudiante
entusiasta de quince años. Lamentablemente, todo cambió para él, en el momento
de la muerte de toda su familia en un accidente de vuelo, quedándose solo,
teniendo que buscarse la vida de la mejor forma que se le