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domingo, 26 de enero de 2014

Perfume. Capítulo 28

Llegamos a mi barrio, el paseo de la Petxina está desierto, son las dos y media de la madrugada. Mi cabeza ya no puede más, las imágenes del accidente y los trozos de Héctor me han dificultado un trayecto que en teoría era algo sencillo. Sara no ha vuelto a abrir la boca, parece que ha entendido mi frustración en este momento, y doy gracias por ello. Sólo me faltaba que una tía a la que apenas conozco, me estuviera martilleando la cabeza con sus conjeturas de celos infundados.


Subimos en el ascensor, en este momento, ella me mira de cerca, me abraza; es un abrazo de comprensión, así lo percibo. La verdad es que, me viene bien que ella esté aquí y me esté tratando de esta forma. Hace que me sienta querido y no solitario, a veces la soledad me acecha desde lugares que nunca me espero.


—Venga, cielo. Te daré un masaje para que te relajes del todo, —me dice mientras salimos del ascensor.


—Te lo agradezco, me vendrá bien, —contesto, palpando mis sienes con mi pulgar y dedo corazón, mientras busco las llaves en el bolsillo del pantalón.


—Claro que sí, para eso estoy aquí, para cuidarte, —añade, agarrando mis hombros por detrás del cuello y apretando levemente.


Doy un pequeño gemido de placer mientras abro la puerta. Enseguida me doy cuenta de que alguien ha estado en mi casa, faltan varios cuadros, y la moqueta ha desparecido. Han entrado a robar. Las llaves se precipitan de mi mano al suelo, me quedo petrificado y mi grave situación emocional termina de desmoronarse del todo. Caigo al suelo de rodillas, derrumbado y harto de este día para olvidar.


—Valentín, cariño. No te preocupes, tendrás un buen seguro, ¿no? —Dice ella, adelantándose y comprobando el posible desastre—. En el salón no falta nada, o eso parece, será mejor que vengas a comprobarlo, —dice Sara en voz alta, desde el salón.


Termino de lamentarme cuando un extraño sentimiento recorre mi cabeza y mi cuerpo. De repente, noto como una fuerza me empuja hacia delante, levantándome y yendo a comprobar todo lo que me han robado. Parece que ha sido un ladrón de arte, se han llevado casi todas mis obras, hasta el cuadro Still Life with Old Shoe de Joan Miró que me regaló mi padre cuando me independicé.


—¡Mierda! ¡Mierda y más mierda! ¡¡¡Joder!!! —Ladro descontrolado, adentrando mis manos en mi cabello ya de por sí revuelto. Sara se acerca.


—Vamos a la policía. Quizá todavía los puedan pillar, —me dice.


—Uf, —resoplo, es mi única contestación.


Subo corriendo a la habitación, allí tengo mi caja fuerte, donde guardo dinero en efectivo y todas mis claves de seguridad financiera, por suerte, parece que no la han encontrado, no falta nada, ni siquiera el colgante de diamantes de mi abuela, eso me alivia bastante, pero los cuadros, eso es otra historia. El seguro me pagará todo, pero el valor que tenían esas obras para mí, no se puede pagar ni con todo el dinero de un banco. <<¿Cómo es que no ha sonado la alarma?>> Me pregunto, atolondrado. Enseguida me doy cuenta de que no la conecté antes de salir, debido a las prisas y el shock que llevaba en el cuerpo por la jodida noticia que me había dado Paula. Sara aparece por la puerta de la habitación, despacio, con el sigilo propio de un espía ruso.


—¿Vamos a la policía? ¿Falta algo más? —Me dice, acercándose como una gatita que busca caricias.


—Aquí no falta nada, —le digo, cerrando la caja y ocultándola otra vez en su sitio—. Voy a ver el resto de la casa.


—Vale. Esperemos que no falte nada más, ya es bastante pérdida lo de tus obras de arte.


La miro con expresión de rabia e impotencia, voy corriendo a las demás partes de la casa. Todo está en orden. Me acerco al teléfono y marco el número de emergencias, éstos a su vez, me pasan con el departamento de policía más cercano. Me comunican que debo ir a comisaría a poner la denuncia y después me acompañarán a la casa para comprobar lo que falta. Accedo a regañadientes, pensando que sería mejor que ellos vinieran aquí antes, para que vieran con sus ojos lo que me han robado; se lo explico. Me espetan que las cosas no funcionan así, que tienen un protocolo que seguir, que al ser un robo sin violencia no pueden venir primero. Normal que se les critique, me parece que su modo de actuar deja mucho que desear para cualquier improvisto que te pueda pasar, eso sí, a la hora de ponerte multas absurdas de aparcamiento, sí que actúan rápido, sí. Mi frustración va en aumento. Agarro a Sara y vamos camino de la comisaría. Antes de llegar al garaje, me detengo en la planta principal para preguntar al portero si ha visto algo sospechoso, salimos del ascensor y mi sorpresa no puede ser más grande. Nicolás no está en su puesto de trabajo habitual. Me acerco al mostrador. Al llegar, me doy cuenta de lo que ha pasado. Está en el suelo, amordazado, atado por completo e inconsciente. Salto el mostrador en un acto reflejo y le doy varios achuchones fuertes que hacen que despierte. Me mira y abre los ojos como si hubiese visto un fantasma, luego los cierra dos veces y pone expresión de calma. Le quito la mordaza de un plumazo.


—Max, gracias a Dios. Me han echado algo en los ojos, cuando he despertado, estaba así.


—¿Quiénes eran, Nicolás? ¿Los has visto?


—Sí, pero no podría reconocerles, llevaban pasamontañas. Iban vestidos de negro. Al verlos me he asustado, no me ha dado tiempo de llamar a la policía. No he podido hacer nada, Max, libérame de una vez.


—Tranquilo, Nicolás. Ya está, tranquilízate. ¡Sara, llama la policía de nuevo y diles que la situación ha cambiado, que ha sido un robo con violencia!


Ella está mirando desde el otro lado del mostrador, asustada. Saca su teléfono para llamar, entonces me pregunta:


—¿Dónde llamo? ¿A qué número? —sus manos tiemblan.


—Noventa y seis, tres, ocho, cinco… —salta Nicolás—. Lo conozco de memoria por si pasa algo, —aclara.


—Muy bien, Nicolás, muy bien, venga, ya falta menos para que estés libre, —felicito mientras termino de desatarle manos y pies.


—¿Policía? Acabamos de llamar, ha habido un atraco…


—Diles que ha habido violencia, ¡díselo! ¡Maldita sea! —Grito, desbocado—. Dame el teléfono, ¡joder!


Sara me lo pasa, sus ojos parecen temerme por los gritos que estoy dando, me doy cuenta de que la he asustado y le hago un gesto tranquilizante con la mano, Nicolás queda libre en el mismo momento en que he terminado de gritar, permitiéndome coger el teléfono.


—Oigan, acabo de hablar con la dirección general de policía. Me habían instado que fuese a denunciar, pero la situación ha cambiado. Acabo de encontrarme al portero amordazado y drogado por algún producto.


—De acuerdo, señor. Dígame la dirección y mandaremos a la patrulla más cercana, —se escucha al otro lado de la línea.


Se la digo y corto la llamada. Nicolás está cerca de Sara, los dos me miran, con caras de susto, como preguntándome lo que habían dicho. Comienzo a explicárselo, pero el ruido de una sirena cercana responde por mí, haciendo que me calle, les hago un gesto de prestar atención, indicándoles que esa sirena sería en respuesta a mi llamada y que vendrían hacia aquí.



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José Lorente.




domingo, 22 de diciembre de 2013

Perfume. Capítulo 23

Veinte minutos después, llegamos a mi casa. Son las ocho y cuarto de la tarde. El portero, un hombre latino de entre treinta y treinta y cinco años, con traje de la empresa para la que trabaja, nos abre la puerta, como es habitual.


—Buenas tardes, Nicolás. ¿Qué tal ha ido? —Le digo, dejando pasar a Sara.


—Hola, —dice ella vagamente.


—Hola, Máximo. Hola, señorita…


—Sara, —le aclaro.


—Sara, sí. Pues, bien… un día como otro cualquiera. Por cierto, ha venido su amigo… Héctor. Ha preguntado por usted. No supe que contestarle, ayer no vino a casa. No sabía dónde estaba usted.


Sara me mira extrañada, <<¿será porque ha captado que anoche no dormí en casa? Seguro que sí, es tan lista. Tendré que inventar alguna excusa>>, pienso antes de contestar.


—Ostras, es verdad, Héctor. Ha dicho que me llamaría, se le habrá olvidado.


—Yo sí me acordaba de tu amigo. Pero no he querido decirte nada, es asunto tuyo, —añade Sara.


—Sí, es verdad. Es problema mío. No pasa nada, le conozco bien. Si no ha llamado, es por algo. Aunque debería haberle llamado yo. Habrá hecho otros planes. Bien, muchas gracias, Nicolás, —le digo mientras presiono el botón del ascensor.


—Qué atento este Nicolás, ¿no? Sabe cuándo duermes o no duermes en casa. Por una parte, eso está bien, pero por otra… —dice Sara, haciéndome saber que sí, que se ha dado cuenta de que anoche no vine a dormir.


—Sí, imagínate que me pasa algo, este hombre enseguida alertaría a alguien, —respondo, mirando a Nicolás mientras se abre el ascensor, él me mira sonriendo y haciendo un gesto de despedida con su mano. No sabe que ha metido la pata. Le devuelvo el saludo, sonriendo también, aunque mi sonrisa es irónica—. <<Ya podía haber estado un poco más hábil, ostras. Me ve que llego con una chica a casa, suelta que anoche no vine a dormir y se queda tan feliz. Estos panchitos>>, me dice la voz interna.


—Sí, pero en este caso, se ha equivocado. Te ha delatado, tío. A saber dónde fuiste anoche, después de estar en el Nigth Jazz… —dice ella, con ese semblante femenino tan arrollador, que muestran las mujeres cuando te han pillado una mentira.


—Bueno… eh… sí… estuve con una amiga. También ha roto con su novio.


—Ya, y tú le tendiste la mano para que saliera de esa situación, ¿la mano, o algo más? Seguro que sí, fijo que te acostaste con ella para aliviar sus penas, —su mirada me traspasa.


Creo que se me nota que no quiero decir la verdad, no sé mentir. El ascensor abre sus puertas, estamos en el décimo piso. Salimos.


—Eh… bueno, no me acosté con ella, no. Sí me quiso tentar, pero me resistí, sólo es mi compañera de trabajo, nada más. No es bueno mezclar los negocios con el placer.


—No es bueno, pero te la cepillaste…


—¡Qué no! ¿Cómo puedes estar tan segura de algo así? ¿Estabas ahí para saberlo?


—No me hace falta estar, tus ojos te delatan. Piénsalo muy bien antes de mentirme sobre algo así. De todos modos, da igual, no es asunto mío, ayer sólo era una chica con la que hablaste unos minutos en el metro y unas cuantas frases por whats app, tampoco pasaría nada si hubieses hecho eso. No creas que soy tan posesiva, yo diría que no tengo nada de eso.


Me quedo mirándola, asomando una leve sonrisa, <<me ha pillado, —pienso—, será mejor que se lo diga>>, decido.


—Sí, me acosté con ella. No pude resistirme a sus encantos, ¿contenta?


—Eso está mejor. Pero ahora ya no soy sólo una conversación de chat, estoy aquí, contigo, y quiero tener algo serio, o al menos, eso es lo que me haces pensar. Espero que seas un hombre fiel y no tengamos que discutir por esa chica.


—No te preocupes, eso está hecho. Ya le dije que te había conocido, y que esa sería, posiblemente, la última vez. Además, ella también ha conocido a alguien recientemente, —contesto, girando la llave en la cerradura de mi casa.


—Eso suena muy bien, pero, ¿ha conocido a alguien y se acuesta contigo? ¿Qué clase de guarra es esa?


—No es ninguna guarra. Le ha conocido, pero nada más, como tú y yo más o menos, no hizo nada malo.


—Ya, bueno, da igual. Ella sabrá lo que hace con su vida y su cuerpo. Quiero centrarme en ti, no hablemos de otras personas, ¿te parece?


—Me parece perfecto. Bienvenida a mi humilde hogar, —respondo, colgando mi cargado llavero de cuero negro, en el guarda llaves metálico que cuelga nada más entrar.


—Guau, de humilde nada, tío. ¿Tú sabes lo bonito que es este lugar? No me extraña que tengas a todas locas por ahí, con esta casa.


—Bueno, no me puedo quejar, pero tampoco es nada del otro mundo.


—Ah, ¿no? ¿Y esa moqueta de piel? ¿Y ese Picasso en medio del pasillo? ¿Y esa escultura del Discóbolo? Este parqué color ceniza claro, es de los menos vistos. Por no hablar de la calidad del mobiliario, es de primera. Te gusta el arte, ¿no? La armonía y el buen gusto se funden entre sí. ¿Quién te ha decorado la casa?


—Sí, me encanta el arte, ya lo ves. Nadie me la ha decorado, he sido yo mismo. Hice un curso acelerado de interiorismo hace años.


—Ah, ¿sí? Yo trabajo en eso. Diseño de interiores. Por cierto, no hemos hablado de nuestras profesiones, ¿o sí?


—No, no lo hemos hecho. Ha sido tan extraña la forma en que nos hemos conocido, que nos hemos saltado las principales preguntas que suelen hacerse cuando conoces a alguien por primera vez. Yo soy vendedor de seguros en un hotel de lujo, también tengo un negocio  familiar de piezas artísticas de alto nivel cultural.


—¡Anda! Eso explica que tengas tantas cosas. Auténticas, imagino.


—Imaginas bien.


—Pues, deja que te diga, que tienes un gusto excelente para ser un hombre que vive solo. Y está todo muy limpio y bien cuidado. Me encanta.


—Bueno, de eso se encarga la asistenta cada semana, —sonrío—. Ven, mira, te enseñaré algo que creo que te gustará, es una de mis pasiones. Cierra los ojos y no los abras hasta que yo diga.


—Vale.


La agarro de la mano y la llevo conmigo hasta una de las habitaciones que tiene mi ático dúplex, después de subir por la escalera de baldosas individuales integradas en la pared.


—Dijiste que te gustan los animales, ¿no? Pues mira, ya puedes abrir los ojos.


—Oh… Pero, ¿qué demonios tienes aquí?


—Es mi pequeño trozo de selva particular. Ya que no puedo vivir en ella, me la monto en mi casa.


—¡Estás loco! ¿Eso es una serpiente? ¿Y eso? ¡Un loro!


—Sí, una serpiente rey, o más comúnmente llamada, falsa coral. El otro es Rocco, un guacamayo de alas azules, sabe hablar. Por ahí detrás estará su novia, Priscila.


Aparto unas hojas de palmera en busca de ella y sale volando, posándose en mi hombro, Rocco la sigue, gritando:


—Priscila, ¿dónde vas? —a voces, apoyando sus garras en mi hombro también, al lado de su novia.


—Es impresionante. Habla súper bien. ¿Qué más sabe decir?


—Uf, de todo.


—Cómo te quiero, cómo te quiero, Priscila, —salta Rocco—. ¿Cuándo me darás un hijo? Quiero hijos tuyos, quiero hijos tuyos.


Priscila se remolonea con él, frotándose efusivamente con su cuello y picoteándole las plumas.


—Guau. Qué galán, como el dueño, —dice Sara, con una gran sonrisa, hipnotizada por mis dos amigos alados.


—Hay más especies aquí metidas. Desde ranas arbóreas hasta lagartos, y mira esto, —le digo, señalando el pequeño río que fluye entre las plantas exóticas—. Este río desemboca en mi propio mar, aquí hay especies de río pero en el mar, que está en forma de acuario gigante en el salón, tengo mi propia barrera de coral. Al bajar lo verás.


—Es increíble. ¿Y todo esto lo has hecho tú?


—Yo lo diseñé, pero no lo construí. Contraté a alguien para eso.


—No hubiese hecho falta que me llevaras a ningún oceanográfico, lo tienes en casa.


—Sí, bueno, más o menos. Es más pequeño, pero mucho más personal y diverso. Vamos, te enseñaré mi mar.


—Me muero de ganas.


Bajamos al salón, el acuario gigante parte la estancia en dos, quedándose en medio como una gran pantalla de cine, viva y en movimiento. Los colores fluorescentes de peces y corales brillan y destellan reflejos que chocan en todas partes.


—Qué maravilla, —dice Sara, embobada.


—Sí, los amo tanto.


—Ven aquí, anda, ahora vas a saber cómo se ama de verdad, —me dice, agarrándome del cuello de la camisa, tirando hacia ella y plantándome un beso desatado, al que respondo con mi lengua, en pie de guerra.



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José Lorente.


lunes, 9 de diciembre de 2013

Nueva entrevista, por Carmela Sanchez de La vida pasa pero yo no paso... la vivo.

Pues eso, que el otro día, tuve el placer de ser entrevistado por esta estupenda mujer de armas tomar y con tremenda determinación ante la vida. Sus preguntas directas y concisas me hicieron recapacitar sobre mi propia obra, esa que os expongo aquí cada semana con mis relatos y con Perfume. Espero que os guste: http://disfruta-t-lo.blogspot.com.es/2013/12/jose-lorente-capitan-la-realidad-de-un.html?showComment=1386585042758#c1782992727402752024

domingo, 10 de noviembre de 2013

Perfume. Capítulo 17

—¿Qué pasa? ¿A qué viene tanta prisa por salir? —Pregunta Sandra, terminando de ponerse la chaqueta, detrás de mí, siguiéndome el paso.


Pienso en contarle que he visto a Sara, pero eso supondría hacerle saber que, otra vez, una chica por la que siento algo, me engaña. <<No, evade la información, será mejor. Haz como si tuvieras prisa por llegar a su casa, eso le gustará>>, me comenta la voz interna.


—No, querida. Es sólo que… tengo ganas de que lleguemos a tu casa, —le digo agarrándola por la parte baja de su espalda y dándole un pequeño empujón hacia mí, momento que aprovecha para agarrarme del cuello de la camisa y besarme con descaro y sensualidad, adentrando su lengua en mi boca y peleando con la mía, que tampoco se está quieta.


—Mmm… esa respuesta me gusta, igual que me ha gustado este beso. Veo que tus dudas se han aclarado, ¿no? —me dice lentamente, mirándome con gran deseo y complicidad.


—Sí, cariño. He cambiado de opinión. Ahí dentro, lograste convencerme. Tengo ganas de ti, no lo puedo evitar.


—Eso quería escuchar. Venga, vámonos.


Me da otro beso apasionado y al separarse se le tuerce un tacón, provocando una caída tonta, que guarda relación directa con el alcohol. Se queda en el suelo tirada y riéndose a carcajadas de sí misma.


—Qué mareo llevo, tío. Creo que no estoy del todo bien para conducir esta vez, —dice, entre risas.


Río y le tiendo mi mano para ayudarla a levantarse.


—Venga, arriba, —le digo con una mueca de esfuerzo.


No es que me cueste levantarla pero, si tenemos en cuenta, que llevo en el cuerpo una botella de vino y tres gin tonics, la cosa cambia. También me encuentro bastante borracho, pero yo sí puedo conducir.


—No te preocupes, yo llevo el coche hasta tu casa, está cerca. Iremos despacio.


—Me parece bien, —responde, acercándose y agarrándome de nuevo la camisa para darme dos lametones en la mejilla y un húmedo beso, que indican sexo a raudales.


Llegamos a su casa; un precioso loft en la zona de Rascaña. La temperatura del hogar se nota nada más entrar; es cálida, parece que tiene la calefacción programada y un ligero aroma a cítricos se deja percibir en el aire. El ventanal está cubierto por un panel japonés blanco. La cocina de color granate brillo integrada en el salón cuenta con una isleta central en donde se ubica la vitro cerámica. Un sofá de cuero negro semicircular, decora y da acomodo en el salón. Los muebles son de estilo vanguardista. Se nota que esta chica tiene un gusto y estilo inigualables. Una única puerta da acceso al dormitorio con baño.


Sandra se deshace de sus tacones, lanzándolos por los aires sin tocarlos con la mano; uno de ellos golpea en la lámpara de pie que abriga al sofá.


—¡Mierda! Casi me la cargo, —dice, mirándome y riéndose.


—Menos mal que he traído yo el coche, si no…


—Si no, ¿qué?, —interrumpe con gesto chulesco, a la vez que sensual.


—Si no, podríamos haber acabado como tu querida lámpara, atacados por un tacón gigante, o vete tú a saber, —bromeo sin sentido y ella me ríe la gracia como si en su vida le hubieran contado un chiste.


—¿Qué quieres tomar? Tengo cerveza, vino, ginebra.


—Creo que voy a beber agua. Ya está bien por hoy.


—Sí, supongo que ya vamos bien.


Se quita el bolso y se va directa a la habitación.


—Ponte cómodo. Enseguida salgo, —me dice, mientras anda dándome la espalda.


—De acuerdo, —contesto.


No es la primera vez que estoy aquí. Agarro el mando de la televisión y pongo las noticias, por poner algo.


—¡Déjate de rollos televisivos y pon algo de música, hombre! —Se oye la voz de Sandra salir desde la habitación.


Pienso que es buena idea, apago la televisión y cambio de mando a distancia. Enchufo la cadena musical, en pocos segundos comienza a sonar una música bonita, agradable. No la conozco, pero parece algo de soul, cantado por una mujer, posiblemente negra.


—¿Quién es? —Digo en voz alta.


—¿Quién es, quién? —Responde, a lo lejos.


—La que canta. ¿Quién va a ser?


—Ah, pensé que decías la del cuadro. La que canta es Angie Stone, ¿te gusta? ¿No la conoces?


—No, no la conocía. Me gusta. —Contesto, volcando mis ojos sobre el cuadro que no había visto. Es nuevo, la última vez que estuve aquí, no estaba. Es un retrato en blanco y negro, pintado a mano, de una mujer con un cigarro en la mano y con aspecto antiguo, al estilo de las famosas fotos de Audrey Hepburn. Queda genial con el decorado. Me gusta el estilo.


Sandra sale de la habitación cuando la tercera canción comienza sonar. Yo me he servido un vaso de agua y estoy recostado, disfrutando de la buena música. Lleva una camiseta larga, blanca, holgada, con cuello ancho, que deja ver uno de sus hombros. A la altura del pecho y vientre, se dibuja la cara de una chica considerablemente hermosa, moderna y coronada por una frase, que leo entre sus dos bultos tambaleantes, que se mueven libres, al no tener sujeción: “The good is life”, en letras modernas, acordes con el dibujo.


—Ahora te vas a enterar, querido, —me dice mientras se acerca, mirándome fijamente.


Reincorporo mi cuerpo para recibirla en el sofá, llega y me da un empujón, para volver a dejarme recostado y posarse encima de mí, con sus piernas abiertas por fuera de las mías. Comienza a desabrocharme los botones de la camisa mientras besa mi cuello lenta y sensualmente, acompañando con su lengua cálida y húmeda. Un escalofrío se genera en cada beso que me da, recorriendo mi cuerpo hasta llegar a todas mis zonas erógenas; mi erección es insalvable y ella lo nota entre sus piernas, comenzando a mover suavemente sus caderas, tratando de rozar sus partes íntimas con las mías. La tensión va subiendo, respondo agarrándola del cuello con una mano, y con la otra, apretándole fuertemente una de sus nalgas. La pasión se desata, mi camisa ha salido volando por los aires, lanzada por Sandra, que guía la mano que tengo en su cuello hasta uno de sus pechos, presionando y dejándola ahí, para que la masajee; lo hago, me gusta; me gustan sus pechos, tienen un tamaño perfecto y un tacto excelente. Se separa de mí un momento para quitarse la camiseta. Observo atolondrado su maravilloso cuerpo de curvas despampanantes y tersa piel. Sus pezones están ahí, delante de mí, duros como piedras, esperando a ser lamidos, lentamente, en círculos, para después succionarlos con delicadeza. Lo hago mientras presiono la parte superior de su culo contra mí y me encanta. Ella, responde con más movimientos de cadera, perfectos y ardientes. Nuestras lenguas se entrecruzan, como si estuvieran librando una gran batalla. Siento el calor de su entrepierna en mis bajos. Se detiene, desciende, besando mi pecho y siguiendo hasta el borde del pantalón. Intenta desabrochar el cinturón, pero no lo entiende. Me mira, pidiendo ayuda, se la presto con una sonrisa en mi cara. Mientras me quito el pantalón, no puede dejar de besarme la oreja. Estoy muy caliente y ella también. <<Apuesto, que está fluyendo su líquido vaginal a borbotones. ¡Qué bueno!>> Pienso. Termino con el pantalón. Me besa el pene lentamente por todas sus zonas y juguetea con su lengua. Lo introduce en su boca, noto el calor y la humedad de la misma. Mi fogosidad se vuelve insaciable, no quiero esperar más. La agarro y la manejo hacia mí, volviendo a colocarla encima. Ella me la agarra y se la mete, sin vacilar. Entra suave por los fluidos de ambos, el placer es exuberante. Comienza sus movimientos de cadera, sin dejarme que menee ni un pelo. Su cara lo dice todo, supongo que la mía no se queda atrás. Gime fuerte y se deshace de placer. Me folla y me vuelve a follar, corriéndose cada dos o tres minutos; eso me pone más ardiente aún. Cuando lleva unos siete u ocho orgasmos, decido terminar y acompañarla en el último de ellos. Gritamos juntos, finalizamos al mismo tiempo, al compás; la canción que suena en ese momento también parece ir a nuestro ritmo, el momento se torna especial e increíble.


—Oh… Qué grande eres, cabrón, —dice, gimiendo y moviéndose levemente, conmigo dentro.


La miro y sonrío un segundo, para después poner cara de placer absoluto, por lo que siento ahí abajo, con cada suave movimiento.


—Me ha encantado, guapa, como siempre, —le digo, dándole besos en su hombro.


—Ya sabes lo que pienso yo, ¿no?


—Sí, no hace falta que hables. Disfruta.


La música se para y la magia que había, parece haberse esfumado de repente. Se despega de mí y se va corriendo al baño. Yo me quedo tirado en el sofá, con la vista entrecruzada, mirando a la nada.



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