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miércoles, 30 de abril de 2014

La pastilla

Aquella noche me encontraba solo, sentado en mi coche, de cara al mar, con la única compañía de una luna llena brillante y una muñeca inflable barata en el asiento de al lado.


El mar sonaba, incansable, en su hermosa sinfonía del romper de olas. En la radio de mi mente, músicos locos que tocaban melodías reticentes y desconcertantes. Hacía días que no me encontraba bien. Estaba sumido en una depresión; la depresión por haber perdido a la mujer de mi vida. Ya no escuchaba su voz en la mañana, ya no veía su risa las tardes de domingo, ya no besaba sus labios ni tocaba su pelo. Todo era un efímero recuerdo, vano y escandaloso, que provocaba desprendimientos mentales en mi cerebro. Ya no había sexo, debía conformarme con los fríos y poco placenteros, orificios de aquella muñeca inerte que me acompañaba. Esa noche estaba dispuesto a ahondar en ella, a contarle todos mis secretos. Ya sé, es triste, pero créanme, cuando lo has perdido todo, puede resultar necesario, hasta imprescindible, hablar con alguien, incluso aunque ese alguien sea de polietileno color