Moisés y Robert,
amigos de varios años, viajaron a una isla paradisiaca con motivo de una
celebración pendiente que tenían, por haber podido acceder al trabajo por el
que suspiraban los dos. Se trasladaron sin demasiado equipaje, sólo una mochila
cada uno, donde llevaban: una toalla, una muda de ropa, cepillo y pasta de
dientes, la cartera llena de tarjetas de crédito, dinero y documentación,
teléfono móvil y algunas cosas más de menor importancia. La estancia iba a ser
corta y ellos habían ido para disfrutar de una aventura sin planear, pensaban
en emborracharse y divertirse sin censura. Los planes no programados,
comenzaron a torcerse cuando perdieron el primer embarque en puerto, por llegar
(gracias a un inesperado atasco de tráfico) a diez minutos de zarpar el buque.
Querían hacer ese viaje a toda costa y compraron nuevos billetes para esa
tarde.
Una vez en el navío, todo comenzó a
fluir de manera muy natural y espontánea. Se sentaron en el bar a tomar cerveza
y unos bocadillos. La primera ronda de cervezas las pagó Moisés; extrajo de su
bolsillo trasero del pantalón, unas monedas con las que pagar. Al sacar la
calderilla, la tela interna del bolsillo se mezcló con sus dedos y un céntimo
cayó al suelo. Moisés se dio cuenta de que esa insignificante y poco valorada
pieza metálica, rodó por el suelo entre sus pies; no le dio la más mínima
importancia y dejó la pequeña monedilla a su suerte en el