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lunes, 23 de junio de 2014

El llanto de los perros

Cada día, de camino al trabajo, pasaba por un pequeño almacén provisto de un espacio exterior en el que había varios perros pequeños. Esos perros me ladraban como posesos, todos los días igual, aunque a mí me hacían bastante gracia porque se parecían a mi pequeño Tobby.


    Cierto día, me di cuenta que sólo me ladraban a mí de ese modo. Caí en la cuenta al ver a una persona pasar por delante de ellos antes que yo y, en el momento de pasar yo, los perros reaccionaron como siempre, como si para ellos la única persona que merecía sus ladridos estridentes fuese yo. Aquel hecho ya me pareció extraño de por sí.


    Otro día, uno de esos en que no se trabaja, paseaba con Tobby cerca del almacén. Tobby comenzó a ponerse nervioso de un modo nunca antes visto por mí.


    —Tobby, ¿qué pasa? ¿Qué ves? —Le pregunté, y Tobby me miró y se puso a dar vueltas sobre sí mismo y después exhaló varios aullidos finos y consistentes. Era la primera vez que le veía tener ese comportamiento.


    Seguimos andando y Tobby, a cada paso que dábamos, se ponía más y más tenso, quería avanzar. Llegamos al almacén, pero ese día los perros no ladraron y Tobby, se puso a aullar más profundamente en cuanto estuvimos allí. Se paró delante de la puerta del almacén, me miró, triste, y comenzó a aullar repetidas veces. Y los perros no estaban, y no se les escuchaba como