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miércoles, 26 de marzo de 2014

Carta de un admirador virtual

Y entonces te vi, comprobé que no eras esa chica extraña con la que había cruzado cuatro vagas frases mediante la mensajería de una red social. Tu imagen me transmitió cosas que ni siquiera yo puedo entender. En ese momento no tenía la certeza de que esa imagen de ti fuera la que en realidad es, tenía cierta incertidumbre por no saber quién eras realmente, por otro lado, si esa de la foto eras tú, el cielo me quería regalar tu sonrisa cada cierto tiempo en forma de imágenes de ti.


    El tiempo puso las cosas en su lugar, poco a poco, esa incertidumbre fue dando paso a una certeza cargada de dulzura, de miradas profundas, serenas y llanas. A esas alturas ya no cabía duda de que eras esa mujer que era capaz de despertar cosas en mi interior, sensaciones que muy pocas han logrado, aun estando distante y sin tú saberlo, lograste trasladarme a tus pies. Eso es algo que yo nunca entenderé, pero es que los sentimientos son tan caprichosos y misteriosos, que si los entendiéramos perderían todo su encanto, no sería lo mismo si pudiéramos decidir qué personas serán especiales en la vida. Todo es un ir y venir de circunstancias, de causalidades inquietantes y no casualidades, que te llevan a conocer personas sin apenas explicación. Y tú eres eso, una persona que conozco exiguamente, pero con la que tengo la impresión de haber compartido media vida, escuchando tus risas y penas, sólo leyendo tu mirada. No sé nada y sin embargo lo sé todo. Estas palabras tenían que ser escritas para que tú las leas y te sientas tan especial como eres, tanto, que eres capaz de provocar sentimientos en personas con las que no has compartido más que varias publicaciones, que dejan entrever parte de tu vida

miércoles, 9 de octubre de 2013

La carta despedazada

Jueves, 5 de noviembre, 23:34 horas.




Ana llegó a su baño, deshizo su moño. Frente al espejo, una cara amarga con caminos de color negro que nacían de sus ojos, y un carmín rojo, arrastrándose desde sus labios hacia una de sus mejillas. Cogió la toallita desmaquilladora y frotó fuertemente, mientras las lágrimas, volvían a brotar sin poder llevarse con ellas más rímel, debido a la carencia del mismo, provocada por las múltiples lágrimas anteriores. Mientras se limpiaba, pensaba que no volvería a llorar por el motivo que le producía tristeza en ese momento: la ruptura con su pareja, después de 5 años de relación. —Ya son demasiadas veces, excesivas lágrimas derramadas. No volveré. Que me espere cuánto quiera; pero no volveré, —se repetía en su interior una y otra vez mientras frotaba su rostro con la esponja hasta enrojecerlo—. Esta vez se ha pasado. Dice que me quiere, que no ha querido ni se ha fijado en nadie más, que esa tal Julia, sólo es su amiga y compañera de piso. Miente, dice mentiras todo el tiempo. Que se pudra, que se pudran los dos. Desaparezco de su vida, —deliraba incansable en su