Mostrando entradas con la etiqueta Sara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sara. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de febrero de 2014

Perfume. Capítulo 29

Salimos a la calle, a la espera del coche patrulla. No tardan ni tres minutos en aparecer. Los agentes bajan del coche, uno joven y otro algo más mayor, de unos cincuenta años. Bajan con esa parsimonia que les caracteriza, con ese aire chulesco del que hacen gala muchos de ellos al verse protegidos por una placa, lástima de mentes, enfermas de mini poder. Aun así, debo tragarme las palabras de antes, han tardado muy poco en llegar y debo estarles agradecido por ello. Le toman declaración a Nicolás, que se acaba de enterar de que los ladrones han entrado a robarme exclusivamente a mí. Se vuelve a disculpar conmigo por no haber podido llamar antes a la policía. No es su culpa, está claro que esos cabrones sabían muy bien lo que hacían.


Después de hablar con Nicolás un rato, nos acompañan al piso para ver lo que me han robado. Son dos agentes bastante amables, a pesar de la impresión que me dieron al llegar. Nos están atendiendo de muy buenas maneras. Han dado orden de alerta a los coches patrulla, de que dos hombres vestidos de negro y con pasamontañas, pueden andar por ahí con una enorme cantidad de dinero en obras de arte.


Les acompañamos a comisaría a formular la denuncia pertinente.


Unas tres horas más tarde llegamos a casa. Yo no puedo más, mi agotamiento mental es demasiado acentuado y ni siquiera tengo sueño. Sara parece bastante cansada, se le nota en los ojos y en los continuos bostezos que le brotan.


—Gracias por acompañarme en todo este asunto, —le digo, sentado en el sofá de mi salón con menos decoración que unas horas atrás—. Creo que ha sido el peor día de mi vida, por eso tengo que estar agradecido doblemente, porque me has apoyado en todo, si hubiera estado solo, lo habría pasado mucho peor. Gracias.


Muestra una cara de condolencia por la difícil situación.


—Podría haberme ido a casa, pasar de todo esto, te acabo de conocer, no tendría por qué estar aquí. Pero te dije que pasaríamos el fin de semana juntos, me gusta cumplir lo que digo. Además, ¿no crees que puede ser como una señal?


—¿Una señal? ¿De qué? —Respondo, frunciendo el ceño.


—Acabas de decir que quizá ha sido el peor día de tu vida, y resulta que yo he estado aquí para cuidar de ti. Si estuviese en tu lugar, pensaría que eres el mejor hombre que he conocido jamás y seguramente, eso me llevaría a querer pasar el resto de mi vida contigo. ¿No te parece?


Es curioso, pero ese razonamiento me ha sacado una pequeña sonrisa de complicidad hacia ella, con mi mano hundida en el bosque de mi pelo, contesto:


—Es cierto que eres la mejor mujer que he conocido nunca, al menos hasta ahora, la verdad, me tienes muy impresionado. Me has ayudado mucho hoy. Quizá sea una señal para hacer que me dé cuenta de eso. Me gusta que pienses así. Ven aquí, anda, —abro mis brazos, esperando que se abalance sobre mí, lo hace. Apoya sus labios en mi cuello y me besa repetidas veces. Puede sonar raro, pero me estoy excitando, quizá necesite eso. Los trozos de Héctor esparcidos por todas partes vuelven a aparecer en mi cabeza haciéndome saber que no necesito eso, que lo que necesito es dormir—. Vamos a la cama, anda.


—Lo necesitas, —responde antes de darme un beso en la mejilla.


Vamos al dormitorio, le presto uno de mis pijamas, le está enorme, pero le queda de maravilla; es uno de mis favoritos, de color negro. La verdad que, para ser un pijama, es bastante elegante; la parte de arriba parece una camisa.


Nos metemos en la cama, me quedo unos segundos mirando al techo, en la oscuridad.


—Buenas noches, cielo, —me dice, buscando mi mejilla con sus labios.


—Buenas noches, y gracias por todo, de verdad, —respondo, prestándole mi cara y correspondiendo con otro beso.


—Nada, tonto, —se da la vuelta y me da la espalda, lo prefiero porque intuyo que me va a costar dormir y me gusta sentirme suelto cuando eso pasa. Si me hubiese abrazado, lo más probable es que ella se durmiese antes y me tocase liberarme de su abrazo para poder adquirir mi postura favorita, boca abajo.


Contrario a mis previsiones, parece que el cansancio hace mella en mí, noto como el sueño me invade, en pocos minutos, estoy en el mundo de la fantasía de nuestra mente subconsciente.


El canto de Rocco me despierta. Le apasiona cantar de esa forma, todos los días, a la misma hora. Siempre he pensado que es un ritual pactado que tiene con Priscila. Cojo el móvil para mirar la hora, son las once y media de la mañana. Tengo siete mensajes de whats app, dos de Paula, uno de Sandra y cuatro de Mariela, una pesada que no puede entender que no me gusta demasiado, y está empeñada en que seamos amigos para poder acercarse a mí. Paula me dice que no tarde en ir, que me necesita. Sandra dice: no sabes lo que pasó ayer con Carlos, muy fuerte, ya te contaré, besos. Mariela me pregunta si tengo algo que hacer hoy, que había pensado en que podíamos comer por ahí, o tomarnos algo. Dejo el móvil, enseguida comienzan a pasarme imágenes del día de ayer, los trozos de Héctor no han desaparecido al dormir, siguen ahí, pero al menos, ya no hablan. Para culminar, me vienen recuerdos de un extraño sueño que he tenido, en el que me veía huyendo de algo, no sabría decir qué, y de repente, se cortaba el camino en un abrupto precipicio y caía al vacío, así, unas cuatro veces, en sitios distintos. Sigo angustiado, pero al menos ahora pienso con claridad. Giro los ojos y la veo, tan dulcemente dormida, con los labios medio aplastados contra la almohada, está en la misma postura que me gusta a mí para dormir, todas las sensaciones de negatividad por lo sucedido ayer desaparecen durante ese instante. Ella hace que me sienta grande, que me den ganas de prepararle un desayuno a base tostadas con mantequilla y mermelada; zumo de naranja recién exprimido, un café con leche y unas fresas. Lo hago.


Estoy en la cocina preparando el zumo, la oigo trastear, parece que se ha levantado. La espero con ganas mientras continúo. Un minuto después, aparece con mi pijama pero sin la parte de abajo, aunque sólo se le ven las piernas por lo grande que le está; el pelo alborotado como una bruja de algún cuento de fantasía y una cara de recién despertar, como de un ángel, de una belleza incluso más grande que ayer, cuando iba arreglada. Sonrío, atontado.


—Buenos días, —le digo con esa sonrisa que me cruza la cara.


—Buenos días. Mmmm, huele a naranja. ¿Estás haciendo zumo?


—Sí, ¿te gusta?


—Me encanta.


—Perfecto. ¿Qué tal has dormido?


—Uf, la verdad, me costó dormir bastante. Tú caíste enseguida, cabrón. Di tantas vueltas, que al final me quité los pantalones del pijama, me agobiaban. Oye, ¿y esto? —Dice, asomándose a la bandeja que estoy preparando, llena de comida demasiado apetecible para cualquier persona al despertar.


—El desayuno. ¿No lo ves? Para reponernos bien.


—Me encanta todo lo que veo. ¿Puedo? —Dice, señalando una fresa.


—Por supuesto, es para ti.


Se mete la fresa entera en la boca, se acerca a mí, me agarra por detrás, rodeándome con sus brazos y me dice:


—Ven aquí, guapo, yo sí que te voy a dar desayuno, —sus besos exploran mi nuca, demasiado sensuales.


—Espera que desayunemos, mujer. Tengo hambre, —respondo, sabiendo que, como continúe así, el zumo se quedará a medio hacer.


—Yo quiero desayunarte a ti, —y me da la vuelta con brusquedad, hecho al que no ofrezco demasiada resistencia porque mi miembro ya ha notado la proximidad.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.


domingo, 5 de enero de 2014

Perfume. Capítulo 25

—Ha sido… increíble. ¡Me encantas! —Digo, con mis ojos entrecerrados por el gran placer que estoy sintiendo.


—Sí, a mí me ha gustado mucho, ¿crees que podrías aguantar un rato más? —Susurra, incorporándose de nuevo y comenzando a mover sus caderas.


    —Yo sí, pero mi pequeño… lo dudo bastante, —respondo, algo decepcionado.


    —No te preocupes, lo entiendo. ¿Sabes? Eres de los pocos que han aguantado más de cinco minutos en esta postura.


—Normal, con esos movimientos que sabes hacer, no me extraña nada que la mayoría, hayan tenido orgasmos prematuros.


Sara da una carcajada breve.


—Bueno, mis clases de danza ayudan bastante, —contesta, sonriendo y despegándose de mí. Se tumba a mi costado—.  Necesito ir al baño. ¿Dónde es? ¿Esa puerta de ahí?


—Sí, es ahí es. En el segundo cajón tienes toallas limpias.


—Vale, —y se aleja de mi lado, caminando como una diva, con ese trasero tan llamativo y perfecto.


Estoy en la cama, tumbado boca arriba, con las manos apresadas por el cinturón, me apetece soltarme, darme una ducha caliente. Escucho los sonidos que hace ella detrás de la puerta, no estoy acostumbrado a que haya alguien ahí, en mi baño. Libero mis manos como puedo, no me ha hecho falta un gran esfuerzo. Me acerco a la puerta del baño, está entreabierta, la veo ahí, arreglándose el pelo alborotado, con una toalla en la mano, su desnudo se ve mucho más perfecto con la potente luz del espejo tocador.


—Voy a darme una ducha, —le digo.


—Sí, yo también. ¡Dúchate conmigo! —Responde, con convicción.


La proposición es muy tentadora, sobre todo porque hace años que no me ducho junto a una mujer. Me gusta que me lo proponga. <<Prefiero ducharme solo, pero quizás la decepcione>>, me quedo pensando un instante.


    —Está bien, pero déjate de duchas y vamos a darnos un baño burbujeante en el jacuzzi, —le digo pícaramente.


—¿Por qué crees que te lo he propuesto? Viendo este milagro de la relajación y el aseo personal aquí en el baño, no me puedo ir de esta casa sin meterme contigo en él. Y si hay mucha espuma, mucho mejor.


—De acuerdo. Espera, enseguida vuelvo. Ve llenándolo.


Bajo a la cocina, agarro cuatro velas aromáticas, el iPad y vuelvo al baño. El vapor de agua caliente escapa por la pequeña abertura de la puerta. Entro, le enseño las velas.


—¿Qué es eso? ¿Velas? ¿Para qué? —Dice, extrañada.


—Son velas, sí, pero aromáticas. Verás qué gusto de baño nos damos.


Coloco las velas estratégicamente, según su aroma. Desbloqueo el iPad, busco en la biblioteca una sesión de música relajante. Le doy al play, con el volumen a menos de mitad. La música comienza su transcurso hermoso, de casi fantasía. El jacuzzi está casi lleno, abro uno de los cajones, saco unas sales de baño, un jabón muy espumoso que tengo para este fin y lo meto todo en la bañera. La espuma comienza a brotar del agua. Sara me agarra desde atrás, noto sus senos aplastarse en mi espalda. Sus manos están en mi pecho y su mejilla en mi omóplato derecho.


—Ya está, podemos entrar.


—Me muero de ganas, —contesta ella—. Tío, ¿cómo lo haces? —Dice, introduciéndose en el baño espumoso. La ayudo cogiéndola de la mano y la sigo, metiéndome detrás, sentándome a su lado.


—¿Cómo hago el qué?


—Hacer que me sienta especialmente seducida con cada gesto que haces, con cada situación que preparas.


    —No sé cómo lo hago, simplemente me nace hacerlo así. Tú inspiras cada hecho, quiero que te sientas especial. Realmente creo que lo eres.


—¿Y tú? ¿Tú qué eres?


—Soy lo que tú quieras, menos drag queen, ¿eh? —Una carcajada sigue a la frase. Ella la compaña con otra.


—Qué gracioso eres. Siempre estás con las bromas, ¿no?


—Me gusta poner humor a la vida.


—No, ahora en serio. ¿Tú qué eres? ¿Crees que fue casualidad que te pidiera el favor de llamar con tu teléfono?


—¿No lo fue?


—¿Tu qué crees?


—Pensé que sí.


—Pues te equivocabas, vuelves a pecar de ingenuo.


—Vaya… discúlpeme, señorita, por no ser tan avispado como pensaba usted.


—No es que se trate de ser avispado o no. Se trata de que pareces un tío muy interesante e inteligente, pero con las mujeres lo llevas crudo, amigo.


—¿Y cómo has llegado a esa conclusión?


—Por el hecho de que no te dieras cuenta de todas las veces que te miraba en el metro cada día y ahora, pensando que fue casualidad que te escogiera a ti de entre tanta gente. La llamada fue un pretexto para acercarme a ti y conseguir tu número. Tenía un complot con mi amiga. Le dije que la llamaría con tu móvil, era un plan, bobo. Podría haber llegado al trabajo, cargar el móvil y hablar con ella en cualquier momento, pero fingí que me quedé sin batería, era todo un plan. Mi móvil tenía la batería a pleno rendimiento. Lo cargo cada noche, mientras duermo, —su expresión me hace saber que es una chica demasiado inteligente. Intuyo que podría estar engañándome de la forma que quisiera y yo, jamás me enteraría.


Mis ojos se han abierto como una ventana en primavera. No esperaba escuchar todo esto, parece sacado de una película, pero no, esto es la vida real, mi vida y estoy encantado con que sea así.


—Entonces, ¿Me estás diciendo que querías conocerme y yo sin enterarme?


—Eso es, exactamente.


—¿Y por eso lo tengo crudo con las mujeres?


—Eso pienso, sí.


—Pues… estás en mi bañera, desnuda y frotando tus piernas con las mías. No parece que sea la definición de tenerlo crudo exactamente, ¿no?


Se ríe a carcajada limpia. Frota un poco más fuerte.


—Tienes razón, como ya te he dicho, me siento seducida pero, ¿me hubieses dicho algo si yo no hubiera tramado el plan para conocerte? ¿Me tendrías aquí si yo no hubiese tomado la iniciativa? —Su gesto ahora es serio, jugando con la espuma entre sus manos.


—¿Y tú crees que vas a poder jugar a este rollito psicológico cómo quieras y cuando quieras?


—Sí, —la rotundidad de esa afirmación me deja sin argumentos. Realmente tiene razón, nunca me ha ido bien con las mujeres, ¿a quién quiero engañar? Lo mejor que he tenido ha sido aquella chica, Caty. Ella me adoraba, y yo a ella. Pero tenía veinte años y yo veintinueve, sintió que tenía que volar y que estar conmigo se lo impedía, yo la dejé marchar sin oponer resistencia, entendía perfectamente su situación. Al fin y al cabo, no soy quién para tratar de convencer a nadie de que esté conmigo, nadie es dueño de nadie.


—Caty, —digo.


—¿Cómo?


—Caty, es la única chica; lo más parecido a una novia que he tenido en toda mi vida. Lo demás ha sido pura superficialidad. Tienes razón, no te voy a engañar, no es mi fuerte el amor.


—Pues en el día de hoy, cualquiera diría lo contrario, me tienes encantada. ¿Qué pasó con Caty?


—Me dejó, era muy joven, tenía una vida por delante, una vida a la que mi presencia ponía obstáculos. Nunca he sabido más de ella.


—Olvídate, esa chica no te quería lo suficiente.


—¿No? ¿Por qué?


—Si alguien te ha importado de verdad, lo normal es saber de esa persona, el resto de tu vida, aunque no cruces ni una palabra, hoy día existen las redes sociales, quien no sabe de alguien es porque no quiere. Y ella no ha querido saber de ti. No te quería.


    —Por esa regla, yo tampoco la quería. Nunca me he interesado por ella después de romper.


—Pues sí, eso es que vuestro amor era falso, una práctica en el camino, sin más.


La música se interrumpe, en la pantalla del iPad aparece un número de móvil que no está en mi agenda de contactos.


—¿Quién te llama a estas horas? —Pregunta extrañada—. ¿Te imaginas que fuese Caty? Me muero…


—Lo dudo bastante, —contesto, poniendo el dedo en la tecla verde de responder—. ¿Sí?


—¿Max? Suena una voz femenina, muy agradable.


—¿Quién es? —Digo, Sara me mira sonriendo, contemplando la posibilidad que acababa de plantear.


—Max, gracias a Dios que doy contigo. Soy la hermana de Héctor. Paula.


    —Ah… Paula, ¿cómo estás? ¿Qué número es este? ¿Has cambiado de móvil? No me aparece tu nombre.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.




domingo, 8 de diciembre de 2013

Perfume. Capítulo 21

Llegamos al cine, la película que me interesaba ver, no está en el horario que nos vendría bien, decidimos no ver ninguna.


—¿Y ahora, qué hacemos? —Pregunta Sara, agarrándome del brazo y apretujándose hacia mí.


—¿Sabes lo que se me acaba de pasar por la cabeza?


—Qué.


—¿Te gustan los animales?


—Claro, ¿a quién no?


—Hay mucha gente que los detesta, lo cual no puedo entender, pero bueno… ¿Quieres que vayamos al Oceanográfico?


—Oh, eso sería estupendo. Todavía no he estado. Me han dicho que es una maravilla.


—Sí, lo es. No se hable más. ¡Vamos!


—Sí, —contesta ella con una gran sonrisa, indicando que mi idea, ha sido perfecta para este momento.


Cogemos un taxi, nos acerca hasta la Ciudad de las Artes y las Ciencias. El puente L´Assut de l´Or, se alza magistral, proyectando su inmensa sombra en derredor. A punto de llegar al Oceanográfico, noto el móvil vibrar en el bolsillo, lo saco. Es Sandra:






Sandra Rodríguez


En línea








Sandra, querida 8:48




He tenido que irme, tenía


algunas cosas que


hacer  8:49




Ayer lo pasé genial


contigo 8:49




El lunes te veo 8:50




Muchos besos 8:50




Muaaaa 8:50








Maxi, guapo 17:11




Ya imaginaba que al despertar, no estarías.


No te preocupes 17:11




Además, había quedado con Carlos hoy,


no me interesaba que te quedaras 17:12




Jejejejeje, perdona mi egoísmo


pero, ya sabes lo que me gusta ese chico


y también sabes, que entre tú y yo,


no puede haber nada 17:13




Ahora mismo estoy con él 17:13




Acaba de ir al baño y he aprovechado


para escribirte 17:14






Jajajajajajajajajjajaja 17:14




Qué tía 17:14




Me quedo más tranquilo


sabiendo que no soy nada


para ti 17:15




Pero la verdad es que


me da exactamente igual,


yo estoy con Sara,


así que… en paz 17:16






—¿Con quién hablas tanto? —Pregunta Sara.


—Con una amiga, enseguida me despido de ella, no te preocupes.


—No, tranquilo, por mí no te cortes, ¿eh?


—De acuerdo, pero es que, no es nada importante. No ha de durar demasiado esta conversación.


—Muy bien, de todos modos, qué atento eres, me gusta, sí.


—Y tú, qué preciosa y respetuosa, me gusta también, sí, sí.


Sonríe y gira la vista hacia la ventana, indicándome que no ha de interferir más en mi conversación privada de whats app. El coche para y bajamos de él, miro de nuevo el móvil para terminar la conversación con Sandra.




Y luego me dices a mí 17:16




Vaya, eso es lo que tenías que


hacer hoy, ¿no? 17:16




Canalla jajajajaja 17:17




Bueno, te dejo, que viene 17:17




El lunes nos contamos, besossss 17:17




Muaksss 17:18




Vale, guapa 17:22




Yo también te dejo,


el lunes hablamos 17:22




Un beso 17:22




Muaa 17:23






Guardo el teléfono, Sara me agarra del brazo. Compramos las entradas. Esta vez sí me ha dejado invitarla. Caminamos hacia el interior de las instalaciones. Primero, el espectáculo de delfines, casualmente, o quizá por su belleza, llaman a Sara como voluntaria en uno de los números del espectáculo; consiste en dar pescado y acariciar a los delfines después de que hagan sus acrobacias. Ella me mira y sonríe prominentemente desde la orilla de la piscina, momento que aprovecho para sacar el móvil y tomar unas cuantas fotos, <<seguro que le gustan>>, pienso. Después, vamos al interior, a los túneles de los acuarios, donde se pueden ver tiburones delante de ti, como si estuvieses nadando con ellos. Sara está impresionada, yo, es la segunda vez que vengo y no dejo de alucinar tampoco. Luego, pasamos por los pingüinos y después por las focas y leones marinos. La tarde está yendo genial, Sara no deja de darme las gracias por haberla traído aquí. No hace falta que me lo agradezca, si alguien está agradecido, soy yo, con su sola presencia y compañía. Me siento afortunado de que esa mujer con la que soñaba desde hacía semanas, esté aquí, conmigo, y me haya propuesto pasar el fin de semana juntos. Parece un sueño hecho realidad, estas cosas no suelen pasar en la vida real, pero a mí me está pasando. Eso me hace pensar que, al fin, parece que voy a tener suerte con una mujer. Su humildad, su educación, su saber estar, su voz, sus ojos, su aroma, su cuerpo, toda ella es perfecta para mí; la mujer que siempre hubiese querido tener a mi lado. Por eso, no puedo apartar mis ojos de ella. Cada vez que la miro es como un soplo de felicidad invadiendo mi ser. Su sonrisa me hace caer en un agujero de complicidad y alegría del que no puedo ni quiero salir.


—Valentín, mira eso, —me dice Sara, señalándome un extraño pez aplanado y grande que pasa en ese momento.


—Sí, bonita. Es un pez luna. Ha salido para ti, como la luna sale para las estrellas cada noche. Es un pez muy raro de ver en libertad.


—Oh… Qué apuesto galán eres. ¿Siempre tienes piropos tan ingeniosos a punto? —Contesta, acariciándome la mejilla.


—Para ti, puedo tener los mejores halagos que hayan nacido de un hombre hacia una mujer, eso es lo que me inspiras. No con todas las mujeres me salen así, sólo con las que me importan de verdad.


—¿Entonces yo te importo? O, mejor, ¿tienes otras que no te importan?


—Mujer, no te diré que no tengo alguna interesada que otra, pero la verdad es que, ninguna ha demostrado ser la mujer que yo necesito.


—¿Y yo sí?


—Tú… bueno… vas por buen camino, pero no te confíes. A veces puedo ser un poco raro en estos temas, un día estoy ahí para ti y al día siguiente, me he desencantado. En tus manos está.


—No te preocupes. Voy a hacer que seas el hombre más feliz del mundo, te lo garantizo, —y me planta un beso en los labios que no puedo ni quiero evitar; un beso lento, carnoso, sensual y atrevido. Toda una demostración de intenciones por parte de esta chica tan sorprendente a la vez que desconcertante.


—Vaya, esto sí que es demostrar y lo demás, estupideces, —le susurro, algo asombrado a la vez que encantado.


—Pues esto es sólo el principio. Espera que tengamos más confianza. Entonces sabrás que soy la mujer que quieres para siempre, contesta, confiada y pícara.


—Vaya… eso es muy difícil de conseguir, ¿eh? Ojalá sea así, no me importaría, —replico, intentando hacerle saber, que sigo sin ser un facilón, aunque me está costando. Ella parece manejar todas las situaciones.


—Estoy totalmente segura de que pensarás eso después de un tiempo conociéndome, —añade, en tono serio, pero dejando asomar una leve sonrisa al final.


—Espero, muñeca, espero. Eso sería la leche.


­—Lo será, cielo, lo será.


Después de esa interesante charla y ese primer beso por sorpresa, salimos del Oceanográfico. Ahora sólo pienso en ir a casa con ella. Cenaremos cualquier cosa. Se lo propongo, acepta sin vacilar, llamamos un taxi y nos ponemos en camino. El día no podía haber sido más perfecto, pero la noche… la noche promete mucho más aún, por suerte para mí.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.