miércoles, 13 de noviembre de 2013

Aves por relojes



No era, sino un fragmento helado, dando pasos errantes en la nieve. El sol corría bajo en el horizonte, incapaz de calentar aquel dolorido cuerpo. Un paso algo más pesado que el anterior, provocó que el hielo se resquebrajase bajo sus pies, cayendo vertiginosamente y chocando contra las paredes; un accidente que le dejó inconsciente del todo.


Al abrir los ojos

domingo, 10 de noviembre de 2013

Perfume. Capítulo 17

—¿Qué pasa? ¿A qué viene tanta prisa por salir? —Pregunta Sandra, terminando de ponerse la chaqueta, detrás de mí, siguiéndome el paso.


Pienso en contarle que he visto a Sara, pero eso supondría hacerle saber que, otra vez, una chica por la que siento algo, me engaña. <<No, evade la información, será mejor. Haz como si tuvieras prisa por llegar a su casa, eso le gustará>>, me comenta la voz interna.


—No, querida. Es sólo que… tengo ganas de que lleguemos a tu casa, —le digo agarrándola por la parte baja de su espalda y dándole un pequeño empujón hacia mí, momento que aprovecha para agarrarme del cuello de la camisa y besarme con descaro y sensualidad, adentrando su lengua en mi boca y peleando con la mía, que tampoco se está quieta.


—Mmm… esa respuesta me gusta, igual que me ha gustado este beso. Veo que tus dudas se han aclarado, ¿no? —me dice lentamente, mirándome con gran deseo y complicidad.


—Sí, cariño. He cambiado de opinión. Ahí dentro, lograste convencerme. Tengo ganas de ti, no lo puedo evitar.


—Eso quería escuchar. Venga, vámonos.


Me da otro beso apasionado y al separarse se le tuerce un tacón, provocando una caída tonta, que guarda relación directa con el alcohol. Se queda en el suelo tirada y riéndose a carcajadas de sí misma.


—Qué mareo llevo, tío. Creo que no estoy del todo bien para conducir esta vez, —dice, entre risas.


Río y le tiendo mi mano para ayudarla a levantarse.


—Venga, arriba, —le digo con una mueca de esfuerzo.


No es que me cueste levantarla pero, si tenemos en cuenta, que llevo en el cuerpo una botella de vino y tres gin tonics, la cosa cambia. También me encuentro bastante borracho, pero yo sí puedo conducir.


—No te preocupes, yo llevo el coche hasta tu casa, está cerca. Iremos despacio.


—Me parece bien, —responde, acercándose y agarrándome de nuevo la camisa para darme dos lametones en la mejilla y un húmedo beso, que indican sexo a raudales.


Llegamos a su casa; un precioso loft en la zona de Rascaña. La temperatura del hogar se nota nada más entrar; es cálida, parece que tiene la calefacción programada y un ligero aroma a cítricos se deja percibir en el aire. El ventanal está cubierto por un panel japonés blanco. La cocina de color granate brillo integrada en el salón cuenta con una isleta central en donde se ubica la vitro cerámica. Un sofá de cuero negro semicircular, decora y da acomodo en el salón. Los muebles son de estilo vanguardista. Se nota que esta chica tiene un gusto y estilo inigualables. Una única puerta da acceso al dormitorio con baño.


Sandra se deshace de sus tacones, lanzándolos por los aires sin tocarlos con la mano; uno de ellos golpea en la lámpara de pie que abriga al sofá.


—¡Mierda! Casi me la cargo, —dice, mirándome y riéndose.


—Menos mal que he traído yo el coche, si no…


—Si no, ¿qué?, —interrumpe con gesto chulesco, a la vez que sensual.


—Si no, podríamos haber acabado como tu querida lámpara, atacados por un tacón gigante, o vete tú a saber, —bromeo sin sentido y ella me ríe la gracia como si en su vida le hubieran contado un chiste.


—¿Qué quieres tomar? Tengo cerveza, vino, ginebra.


—Creo que voy a beber agua. Ya está bien por hoy.


—Sí, supongo que ya vamos bien.


Se quita el bolso y se va directa a la habitación.


—Ponte cómodo. Enseguida salgo, —me dice, mientras anda dándome la espalda.


—De acuerdo, —contesto.


No es la primera vez que estoy aquí. Agarro el mando de la televisión y pongo las noticias, por poner algo.


—¡Déjate de rollos televisivos y pon algo de música, hombre! —Se oye la voz de Sandra salir desde la habitación.


Pienso que es buena idea, apago la televisión y cambio de mando a distancia. Enchufo la cadena musical, en pocos segundos comienza a sonar una música bonita, agradable. No la conozco, pero parece algo de soul, cantado por una mujer, posiblemente negra.


—¿Quién es? —Digo en voz alta.


—¿Quién es, quién? —Responde, a lo lejos.


—La que canta. ¿Quién va a ser?


—Ah, pensé que decías la del cuadro. La que canta es Angie Stone, ¿te gusta? ¿No la conoces?


—No, no la conocía. Me gusta. —Contesto, volcando mis ojos sobre el cuadro que no había visto. Es nuevo, la última vez que estuve aquí, no estaba. Es un retrato en blanco y negro, pintado a mano, de una mujer con un cigarro en la mano y con aspecto antiguo, al estilo de las famosas fotos de Audrey Hepburn. Queda genial con el decorado. Me gusta el estilo.


Sandra sale de la habitación cuando la tercera canción comienza sonar. Yo me he servido un vaso de agua y estoy recostado, disfrutando de la buena música. Lleva una camiseta larga, blanca, holgada, con cuello ancho, que deja ver uno de sus hombros. A la altura del pecho y vientre, se dibuja la cara de una chica considerablemente hermosa, moderna y coronada por una frase, que leo entre sus dos bultos tambaleantes, que se mueven libres, al no tener sujeción: “The good is life”, en letras modernas, acordes con el dibujo.


—Ahora te vas a enterar, querido, —me dice mientras se acerca, mirándome fijamente.


Reincorporo mi cuerpo para recibirla en el sofá, llega y me da un empujón, para volver a dejarme recostado y posarse encima de mí, con sus piernas abiertas por fuera de las mías. Comienza a desabrocharme los botones de la camisa mientras besa mi cuello lenta y sensualmente, acompañando con su lengua cálida y húmeda. Un escalofrío se genera en cada beso que me da, recorriendo mi cuerpo hasta llegar a todas mis zonas erógenas; mi erección es insalvable y ella lo nota entre sus piernas, comenzando a mover suavemente sus caderas, tratando de rozar sus partes íntimas con las mías. La tensión va subiendo, respondo agarrándola del cuello con una mano, y con la otra, apretándole fuertemente una de sus nalgas. La pasión se desata, mi camisa ha salido volando por los aires, lanzada por Sandra, que guía la mano que tengo en su cuello hasta uno de sus pechos, presionando y dejándola ahí, para que la masajee; lo hago, me gusta; me gustan sus pechos, tienen un tamaño perfecto y un tacto excelente. Se separa de mí un momento para quitarse la camiseta. Observo atolondrado su maravilloso cuerpo de curvas despampanantes y tersa piel. Sus pezones están ahí, delante de mí, duros como piedras, esperando a ser lamidos, lentamente, en círculos, para después succionarlos con delicadeza. Lo hago mientras presiono la parte superior de su culo contra mí y me encanta. Ella, responde con más movimientos de cadera, perfectos y ardientes. Nuestras lenguas se entrecruzan, como si estuvieran librando una gran batalla. Siento el calor de su entrepierna en mis bajos. Se detiene, desciende, besando mi pecho y siguiendo hasta el borde del pantalón. Intenta desabrochar el cinturón, pero no lo entiende. Me mira, pidiendo ayuda, se la presto con una sonrisa en mi cara. Mientras me quito el pantalón, no puede dejar de besarme la oreja. Estoy muy caliente y ella también. <<Apuesto, que está fluyendo su líquido vaginal a borbotones. ¡Qué bueno!>> Pienso. Termino con el pantalón. Me besa el pene lentamente por todas sus zonas y juguetea con su lengua. Lo introduce en su boca, noto el calor y la humedad de la misma. Mi fogosidad se vuelve insaciable, no quiero esperar más. La agarro y la manejo hacia mí, volviendo a colocarla encima. Ella me la agarra y se la mete, sin vacilar. Entra suave por los fluidos de ambos, el placer es exuberante. Comienza sus movimientos de cadera, sin dejarme que menee ni un pelo. Su cara lo dice todo, supongo que la mía no se queda atrás. Gime fuerte y se deshace de placer. Me folla y me vuelve a follar, corriéndose cada dos o tres minutos; eso me pone más ardiente aún. Cuando lleva unos siete u ocho orgasmos, decido terminar y acompañarla en el último de ellos. Gritamos juntos, finalizamos al mismo tiempo, al compás; la canción que suena en ese momento también parece ir a nuestro ritmo, el momento se torna especial e increíble.


—Oh… Qué grande eres, cabrón, —dice, gimiendo y moviéndose levemente, conmigo dentro.


La miro y sonrío un segundo, para después poner cara de placer absoluto, por lo que siento ahí abajo, con cada suave movimiento.


—Me ha encantado, guapa, como siempre, —le digo, dándole besos en su hombro.


—Ya sabes lo que pienso yo, ¿no?


—Sí, no hace falta que hables. Disfruta.


La música se para y la magia que había, parece haberse esfumado de repente. Se despega de mí y se va corriendo al baño. Yo me quedo tirado en el sofá, con la vista entrecruzada, mirando a la nada.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Donde mueren las palabras

Es una importante reunión en la sala de conferencias de la empresa en la que Mario, alto ejecutivo de dicha empresa, trabaja desde hace más de 12 años.


    Están todas las personas con las que se reúne habitualmente para tratar los asuntos internos de la empresa; contratación de personal, ajuste de cuentas, nuevos proyectos, etcétera. Pero hoy, hay una cara nueva en la mesa. Es una joven de aspecto atractivo, cara dulce, fina, melena negra y ojos negros también. Nadie la ha presentado, Mario no sabe quién es pero no puede dejar de mirarla, comprobando que ella también le mira a él. Mario, incapaz de concentrarse en su trabajo por la grata presencia de la joven muchacha, comienza a menear su bolígrafo de un lado a otro de su mano, ella lo mira y hace lo propio con el suyo pero, con una leve sonrisa hacia él, coloca el boli en sus labios y lo muerde sutilmente, mientras con sus ojos apunta a Mario que, no puede dejar de mirarla. No están cercanos en la mesa pero parece que la atracción entre ambos es muy fuerte, tanto, que es el turno de Mario de exponer sus puntos del día y se ha quedado en blanco, provocando la sonrisa bastante más acentuada de la misteriosa y atractiva chica. Se sienta en su silla de nuevo, pidiendo disculpas por su momentánea falta de lucidez. La reunión termina y Mario se encara a su jefe para explicarle el porqué de su error y de paso preguntarle quién es esa chica:


    —Jefe, me he quedado en blanco

domingo, 3 de noviembre de 2013

Perfume. Capítulo 16

Siete mensajes de la guapa y dulce Sara, ni siquiera me he dado cuenta que han llegado. <<Qué borracho vas, el vino te ha cegado. Los mensajes han llegado a las cinco y cuarenta y tres y ahora son las cinco y cincuenta y ocho. Bueno, tampoco es demasiado tiempo. Contéstale ya>>, me digo, concentrado en la pantalla del móvil. Abro la aplicación rápidamente:




Sara Robledo


últ. vez hoy a las 17:51






No te olvides de tocar la


piedra siempre


ni de traerme un regalo en 


forma de


souvenir  08:46




Te mando muchos besos,


preciosa  8:47






Hola, señor Valentín 17:41




Decirte que la piedra que me has


regalado me encanta, me gustan esos


pequeños detalles en un hombre. La


llevaré siempre conmigo.


Te lo aseguro. 17:41




No te preocupes que te traeré algo,


quizá un amuleto de la suerte 17:42




Así estaremos en paz en cuanto a


regalos, te parece? 17:42




Un besazo enorme, delincuente 17:43




Ah, y la foto que tienes puesta


me encanta. Estás sexy. 17:43




Muaaaaks 17:43






Preciosaaa 17:59




No me había enterado de tus


mensajes 17:59




Eso, eso. Así me gusta, que


me tengas en cuenta  durante


tu viaje 18:00




A mí también me encanta tu


foto, me encantas tú


entera 18:00




Cuando vuelvas te veo,


no? 18:00




Pásalo genial, bombón 18:00




Muaaaaa 18:01






Guardo el móvil y la voz de Sandra vuelve a la escena.


—Oye. ¿Me estás escuchando? ¿Qué era eso tan importante que tenías que hacer con el móvil, que ni siquiera estabas haciéndome caso?


—Disculpa. ¿Qué decías?


—Da igual. Vamos a sentarnos.


—Sí. Me muero de sed.


—Yo también.


Nos acomodamos en los butacones. El músico acaba de terminar la canción y está diciendo unas palabras para presentar la siguiente.


—El tema que interpretaré a continuación, es muy especial para mí. Es un pequeño tributo a uno de mis músicos referentes:


>>La vie en rose, de Louis Armstrong. Espero que la disfruten y la sientan tanto como yo. Gracias, —dice el músico.


—Anda, qué casualidad. Justamente esa canción. Veníamos escuchándola y ahora la tenemos aquí, en directo, —me dice Sandra, con gran expresión de alegría en su rostro.


—Sí, cierto. Por eso es mágico este local. Siempre hay algo que te sorprende, —contesto con media cabeza puesta en Sara al haber recibido sus mensajes y pendiente de si el móvil vuelve a vibrar.


—Qué lugar tan bueno éste, —agrega ella, moviendo su pierna al compás de la canción que empieza a sonar.


Se acerca otro camarero, también negro, y vestido como el anterior.


—¿Qué desean los señores? —Pregunta.


—Yo tomaré un gin tonic de Bombay Sapphire, —dice Sandra.


—Yo otro, pero con Hendrick´s.


—Muy bien, señores. ¿Alguna cosa más? ¿Algo para picar?


—¿Tú quieres algo, Sandra?


—No, todavía voy hinchada de la comida.


—De acuerdo. Es todo, muchas gracias, —le digo al camarero, que hace un gesto de asentimiento y se retira a servir el pedido.


—No podemos hacer nada hoy. Sandra, no creas que no me apetece pero, sería ir en contra de mis principios si después de conocer a Sara, con todo lo que siento por ella, me acostara contigo.


—¿Cómo? Pero, bueno. ¿Qué mosca te ha picado con esa tía? Si no es nada tuyo, sólo es una desconocida que te ha dado su número, nada más.


—Sí, una desconocida que, sabes perfectamente todo lo que ha despertado en mi interior siendo eso, una desconocida. De sobra sabes lo difícil que es, que una mujer, me haga sentir estas cosas y más sin conocerla de nada. Ya te he dicho que no me gustaría cagarla con ella ni hacerle daño ni nada de nada, ¿entiendes?


—Sí, entiendo. Pero también entiendo, que si te acuestas conmigo hoy, no va a pasar nada, porque ella no está implicada en tu vida, todavía. Quizá más adelante lo esté, pero ahora no. No la traicionarías ni le estarías haciendo daño, porque no es nada tuyo, ¿entiendes eso tú? Y te lo digo desde la perspectiva de una mujer, ¿eh?




—Sí, seguramente tienes razón pero, no me gusta actuar contrariamente a mis instintos. Mi conciencia me dice que no haga nada contigo hoy, no sé. Quizá debería tomarme menos en serio esas cosas.


—Pues claro, tonto. Pareces otra persona desde que has estado trasteando el móvil. Era ella, ¿verdad? ¿Te ha contestado? No pienso entrometerme entre ella y tú pero, acuérdate lo que me has dicho antes en el coche, sobre dejarnos llevar. ¿Crees que puedes seguir esa regla todavía? —Se abalanza sobre mí, tentando mi debilidad masculina.


—Mujer, viéndote así, tan de cerca, pues… bueno… veremos que sucede, —contesto, dejándome querer.


—Ese es mi Maxi. Luego no dirás lo mismo, estoy segura. Mañana será otro día. Quizá yo tampoco quiera o pueda volver a acostarme contigo. También está Carlos por ahí, ¿recuerdas? Según lo que dices tú, yo tampoco debería tener nada contigo hoy, ¿no? Tonterías, todavía somos libres, como siempre. No seas tonto y disfruta.


—Es verdad. Suena muy convincente lo que dices, cualquiera se resiste a tus razonamientos, y a tu belleza. Si es que…


—Claro, bobo. Disfrutemos del momento. Ya vendrá lo que tenga que venir.


—Sí.


Me centro en la música y trato de sacar a Sara de mi mente. El camarero nos sirve las copas y deleitamos nuestro paladar con tan apetecibles bebidas.


Dos copas más tarde, llega el momento de irnos. Hemos disfrutado de la actuación del músico que, ahora sé que se llama, Charles Owen, quiero seguirle después, seguir su carrera musical. Sus canciones me han llegado muy adentro. Sandra también ha quedado impresionada por ese hombre negro, que parecía fundirse con su saxofón y que tenía una voz ronca y carismática. Ella no deja que pague ni una copa siquiera y yo acepto a regañadientes. Aunque yo le haya invitado a comer, no me gusta mucho que me pague todas las copas; nos son baratas precisamente.


Caminamos hasta la puerta de la entrada, donde está el recepcionista con nuestras americanas en la mano, aguardando que las recojamos. Mientras me la pongo observo el local, la gente que hay en las mesas; está lleno y entre la multitud parece que veo la melena de Sara. Me quedo congelado ante la posibilidad de tenerla tan cerca. <<No puede ser ella, debería estar en su clase de pilates, o de danza, o en el gimnasio>>, me digo, confuso. Miro la hora; son las ocho y treinta y cinco de la tarde. <<Sí, a estas horas debe estar en alguno de esos sitios. pero>>… continúo deliberando. La supuesta Sara gira un poco su cabeza, permitiéndome ver su cara y sí, es ella, sin duda lo es y está con otro chico. <<¿Ha mentido? ¿Por qué está aquí?>> Me pregunto. No lo sé, tampoco quiero comprobarlo, está con otro tío y ahora nada me cuadra. Saco el móvil para ver si ha contestado a mis mensajes, no hay mensajes nuevos. Abro el chat y compruebo que no se ha conectado. Agarro a Sandra del brazo y provoco que salgamos rápidamente. Visto lo visto, voy a acostarme con ella, sí o sí.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.