domingo, 22 de septiembre de 2013

Perfume. Capítulo 10

Sigo detrás de ella, no puedo dejar de mirarla, tampoco puedo dejar de pensar en lo que acaba de suceder. <<¿Quién sabe lo que puede pasarte? La vida te brinda unas sorpresas a veces>>… recapacito. Su falda negra y ceñida por encima de las rodillas, dibuja una silueta perfecta, al menos, perfecta para mí. Y esa chaqueta americana gris oscuro, le da un toque de elegancia que va acorde con su aroma. <<Qué piernas>> pienso, sin dejar de observarla mientras sube la escalera, algo alejada, delante de mí. Termina la escalinata, llego al llano de arriba, ella se aleja, la gente se pone delante y no la veo, una chica de pelo rosa que se había cruzado delante de mí impidiendo que la viera se aparta, la vuelvo a ver, está pasando la tarjeta. Saco de mi bolsillo una de mis tres piedras de la suerte y grito:


—¡Sara!


Se gira sonriente desde el otro lado de las barreras de seguridad.


—Sabía que me dirías algo más, —contesta en tono alto, para que la oiga bien.


—¡Toma! —Le digo lanzándole la piedra, la agarra demostrando extrema agilidad.


—¿Qué es esto?


—Es una de mis piedras de la suerte, siempre las llevo conmigo, —respondo mientras paso mi tarjeta y las barreras se abren—. Siempre que tengo pensamientos negativos, las toco y recuerdo que tengo que sacar esa negatividad, —concluyo mientras llego donde está ella que, continua observando el pequeño regalo que le acabo de hacer. Llego y la acompaño en la observación de la roca; es una china redonda, amarillenta, con una capa de esmalte brillante y rayas azules que se expanden por toda su superficie—. Las compré en un mercadillo, en Italia. El japonés que las vendía me dijo que empleara esa técnica cada vez que me sintiera mal, —le digo—. Quiero que la guardes para tu viaje, así te acuerdas de mí. Te dará suerte.


—Vaya, eres un chico supersticioso, ¿eh?


—Yo no lo llamaría así. Yo lo llamaría… creyente en fuerzas desconocidas que escapan a nuestro entendimiento, —le explico, sonriendo, con otra de las piedras en mi mano, alzándola en el aire.


—Bueno, sí. Podría ser una forma de llamarlo, —contesta, mirando el reloj, momento que aprovecho para espiar el canalillo que asoma a través de la abertura que lleva su camisa beis.


Se intuyen unos senos que me hacen imaginar cosas más allá de lo que me hace sentir. La puedo imaginar en sus momentos más ardientes, su voz me saca de esos pensamientos veloces y distraídos.


 —Debo irme, Valentín. Me encantaría quedarme aquí un rato más, pero no puedo.


—Claro, yo también tengo que irme.


Miro alrededor, no hay nadie más, sólo el guardia de seguridad, nos hemos quedado solos. Le cierro la mano entorno a la piedra que le he obsequiado, sin soltarla le beso la mejilla lentamente mientras ella cede dando un empujón con su cara en la mía y nos frotamos suavemente los rostros. Se separa como quién se marcha a la fuerza y sabiendo que, si nos quedásemos un poco más, no se sabe lo que podría suceder.


—Venga, hasta la vista, Valentín, seductor, —dice, comenzando a andar.


—¿Seductor? Tú sí eres seductora, la diferencia es que no tienes que hacer nada para serlo.


—Tú tampoco, no te equivoques, guapo.


—Bueno, si tú lo dices. Pronto sabrás de mí, —le digo mientras veo cómo se va alejando. Comienzo a andar, es el inicio de la escalera que da a la calle, ella la sube y yo detrás, a escasos metros.


—Pásalo bien en tu viaje, belleza, —le comento en tono alto.


—Tú pásalo bien en todo lo que hagas, —replica, alegre.


El final de las escaleras llega y nuestros caminos se separan; de momento.



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José Lorente.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

Su razón de existir

Y cuentan que en los días de lluvia, se la podía ver apoyada en el árbol que la vio crecer. Derramaba sus lágrimas mirando al mar, con la mano en el pecho. Gritaba el nombre de su amado difunto hasta el atardecer...


    Un día, caminaba lenta por la orilla del río que desemboca en ese océano. Sentía el caer de las hojas de los árboles a su alrededor. Un misterioso hilo de luz se abrió paso a través de unas ramas desnudas, golpeó en uno de sus ojos obligándole a cerrarlo y sacudir su rostro bruscamente. Cuando consiguió abrir de nuevo sus párpados, allí estaba él, lejos pero cerca a la vez. Parecía que el sol brillaba más fuerte a su alrededor. Tenía la mirada de un niño que está en paz. Podía leer en sus ojos la intención de llevarla con él al otro lado. Sin dudarlo, caminó hasta alcanzarle. Su familia la buscó y ya nunca la encontró, pero se dice que en los días luminosos donde el sol brilla fuerte, se les puede ver abrazados mirando al río.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Perfume. Capítulo 9

—Hola, Shibila. Soy Sara, te llamo desde el móvil de un chico que ha tenido la amabilidad de prestarme su teléfono, —dice al tiempo que me mira sonriendo. 


Continúa la conversación; habla de cómo, cuándo, y dónde han de recogerla después del trabajo. Descubro que sale de trabajar a las cinco y media de la tarde, y que, después de eso, tiene tres cosas que hacer; una clase de danza, otra de pilates, y después, una hora de gimnasio. <<Es toda una deportista, me encanta. Eso explica su esbelta y estilizada figura>>, me aclaro mentalmente.


—Vale, Shibila. Quedamos así. A las diez y media en la Plaza de Vicente Iborra, donde está Pekado. Supongo que me dará tiempo a hacer las maletas. Luego te veo. Besos, —concluye, cortando la llamada y devolviéndome el móvil—. Muchísimas gracias, —me dice sonriendo—. De no ser por ti, esta noche no podría irme a Malibú. Tengo una semana de vacaciones. Nos escapamos ahí, tres amigas y yo. Vamos a pasarlo bien.


—Vaya, qué buen destino ese. No he estado nunca, pero me encantaría poder ir algún día.


—Seguro que sí, ya verás. Yo he estado dos veces, esta es la tercera.


—Ah, genial. Tiene que ser precioso.


—Lo es.


Tuerzo el morro y un incómodo silencio se apodera del momento. No han pasado ni cinco segundos cuando dice:


—¿Eres italiano? Con ese nombre…


La miro, sonrío y contesto:


—Sí. Bueno, mis raíces son de allí, pero por parte de mi padre. Él nació en Florencia, pero de muy niño tuvo que venirse, mi madre es de aquí, de Valencia. Yo nací en esta ciudad, aunque viajo a Italia a veces, a ver a primos y tíos, pero me siento valenciano.


—Ah, interesante. Me encanta Italia. He estado en Nápoles y Venecia. Me gustaría visitar más ciudades de allí, me encanta su cultura.


—Sí, saben cuidarse muy bien y tienen un estilo de vida muy curioso. A mí, me gusta cuando voy y salgo por allí con mis primos, son la leche.


—Pues sí. Bueno, ésta es mi parada. Voy a trabajar.


—Sí, también es la mía.


—Un placer conocerte, Valentín. Y de nuevo, muchísimas gracias por el gran favor.


—¿Valentín? Max, por favor.


—Me gusta Valentín, te va mejor, —contesta, haciendo un guiño de ojo y mostrando su lengua levemente, con gesto simpático.


—Bueno, no me disgusta ese nombre, al fin y al cabo, Valentino es mi apellido y Valentín tiene que ver con él. Te dejo que me llames así, pero sólo porque eres tú, ¿eh? Y gracias a ti por facilitarme tu número. Seguramente acabas de cometer una estupidez, dándole el teléfono a un psicópata con manía persecutoria, —añado en tono de guasa.


—¡Eh! Si es así, no recibirás respuesta alguna ¡Loco! —Contesta, siguiendo la broma.


“Próxima parada: Beniferri”, se escucha en el altavoz del tren.


—Ahora sí. Bajamos ya, —dice ella con una leve expresión de pena.


—Sí, no hay otra. El deber nos espera. Dame dos besos y pásalo bien en Malibú. Pronto sabrás de mí, —le contesto, acercándome a esa cara de tremenda belleza, siendo embriagado y rodeado por ese aroma hipnótico, que hizo que la mirara por primera vez hace semanas.


La piel de su cara es fina y suave. <<Mi barba de tres días le estará pinchando>>, pienso.


—Sí, gracias. Puede que, cuando me hables, no sepa quién eres, —replica mientras roza mi cara con su mejilla.


—Te lo recordaré, —mi sonrisa intenta deslumbrar—, además, la foto que tengo puesta en el perfil del chat es inconfundible, salgo con una metralleta de loco psicópata... No lo olvides, —respondo con esa expresión pícara que muestro algunas veces.


—¡Oh, qué miedo! Tendré que huir o llamar a la policía.


—La policía soy yo, yo soy todo, —el tren se ha detenido y mi frase no ha terminado del todo cuando las puertas se abren y la gente empieza a salir.


Nos levantamos, ella va delante, parece que tiene prisa. La miro triste porque se separa de mí, pero alegre porque ya sé quién es y lo que es mejor, tengo su número de teléfono.



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José Lorente.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El céntimo de la suerte

Moisés y Robert, amigos de varios años, viajaron a una isla paradisiaca con motivo de una celebración pendiente que tenían, por haber podido acceder al trabajo por el que suspiraban los dos. Se trasladaron sin demasiado equipaje, sólo una mochila cada uno, donde llevaban: una toalla, una muda de ropa, cepillo y pasta de dientes, la cartera llena de tarjetas de crédito, dinero y documentación, teléfono móvil y algunas cosas más de menor importancia. La estancia iba a ser corta y ellos habían ido para disfrutar de una aventura sin planear, pensaban en emborracharse y divertirse sin censura. Los planes no programados, comenzaron a torcerse cuando perdieron el primer embarque en puerto, por llegar (gracias a un inesperado atasco de tráfico) a diez minutos de zarpar el buque. Querían hacer ese viaje a toda costa y compraron nuevos billetes para esa tarde.


    Una vez en el navío, todo comenzó a fluir de manera muy natural y espontánea. Se sentaron en el bar a tomar cerveza y unos bocadillos. La primera ronda de cervezas las pagó Moisés; extrajo de su bolsillo trasero del pantalón, unas monedas con las que pagar. Al sacar la calderilla, la tela interna del bolsillo se mezcló con sus dedos y un céntimo cayó al suelo. Moisés se dio cuenta de que esa insignificante y poco valorada pieza metálica, rodó por el suelo entre sus pies; no le dio la más mínima importancia y dejó la pequeña monedilla a su suerte en el

domingo, 8 de septiembre de 2013

Perfume. Capítulo 8

Agarra mi iPhone, marca un número y lo hace sonar con el altavoz mientras me enseña la pantalla: “El número marcado no se encuentra disponible en este momento, por favor, inténtelo de nuevo más tarde”, se oye a través del altavoz, lo cual me hace pensar que sí, que es su número y que está sin batería.


—Ya lo tienes, —me dice, apoyando su mano en lo alto de mi rodilla izquierda—. Ahora llamaré a mi amiga para resolver el asunto pendiente, —prosigue—. Por cierto, ¿tu nombre?


<<Me está preguntando mi nombre, realmente se siente interesada en agregarme a su agenda, o eso creo, si no, ¿para qué me iba a preguntar eso?>>


—Máximo Valentino, pero todos me llaman Max, ¿y tú, señorita? ¿Cuál es tu nombre? Una mujer tan bella, debe tener un nombre a la par de hermoso.


—Sara, y gracias por el halago, —contesta, esbozando esa sonrisa perfecta que me hace estar a sus pies.


—¿Sara, qué más? Para guardarte en mi lista de contactos…


—Sara Robledo.


—De acuerdo, señorita Sara, en cuanto me devuelvas el móvil te guardo, supongo que tendrás whats app.


—Mira, te lo guardo yo ahora mismo, —replica mientras muestra sus conocimientos del terminal que tenemos igual—. Lo del whtas app… sí, tengo, si no tuviese sería una bicha rara, —continúa, siguiendo a su frase una carcajada y una palmadita en mi hombro—, pero no creas que suelo contestar a desconocidos así, por las buenas.


—Ya no soy un desconocido, sé tu nombre, sé que viajas aquí cada día y tienes mi móvil en tus manos, no es lo que se dice ser un desconocido del todo, ¿no?, —contesto, mostrando mi mejor sonrisa.


—Bueno, mirándolo así… Voy a ver si llamo a mi amiga, espera un segundo.

Me deja de hablar y se centra en marcar el móvil de su amiga.
<<Me ha dicho que espere, quizá tenga más ganas de hablar conmigo>>, me digo. Todavía quedan dos paradas, espero que no sea una llamada muy larga y no precisamente por el precio que me cobren por ella.




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José Lorente.

sábado, 7 de septiembre de 2013

El extraordinario viaje de Pablo. Loverot. Sinopsis.

Pablo, un joven de 23 años, sufre un inesperado accidente de tráfico. A partir de entonces, comienza a experimentar una serie de sucesos que nada tienen que ver con lo que está acostumbrado en su vida normal. A raíz del incidente, se sumerge en un inquietante, sorprendente e inusual mundo que le lleva a conocer a personajes de lo más extraños y seres increíbles; un lugar en donde los sentidos adquieren otro plano de interacción con el entorno, en el que Pablo, alcanza poderes extrasensoriales que nunca imaginó que existirían, un universo en el que encuentra su lugar y su destino en la vida. Allí conoce a Maya; una joven sanadora espiritual que le despierta su lado más romántico y apasionado. Ella será la que le empuje a continuar trabajando para terminar la misión que le es encomendada. Sin embargo, Pablo es bastante inexperto en el uso de sus poderes y eso le llevará a cometer errores poniendo en peligro a sus seres más queridos.
Por otro lado, las noches del joven en Loverot son aterradoras por culpa de unas pesadillas angustiosas que no le dejan dormir y que resultan ser parte del nuevo mundo en el que se encuentra.

El destino de todos los seres vivos de la Tierra estará en manos de Pablo. Es posible que resuelva sus dudas y temores; pero, ¿y si no lo hace?

miércoles, 4 de septiembre de 2013

El tamaño no importa

El viento le obligaba a descender en caída vertical, hacia algún lugar desconocido. Su destino fue una especie de piscina circular con los bordes blancos y brillantes, como esmalte, en la que se albergaba una clase de líquido de color blanco lechoso, en el que flotaban tres o cuatro objetos, parecidos a salvavidas, pero tres veces mayores que él, de color amarillento y superficie rugosa. La tensión superficial de ese fluido, era demasiado fuerte para que el peso de su escuálido cuerpo la traspasara, tampoco era fácil emprender nado en algo tan denso y magnético; no era agua, eso seguro. Comenzó a pelear sin descanso para escapar de aquella prisión líquida que, lo más probable, acabaría con su

domingo, 1 de septiembre de 2013

Perfume. Capítulo 7

Estoy mirando hacia abajo, al suelo. En realidad miro sus pies, sus piernas; no pierdo detalle, es la primera vez que la tengo tan cerca, he de aprovechar para llenarme el alma con su imagen. Mis pensamientos dedicados a ella se ven interrumpidos por su simpática voz:


—Perdona, quizá sea un poco atrevido por mi parte, pero, ¿podría hacer una llamada rápida desde tu móvil a mi amiga? No veo la forma de contactar con ella y he de dejar un asunto cerrado para hoy, si no lo hago ya, no podrán irse sin mí y perderemos los billetes de avión que tenemos; y despega esta noche. Es importante, ¿serías tan amable?


No doy crédito a lo que está pasando, me está pidiendo ayuda, a mí; justo a mí. Mi cabeza no piensa y actúo por instinto, diciéndole con cara de granuja:


—Bueno, te podría ayudar, pero con una condición.


—¿Cuál?


—Que antes de llamar a tu amiga, hagas una llamada perdida a tu móvil…


Se queda mirándome, sorprendida, luego sonríe mientras extiende su mano, gira sus ojos a otro lado sin dejar que la sonrisa se borre y me dice:


—Anda, dámelo y tendrás mi número en tus llamadas recientes.


—¿En serio? —contesto nervioso mientras busco mi móvil en el bolsillo del pantalón, momento que aprovecho para tocarla con mi hombro.


—Dámelo antes que me arrepienta y le pregunte a otra persona, —me dice, girando su rostro sonriente y colorado hacia mí.


Se lo doy, aprovecho para rozar su mano con mis dedos sutilmente, ella lo toma acariciándome mucho más notablemente que yo a ella. <<¿Le gustaré?>> me pregunto al notar su gesto en mi mano.



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