¿Y qué pasa cuando una casualidad
se convierte en causalidad? ¿O es que no existen las casualidades y sí las
causalidades? Eso mismo me pregunté yo la noche de ayer, una de tantas veces
que me he formulado esa clase de incógnitas. Mis conclusiones son mías, no por
ellos deben ser, necesariamente, equivocadas.
A menudo escuchamos a alguien decir: «Vaya casualidad». Es muy convencional
utilizar esa expresión cuando algo nos resulta fruto de una suerte extraña, de
una conjugación de actos que llevan inevitablemente a ese hecho que nos deja
boquiabiertos, anonadados, absortos en un misterio imperturbable al que no
somos capaces de acceder, al menos conscientemente. Es entonces cuando dejamos
que la suerte magna dé su explicación, que es tan limitada como nuestro frágil
entendimiento. Pocas personas son capaces de pararse a pensar que esa «casualidad»
es fruto de un sinfín de actos llevados a cabo intencionadamente por cada
individuo, y es que, sin que nosotros lo sepamos o lo entendamos, a nuestro
alrededor actúan una infinidad de fuerzas que tienen que ver directamente con
cada uno de nosotros y lo que nos rodea. Nada es al azar, por lo tanto me
aventuro a decir, que la llamada suerte no existe en realidad, sino en una
ínfima parte de nuestro cerebro, catalogada con ese término coloquial que
parece darle sentido a todo lo que no tiene ninguna explicación lógica para
nosotros, el ser humano. Pero, ¿quién soy yo para afirmar algo tan contrario a
las creencias de la mayoría de las personas? Pues… sólo un hombre que no se
conforma con pensar que todo es cómo nosotros creemos que es. Bajo mi punto de
vista, no tenemos ni siquiera una remota idea de qué rige en realidad a la vida
en su exponente máximo. Y con estas palabras os relato uno de los múltiples
hechos que me han ocurrido a lo largo de mi curiosa e insignificante vida,
llena de esas casualidades que según muchos, son fruto de la poderosa suerte;
yo digo que es causa del destino que uno mismo se preocupa en