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domingo, 9 de marzo de 2014

Perfume. Capítulo 34

Se escucha el burbujeo del agua hirviendo. Tengo los ojos cerrados por lo que me hace sentir el beso que me ha robado, bueno, más bien, he permitido que me lo robe. Sara me echa mano a una nalga, presionando hacia ella. Parece que quiere guerra, de esa dulce que los dos conocemos. No sé qué pasa, pero esta chica me excita demasiado, tanto, que ese término se queda corto, no sabría decir la palabra que describa el deseo sexual que despierta en mí. Abro los ojos, veo el agua de la cazuela a punto de rebosar, pero me es imposible parar. El agua desborda, se funde en el cristal de la vitro cerámica, un ligero olor a quemado nos rodea, eso parece que me excita más aún. Me deshago de su prisión amorosa sexual, como puedo, como un mago, que escapa de una camisa de fuerza, aparentemente imposible de desvestir.


—Joder, se quema, —digo, apartando la olla y apagando la vitro. Ella acecha por detrás, sobándome el trasero, besando mi cuello.


—Déjalo, quiero tu cuerpo, —me dice, con un tono que bien podría estar saliendo de la furcia más atrevida de toda la ciudad y echándome mano a mis partes, que ya no están en su estado normal.


—No… si yo también quiero, cielo, —le doy un beso largo—, pero no querrás que con todo lo que pasó ayer, ahora se me queme la casa también…


Se ríe, me mira y me vuelve a besar, profunda y fuertemente, rozándose, contoneándose como una serpiente sexual. Se abre la camisa y guía mi cara hasta su canalillo, presionándola fuerte, ahogándome casi, pero me encanta, huele tan bien… ese perfume mezclado con el olor de su piel es afrodisíaco, matador, intransigente.


Salimos andando sin parar de besarnos, dirección al sofá. Tropezamos justo antes de llegar y caemos de golpe en él. Sara se ha quedado encima de mí, medio desnuda, me mira.


—¿Sabes una cosa? —Me dice, tocando la punta de mi nariz con su índice—. Siempre he querido hacer el amor en un balcón, a la vista de todos, —su mirada es una insinuación atrevida, soberbia, de mando.


—¿Y a qué esperamos?


Me levanto, con ella en brazos. Ando hasta el ventanal que da paso al balcón, abro como puedo, con una mano, casi caemos de nuevo, está delgada pero pesa lo suyo…


Al salir, una brisa fría contacta con nosotros, el sol es débil, pero nuestros cuerpos apenas lo notan, ya arden de deseo y pasión. Los coches suenan en la calle, las fincas de enfrente se ven tan cercanas, que cualquiera que mirara por su ventana podría observar el espectáculo que estamos a punto de ofrecer gratuitamente.


Se da la vuelta, bajándose los pantalones, apoyándose en la baranda, su pelo vuela al vacío. Me está mirando con cara pícara, riéndose con dulce maldad. Miro en derredor, por si hay alguien, parece que no. Me desvisto, muy rápido. La penetro tan hondo como puedo, ella grita, gime, más de una ventana se abre poco después, el grito no ha sido que digamos discreto. Veo a vecinos asomarse, señalarnos, me da igual, sigo a lo mío, pensando que estoy en mi salón, que miren. A ella parece darle igual también, sigue gimiendo y gritando sin control. Cada vez hay más público, se gira y se ríe con descaro, parece que le pone demasiado. Cada vez vamos a más, hay padres resguardando a sus hijos de tan subida escena. Gritamos juntos, llegamos los dos al clímax final, a la culminación de la locura hecha amor, al desenfreno del morbo en estado puro, a la lujuria de hacer algo que sólo puedes hacer con una persona a lo largo de tu vida. Y eso me vuelve loco, más de lo que estaba ya, esto no puede ser verdad, pero sí, no es un sueño, no, es la realidad, mi realidad. Me tiro sobre ella, todavía con mi miembro dentro, la abrazo, le beso la espalda, ella todavía se está moviendo, pero más suave. Agarra mi nalga y la empuja hacia dentro, quiere más pero lo mío ya no sube, al contrario, baja, cada vez más. Es un quiero pero no puedo, después quizás…


—Cabrón, has acabado rápido, pero, es el mejor polvo que he tenido en toda mi vida, y eso que he hecho locuras, pero como esta ninguna. Pensé que no serías capaz, me equivocaba, como muchas veces, —y escapa de mi lazo carnal.


—Ya ves, a veces has de esperar a que sucedan las cosas para llegar a ciertas conclusiones, —contesto, subiéndome el pantalón. Saludo a los vecinos y entro en casa. Voy directo a la cocina, a reanudar la cocción; es la segunda vez que dejo una elaboración culinaria a medias por culpa de los deseos sexuales de Sara. Como siempre sea así, perderemos varios kilos de peso, aunque si es por ese motivo, no me importa en absoluto.


—Bueno, ¿cómo va ese risotto? —Pregunta riéndose, medio desnuda aún—. Pensé que ya estaba hecho—. Agarra un trozo de queso, la copa de vino y desaparece por la puerta.


—¡Eh! Pensé que me harías compañía mientras cocino, —le digo en voz alta.


Aparece con su móvil en la mano y la copa en la otra, masticando queso.


—Quería inmortalizar el momento en que me preparas la comida por primera vez, —y me hace varias fotos a las que sonrío con desfachatez.


Me las muestra.


—Salgo bien, me gustan, pásamelas por whats.


—Espera, aún falta una, la más importante, —activa la cámara frontal y posa junto a mí, el obturador suena repetidas veces. Al enseñarme esas fotos, descubro que en algunas de ellas ha desfigurado su cara cómicamente; con la lengua fuera, torciendo los ojos; me encanta. Está medio loca, absolutamente imprescindible en esta vida, la locura y el sentido del humor suelto, bandido, desenfrenado, claro está, en los momentos en que proceda llevar a cabo dichas prácticas.


Me río al ver sus caras de chiste, ella ríe conmigo.


—Hagámonos una poniendo cara de mutante, —me dice, colocando la cámara en posición.


—¿De mutante? ¿Cómo se hace eso?


—Así, —gira su cara hacia mí, con más arrugas que un perro shar pei, con los ojos metidos hacia la nariz y los orificios de ésta, más abiertos que el canal de la mancha.


Estallo en una carcajada potente, espontánea, veraz. Posamos, intento poner esa cara, pero no me sale, muestra de ello queda plasmado en las nuevas fotos; a lo máximo que he llegado es a arrugar mis patas de gallo un poco y torcer los ojos, nada más, pero ella, parece haberse transformado en un alienígena nacido en un mundo desconocido, pero tan dulce y divertida, que es imposible no reír a carcajada limpia.


El agua casi desborda otra vez, esta muchacha va a conseguir que no comamos nunca, haciendo valer mis expectativas anteriores en lo de perder peso corporal.



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José Lorente.




domingo, 1 de diciembre de 2013

Perfume. Capítulo 20

—Aquí su Beronia reserva, señores, —interrumpe el camarero.


El silencio se apodera de la escena. Nos llena las copas y se retira.


—¿Por dónde íbamos? Ah, sí. Estaba en… mi clase de pilates, como todos los días, —prosigue Sara.


—Ya, claro.


—Qué.


—No, nada. ¿Y qué tal fue la clase? ¿Bien?


—Sí, genial. Aunque, ahora que lo dices… me duele un poco el cuello, creo que me pasé estirando en uno de los ejercicios. ¿Crees que podrás aliviarme? —Una mueca de sensualidad acompaña su pregunta.


—¿Yo? ¿Cómo? No soy masajista.


—No hace falta que lo seas. Seguro que hay mil formas de hacer que no piense en el dolor de cuello.


—Sí, bueno. Sé varias formas pero, todavía no te has ganado que te las muestre.


—¿Ah, no? ¿Por qué? ¿Qué debería hacer para poder conocer tu faceta curativa?


—Verás, muñeca. Quizá, ayer en el metro pude parecerte un chico fácil, pero de eso, tengo bien poco. A mí hay que ganarme, conquistarme. ¿Sabes?, una de las mejores formas de conseguir mi confianza, es mediante la honestidad. ¿Crees que podrías llegar a cumplir eso?


—¿Por qué dices eso? ¿Crees que te he mentido en algo? Tampoco me digas ahora, que no eres un chico fácil. ¿Acaso crees que no me he dado cuenta de cómo me mirabas cada día en el metro? Serías estúpido si pensaras que no era consciente de tu interés por mí.


—¿Cómo? Yo no te miraba, te estás equivocando.


—¿Ahora quién miente a quién? Lo he visto con mis propios ojos, no mientas, —una sonrisa confiada luce en su cara.


—Está bien, está bien. Me has pillado, sí, te miraba. ¿Cómo no te iba a mirar, siendo como eres de hermosa? Te miran todos los hombres, seguro. Pero, no cambies el rumbo de la conversación. La que ha mentido eres tú. Confiesa, yo lo he hecho. Ayer no estabas en tu clase de pilates, —tampoco puedo dejar de sonreír, me gusta demasiado, me domina.


—Está bien. No fui a pilates, no. Mi primo me llamó, tuvo problemas con su novia, rompieron. Siempre que tiene problemas con esa niñata, me busca para desahogarse. Estuvimos en un local de copas, hasta bien entrada la noche. Hasta que fui a buscar a mis amigas para irme de viaje y recibí la noticia del accidente.


—Ah. ¿Y por qué me has dicho que estabas en pilates?


—¿Acaso eres alguien tan importante como para darte explicaciones de mis cosas íntimas? Tú mismo lo has dicho, hay que ganarse la confianza. Como verás, yo tampoco soy una chica fácil y te estoy proponiendo pasar la noche contigo. ¿Te parece poco? —Su semblante es algo más serio ahora.


—Vaya. A esto sí se le puede llamar jaque mate, eso es lo que acabas de hacerme. Lo siento mucho. Es que… estuve en el mismo local ayer por la tarde, te vi con ese chico y pensé que me tomabas el pelo con lo del viaje y todo lo demás. Pensé que eras como la mayoría que ha pasado por mi vida, mentirosas y despiadadas. No tengo mucha confianza en las mujeres en general, aunque pienso que hay excepciones. Lo siento, me equivocaba.


—No te preocupes, hombre. Si has pasado malos momentos con chicas por culpa de mentiras y desconfianzas, es muy normal que no te fíes de la primera que pasa. ¿Por qué iba a ser yo diferente?


—¿Y por qué no?


—Vuelves a pecar de ingenuo, no te das cuenta. Soy mujer, haces bien no fiándote, acuérdate siempre.


—Señores. Sus cangrejos de río adiamantados, con salsa de ostras, —interrumpe el camarero, con el plato en una de sus manos mientras hace hueco en la mesa para dejarlo.


Esa última frase me ha hecho pensar. Me he quedado mirándola con cara de ser un hombre que se ve totalmente eclipsado, por la inteligencia de esa bellísima mujer, de ojazos multicolor y pelo dorado, que tengo la suerte de que me acompañe en la mesa para comer.


—¿Han decidido los señores qué tomarán de primer plato? —Salta el camarero, que no puede apartar la vista de encima de Sara.


—Yo sí, —contesta ella—. Tomaré unos fideos de pescado. ¿Y tú, Valentín?


Estoy ensimismado, la situación me ha dejado pensativo, tanto, que apenas puedo pensar en la comida, y eso que estaba hambriento. Dada la interesante conversación, no he tenido tiempo de mirar la carta, decido pedir algo que conozco de este sitio, por no pedir más tarde y que traigan los platos separados.


—Eh… sí. Yo tomaré chuletón a la brasa con setas variadas. Eso me vendrá de maravilla, —digo sonriendo, con mis ojos clavados en los de Sara, ella sonríe y mira la copa de vino para darle un trago, volviendo a estrellar sus ojos contra los míos.


—Muy bien, señores. Enseguida vienen sus platos, buen provecho, —concluye el camarero, marchándose—. Si desean algo, no tienen más que pedirlo.


—De acuerdo, gracias, —contesto.


—Muchas gracias, —dice Sara.


—Bueno, Valentín. ¿Me vas a decir qué es eso de cangrejos adiamantados o lo tengo que adivinar también? Tiene una pinta exquisita, y brillan, ¿eh? Como diamantes. Menudos destellos. Casi estoy pensando en colgarme uno al cuello y lucirlo por ahí, —ríe, guasona.


—Sí, disculpa. Claro que brillan, tienen un baño en una salsa a la que añaden polvo de diamante. De ahí su nombre y su brillo, es de cajón.


—Lo había imaginado, pero, ¿vamos a comer diamante? ¿Eso no será malo?


—No, mujer. Después de comerlo, tendremos un precio algo superior al normal, ¿no? La moda antigua, era llevar diamantes colgados, en anillos, relojes, pendientes y demás. Ahora ya no, ahora lo que se lleva, es tenerlos dentro, como parte de ti, —sonrío, proponiéndole un brindis con mi copa alzada.


—Qué ocurrente eres, Valentincito. Chin, chin. Por la honestidad.


—Sí, eso, y por la vida.


Ella, parece saber, que su habilidad psicológica me ha desconcertado. <<Parece que ha soltado esa frase de la honestidad en el brindis a propósito>>, pienso, mientras la miro con cara de estar acorralado por una exuberante mujer de elevada intelectualidad.


—¿Por qué me miras así? Parece que estás como pensativo.


—No, no. Te miro normal, bueno, no, te miro como se mira a una mujer que es de las más hermosas que han podido ver estos humildes ojos.


—Calla, bobo. Soy normal. Seguro que habrás estado con chicas más guapas.


—Bueno… y lo bien que hueles. Tu olor, tu perfume, es algo… maravilloso, hipnótico, tentador.


—¿Te está subiendo el vino?


—Sí, un poco.


—Se nota. Vaya frases románticas te salen, por mí no pares, ¿eh?


—Voy a parar, no vaya a ser que te lo creas de verdad, —sonrío pícaramente.


—Anda, golfo. Vamos a nutrirnos de diamantes a ver si se te pasa el vino.


—Me parece bien.


Probamos los cangrejos. Poco después llegan los platos. Más tarde, el postre y el café. Ella toma poleo, yo, café solo. Terminamos. Llega la cuenta y quiero invitarla; no me deja bajo ningún concepto y pagamos a medias, es lo justo. Nos vamos del local.


—Bueno, ¿y ahora, qué hacemos? —Pregunto, agarrándola por la cintura y dándole un pequeño abrazo, el primero de muchos que vendrán, o eso espero.


Ella responde, agarrándome por detrás de la nuca. Nos miramos de cerca.


—No sé. Podemos ir al cine, o a dar un paseo. O podemos montarnos el cine en tu casa, me da igual. Sólo me apetece estar contigo, me siento tan a gusto, —dice ella, en tono acaramelado.


—Y yo, guapa, y yo. Vayamos al cine, me apetece. Hay una peli que me gustaría ver, —contesto, medio intimidado.


—Me parece bien.


Nos soltamos, deshaciendo ese momento tan cercano y cariñoso, y vamos dirección al cine. Mi felicidad es acentuada, pocas veces alcanzable. Me fundo en alegría.



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José Lorente.


domingo, 27 de octubre de 2013

Perfume. Capítulo 15

Andamos hasta donde está aparcado el coche, el camino se hace ameno porque vamos todo el tiempo tonteando el uno con el otro. Noto el alcohol bastante afincado en mi cuerpo, pero es una borrachera alegre. A ella también se le nota bastante afectada, cuando está así, se desmelena demasiado.


Aunque, eso a mí hoy, puede que me beneficie.


Llegamos al coche, antes de montar le digo:


—¿Estás segura que estás bien para poder conducir?


—Sí, no te apures. No voy tan borracha.


—Pues yo sí que voy, y bastante, ¿por qué no cogemos un taxi?


—¡Que no! Te he dicho que voy bien, ¿acaso no te fías de mí?


Me quedo mirándola, pensando en la última vez que fui con ella así en su coche, no pasó nada, pero hubo un momento puntual en que subió medio coche por encima de una rotonda, <<¡qué demonios! Si tengo que morir hoy es porque es mi momento>>, pienso, abriendo la puerta del BMW.


Ella está arrancando, salimos y topamos con un camión de la basura que hace que nos detengamos. Estoy mirando atentamente cómo hacen su trabajo los de la basura cuando noto la mano de Sandra en la parte interior de mi muslo izquierdo, presionándome fuerte. Giro mi cara hacia ella, está riéndose, mirando al frente, sólo aprieta y frota, acercándose a mis partes íntimas.


—Pues para estar decidiendo todavía si vas a tener algo conmigo hoy, se te ve muy lanzada, ¿no? —Digo sonriendo, colocando mi mano sobre la suya y presionando un poco más. Entonces me mira y, ¡zas! Se lanza hacia mí, comienza a besarme el cuello, llega a mi oreja y utiliza su lengua para ocupar cada rincón de ésta; su mano aprieta un poco más mi muslo, sus dientes apresan mi oído con delicadeza y arrastra su lengua por mi cara hasta terminar dándome un gran beso en la comisura de los labios, al que respondo sin pensar.


—Hace rato que había decidido hacérmelo contigo hoy, creo que después de abrir la segunda botella de vino, —me dice, mirándome con deseo y moviendo la palanca de cambio del coche para salir.


—Ya lo sabía, muñeca. ¿Acaso crees que soy tonto, o qué? Sé perfectamente cuando una mujer me mira con deseo y cuando no. Aunque… bueno, realmente, uno nunca sabe si está en lo cierto, sois tan raras a veces, —replico, besando mi dedo índice y llevándolo hasta su boca al mismo tiempo que hago un sonido de silencio—. ¡Shh! No digas nada más, deja que el tiempo nos lleve por dónde quiera, vamos a disfrutar de este día que tenemos, lo que tenga que venir, vendrá. Sube la música y vamos al Night Jazz, leí anoche en Facebook, que hoy toca un músico muy bueno, te gustará.


—¡Oh! Me encanta el jazz, ese sitio es la hostia, tío. También sirven unas copas muy ricas. Escucha este tema, no tiene desperdicio, —contesta, dando volumen a la radio.


Suena una canción que conozco bien, La vie en rose, de Louis Armstrong. Siempre sonaba en los viajes que hacía con mi padre a cualquier sitio. Qué gran canción.


—Qué buen gusto musical tienes, amiga. La verdad, es un clásico de clásicos, de los buenos, sí.


—Pues claro. Conozco esta canción desde hace mucho, mi tía Roberta era fan de ese tío, siempre que iba a su casa, estaba escuchándolo con su copa de whisky en una mano y el cigarro en otra, mientras mi tío daba de comer a las gallinas. Qué tiempos aquellos. Ay, mi tía, no podía durar mucho con esa vida que se pegaba de viciosa.


—¿Murió?


—Sí. Hace cuatro años.


—Cáncer por fumar o algún problema de hígado por beber, ¿no?


—No, la atropelló un camión que se salió de la carretera y fue a parar al huerto donde se encontraba trabajando.


—Pues eso sí que es mala pata, ¿eh?


—Sí, bueno. Supongo que era su momento. A todos nos llega alguna vez. Mírala, bebiendo y fumando como una cosaca toda su vida, y va, y un buen día, recogiendo el trigo, se la lleva un camión de cerdos.


—Vaya, lo siento.


—La vida es así, querido. Mira, un sitio para aparcar. ¿Crees que cabe?


—Sí, creo que viene justo, pero entra, seguro. ¿Quieres que salga y te guie?


—No, da igual, me las arreglaré, gracias. Que porque seas hombre, no lo vas a hacer mejor que yo, ¿eh?


—Bueno, creo que discrepo levemente ante esa opinión, pero dejémoslo, ¡aparca de una vez!


Salimos del coche, entre unas cosas y otras son casi las seis de la tarde, las luces de la ciudad llevan encendidas un rato y la luz del día sólo se intuye en un pequeño resplandor azul oscuro, que asoma por encima de los edificios del oeste. Caminamos unos trescientos metros por las calles del centro hasta llegar al Night Jazz, ese local de temática musical jazz en directo, al que acudo muchas veces. La fachada es colorida y llamativa, con un cartel de luminosos fluorescentes intermitentes de color amarillo, que dan forma a una silueta de un músico de jazz tocando un saxo, del que sale el nombre del local con letra clásica. Cuesta un poco abrir las puertas por el acondicionamiento de insonorización que tiene el sitio, una vez se abren, te golpea esa música que te llena el alma, que te invita a pasar y tomar asiento acompañado de una buena copa, en uno de sus butacones de corte antiguo con tapizado color rojo de poli piel y estructura en acabados dorados.


Entramos, un camarero negro, vestido con traje blanco y con aspecto de músico, nos invita a quitarnos las americanas; se las entregamos y las cuelga en un perchero cercano a la puerta. Después, nos señala una mesa vacía cercana al escenario donde está tocando ese músico con los ojos cerrados y emocionado, viviendo la música que está creando. Sandra me coge por el lateral de mi cuello y pasea su mano hasta mi nuca, me planta un beso sensual en la mejilla y me dice:


—Eres el hombre perfecto. Ojalá pudiera tenerte para mí.


Me quedo mirándola sonriendo y contesto:


—¿Qué dices, tonta? Los dos sabemos que no funcionaría.


Nunca me ha dicho algo así, lo ha dejado caer con la convicción y sinceridad de una persona cuando está bajo los efectos del alcohol.


—Venga, cielo. Sabes que me deseas más que a ninguna, yo también a ti, conmigo serás feliz, ya verás, sólo deja que te lo demuestre, —agrega, mirándome fijamente con ojos de borracha.


Me pongo serio, está hablando sin bromear. De repente, la música del local parece haberse esfumado, sólo estoy yo y mi pensamiento más profundo. <<Se está declarando, me está diciendo cosas que nunca me ha dicho. La verdad, es una gran mujer pero, ya sé lo que quiere en su vida y eso no soy yo, no tengo lo que ella busca ni ella lo que busco yo, pero es que, está tan buena, ¿cómo puedes estar rechazando a una mujer así? Pensándolo bien, tiene muchas cosas positivas para ti, pero… no, no, no, ¡qué va!>>. —Otra de mis voces interiores irrumpe en la conversación soltando un nombre, nada más—, <<Sara>>, —dice—, <<Sara>>, otra vez. La música vuelve al instante, Sandra sigue hablándome cosas que ni siquiera escucho y mi cabeza sólo puede ordenar a mi mano que saque el móvil del bolsillo. Miro la pantalla y descubro que tengo siete mensajes de Sara.



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