Me encontraba como
espectador entre el público de un programa de la televisión; uno de esos a los
que no puedes dejar de acudir, al menos una vez en la vida, por su forma de
transmitir cosas insólitas y difíciles de entender para cualquier tipo de mente
cerrada.
A mi lado estaba Maira, mi compañera de vida, o como
ustedes quieran llamarle; tan alegre como siempre, aplaudiendo al fulgurante
presentador, que apenas acababa de hacer aparición en escena. Mis aplausos eran
un tanto más apagados, lo cual no se notaba nada en el ambiente, porque en
general, todo el público estaba entusiasmado por ver a su ídolo en persona y no
a través de una ventana rectangular colgada en una de las paredes de su salón.
—Ahora es cuando dice lo de “buenas noches, mis
queridos amigos extraños”, —me advirtió Maira dando tres golpecitos con su codo
en mi antebrazo y mostrando su señalada sonrisa. A lo que contesté:
—Sí, querida; veo este programa todos los viernes
contigo en el sofá, —sin mirarla y dejando de aplaudir, esperando que me
sorprendieran en esta noche, como otras tantas habían conseguido en sus
interesantes debates de lo