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domingo, 29 de diciembre de 2013

Perfume. Capítulo 24

El beso dura varios segundos. Sus manos han ido repasando mi cuerpo, una por delante y otra por detrás. Me aprieta una nalga, desliza sus labios por mi mejilla izquierda, llegando a mi cuello, lo explora en todas sus partes. Noto el calor de su aliento rodando por mi nuca, apenas me toca., Ssu mano masajea mi cabeza por detrás, cierro los ojos de placer. Me gusta que tome la iniciativa, pero es la mujer que me ha gustado más en años y debo intentar sorprenderla. Abro los ojos, agarro su pelo delicadamente y tiro de él; su cara se queda mirando hacia el techo, su cuello se esculpe delante de mí, tentador, esbelto, pidiendo a gritos ser lamido, lo hago, lentamente, con delicadeza., Ssu mano aprieta mi nuca, sigue masajeando esa zona. Sin parar, le quito el abrigo, ella hace ademán para que me sea más fácil hacerlo. El abrigo cae al suelo, detrás de sus pies. Me separo, la miro, sonrío. Me devuelve la sonrisa, acaricia mi cara, después mi pelo, por el costado. Intenta tomar la iniciativa de nuevo, me besa, apretándose contra mí. Los dos peleamos por dominar al otro, la compenetración es perfecta. Besa mejor de lo que podía imaginar. Hace un gesto de quitarme la americana, la ayudo; cae al suelo, como su abrigo. Lea cojo en brazos,, pasa su brazo por detrás de mi cuellose agarra con su brazo a mi cuello., Nno deja de beesarme mientras la llevo hacia la habitación. Abro la puerta de una patada, entro de costado, con ella en brazos. La dejo caer en la cama despacio, ella se acomoda, frota sus piernas y estira sus brazos a lo largo de la cama, por encima de su cabeza. Me tumbo a su lado, de costado, apoyando la cabeza en mi mano. Me quedo observándola un instante, paso mi dedo índice por su mejilla derecha, después por su labio inferior, tan carnoso y suave, que mi dedo parece papel de lija en comparación. Ella se incorpora un poco, apoyando sus codos en la cama, por detrás de su espalda, su melena castaña baila con su movimiento de cuello, a un lado y a otro. Me mira a los ojos, no hay palabras que decir, salta a la vista que los dos disfrutamos con sólo mirarnos. Acerco mi cara lentamente, rozo mis labios con los suyos, entreabiertos. Mis ojos se han cerrado automáticamente. Sabe mejor que huele, y eso, son palabras mayores. Deslizo mi mano derecha por su cintura, siento miedo de correr demasiado, ella se encarga de quitármelo, guiando mi mano hacia sus pechos;. <<Dios, que delantera más preciosa>>, pienso, mientras disfruto de su tacto suave, hundiendo mis dedos en unoa de ellos. Beso su cuello, bajando por su pecho, aparto su jersey intentando descubrir esos senospechos, que parecen perfectos, como toda ella. Se levanta, quedándose sentada en la cama, se quita el jersey y se tumba de nuevo, agarrándome por el cuello y guiándome hacia ella, hacia su boca;, nos besamos, es un beso más apasionado., Mmi mano acaricia su cuerpo, voy directo a sus pechos con mis labios, noto sus pezones debajo del sostén, son pequeños, están duros, formando una pequeña montaña en su ropa interior; los descubro y los masajeo con mis labios y mi lengua, se erizan más, su piel se tersa alrededor, se torna de pollo, eso me hace saber que está sintiendo escalofríos, es una buena señal. Sigo entretenido con sus pechos, llevo mi mano por detrás de sus muslos, la aprieto hacia mí, ella se estira y se contonea, sube su mentón, siente el placer. Pasa su pierna izquierda por encima de mi cadera derecha, me aprieta hacia ella, busca mis partes con su entrepierna, se mueve, tratando de rozarse. Me agarra la cara con sus dos manos, me lanza hacia atrás y se posa encima de mí, con las piernas abiertas. Sin parar de bailar encima, se quita el sostén; sus pechos asoman como dos manzanas brillantes y en su punto, con sus dos palitos alzados. Los miro y me pongo a dar gracias por tener la suerte, de estar en la cama con una mujer tan perfecta. Se agacha sobre mí, me besa en la cara, me lame el cuello mientras desabrocha los botones de mi camisa. Me incorporo y termino de quitármela. Me empuja y caigo de nuevo en la cama; me dejo. Repasa mi cuerpo con sus labios y su lengua, sin dar tregua. Llega al pantalón, demuestra una gran habilidad con el cinturón, deshaciendo su atadura y sacándolo suavemente, lo alza en una mano, enseñándomelo.


—Sube tus manos, —me dice.


Hago caso, quiere atarme, o eso parece, me encanta. Pasea sus pechos por delante de mi cara, momento que aprovecho para besarlos cariñosamente., Mme ata las dos manos arriba con el cinturón., Vvuelve abajo, pasando sus manos por mis brazos y mi cuerpo, las deja posadas en mi pecho mientras desabrocha mi pantalón con su boca. <<Es una salvaje>>, pienso, me gusta. Baja, me quita los zapatos y se deshace de mi pantalón y mi calzoncillo en menos de diez segundos. Pronto se encuentra jugando con mi pene, lo toma como un Chupa Chups de gran tamaño, lo acaricia con las dos manos, le pasa los labios por todas sus zonas, enseñando la lengua en ocasiones. Mi glande da espasmos de placer. Su cabeza se mueve en mis bajos, noto el calor de su boca cubriendo mi miembro, mis piernas se mueven, lo hace demasiado bien, es increíble. <<¿Será tan perfecta en todo?>> Me pregunto mientras cierro los ojos.  Noto su calor hasta los testículos, Lla tiene bien adentro, se queda ahí unos segundos y luego sube, paseando su lengua por mi cuerpo, ahora es mi piel la que se está erizando. Se alza sobre mí, se quita los tacones de dos zarpazos rápidos y se pone de pie en la cama, desabrochándose los pantalones. La miro, parece una gigante, perfecta, sus senos caen lo justo, su melena cubre su cara y parte de su pecho. Se deja caer de golpe, sentándose a mi lado, se termina de quitar todo, pantalones y ropa interior. Me mira, sonríe sensualmente y coloca su entrepierna en mi cara, dándome la espalda, huele como toda ella, está depilada a la perfección. No dudo un instante y comienzo a buscar sus labios exteriores, ella se encarga de regalármelos con movimientos de vaivén, se frota con mi boca mientras masajea mi pene y le da besos húmedos. Está gimiendo, le gusta lo que hago con sus partes, su fluido vaginal resbala a borbotones por mi cara, el calor ha aumentado en toda la habitación. Sólo se escuchan sus jadeos, cada vez van a más. Separa su entrepierna de mi cara y la dirige hacia mis partes, agarra mi miembro y lo introduce, noto como aprieta con sus músculos vaginales. Comienza a moverse como una diosa del baile del vientre. Veo su espalda y sus nalgas delante de mí, me dejo, quiero ser su esclavo, que me domine, lo hace tan bien que me estoy yendo, no aguantaré mucho más, parece mentira, pero no puedo controlarlo.


—¡Para, para! —Le digo. Le cuesta un poco, pero al final, obedece.


—¿Qué pasa? —me dice, girándose y moviendo un poco sus caderas.


—¿Preservativo?


—No hace falta, tomo la píldora.


—Ah… genial. Puedes continuar entonces.


Gira la vista y continúa con sus meneos, ese pequeño parón ha dado un poco de tregua a mi aguante, pero sigue moviéndose de esa manera inhumana, que hace que termine en menos de cinco minutos. Ella también ha tenido un orgasmo, al mismo tiempo. Se queda moviéndose lentamente. Sin salir de mí,, ggira todo su cuerpo, haciendo un extraño malabarismo y se tumba sobre mí, me da un beso en el cuello. Apoya su cara en mi pecho, su respiración es profunda y su aliento da de lleno en mi cara, con ese aroma suyo infernal, mezclado con el aroma natural de su cuerpo candente después de tener sexo, una delicia para mí, que jamás imaginé que podría disfrutar.



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José Lorente.


domingo, 24 de noviembre de 2013

Perfume. Capítulo 19

Respondo a la llamada.


—Hola, ¿ya estás aquí?


—Sí, ¿dónde estás exactamente?


—Estoy sentado en el muro de la parada del metro.


—Ah, pues voy a salir justo por ahí.


—Vale, aquí te espero.


—Bien, ciao.


—Hasta ahora.


Guardo el móvil y me pongo de pie, delante de las escaleras que salen del metro. Una notable brisa sale del interior golpeando mi cara. La gente comienza a aparecer, mi olfato detecta el dulce aroma de mujer, ese que me llevó a fijarme en ella por primera vez. Sara aparece, es como si alrededor de ella brillara un halo de luz, la gente que camina a su lado parece desaparecer, sólo está ella. Lleva unos vaqueros de pitillo color azul claro, rotos y desgastados, unos tacones negros y un abrigo inglés color crema hasta las rodillas; el pelo suelto le cubre los hombros y el pecho parcialmente; un bolso negro y grande cuelga de su brazo medio flexionado. No puedo dejar de mirarla. Levanta la cabeza antes de comenzar a subir las escaleras, me ve, sonríe  y con una mano se toca el pelo. <<Qué bella es>>, me digo. Llega hasta mí, su aroma envuelve mi ser completamente mientras nos saludamos, besándonos las mejillas. Sonreímos como dos adolescentes que tienen su primera cita.


—Bueno, aquí me tienes, —dice ella, tocándose la melena con gesto elegante.


—Sí, me apetecía mucho poder verte y hablar tranquilamente.


—Eso está bien. ¿Vamos?


—Sí, necesito un vaquero, una camisa blanca, un cinturón de vestir y un abrigo. Siempre está bien la opinión de una mujer.


—Sí, claro, yo te asesoro. Yo necesito, tacones, medias, faldas, abrigo, vaqueros, gafas, pulseras, pendientes y algún perfume. No tengo de nada.


—Anda ya. Seguro que tienes el armario, que no te cabe nada más.


—La verdad es que sí, pero no me gusta demasiado lo que tengo. Necesito renovar ya.


—Que enfermedad tenéis las mujeres con la moda, Dios.


—Y los hombres con el sexo y no te digo nada, ¿o prefieres que te diga?


—No, no, tranquila, está bien así. Necesitas mucha ropa, mucha. Toda la que puedas comprar. Es más, me han dicho que los tráiler que llegaron ayer, son todos para ti, —digo con cara de pillo.


—Qué tonto estás, —contesta riéndose.


—Sí, estoy todo lo tonto que tú quieras que esté. ¿Vamos o nos quedamos aquí? A mí no me importa.


—Vamos, vamos, Valentín, picarón.


Vamos a la tienda de ropa en la que suelo comprar casi todas mis prendas. Encuentro todo lo que buscaba, ha sido fácil elegir teniendo la cartera llena. Ahora vamos a por sus compras. En este momento, un hombre debe saber armarse de paciencia y saber estar, de lo contrario, la mujer a la que acompaña, puede convertirse en un arma de doble filo, dispuesta a rajarte la yugular si no colaboras.


Soy como una mula de carga, soporto el peso de varias bolsas, me llaman al móvil, para cogerlo tengo que hacer verdaderos malabarismos. Es mi mejor amigo, Héctor. Sara me mira y me echa una mano con las bolsas, para que pueda atender la llamada.


—Cógelo, anda, —me dice mientras me quita peso de las manos.


—Gracias, —contesto—. Dime, Héctor.


—¿Qué pasa, Max? ¿Qué haces? ¿Te apetece que vayamos a tomar unas cervecitas mañaneras, o qué?


—Pues… me encantaría. Pero no puedo, estoy en el centro con una amiga, de compras. Si quieres, esta tarde te digo algo.


—¿Qué amiga? ¿Desde cuándo vas tú de compras con amigas? Eso es nuevo. ¿Quién es? No será esa del metro, ¿no?


—Luego hablamos, mejor. Ahora estoy un tanto ocupado, o mejor dicho, cargado.


—Bueno, venga. Esta tarde te llamo de nuevo. Hablamos.


—Vale, hasta luego, Héctor, gracias. Un abrazo.


—Adiós.


Sara me mira sonriendo, mientras agarra en sus manos una nueva falda que llevarse al probador. Parece que ha estado atenta a la conversación.


—¿Sabes? Siempre es bueno tener amigos, y si son de los que te llaman para tomar cervezas un sábado por la mañana, mucho mejor.


—Sí, estoy de acuerdo. Lamentablemente, de esos hay muy pocos. Conforme van pasando los años, quedan menos. ¿Cuántas amigas de esas tienes tú? Apuesto a que no superas las cinco.


—Es verdad, yo diría que sólo tengo dos. ¿Y tú?


—Yo tengo tres, el que ha llamado, es uno de ellos.


—Pues qué bien. Eso quiere decir que eres un chico sociable, me gusta.


—Claro, me encanta estar con amigos. Tomar unas cervezas y reír. Para mí, es un poco la esencia de la vida.


—No puedo estar más de acuerdo.


—Oye. ¿Te apetece que comamos juntos?


—Sí, ¿por qué no iba a apetecerme?


—No sé, yo sólo pregunto.


—Muy bien, eres educado, ¿eh? ¿Dónde te apetece comer?


—Bueno, viendo el día tan soleado que ha salido, apetece comer en alguna terraza. ¿Te parece?


—Eso es perfecto, estaba pensando lo mismo.


—Vale, conozco un sitio que te encantará.


—Seguro que sí.


Visitamos varias tiendas más y llega la hora de comer. Mi estómago pide a gritos algo sólido y consistente que llevarme a la boca. Hace rato que estoy pensando en la comida, en el sitio ese que me encanta. No está muy lejos, podemos ir andando.


Llegamos al lugar, cargados con bolsas, algo cansados, con hambre y sedientos. Es un restaurante en una de las calles céntricas de la ciudad. Sus mesas y sillas de mimbre blanco brillan al sol, cubiertas por sombrillas enormes de color blanco también. En cada mesa, hay una vela de diferente diseño; unas planas y negras; otras altas y grises; otras doradas y ovaladas, y así, varios modelos y colores. Los camareros visten traje negro con delantal del mismo color y pajarita blanca. Nos sentamos en una de las mesas libres, una que recibe una cantidad considerable de sol, hace frío y se agradece. Llega el camarero, nos trae la carta y nos pregunta qué queremos beber.


—¿Te gusta el vino? —Le pregunto a Sara.


—Me encanta el vino.


—Vale, ¿te importa que elija yo?


—Para nada. Por favor, escoge. Yo no entiendo mucho, tú sí, ¿verdad?


—Bueno, algo entiendo, sí, —contesto, guiando mi atención hacia el camarero. Tomaremos un Beronia, reserva de 2006.


—De acuerdo, señores. Ahora les tomo nota de la comida. Les sugiero nuestra especialidad en tapas: cangrejo de río adiamantado, con salsa de ostras.


—¿Eso qué es? —Pregunta Sara.


—No te preocupes, ahora lo verás. Pónganos una de cangrejos, mientras decidimos los platos principales, —le digo al camarero.


—Muy bien, —contesta éste, retirándose a cocina.


—Max. ¿Te puedo hacer una pregunta?


—Sí, claro. Dime.


—¿Crees que podríamos pasar el fin de semana juntos?


—¿Cómo?


—No hagas que esto sea más difícil para mí. Ya me has oído. ¿Te gustaría?


—Claro que me gustaría pero, ¿no es un poco precipitado? ¿No sois vosotras las que siempre decís, que os gusta esperar un poco antes de pasar una noche juntos?


—Sí, Valentín, eso es lo normal pero, yo no soy una chica normal, ¿o es que no te has dado cuenta ya?


—Bueno, diciéndome estas cosas, puedo llegar a esa conclusión, sí. Hacemos una cosa. Vamos a dejar que las cosas vayan por su camino. De momento, estoy de acuerdo en compartir mi fin de semana contigo. Supongo que seguiré igual. Ahora, ¿te puedo hacer yo otra pregunta a ti?


—Sí, por supuesto.


—¿Qué hacías ayer por la tarde, a eso de las ocho y media?


—¿Por qué preguntas eso?


—Por curiosidad. ¿Puedes responderme?


—Sí, claro que puedo. Estaba en…



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