domingo, 16 de febrero de 2014

Perfume. Capítulo 31



Llego al tanatorio, voy en busca de Paula, Concha y Ramón. Mientras esquivo personas para llegar, una mano me coge el antebrazo, me giro; es Luan, acompañado por Zaira. Luan es amigo del grupo desde la infancia, pero traicionó a Héctor, trató de conquistar a la que era su novia, y lo consiguió, es ella, Zaira. Hacía tiempo que no sabía de ellos, tampoco me interesaba. Ahora están aquí, no logro entenderlo, sus caras rebosan culpabilidad y arrepentimiento. Luan se abalanza sobre mí, dándome un abrazo al que no correspondo, Zaira me da una caricia en el hombro, la miro, con más odio que comprensión.


—¿Qué hacéis aquí? —Digo, con tono serio.


—Nunca hemos dejado de pensar en lo que sucedió, Max. Nos hemos enterado y hemos venido lo más rápido que hemos podido. Sabemos que lo hicimos mal, pero Héctor nunca ha desaparecido de nuestro recuerdo, Dios, nos hemos criado juntos. Se me cae la cara de vergüenza, pero no podía faltar a su despedida, ella tampoco.


—Aquí nadie os echa de menos, vuestra ausencia habría pasado desapercibida, al menos para mí. Suerte tenéis que su familia no sabe nada de lo ocurrido, haré como que no pasó nada, por respeto a ellos, pero no esperéis que os trate como si nada, el día que os descubrí, terminasteis para mí, los dos. Así que, desaparece de mi camino y no te acerques demasiado, ya tienes a tu novia, —mis ojos giran hacia Zaira, clavándose en ella, como dagas afiladas que quieren destriparla.


—Lo siento, Max, —dice Luan, agachando la cabeza. Ella ha evitado mi mirada, no es para menos.


No respondo, me doy la vuelta y desaparezco entre la gente, sigo mi búsqueda familiar.


Veo a Paula, está apoyada en el hombro de su madre, con la mirada perdida, ausente, sus ojeras están ennegrecidas. Concha lleva unas gafas de sol, y Ramón, está mirando el féretro. Hago un gesto de compasión con la cabeza. Paula me mira, se separa de su madre y se tira sobre mí, su llanto se desborda, mi olor siempre le recuerda a su hermano, usábamos el mismo perfume.


—Max… —sollozos bañan esa palabra—. Por favor, acompáñame fuera, necesito tomar el aire.


—Está bien, tranquila, vamos, —contesto, apoyando mi mano en su espalda y dándole paso.


Salimos a la calle, ella se aparta de la gente, se apoya en la pared y enciende un cigarrillo, sus manos tiemblan.


—Deberías dejar esa mierda, —le digo.


—Lo sé, —contesta sin mirar—. Lo estoy dejando, pero ahora mismo lo necesito.


—Ya. ¿Cómo te encuentras?


—Bueno… No he podido dormir. No sé lo que pasa, es una sensación muy extraña, Maxi. Ayer comía con mi hermano y hoy ya no está; no sé, supongo que es cuestión de hacerse a la idea.


—Sí, poco a poco. No te preocupes, era su momento, nadie podía esperarlo, tampoco podíamos evitarlo. Sólo nos queda guardarle en el recuerdo como la persona que fue.


—Sí, supongo que tienes razón, —una calada larga sigue a esa frase, sus ojos miran al cielo, enrojecidos, luego vuelven a los míos—. No ha venido, ¿verdad?


—¿Quién?


—Sabes perfectamente quién.


—No, no ha venido.


—Gracias. No lo hubiera soportado. Cuando todo esto acabe, voy a necesitarte, no sé si tu putita estará de acuerdo.


—No la llames así, no es ninguna puta. Y, déjalo ya, no es momento de hablar de esos temas. Sabes que me tienes para lo que te haga falta, pero por favor, no me tortures. Yo también lo estoy pasando fatal. Anoche entraron a robar a mi casa…


—¿Cómo? ¿Qué pasó? Lo siento.


—Cuando llegamos, después de estar aquí… —se lo cuento todo.


—Vaya… Lo siento mucho. ¿Has pensado que quizá ella tenga algo que ver?


—¿Sara? Por supuesto que no. No ha dejado de cuidarme desde que la conozco. Además, ella estaba aquí, conmigo.


—Por eso mismo, Max, verás… hay algo que no te he contado.


—¿El qué?


—Ya sabes lo mucho que te quería mi hermano, ¿no?


—Sí, claro, ¿por qué?


—Anoche, mirando su móvil, buscando sus últimas conversaciones, encontré algo que te incumbe.


—¿Cómo? —Frunzo el ceño.


—Sí, en tu conversación de whats app con mi hermano, había un mensaje escrito, pero sin enviar. No sé si no llegó a enviártelo porque en ese momento se mató, o simplemente se quedó sin cobertura y lo dejó ahí, esperando a tener conexión, no lo sé.


—Pero, ¿qué decía? ¿Adónde quieres llegar?


—Decía: Max, tenemos que hablar, hay algo importante que tienes que saber. Es sobre esa chica del metro con la que estás. He descubierto algo sobre ella. Por favor, ándate con ojo. Cuando puedas me llamas. Nunca llegó a enviártelo, no sé a qué se refiere, por eso te digo, que quizá ella tenga algo que ver, no sé qué pensar.


Al escuchar todo eso, de repente, los Héctors en miniatura que me vienen atormentando desde ayer, vuelven a hacer aparición. Esta vez, están todos en círculo, bebiendo cerveza y gritando: ¡Por Max! Sacudo mi cabeza, la visión desaparece. Paula está ahí, mirándome con inquietud.


—Pero, no sabemos a qué se refería tu hermano. Está claro que algo descubrió; algo que no parece ser bueno, pero puede ser cualquier cosa. Recuerdo cuando me dijo algo parecido de Romina, le puso tanto misterio, que consiguió que desconfiara de ella. Al final resultó ser, que la chica había estado en su pasado con un hombre adinerado, un futbolista famoso, nada más. Vete a saber lo que era esta vez. Ya te digo que Sara es una buena chica, no sé por qué desconfías de ella.


—Llámalo intuición femenina, cielo. Nada más. Ojalá me equivoque.


—Eso espero.


—Ten cuidado, ¿lo harás?


—Descuida.


—¿Cuidarás de mí en estos días?


—Haré todo lo posible, ya lo sabes.


—Bien, cielo, gracias, —tira el cigarrillo y se abalanza sobre mí, abrazándome de nuevo, es un abrazo más tierno, no tan dolido.


Volvemos dentro. El funeral transcurre, me encuentro con otros amigos a los que hace bastante que no veía. Todos están bastante afectados por la noticia. Héctor era un tipo que se ganaba el cariño y respeto de la gente que le conocía, exceptuando al maldito Luan, y su maldita Zaira, claro.


Termina el entierro, la gente se dispersa, yo me quedo hasta el final; hasta que sólo quedan familiares directos. Paula no se ha separado de mí, sus padres la sienten segura mientras está conmigo, en realidad, Ramón siempre me ha expresado lo contento que estaría de tenerme como novio de su hija; siempre he sido esquivo ante esas declaraciones. Concha, sin embargo, nunca me ha dicho nada, pero sé a la perfección, que no tiene secretos con su hija. Lo sabe todo.


Después de estar con la familia hasta el final, llega el momento de volver a casa. Me siento bastante mejor, voy de camino pensando en encontrarme a la perfectísima Sara en mi casa, como una princesa de un cuento todavía sin escribir; como esa muchacha inmejorable, que me rodea de felicidad.




No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.



miércoles, 12 de febrero de 2014

La cara más amarga de la ley

Era un día en la sala de aprobación de leyes constitucionales de un país, del que no hace falta pronunciar nombre. Se estaba debatiendo la decisión de aprobar una nueva reforma en la ley del aborto. Marisa; una joven diputada con las ideas muy claras, estaba defendiendo la nueva reforma, que dictaba penalizar con cárcel a aquellas mujeres, que decidieran no cargar con el peso de una barriga que va en aumento hasta los 9 meses, como todos sabemos. Después de varias acaloradas discusiones entre los miembros del congreso, se decidió aprobar la ley, Marisa quedó contenta porque era lo que ella consideraba como justicia. Según ella, nadie tiene derecho a acabar con una vida ajena, aunque esta ni siquiera haya visto la luz del sol, aunque ese futuro ser humano haya sido no deseado o por causas que escapan al sentido común; puede haber muchas razones por las cuales una mujer con instinto maternal decide no pasar por un embarazo. Hasta ahí todo bien.


    Semanas después, Marisa iba caminando por la calle cuando se dio cuenta de que un hombre la estaba siguiendo. Marisa, asustada, aceleró el paso, comprobando que ese hombre también lo hacía. Ella sacó su móvil y llamó a su marido, pero éste no contestó. Al llegar a un lugar de la calle poco concurrido, el hombre hizo un movimiento brusco y se abalanzó sobre ella, agarrándola y forcejeando hasta que la guio hacia un callejón donde la luz brillaba por su ausencia. Abusó de ella, la violó y le robó todo lo que tenía. Marisa volvió a casa traumatizada, ese hecho tan desagradable no se le borraría jamás de la

domingo, 9 de febrero de 2014

Perfume. Capítulo 30

Su pierna se alza rozando mi cadera, una de sus manos aprieta fuerte el cuello de mi pijama, tirando hacia ella. Me besa demasiado sexy; su otra mano está haciendo fricción en mi pene por encima del pantalón. Me gusta demasiado y sí, es definitivo, el zumo se quedará a medio hacer…


La fuerza que empleamos cada uno con nuestras bocas en el empuje hacia el otro, es como si fuese la última vez que tienes oportunidad de dar un beso apasionado a alguien, sólo que esto es fruto de la extensa atracción que existe entre ambos. Rodamos por la cocina, me estampa contra la nevera, tan fuerte, que algo en su interior ha caído, se ha escuchado el ruido. Su pierna vuelve a subir, atrapándome y empujándome hacia ella; estoy tan excitado que le arranco la camisa de un tirón, varios botones saltan al suelo; ya los coserá Marisa, la asistenta. Descubro que no lleva ninguna clase de ropa interior, eso me pone más eufórico. Sus pechos bailan frente a mí, aprieto uno con mi mano, lo estrujo fuerte, lo succiono como si fuese un flan de medio kilo y tuviera que comerlo de un bocado. Ella gime, levanta su mentón, aprieta más con su talón en mis nalgas, su mano me está masturbando, ya ha pasado la barrera del pantalón. Subo con mi lengua, pasando por su cuello, su oreja y la beso; nos faltan lenguas para tratar de ganar esta dulce guerra. Paseo mi mano por detrás de sus tersas nalgas, presiono fuerte, tanto, que la levanto del suelo; aprovecho para cogerla por detrás de sus rodillas, sus piernas ayudan, abriéndose ante mí. La tengo en brazos, se ha visto obligada a soltar mi miembro, me sonríe con picardía y sensualidad. Hace un pequeño esfuerzo, alargando su brazo, para introducirme dentro de ella; los dos rugimos de placer después de fundirnos en uno. Lo movimientos comienzan suaves, intensificándose a medida que avanzamos. La nevera se mueve, se levanta del suelo; los objetos de su interior suenan, cayendo; algo se ha roto. Paramos, nos reímos y pasamos de ese hecho, es demasiado bueno como para detenerse a preocuparse por un hipotético bote de mermelada roto. Salgo de ahí, con ella en brazos, sin salir de su interior. La estampo en el banco de la cocina, ha tomado el mando. Comienza sus peligrosos movimientos diabólicos, nacidos de su entrenamiento de baile profesional. <<No pienso sucumbir tan fácil como anoche, esta vez no>>, me endurezco al pensar eso. Trato de tomar el control, pero no me deja; me empuja con sus manos, su cara expresa picardía extrema, su media sonrisa lo dice todo. Salta de la bancada, se da la vuelta, con sus piernas abiertas, agachándose y mirándome por el hueco que dejan éstas; sonríe, haciendo un gesto con su dedo, “acércate”, indica éste. Mi respuesta es inmediata, arranco mi camiseta de un tirón, la embisto por atrás, introduciéndome de nuevo. La agarro del pelo, asomándome por el lateral de su cara, besando su mejilla con frenesí. Abre la boca de placer, gime fuerte, grita; sus manos apoyadas en el banco apenas pueden soportar la tremenda fuerza que le traspaso. Aun así, suelta una de ellas y se agarra de mi hombro, girando su cuerpo y su rostro, mirándome con esa cara que cualquier hombre tendría un orgasmo con tan sólo verla, agarro el pecho que asoma con mi mano libre. Eso hace que me excite y sienta que me voy, ella sigue gritando demasiado, me encanta. <<Es buen momento para terminar, es posible que terminemos juntos>>, pienso. Aumento la velocidad, se me escapan gemidos, cada vez más fuertes. Sus gritos podrían estar escuchándose desde Lima. Sus uñas se clavan en mi hombro, acerco su cabeza, tirando de su cabello. Cuatro espasmos profundos y cuatro gemidos fuertes brotan de mí; ella ha gritado tanto que el timbre de su voz ha tenido fallos. Los músculos se relajan, suelto su pelo, me poso sobre su espalda, besando con suavidad su omóplato; ella agacha la cabeza, dejando caer su melena, que roza el suelo. Permanecemos así varios segundos, el sudor corporal hace que de nuestros cuerpos brote vapor. Salgo de ella, apoyándome en la nevera. Se da la vuelta, agarrando un trozo de papel de cocina que usa para limpiarse un poco.


—Vaya, —dice—. Ha sido increíble, —me mira, dejando asomar una pequeña sonrisa; sus ojos brillan con especial vigor.


—Uf, —resoplo—. Sí… me encanta el sexo matutino, me he despejado.


—Voy al baño, cielo. Eres el mejor, —dice, antes de echar a correr hacia allí.


—Está bien, seguiré preparando el zumo, —contesto—. Me acerco al exprimidor, el olor a naranja parecía haber desaparecido, pero sigue ahí. Reanudo la tarea.


—Hola, naranjitas, os ha gustado el espectáculo, ¿eh? —digo desde mi mente, pensando que las naranjas me escuchan, como otras muchas veces. Sí, a veces me pongo a hablar con objetos o muebles, o lo que sea, por telepatía, es una forma de averiguar mi estado de ánimo, cuando lo hago, significa que estoy feliz, el problema es que nunca he encontrado respuesta por parte de ellos, aun así lo sigo haciendo muchas veces, no sé por qué, será como uno de esos misterios de la vida, como cuando desaparecen calcetines en la lavadora, o desaparece el ticket de ese producto que acabas de comprar y tienes que devolver porque no te convence… En fin.


Continúo exprimiendo, observando cómo va cayendo el delicioso  líquido por el orificio, huele tan bien. Escucho a Sara trasteando, eso me hace más feliz, si cabe. Pero pronto, vuelvo a la realidad; los trozos de Héctor, se interponen entre mis ojos y el exprimidor, como hombrecillos que vienen en formación militar, cantando: eres bobo, eres bobo, eres bobo… repetidas veces. Dejo de hacer zumo, una preocupación inmediata peregrina por todas las partes de mi cuerpo, esto no es normal. Me doy dos golpes en la cabeza, la visión desaparece, pero esto me hace plantearme el ir a un especialista de la psicología. <<Tal vez he sufrido algún tipo de trauma>>, pienso, confuso.


Voy al cuarto de baño, con mi vaso de zumo en la mano y masticando dos fresas. El vapor de agua asoma por la ranura de la puerta entreabierta. La empujo despacio. Se está duchando.


—Bonita, tengo que salir corriendo al funeral. No vengas si no quieres, —le digo—. Volveré lo antes posible, ¿vale?


—Cariño, ¿en serio no quieres que vaya? ¿O es por esa niña? ¿Cómo se llamaba…? ¿Paula?  Crees que puedo ser un estorbo, ¿verdad? Es eso.


—¿Otra vez con eso? No, lo digo por ti, para que no tengas que soportar estar en una situación así, —miento, tiene razón. Después del ataque de celos de Paula, no me fío de llevarla de nuevo, se puede montar alguna escena desagradable para olvidar, la niña es muy temperamental.


—¿Seguro?


—Sí… Quédate aquí si quieres, el desayuno lo tienes hecho, estás en tu casa, —le digo, vistiéndome con uno de mis trajes negros.


—Venga, está bien. Pero si necesitas algo, me llamas, ¿vale? Te esperaré aquí, mi príncipe, a que vuelvas a mimar a tu princesa.


—De acuerdo. Tienes ordenador, consola de juegos, películas… lo que quieras. Volveré pronto, —le digo, entrando en el baño, ya vestido, para peinarme y darle un beso de despedida. Ya ha salido de la ducha; compartimos espejo mientras me arreglo el pelo y ella se coloca la toalla de una forma espectacular en la cabeza, vaya técnica tiene para hacerlo.


—Tardaré lo menos posible, ¿vale? —y la beso en la mejilla. Para ella es poco y me planta un beso de tornillo que me deja estupefacto, pero al que no dejo de responder. Salgo, dejándola allí, en mis dominios, feliz por ese hecho, pero triste por el sitio a donde voy. 




No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.


José Lorente.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Carretera final

Mario conducía su coche por una autovía, a su lado iba Pedro, amigo suyo desde la infancia; iban de viaje de fin de semana a las playas del sur de España, estaban en pleno mes de julio y el calor era abochornante. Decidieron parar a refrescarse y comer algo en una estación de servicio que había en el camino. Eran las 14:00 horas, el sol caía como cristales afilados que se incrustan en la piel produciendo un daño irreparable. Pedro acababa de salir del coche y estaba estirándose en medio de la calzada del aparcamiento, llevaban 4 horas de viaje y sus cuerpos estaban algo agarrotados. Una fuerte bocina alertó a Pedro, que vio como un tráiler le pasaba de cerca esquivándole, se lo hubiera llevado por delante de no ser por la habilidad del conductor. Pedro saltó a un lado quedándose con un susto de muerte, mientras Mario, reía al ver el pequeño percance que le había sucedido a su amigo; la situación había sido algo cómica a pesar de la peligrosidad de la misma. A decir verdad, reía porque en realidad no había pasado nada, no hubiese reaccionado así si el susto hubiese tomado el término de accidente al final.


    —Joder, tío. Tendrías que ver el salto que has dado y la cara que se te ha quedado, —le dijo Mario riéndose.


    —Qué cabrón, no te rías tanto, me he dado un susto para morirse. Ha pasado cerca. No sé por qué ese tío circulaba a tanta velocidad por dentro de un parking, pero bueno, no ha sido nada. ¿Vamos a

domingo, 2 de febrero de 2014

Perfume. Capítulo 29

Salimos a la calle, a la espera del coche patrulla. No tardan ni tres minutos en aparecer. Los agentes bajan del coche, uno joven y otro algo más mayor, de unos cincuenta años. Bajan con esa parsimonia que les caracteriza, con ese aire chulesco del que hacen gala muchos de ellos al verse protegidos por una placa, lástima de mentes, enfermas de mini poder. Aun así, debo tragarme las palabras de antes, han tardado muy poco en llegar y debo estarles agradecido por ello. Le toman declaración a Nicolás, que se acaba de enterar de que los ladrones han entrado a robarme exclusivamente a mí. Se vuelve a disculpar conmigo por no haber podido llamar antes a la policía. No es su culpa, está claro que esos cabrones sabían muy bien lo que hacían.


Después de hablar con Nicolás un rato, nos acompañan al piso para ver lo que me han robado. Son dos agentes bastante amables, a pesar de la impresión que me dieron al llegar. Nos están atendiendo de muy buenas maneras. Han dado orden de alerta a los coches patrulla, de que dos hombres vestidos de negro y con pasamontañas, pueden andar por ahí con una enorme cantidad de dinero en obras de arte.


Les acompañamos a comisaría a formular la denuncia pertinente.


Unas tres horas más tarde llegamos a casa. Yo no puedo más, mi agotamiento mental es demasiado acentuado y ni siquiera tengo sueño. Sara parece bastante cansada, se le nota en los ojos y en los continuos bostezos que le brotan.


—Gracias por acompañarme en todo este asunto, —le digo, sentado en el sofá de mi salón con menos decoración que unas horas atrás—. Creo que ha sido el peor día de mi vida, por eso tengo que estar agradecido doblemente, porque me has apoyado en todo, si hubiera estado solo, lo habría pasado mucho peor. Gracias.


Muestra una cara de condolencia por la difícil situación.


—Podría haberme ido a casa, pasar de todo esto, te acabo de conocer, no tendría por qué estar aquí. Pero te dije que pasaríamos el fin de semana juntos, me gusta cumplir lo que digo. Además, ¿no crees que puede ser como una señal?


—¿Una señal? ¿De qué? —Respondo, frunciendo el ceño.


—Acabas de decir que quizá ha sido el peor día de tu vida, y resulta que yo he estado aquí para cuidar de ti. Si estuviese en tu lugar, pensaría que eres el mejor hombre que he conocido jamás y seguramente, eso me llevaría a querer pasar el resto de mi vida contigo. ¿No te parece?


Es curioso, pero ese razonamiento me ha sacado una pequeña sonrisa de complicidad hacia ella, con mi mano hundida en el bosque de mi pelo, contesto:


—Es cierto que eres la mejor mujer que he conocido nunca, al menos hasta ahora, la verdad, me tienes muy impresionado. Me has ayudado mucho hoy. Quizá sea una señal para hacer que me dé cuenta de eso. Me gusta que pienses así. Ven aquí, anda, —abro mis brazos, esperando que se abalance sobre mí, lo hace. Apoya sus labios en mi cuello y me besa repetidas veces. Puede sonar raro, pero me estoy excitando, quizá necesite eso. Los trozos de Héctor esparcidos por todas partes vuelven a aparecer en mi cabeza haciéndome saber que no necesito eso, que lo que necesito es dormir—. Vamos a la cama, anda.


—Lo necesitas, —responde antes de darme un beso en la mejilla.


Vamos al dormitorio, le presto uno de mis pijamas, le está enorme, pero le queda de maravilla; es uno de mis favoritos, de color negro. La verdad que, para ser un pijama, es bastante elegante; la parte de arriba parece una camisa.


Nos metemos en la cama, me quedo unos segundos mirando al techo, en la oscuridad.


—Buenas noches, cielo, —me dice, buscando mi mejilla con sus labios.


—Buenas noches, y gracias por todo, de verdad, —respondo, prestándole mi cara y correspondiendo con otro beso.


—Nada, tonto, —se da la vuelta y me da la espalda, lo prefiero porque intuyo que me va a costar dormir y me gusta sentirme suelto cuando eso pasa. Si me hubiese abrazado, lo más probable es que ella se durmiese antes y me tocase liberarme de su abrazo para poder adquirir mi postura favorita, boca abajo.


Contrario a mis previsiones, parece que el cansancio hace mella en mí, noto como el sueño me invade, en pocos minutos, estoy en el mundo de la fantasía de nuestra mente subconsciente.


El canto de Rocco me despierta. Le apasiona cantar de esa forma, todos los días, a la misma hora. Siempre he pensado que es un ritual pactado que tiene con Priscila. Cojo el móvil para mirar la hora, son las once y media de la mañana. Tengo siete mensajes de whats app, dos de Paula, uno de Sandra y cuatro de Mariela, una pesada que no puede entender que no me gusta demasiado, y está empeñada en que seamos amigos para poder acercarse a mí. Paula me dice que no tarde en ir, que me necesita. Sandra dice: no sabes lo que pasó ayer con Carlos, muy fuerte, ya te contaré, besos. Mariela me pregunta si tengo algo que hacer hoy, que había pensado en que podíamos comer por ahí, o tomarnos algo. Dejo el móvil, enseguida comienzan a pasarme imágenes del día de ayer, los trozos de Héctor no han desaparecido al dormir, siguen ahí, pero al menos, ya no hablan. Para culminar, me vienen recuerdos de un extraño sueño que he tenido, en el que me veía huyendo de algo, no sabría decir qué, y de repente, se cortaba el camino en un abrupto precipicio y caía al vacío, así, unas cuatro veces, en sitios distintos. Sigo angustiado, pero al menos ahora pienso con claridad. Giro los ojos y la veo, tan dulcemente dormida, con los labios medio aplastados contra la almohada, está en la misma postura que me gusta a mí para dormir, todas las sensaciones de negatividad por lo sucedido ayer desaparecen durante ese instante. Ella hace que me sienta grande, que me den ganas de prepararle un desayuno a base tostadas con mantequilla y mermelada; zumo de naranja recién exprimido, un café con leche y unas fresas. Lo hago.


Estoy en la cocina preparando el zumo, la oigo trastear, parece que se ha levantado. La espero con ganas mientras continúo. Un minuto después, aparece con mi pijama pero sin la parte de abajo, aunque sólo se le ven las piernas por lo grande que le está; el pelo alborotado como una bruja de algún cuento de fantasía y una cara de recién despertar, como de un ángel, de una belleza incluso más grande que ayer, cuando iba arreglada. Sonrío, atontado.


—Buenos días, —le digo con esa sonrisa que me cruza la cara.


—Buenos días. Mmmm, huele a naranja. ¿Estás haciendo zumo?


—Sí, ¿te gusta?


—Me encanta.


—Perfecto. ¿Qué tal has dormido?


—Uf, la verdad, me costó dormir bastante. Tú caíste enseguida, cabrón. Di tantas vueltas, que al final me quité los pantalones del pijama, me agobiaban. Oye, ¿y esto? —Dice, asomándose a la bandeja que estoy preparando, llena de comida demasiado apetecible para cualquier persona al despertar.


—El desayuno. ¿No lo ves? Para reponernos bien.


—Me encanta todo lo que veo. ¿Puedo? —Dice, señalando una fresa.


—Por supuesto, es para ti.


Se mete la fresa entera en la boca, se acerca a mí, me agarra por detrás, rodeándome con sus brazos y me dice:


—Ven aquí, guapo, yo sí que te voy a dar desayuno, —sus besos exploran mi nuca, demasiado sensuales.


—Espera que desayunemos, mujer. Tengo hambre, —respondo, sabiendo que, como continúe así, el zumo se quedará a medio hacer.


—Yo quiero desayunarte a ti, —y me da la vuelta con brusquedad, hecho al que no ofrezco demasiada resistencia porque mi miembro ya ha notado la proximidad.



No olvides que puedes suscribirte al blog para estar al día de nuevas publicaciones, clicando en el botón azul de la esquina superior derecha "participar en este sitio" y validando con tu cuenta de Google. Si te ha gustado lo que has leído, puedes compartirlo con tus amigos y dejar tu comentario, siempre es de agradecer y me ayudarás a crecer. Muchísimas gracias por tu visita y por leer mis historias. Saludos.

José Lorente.