Nunca olvidaré aquella tarde en
la que mi hermana pequeña casi muere por mi culpa.
Corrían los años noventa. Por aquel entonces, yo tendría alrededor de unos
diez años, quizá menos. Vivía feliz en el pequeño pueblo valenciano de donde
provienen mis raíces y donde me crie, Millares. Ese pueblo fantástico y
encalado entre grandes montes. Yo era un niño feliz, hambriento de
curiosidades, siempre andaba a solas por los caminos, en busca de una de las
fascinaciones más potentes que he tenido siempre: los animales. Alucinaba con salamanquesas,
renacuajos, culebras de agua, víboras, zarbachos
(lagarto ocelado), gorriones, mirlos, águilas, halcones, ruiseñores, perdices,
tordos, faisanes, cabras monteses, gatos monteses, zorros, muflones, jabalíes,
hormigas, alacranes, lagartijas, cangrejos de río, peces, tortugas y demás
especies afincadas en esos dominios, ricos en fauna