Recuerdo aquella mañana de
verano; la brisa era fresca y abrazaba mi cara con esa delicadeza satisfactoria
que sólo un airecillo así puede provocar. A mi espalda una mochila con un
ordenador portátil, tres libros, un bocadillo de jamón y queso y una botella de
agua.
El callejón era peatonal, estrecho, de cabida unipersonal, con una pared
blanca a la derecha que se alzaba por encima de mi cabeza, llena de macetas repletas
de vida floral. A mano izquierda, pequeñas puertas antiguas de casas de pueblo
con fachadas blancas también. Yo iba a alguna parte de aquel modesto pueblo de
interior, no recuerdo adonde. Estaba de escapada solitaria en uno de mis
grandes momentos de creatividad absoluta; me daba por viajar a solas a pueblos
remotos, escondidos entre montañas colosales y verdes.
Una de esas puertas llamó mi atención al encontrarse abierta de par en par.
Asomé mi rostro con curiosidad y caí en la cuenta de que aquella casa no era
una casa cualquiera. Se trataba de una pequeña tienda de antigüedades, allí,
encalada en medio de la nada, en aquel callejón escondido de aquel pueblo