Cada día, de camino al trabajo,
pasaba por un pequeño almacén provisto de un espacio exterior en el que había
varios perros pequeños. Esos perros me ladraban como posesos, todos los días
igual, aunque a mí me hacían bastante gracia porque se parecían a mi pequeño Tobby.
Cierto día, me di cuenta que sólo me ladraban a mí de ese modo. Caí en la
cuenta al ver a una persona pasar por delante de ellos antes que yo y, en el
momento de pasar yo, los perros reaccionaron como siempre, como si para ellos
la única persona que merecía sus ladridos estridentes fuese yo. Aquel hecho ya
me pareció extraño de por sí.
Otro día, uno de esos en que no se trabaja, paseaba con Tobby cerca del
almacén. Tobby comenzó a ponerse nervioso de un modo nunca antes visto por mí.
—Tobby, ¿qué pasa? ¿Qué ves? —Le pregunté, y Tobby me miró y se puso a dar
vueltas sobre sí mismo y después exhaló varios aullidos finos y consistentes.
Era la primera vez que le veía tener ese comportamiento.
Seguimos andando y Tobby, a cada paso que dábamos, se ponía más y más
tenso, quería avanzar. Llegamos al almacén, pero ese día los perros no ladraron
y Tobby, se puso a aullar más profundamente en cuanto estuvimos allí. Se paró
delante de la puerta del almacén, me miró, triste, y comenzó a aullar repetidas
veces. Y los perros no estaban, y no se les escuchaba como
