Mostrando entradas con la etiqueta tren. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tren. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de abril de 2014

Perfume. Capítulo 39

De nuevo en el andén, esperando mi tren. Las mismas caras, la misma gente. El tío guarro de la camisa pordiosera lleva otra ropa, la misma que alargará toda la semana, como habitualmente. La señora de gafas antiguas que siempre lee el mismo libro; una de dos, o disimula que lee, o le gusta tanto que lo está leyendo una y otra vez sin descanso, me decanto más por la primera opción, quizá sea una persona bastante retraída como para tener que estar esquivando miradas indiscretas durante el viaje. Todo es lo mismo de cada día menos la fragancia maldita de esa diva desconocida, que no vendrá esta semana. Todo parece extraño, este fin de semana ha sido para olvidar, sim embargo, también para recordar. Llega el metro, monto en él, al comenzar a moverse, veo por la ventanilla al hombre guarro, no ha subido al tren como de costumbre. Es extraño, este hombre ha estado llamando mi atención durante aproximadamente un mes, subiendo al mismo tren que yo, sentándose cerca. Hoy no ha subido y parece que le da igual, quizá hayan cambiado su horario, en cualquier caso, me alegro de que no viaje cercano a mí, me daña la vista su aspecto. Minutos después llego a mi parada. Bajo y me dirijo al hotel, pensando en Sandra.


Al llegar, todo normal. El estúpido recepcionista me saluda, como cada mañana.


—Buenos días, Max. Qué, ¿mucha juerga el fin de semana? —Su sonrisa de primate asoma, haciéndome pensar que es idiota, como siempre. Su afición a los comentarios desafortunados sigue siendo rigurosa.


—Buenos días, Álex. No preguntes, anda, —mi voz es seca, le doy la espalda y me inyecto en el ascensor. Imagino su cara de bobo, mirando cómo desaparezco, <<¿se habrá preguntado alguna vez si me cae bien?>> Es tan tonto, que ciertamente no lo habrá hecho, pensará que es el más famoso recepcionista de todos, como suele pasar con las personas de estupidez aguda, siempre creen que son los mejores en todo, lo que no saben, es que su propia ignorancia, les tiene condenados al fracaso continuo.


Duodécima planta, ya parece que huelo el aroma de Sandra empapando mi nariz, y tengo ganas de hablar con ella, de que me empache de consuelo y me llene de alegría. Giro la esquina y no hay nadie. No está, no ha llegado todavía y no es normal. Siempre llega diez minutos antes que yo, es la primera vez en dos años que no está. Saco el móvil, abro el whats app para comprobar su última conexión y de paso, la de Sara. Sandra estuvo por última vez conectada cuando yo recibí su último mensaje, también es extraño, no ha habido ninguna vez en que su última conexión haya superado las dos horas. En cambio, Sara, se conectó por última vez anoche, a las cuatro de la madrugada; a saber con quién habló a esas horas. Noto un pequeño ataque de celos al pensar que podría haber estado hablando con otro tío hasta tan tarde, conversaciones nocturnas así, sólo pueden traer cosas que no son demasiado bonitas de imaginar.


Me siento en uno de los butacones mientras observo el espectáculo visual que muestra la ventana. María, una de las camareras, trae mi café acompañado de unas tostadas con tomate y aceite, no ha hecho falta que se lo pidiera, sabe perfectamente qué desayuno cada día.


—Buenos días, María. ¿No ha llegado Sandra?


—Buenos días, Max. No, yo no la he visto. Es raro, siempre llega antes que nadie.


—Está bien, gracias, —le contesto.


Agarro el café, lo endulzo, le doy unas vueltas con la cucharilla, sorbo una pequeña cantidad y muerdo una tostada. Con la otra mano llamo a Sandra. “El teléfono móvil al que llama, está pagado o fuera de cobertura en este momento, por favor, inténtelo de nuevo más tarde”, se escucha. Comienzo a preocuparme por si le ha pasado algo. Trato de restar importancia al hecho de que Sandra no aparezca ni dé señales de vida y me centro en el trabajo. Compruebo en la agenda que tengo cuatro visitas de clientes que atender. Comienzo a organizar el trabajo sin Sandra, se me hace extraño. Media hora después, llega la primera visita; un matrimonio con tres hijos que están tan mal educados, que no pueden parar de interrumpir las conversaciones, gracias a ello no consigo concentrarme del todo en el trabajo y no logro aplicarles el seguro. Se van, estrechándome la mano. Poco después, aparece el director del hotel, Paco. Hace casi un mes que no le veo.


—Buenos días, Max.


—Buenos días, Paco. ¿Qué tal todo? —Contesto, levantándome y estrechándole la mano con fuerza, como hacen los hombres de negocios.


—Bien, todo bien.


—¿La familia bien también?


—Sí, en casa los tengo. De categoría, pero, ¿dónde demonios está Sandra?


—Eso me gustaría saber a mí. Lo último que sé de ella es un mensaje que me envió ayer por la mañana.


—¿Y qué decía el mensaje? ¿Se puede saber?


—Bueno, Paco, son cosas privadas entre ella y yo, pero vamos, que no decía nada extraño, sólo que había estado con un chico y que había pasado algo con él, que quería contármelo hoy cuando nos viéramos, nada más. Y lo más curioso, que de eso hace casi veinticuatro horas y no se ha vuelto a conectar al chat. Es raro en ella, es una chica muy sociable.


—Sí, sé lo de su última conexión. He estado intentando ponerme en contacto con ella desde ayer y nada, el móvil apagado. ¿Dónde estará?


Me quedo pensando un instante a velocidad de vértigo. No sabía que Paco se preocupara tanto por Sandra, a saber qué relación tienen entre ambos en privado, pero me puedo imaginar que, con lo buena que está ella, éste habrá tratado de persuadirla, de conseguir una aventura sexual al margen de su familia, aunque, con lo calvo que está, me niego a pensar que Sandra haya aceptado algo así. Aunque he de decir, que este hombre es un muy buen tipo, siempre tiene palabras de agradecimiento hacia ti, en las buenas y en las malas. Es un lujo tener un jefe como él en los tiempos que corren.


—Seguiré llamándola, a ver si da señales de vida, —le digo.


—Está bien, trata de vender algún seguro también. Si sabes algo me avisas, ¿de acuerdo?


—Entendido, —asiento.


—Muchas gracias, Max. Hasta la vista.


—Hasta la vista, jefe.


La soledad me invade hasta incluso en el trabajo, donde suelo estar acompañado por los encantos de Sandra, amenizando cada descanso con su bonita voz y sus historias para no dormir. Me siento vacío, esperaba recibir consuelo de ella y no ha sido así. A veces nos frustramos al esperar algo que nunca llega, y es entonces, que nos volvemos a frustrar doblemente porque ese algo no llega cuando lo esperamos, por lo tanto, casi es mejor no esperar nada y tratar de aprovechar cada instante. Trato de aplicarme esa filosofía, pero me cuesta, demasiadas emociones en pocos días, demasiados acontecimientos inusuales que serían capaces de traumar hasta al general más rudo de cualquier ejército. Para colmo, una nueva preocupación se cierne sobre mí, la repentina desaparición de Sandra.





No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.





domingo, 22 de septiembre de 2013

Perfume. Capítulo 10

Sigo detrás de ella, no puedo dejar de mirarla, tampoco puedo dejar de pensar en lo que acaba de suceder. <<¿Quién sabe lo que puede pasarte? La vida te brinda unas sorpresas a veces>>… recapacito. Su falda negra y ceñida por encima de las rodillas, dibuja una silueta perfecta, al menos, perfecta para mí. Y esa chaqueta americana gris oscuro, le da un toque de elegancia que va acorde con su aroma. <<Qué piernas>> pienso, sin dejar de observarla mientras sube la escalera, algo alejada, delante de mí. Termina la escalinata, llego al llano de arriba, ella se aleja, la gente se pone delante y no la veo, una chica de pelo rosa que se había cruzado delante de mí impidiendo que la viera se aparta, la vuelvo a ver, está pasando la tarjeta. Saco de mi bolsillo una de mis tres piedras de la suerte y grito:


—¡Sara!


Se gira sonriente desde el otro lado de las barreras de seguridad.


—Sabía que me dirías algo más, —contesta en tono alto, para que la oiga bien.


—¡Toma! —Le digo lanzándole la piedra, la agarra demostrando extrema agilidad.


—¿Qué es esto?


—Es una de mis piedras de la suerte, siempre las llevo conmigo, —respondo mientras paso mi tarjeta y las barreras se abren—. Siempre que tengo pensamientos negativos, las toco y recuerdo que tengo que sacar esa negatividad, —concluyo mientras llego donde está ella que, continua observando el pequeño regalo que le acabo de hacer. Llego y la acompaño en la observación de la roca; es una china redonda, amarillenta, con una capa de esmalte brillante y rayas azules que se expanden por toda su superficie—. Las compré en un mercadillo, en Italia. El japonés que las vendía me dijo que empleara esa técnica cada vez que me sintiera mal, —le digo—. Quiero que la guardes para tu viaje, así te acuerdas de mí. Te dará suerte.


—Vaya, eres un chico supersticioso, ¿eh?


—Yo no lo llamaría así. Yo lo llamaría… creyente en fuerzas desconocidas que escapan a nuestro entendimiento, —le explico, sonriendo, con otra de las piedras en mi mano, alzándola en el aire.


—Bueno, sí. Podría ser una forma de llamarlo, —contesta, mirando el reloj, momento que aprovecho para espiar el canalillo que asoma a través de la abertura que lleva su camisa beis.


Se intuyen unos senos que me hacen imaginar cosas más allá de lo que me hace sentir. La puedo imaginar en sus momentos más ardientes, su voz me saca de esos pensamientos veloces y distraídos.


 —Debo irme, Valentín. Me encantaría quedarme aquí un rato más, pero no puedo.


—Claro, yo también tengo que irme.


Miro alrededor, no hay nadie más, sólo el guardia de seguridad, nos hemos quedado solos. Le cierro la mano entorno a la piedra que le he obsequiado, sin soltarla le beso la mejilla lentamente mientras ella cede dando un empujón con su cara en la mía y nos frotamos suavemente los rostros. Se separa como quién se marcha a la fuerza y sabiendo que, si nos quedásemos un poco más, no se sabe lo que podría suceder.


—Venga, hasta la vista, Valentín, seductor, —dice, comenzando a andar.


—¿Seductor? Tú sí eres seductora, la diferencia es que no tienes que hacer nada para serlo.


—Tú tampoco, no te equivoques, guapo.


—Bueno, si tú lo dices. Pronto sabrás de mí, —le digo mientras veo cómo se va alejando. Comienzo a andar, es el inicio de la escalera que da a la calle, ella la sube y yo detrás, a escasos metros.


—Pásalo bien en tu viaje, belleza, —le comento en tono alto.


—Tú pásalo bien en todo lo que hagas, —replica, alegre.


El final de las escaleras llega y nuestros caminos se separan; de momento.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.


domingo, 15 de septiembre de 2013

Perfume. Capítulo 9

—Hola, Shibila. Soy Sara, te llamo desde el móvil de un chico que ha tenido la amabilidad de prestarme su teléfono, —dice al tiempo que me mira sonriendo. 


Continúa la conversación; habla de cómo, cuándo, y dónde han de recogerla después del trabajo. Descubro que sale de trabajar a las cinco y media de la tarde, y que, después de eso, tiene tres cosas que hacer; una clase de danza, otra de pilates, y después, una hora de gimnasio. <<Es toda una deportista, me encanta. Eso explica su esbelta y estilizada figura>>, me aclaro mentalmente.


—Vale, Shibila. Quedamos así. A las diez y media en la Plaza de Vicente Iborra, donde está Pekado. Supongo que me dará tiempo a hacer las maletas. Luego te veo. Besos, —concluye, cortando la llamada y devolviéndome el móvil—. Muchísimas gracias, —me dice sonriendo—. De no ser por ti, esta noche no podría irme a Malibú. Tengo una semana de vacaciones. Nos escapamos ahí, tres amigas y yo. Vamos a pasarlo bien.


—Vaya, qué buen destino ese. No he estado nunca, pero me encantaría poder ir algún día.


—Seguro que sí, ya verás. Yo he estado dos veces, esta es la tercera.


—Ah, genial. Tiene que ser precioso.


—Lo es.


Tuerzo el morro y un incómodo silencio se apodera del momento. No han pasado ni cinco segundos cuando dice:


—¿Eres italiano? Con ese nombre…


La miro, sonrío y contesto:


—Sí. Bueno, mis raíces son de allí, pero por parte de mi padre. Él nació en Florencia, pero de muy niño tuvo que venirse, mi madre es de aquí, de Valencia. Yo nací en esta ciudad, aunque viajo a Italia a veces, a ver a primos y tíos, pero me siento valenciano.


—Ah, interesante. Me encanta Italia. He estado en Nápoles y Venecia. Me gustaría visitar más ciudades de allí, me encanta su cultura.


—Sí, saben cuidarse muy bien y tienen un estilo de vida muy curioso. A mí, me gusta cuando voy y salgo por allí con mis primos, son la leche.


—Pues sí. Bueno, ésta es mi parada. Voy a trabajar.


—Sí, también es la mía.


—Un placer conocerte, Valentín. Y de nuevo, muchísimas gracias por el gran favor.


—¿Valentín? Max, por favor.


—Me gusta Valentín, te va mejor, —contesta, haciendo un guiño de ojo y mostrando su lengua levemente, con gesto simpático.


—Bueno, no me disgusta ese nombre, al fin y al cabo, Valentino es mi apellido y Valentín tiene que ver con él. Te dejo que me llames así, pero sólo porque eres tú, ¿eh? Y gracias a ti por facilitarme tu número. Seguramente acabas de cometer una estupidez, dándole el teléfono a un psicópata con manía persecutoria, —añado en tono de guasa.


—¡Eh! Si es así, no recibirás respuesta alguna ¡Loco! —Contesta, siguiendo la broma.


“Próxima parada: Beniferri”, se escucha en el altavoz del tren.


—Ahora sí. Bajamos ya, —dice ella con una leve expresión de pena.


—Sí, no hay otra. El deber nos espera. Dame dos besos y pásalo bien en Malibú. Pronto sabrás de mí, —le contesto, acercándome a esa cara de tremenda belleza, siendo embriagado y rodeado por ese aroma hipnótico, que hizo que la mirara por primera vez hace semanas.


La piel de su cara es fina y suave. <<Mi barba de tres días le estará pinchando>>, pienso.


—Sí, gracias. Puede que, cuando me hables, no sepa quién eres, —replica mientras roza mi cara con su mejilla.


—Te lo recordaré, —mi sonrisa intenta deslumbrar—, además, la foto que tengo puesta en el perfil del chat es inconfundible, salgo con una metralleta de loco psicópata... No lo olvides, —respondo con esa expresión pícara que muestro algunas veces.


—¡Oh, qué miedo! Tendré que huir o llamar a la policía.


—La policía soy yo, yo soy todo, —el tren se ha detenido y mi frase no ha terminado del todo cuando las puertas se abren y la gente empieza a salir.


Nos levantamos, ella va delante, parece que tiene prisa. La miro triste porque se separa de mí, pero alegre porque ya sé quién es y lo que es mejor, tengo su número de teléfono.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.

domingo, 25 de agosto de 2013

Perfume. Capítulo 6

El sonido de las ruedas del tren rozando con las vías me impide escuchar la conversación que tiene con la otra chica por teléfono; da igual, sólo trato de disfrutar de su presencia y de su elegante y fina voz. Estoy paralizado, me encantaría llamar su atención pero no se me ocurre cómo. Pienso en moverme y tocarla un poco con la pierna pero sigo paralizado, su cercanía no me deja actuar. <<No es la forma>>, pienso. La conversación termina.


—¡Estoy sin batería, estoy sin batería! —dice, ansiosa, mientras separa el teléfono y lo mira para después guardarlo.


Me vuelve a dar dos codazos. <<¿Lo ha hecho a propósito? —Pienso—. No creo>>, confirmo. Se vuelve hacia mí de nuevo para pedirme disculpas, pero sin palabras; utiliza el lenguaje no verbal de su rostro, como queriendo decir que es un poco torpe. Eso me hace pensar que, además de todos los detalle físicos que tiene, también es una persona humilde. Me gusta más si cabe. Le sonrío y le hago un gesto con la mano a modo de “no pasa nada”. Vuelvo a pensar en que quizá no tenga novio al intuir la conversación que mantenía por teléfono, relacionada con un viaje de amigas. Le gustará estar entre amistades. Tal vez le hayan hecho daño y no quiera novios, con lo guapa que es, tendrá miles de pretendientes.




No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.


José Lorente.

sábado, 3 de agosto de 2013

Perfume. Capítulo 3

<<No puedo. No quiero. No esperaré hasta mañana para volverla a ver… y oler. Quizá mañana no vuelva. Un momento, mañana es sábado… definitivamente, no vendrá, los sábados nunca viene, —me torturo ofuscado por perderla de vista—. ¡Maldición! Debo verla otra vez, debo verla otra vez>>, me repito incansable mientras avanzo, apartando personas a mi paso. Voy cegado; cegado por algo que siento hacia una desconocida a la que veo cada día, veinte minutos, eso el día que la veo, porque hay días que no compartimos vagón, quizá vaya en otro… Me estoy volviendo loco. Llega el tren. <<Despídete de verla hoy, Max, —me digo, apenado—. El lunes volverá, ¿y si no vuelve?>>



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.

domingo, 28 de julio de 2013

Perfume. Capítulo 2

Su melena larga y dorada se pasea entre la gente que espera el metro; su mano pegada al oído sostiene un teléfono móvil. <<¿Quién habrá al otro lado de la línea? —Me pregunto—. ¡Ojalá fuera yo!>> Exclamo. Su otra mano agarra el asa de un pequeño bolso, que hoy lleva a juego con sus tacones beige. Ya no existe nada más que ella. El tío de la camiseta manchada desvía mi atención de nuevo, situándose entre el cabello exquisito y mis ojos; lo maldigo. Sorteo el guarro, la busco y ya no está. Quizá mañana estará.





No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.


José Lorente.