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miércoles, 28 de mayo de 2014

Un debate sobre sueños

¿Y qué pasa cuando una casualidad se convierte en causalidad? ¿O es que no existen las casualidades y sí las causalidades? Eso mismo me pregunté yo la noche de ayer, una de tantas veces que me he formulado esa clase de incógnitas. Mis conclusiones son mías, no por ellos deben ser, necesariamente, equivocadas.


    A menudo escuchamos a alguien decir: «Vaya casualidad». Es muy convencional utilizar esa expresión cuando algo nos resulta fruto de una suerte extraña, de una conjugación de actos que llevan inevitablemente a ese hecho que nos deja boquiabiertos, anonadados, absortos en un misterio imperturbable al que no somos capaces de acceder, al menos conscientemente. Es entonces cuando dejamos que la suerte magna dé su explicación, que es tan limitada como nuestro frágil entendimiento. Pocas personas son capaces de pararse a pensar que esa «casualidad» es fruto de un sinfín de actos llevados a cabo intencionadamente por cada individuo, y es que, sin que nosotros lo sepamos o lo entendamos, a nuestro alrededor actúan una infinidad de fuerzas que tienen que ver directamente con cada uno de nosotros y lo que nos rodea. Nada es al azar, por lo tanto me aventuro a decir, que la llamada suerte no existe en realidad, sino en una ínfima parte de nuestro cerebro, catalogada con ese término coloquial que parece darle sentido a todo lo que no tiene ninguna explicación lógica para nosotros, el ser humano. Pero, ¿quién soy yo para afirmar algo tan contrario a las creencias de la mayoría de las personas? Pues… sólo un hombre que no se conforma con pensar que todo es cómo nosotros creemos que es. Bajo mi punto de vista, no tenemos ni siquiera una remota idea de qué rige en realidad a la vida en su exponente máximo. Y con estas palabras os relato uno de los múltiples hechos que me han ocurrido a lo largo de mi curiosa e insignificante vida, llena de esas casualidades que según muchos, son fruto de la poderosa suerte; yo digo que es causa del destino que uno mismo se preocupa en

martes, 23 de julio de 2013

Nano Vida

Todo comenzó cuando tenía 12 años. Por aquel entonces, yo era un muchacho muy pálido y delgado. No me gustaba mucho comer, los bocatas que me preparaba mi madre para la merienda, terminaban comiéndoselos mis amigos más glotones. En consecuencia de mi poco apetito, siempre me encontraba enfermo y debilitado. Mis padres me habían llevado a infinidad de psicólogos y nutricionistas, con la esperanza de que algún día todo eso cambiaría, y que al final, sería un chico sano y fuerte. Aunque en contra de sus premisas, yo no cambiaba, seguía contagiando numerosos virus que me hacían enfermar, llegando al punto de estar siempre con medicación asistida.


    Aquel día, me encontraba en el parque jugando al fútbol con mis amigos, aunque yo no podía estar demasiado rato corriendo por mis problemas asmáticos. Salí del partido para tomar inspiraciones con mi inhalador. Estaba sentado en el banco de la esquina, cuando alguien me tocó por la espalda, diciéndome con acento