Todo comenzó cuando
tenía 12 años. Por aquel entonces, yo era un muchacho muy pálido y delgado. No
me gustaba mucho comer, los bocatas que me preparaba mi madre para la merienda,
terminaban comiéndoselos mis amigos más glotones. En consecuencia de mi poco
apetito, siempre me encontraba enfermo y debilitado. Mis padres me habían
llevado a infinidad de psicólogos y nutricionistas, con la esperanza de que
algún día todo eso cambiaría, y que al final, sería un chico sano y fuerte.
Aunque en contra de sus premisas, yo no cambiaba, seguía contagiando numerosos
virus que me hacían enfermar, llegando al punto de estar siempre con medicación
asistida.
Aquel día, me encontraba en el parque jugando al
fútbol con mis amigos, aunque yo no podía estar demasiado rato corriendo por
mis problemas asmáticos. Salí del partido para tomar inspiraciones con mi
inhalador. Estaba sentado en el banco de la esquina, cuando alguien me tocó por
la espalda, diciéndome con acento