En un jardín
cualquiera, de una casa cualquiera, de cualquier barrio, se podía escuchar:
—Me elegirá a mí,
aunque tu pelo sea rojo y frondoso, se quedará conmigo, —decía la de pelo
blanco y cara amarilla.
—De eso, nada. No sabes
lo que hablas. No puedes comparar tu belleza con la mía, además, soy la que más
amor reparte siempre, —contestó la pelirroja.
—¡Callaos las dos! No
sabéis nada de él. Siempre que viene se queda mirándome un buen rato, me toca,
me acaricia y me huele. ¿Acaso no lo veis? —Espetó la de pelo amarillo con
aires de superioridad.
—No sois conscientes de
la realidad. Él nos quiere a todas, a veces estamos más guapas y a veces menos,
pero nos mima a todas por igual, es difícil saber por quién se decantará al
final, —agregó la de pelo morado que era la más sensata de todas.
Poco después, el
jardinero llegó, sacó sus tijeras de poda y se las llevó a todas, formando un
precioso ramo de flores con una margarita, una rosa roja, un gladiolo amarillo
y un tulipán morado para entregárselo a su amada, que acababa de dar a luz.