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miércoles, 11 de septiembre de 2013

El céntimo de la suerte

Moisés y Robert, amigos de varios años, viajaron a una isla paradisiaca con motivo de una celebración pendiente que tenían, por haber podido acceder al trabajo por el que suspiraban los dos. Se trasladaron sin demasiado equipaje, sólo una mochila cada uno, donde llevaban: una toalla, una muda de ropa, cepillo y pasta de dientes, la cartera llena de tarjetas de crédito, dinero y documentación, teléfono móvil y algunas cosas más de menor importancia. La estancia iba a ser corta y ellos habían ido para disfrutar de una aventura sin planear, pensaban en emborracharse y divertirse sin censura. Los planes no programados, comenzaron a torcerse cuando perdieron el primer embarque en puerto, por llegar (gracias a un inesperado atasco de tráfico) a diez minutos de zarpar el buque. Querían hacer ese viaje a toda costa y compraron nuevos billetes para esa tarde.


    Una vez en el navío, todo comenzó a fluir de manera muy natural y espontánea. Se sentaron en el bar a tomar cerveza y unos bocadillos. La primera ronda de cervezas las pagó Moisés; extrajo de su bolsillo trasero del pantalón, unas monedas con las que pagar. Al sacar la calderilla, la tela interna del bolsillo se mezcló con sus dedos y un céntimo cayó al suelo. Moisés se dio cuenta de que esa insignificante y poco valorada pieza metálica, rodó por el suelo entre sus pies; no le dio la más mínima importancia y dejó la pequeña monedilla a su suerte en el

miércoles, 31 de julio de 2013

Ese bicho de cuernos

Me llamo Carl. Estoy en Pamplona de vacaciones, con motivo de la festividad de San Fermín.


    La verdad, no sé muy bien de qué tratan estas celebraciones. Sólo sé que mis amigos hablan constantemente de unos bichos con cuernos de enorme tamaño. No sé por qué un simple animal da tanto que hablar.


    Estamos en una de las calles en donde se reúne una gran cantidad de gente. No he parado de beber cerveza y mis sentidos están bastante bloqueados. Me invade una sensación de alegría y confianza. Quiero lanzarme al medio de la calle cantando a gritos canciones pegadizas; lo hago. De repente mis amigos gritan, todo el mundo se alborota. A mí me da igual, sigo con mis andadas alcohólicas. Los gritos cada vez son más estridentes, lo cual, distrae mi atención hacia ellos. Mis ojos se abren de par en par al ver una avalancha humana que se dirige hacia mí, la mayoría con caras de pánico. No entiendo que pasa pero huyo. De entre la multitud aparece uno de esos bichos. —¡Toro! —se oye—. Me va a coger. Uno de esos cuernos roza mi espalda lanzándome despedido y más nada puedo hacer. Despierto en un hospital al amanecer.