domingo, 13 de abril de 2014

Perfume. Capítulo 40

La mañana transcurre tranquila, en mi mente sólo hay cabida para especulaciones sobre el paradero de Sandra, que a estas horas, sigue sin aparecer. Son la una y media de la tarde, he terminado de trabajar por hoy, encasquetando un par de seguros a dos de las familias con las que me tenía que reunir, parece que al llevar tanto tiempo dedicándome a esto, no hace falta estar concentrado para poder llegar a vender algo.


Me dispongo a salir del hotel. Álex, el recepcionista, me despide con uno de sus comentarios auténticos, propios de él:


—Hasta mañana, hoy no ha venido tu compañera para alegrarnos la vista… A saber qué estará haciendo, —dice, riendo, dando a entender que es algo suelta en lo que a relaciones se refiere.


Me acerco al mostrador, siguiéndole el juego, como si me hiciese gracia la broma que acaba de soltar. Una vez allí, me planto delante, apoyo mis manos en el banco, delante de él y le digo sin parar de reír:


—Sí, seguro que está follándose a alguno por ahí, —su semblante cambia al oírme decir eso, ha captado la ironía, mi cara adopta entonces matices de seriedad, mi mirada traspasa sus ojos como un tigre de bengala atraviesa un aro en llamas—. Un comentario más y hago que tus tripas sean el almuerzo de los cerdos de mi tío del pueblo, ¿entendido? —Mi cara se torna sonriente de nuevo, la suya es un poema mal escrito; le doy una palmada en el hombro, me doy media vuelta y salgo del hotel.


El día es fresco pero soleado, no hace demasiado frío. Los coches pasan por delante como una procesión de vidas ajenas locas por llegar a su lugar de comodidad. <<Sandra, Sandra y Sandra>>, se escucha en mi cabeza una voz, que parece ser de otro y no mía. <<Saraaa>>, salta otro tono de voz distinto, alargando el nombre en un susurro inquietante. Agacho la cabeza, froto mis ojos dos veces y al abrirlos, ahí están, los mini Héctors, caminando a mi lado, como si fuesen mis hijos y les estuviese acompañando al colegio.


—Lo tiene Sandra… —dice uno de ellos, que resulta tener la misma voz que ha pronunciado el nombre de Sandra tres veces anteriormente.


—Sara… —susurra otro de ellos, mirándome y haciéndome un guiño.


—No sabéis nada, son las dos… —dice otro, con tono de voz parecido a cuando alguien inhala helio gaseoso.


—¡Está bien! —Me detengo—. Basta de jueguecitos, ¿qué demonios queréis? Decidme de una vez a qué estáis jugando, —les digo, algo confuso y excitado.


Los siete mini Héctors se detienen frente a mí, mirándome con cara de enfado, como hacía el mismo Héctor cuando algo no le gustaba de mí.


—Sabes muy bien lo que queremos, lo sabes mejor que nosotros, no te andes con tonterías, —dicen todos, al unísono.


—No, no lo sé. Y quiero saberlo, ya estáis largando todo lo que sabéis, —replico, algo nervioso.


—No sabemos nada, no sabemos nada… —se ponen a saltar y dar vueltas entre ellos, como haciendo un baile indio de una tribu del profundo Amazonas.


—¡Ya está bien! —Estallo.


Los mini Héctors se esfuman dando paso a la imagen de una señora con el carro de la compra que me mira extrañada, como si estuviese pensando que estoy loco, quizá tenga razón. Tal vez Joe no esté en lo cierto en que tengo alguna clase de don especial, quizá lo que me pasa tiene algo que ver con algún desbarajuste entre mis neuronas. La señora se estira y avanza, dando a entender que desaprueba mi costumbre de discutir con el aire.


—Perdón, —le digo, rascándome el cogote.


Continúo mi paso, pensando en Sandra, en Sara y cómo no, en Howart, ese desconocido, que tiene información valiosa sobre la mujer que lleva siendo dueña de mis pensamientos durante meses, y que ahora, significa un conjunto de dudas y temores que me tienen angustiado.


Saco el móvil y busco ese nombre, Howart. Doy al botón de llamada, el tono comienza a sonar al cabo de un par de segundos.


—Sí, ¿quién es? —Contesta.


—Hola, ¿Howart?


—Sí, soy yo, ¿con quién hablo?


—Soy Max, amigo de Héctor.


—¿Héctor? ¿Qué Héctor?


—Héctor Ortiz, el chico que…


—Ah… —interrumpe—. Sí, dime, ¿qué deseas?


—Me comentó su hermana, que tienes información del trabajo que te contrató antes de morir.


—Sí, algo tengo, pero es confidencial, ¿por qué lo dices?


—Esa chica es mi novia.


Un silencio incómodo se instala en la frecuencia telefónica, después de varios segundos de tensión, dice:


—Calle Doctor Marañón, número ocho, cuarta planta, puerta diecisiete. Mañana a las cinco de la tarde.


—Pero, ¿qué sabes? —El sonido del tono de llamada terminada me deja a medias, con un vacío y una incertidumbre que sólo los más valientes podrían soportar. Me quedo mirando el teléfono, indignado. No puedo volver a llamarle porque sé que no va a contestar, sólo puedo esperar que llegue mañana a esa hora para saber más. Ahora toca ir a casa de Sandra, para ver si está allí, pero antes debo comer algo, mi estómago ruge feroz mientras las cotorras verdes cantan en los árboles circundantes de la ciudad.


Llego a su portal, veinte minutos después, presiono el botón que indica su nombre; espero, pero nadie contesta. Llega una vecina, cargada con bolsas de la compra y un chihuahua enano de color beis, con ojos saltones y morro chato. Abre la puerta y aprovecho para colarme, poniendo como excusa que voy a visitar a Sandra.


—Ah, esa chica… —me dice mientras pasa y hace entrar al perrito.


—Sí, ¿la conoce?


—Claro que la conozco, su piso está justo encima del mío, —contesta, parándose y lanzando una mirada, que bien podría estar augurando un nuevo cambio de siglo, en el que este mundo se va a acabar—. Siempre está haciendo ruido, por no hablar de sus noches de lujuria. Especialmente los fines de semana, mis hijos no tienen por qué escuchar todo eso. —Mi mente se ríe, pero mi cara no lo expresa—. Aunque este fin de semana no he escuchado nada, algo muy raro, porque ya te digo, —continúa la molesta mujer—, esa chica es una guarra y todas las semanas arma un escándalo tremendo. Seguro que tú eres uno de sus múltiples “amiguitos”, ¿verdad?


—Bueno, señora, no creo que eso sea asunto suyo… ella está en su casa y tiene derecho a hacer en ella lo que le plazca.


—¡Pero tiene que respetar a los vecinos!


—Y usted necesita una casa en el campo, —contesto, ahora sí, riendo acanalladamente.


—Eres como ella, no hay duda, —refunfuña la mujer, alejándose hacia el ascensor. Me he parado, fingiendo que trasteo el móvil para no tener que coincidir con ella en el elevador y tener que escucharla decir más estupideces sobre mi amiga.


Cuando al fin logro llegar a la puerta de casa de Sandra, toco y no se escucha nada. Decido probar a forzar la cerradura, preocupado por la extraña desaparición de mi compañera y amiga.





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José Lorente.




miércoles, 9 de abril de 2014

La cartera llena

Arturo era un vagabundo profesional, de esos que saben buscarse la vida sin necesidad de seguir el patrón estipulado por la sociedad. Su relación con el dinero era discreta, más bien pobre, nunca mejor dicho. Todo lo que necesitaba, lo encontraba buscando por los campos, pescando en los riachuelos, cuidando de las dos cabras que un mercader dejó olvidadas un día junto al lago.


    Una mañana, Arturo salió de su porche, construido con cartones, plásticos y maderas viejas, agarró su carromato destartalado y fue en busca de frutas, avanzando por aquel camino de tierra, por el que acostumbraba a andar cada mañana. Cuando llevaba caminando largo rato, algo llamó su atención en medio del camino; era un bulto de color negro, destacaba sobre la tierra seca de la senda. Al acercarse, se dio cuenta de que era una cartera de caballero, de esas que hacía siglos que no veía. Soltó el carromato, lo rodeó y con extrema curiosidad, le dio dos patadas a la cartera, como un auténtico cavernícola que encuentra una piedra de oro desconocida. Naturalmente, Arturo no era un cavernícola, conocía la vida moderna, pero de lejos, de muchos años atrás, cuando era un joven estudiante entusiasta de quince años. Lamentablemente, todo cambió para él, en el momento de la muerte de toda su familia en un accidente de vuelo, quedándose solo, teniendo que buscarse la vida de la mejor forma que se le

domingo, 6 de abril de 2014

Perfume. Capítulo 39

De nuevo en el andén, esperando mi tren. Las mismas caras, la misma gente. El tío guarro de la camisa pordiosera lleva otra ropa, la misma que alargará toda la semana, como habitualmente. La señora de gafas antiguas que siempre lee el mismo libro; una de dos, o disimula que lee, o le gusta tanto que lo está leyendo una y otra vez sin descanso, me decanto más por la primera opción, quizá sea una persona bastante retraída como para tener que estar esquivando miradas indiscretas durante el viaje. Todo es lo mismo de cada día menos la fragancia maldita de esa diva desconocida, que no vendrá esta semana. Todo parece extraño, este fin de semana ha sido para olvidar, sim embargo, también para recordar. Llega el metro, monto en él, al comenzar a moverse, veo por la ventanilla al hombre guarro, no ha subido al tren como de costumbre. Es extraño, este hombre ha estado llamando mi atención durante aproximadamente un mes, subiendo al mismo tren que yo, sentándose cerca. Hoy no ha subido y parece que le da igual, quizá hayan cambiado su horario, en cualquier caso, me alegro de que no viaje cercano a mí, me daña la vista su aspecto. Minutos después llego a mi parada. Bajo y me dirijo al hotel, pensando en Sandra.


Al llegar, todo normal. El estúpido recepcionista me saluda, como cada mañana.


—Buenos días, Max. Qué, ¿mucha juerga el fin de semana? —Su sonrisa de primate asoma, haciéndome pensar que es idiota, como siempre. Su afición a los comentarios desafortunados sigue siendo rigurosa.


—Buenos días, Álex. No preguntes, anda, —mi voz es seca, le doy la espalda y me inyecto en el ascensor. Imagino su cara de bobo, mirando cómo desaparezco, <<¿se habrá preguntado alguna vez si me cae bien?>> Es tan tonto, que ciertamente no lo habrá hecho, pensará que es el más famoso recepcionista de todos, como suele pasar con las personas de estupidez aguda, siempre creen que son los mejores en todo, lo que no saben, es que su propia ignorancia, les tiene condenados al fracaso continuo.


Duodécima planta, ya parece que huelo el aroma de Sandra empapando mi nariz, y tengo ganas de hablar con ella, de que me empache de consuelo y me llene de alegría. Giro la esquina y no hay nadie. No está, no ha llegado todavía y no es normal. Siempre llega diez minutos antes que yo, es la primera vez en dos años que no está. Saco el móvil, abro el whats app para comprobar su última conexión y de paso, la de Sara. Sandra estuvo por última vez conectada cuando yo recibí su último mensaje, también es extraño, no ha habido ninguna vez en que su última conexión haya superado las dos horas. En cambio, Sara, se conectó por última vez anoche, a las cuatro de la madrugada; a saber con quién habló a esas horas. Noto un pequeño ataque de celos al pensar que podría haber estado hablando con otro tío hasta tan tarde, conversaciones nocturnas así, sólo pueden traer cosas que no son demasiado bonitas de imaginar.


Me siento en uno de los butacones mientras observo el espectáculo visual que muestra la ventana. María, una de las camareras, trae mi café acompañado de unas tostadas con tomate y aceite, no ha hecho falta que se lo pidiera, sabe perfectamente qué desayuno cada día.


—Buenos días, María. ¿No ha llegado Sandra?


—Buenos días, Max. No, yo no la he visto. Es raro, siempre llega antes que nadie.


—Está bien, gracias, —le contesto.


Agarro el café, lo endulzo, le doy unas vueltas con la cucharilla, sorbo una pequeña cantidad y muerdo una tostada. Con la otra mano llamo a Sandra. “El teléfono móvil al que llama, está pagado o fuera de cobertura en este momento, por favor, inténtelo de nuevo más tarde”, se escucha. Comienzo a preocuparme por si le ha pasado algo. Trato de restar importancia al hecho de que Sandra no aparezca ni dé señales de vida y me centro en el trabajo. Compruebo en la agenda que tengo cuatro visitas de clientes que atender. Comienzo a organizar el trabajo sin Sandra, se me hace extraño. Media hora después, llega la primera visita; un matrimonio con tres hijos que están tan mal educados, que no pueden parar de interrumpir las conversaciones, gracias a ello no consigo concentrarme del todo en el trabajo y no logro aplicarles el seguro. Se van, estrechándome la mano. Poco después, aparece el director del hotel, Paco. Hace casi un mes que no le veo.


—Buenos días, Max.


—Buenos días, Paco. ¿Qué tal todo? —Contesto, levantándome y estrechándole la mano con fuerza, como hacen los hombres de negocios.


—Bien, todo bien.


—¿La familia bien también?


—Sí, en casa los tengo. De categoría, pero, ¿dónde demonios está Sandra?


—Eso me gustaría saber a mí. Lo último que sé de ella es un mensaje que me envió ayer por la mañana.


—¿Y qué decía el mensaje? ¿Se puede saber?


—Bueno, Paco, son cosas privadas entre ella y yo, pero vamos, que no decía nada extraño, sólo que había estado con un chico y que había pasado algo con él, que quería contármelo hoy cuando nos viéramos, nada más. Y lo más curioso, que de eso hace casi veinticuatro horas y no se ha vuelto a conectar al chat. Es raro en ella, es una chica muy sociable.


—Sí, sé lo de su última conexión. He estado intentando ponerme en contacto con ella desde ayer y nada, el móvil apagado. ¿Dónde estará?


Me quedo pensando un instante a velocidad de vértigo. No sabía que Paco se preocupara tanto por Sandra, a saber qué relación tienen entre ambos en privado, pero me puedo imaginar que, con lo buena que está ella, éste habrá tratado de persuadirla, de conseguir una aventura sexual al margen de su familia, aunque, con lo calvo que está, me niego a pensar que Sandra haya aceptado algo así. Aunque he de decir, que este hombre es un muy buen tipo, siempre tiene palabras de agradecimiento hacia ti, en las buenas y en las malas. Es un lujo tener un jefe como él en los tiempos que corren.


—Seguiré llamándola, a ver si da señales de vida, —le digo.


—Está bien, trata de vender algún seguro también. Si sabes algo me avisas, ¿de acuerdo?


—Entendido, —asiento.


—Muchas gracias, Max. Hasta la vista.


—Hasta la vista, jefe.


La soledad me invade hasta incluso en el trabajo, donde suelo estar acompañado por los encantos de Sandra, amenizando cada descanso con su bonita voz y sus historias para no dormir. Me siento vacío, esperaba recibir consuelo de ella y no ha sido así. A veces nos frustramos al esperar algo que nunca llega, y es entonces, que nos volvemos a frustrar doblemente porque ese algo no llega cuando lo esperamos, por lo tanto, casi es mejor no esperar nada y tratar de aprovechar cada instante. Trato de aplicarme esa filosofía, pero me cuesta, demasiadas emociones en pocos días, demasiados acontecimientos inusuales que serían capaces de traumar hasta al general más rudo de cualquier ejército. Para colmo, una nueva preocupación se cierne sobre mí, la repentina desaparición de Sandra.





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José Lorente.





miércoles, 2 de abril de 2014

Tú a lo mío, yo al césped

—No, no por eso voy a hacer lo que tú digas.


—Pero, escúchame. ¿Qué hay de malo en eso? Yo lo suelo hacer y no me he muerto, aquí estoy.


—Ya, pero porque lo hagas tú, no significa que yo también tenga que hacer lo mismo.


—No he dicho que hagas lo mismo, sólo que trates de intentarlo, ¿qué pierdes?


—Pierdo mi dignidad, ya lo sabes, lo hemos hablado muchas veces.


—Ya… es eso, ¿no? Como siempre, cada vez que te lo digo sales con lo mismo. Tu dignidad… tu dignidad… ¿Acaso crees que yo no me esforcé la primera vez que lo intenté?


—No lo sé, no estoy dentro de tu

domingo, 30 de marzo de 2014

Perfume. Capítulo 38

Mis pensamientos se ven interrumpidos por las palabras de Paula.


—La llamaré cómo me venga en gana. No haberla metido en tu vida, te jodes, —su tono es seco, sereno.


—Llámala como quieras en tu cabeza, pero a mis oídos, se llama Sara, ¿entendido? —Mi tono es más dominante que el suyo, siempre ha sido así.


—Vale, vale, no te enfades. Esto debe estar de muerte… —cambia de tema, sacando la comida.


Disfrutamos de una buena cena a base de sushi; me encanta este manjar asiático, tiene todas las propiedades básicas que necesita el cuerpo humano para evolucionar sano, además, tiene un exquisito sabor.


Terminamos la comida, retiramos los platos, en realidad lo hace ella, se ha empeñado en hacerlo, alegando que está en mi casa, y en calidad de invitada, le toca hacerlo. No opongo demasiada resistencia y me acomodo en el sofá, mirando el océano coralino, que hoy, no sé por qué, luce increíblemente precioso. Quizá sea porque en el salón faltan algunos objetos decorativos, o quizá porque mis ojos lo perciben así, no lo sé, en cualquier caso, estoy atolondrado mirando el vaivén de los peces en la corriente.


Llega Paula, saca un paquete de cigarrillos y se dispone a encender uno.


—Muchacha, te he dicho un montón de veces que en mi casa no se fuma, no sé por qué sigues haciendo caso omiso. Además, esa mierda te está jodiendo.


—Lo sé, pero sigo insistiendo porque al final, siempre me permites encenderlos, me quieres demasiado, ya lo sé. Y sí, me está jodiendo, pero es mi problema, como el tuyo con esa putita, también te va a joder y te empeñas en no recibir consejo ni ayuda de nadie.


Me río por lo hábil que ha estado la niña en esta ocasión, es muy inteligente, aunque ante mí, su inteligencia se ve mermada por sus sentimientos emocionales amorosos. A veces puedes ser un maldito genio y parecer de lo más tonto cuando sientes cosas tan auténticas, que pareces volar entre un mar de dudas y reflexiones que no te llevan a ninguna parte excepto a sufrir mal de amor, es la realidad, sin embargo, no desistimos nunca en buscar esas sensaciones, como el que busca un tesoro escondido en el fondo marino con más de tres mil años de antigüedad. Al final, te das cuenta de que ese tesoro es mucho más vano y ridículo de lo que esperabas, suele ser así. Con todas y con esas le contesto:


—Vale, tus problemas son tuyos, y los míos… ya sabes… Debes irte en cuanto termines esa mierda que llevas entre los dedos, —sonrío con picardía.


—Mierda, Maxi. Siempre consigues lo que quieres, ¿eh?


—Ya lo sabes, no entiendo por qué insistes tanto.


—Está bien, está bien. Me iré en cuanto termine el pitillo. Pero, ¿y si te dijera que si haces que me vaya no te paso el número de teléfono de Howart? Me dejarías quedarme un rato más, ¿verdad? —la sonrisa pícara nace ahora entre sus labios.


—¡Joder! No harás eso, pásamelo, anda… no seas mala.


—Ya te he puesto mi condición, quien algo quiere, algo le cuesta.


—Ay… —suspiro, abatido—. ¿Qué voy a hacer contigo? Está bien, quédate, pero sólo un rato, necesito descansar, mañana tengo trabajo por hacer.


—Que sí… me fumo el cigarro y me voy, sólo quería saber si era tan importante para ti hablar con ese tipo.


—Lo es… ya lo sabes… ¿para qué haces ese tipo de pruebas? Eres masoquista, te gusta torturarte.


—No, soy mujer y me gusta tener la certeza de las intuiciones que tengo. Ahora te paso el número, —contesta, sacando su móvil del bolsillo.


Después de que lo trastee durante varios segundos, el mío vibra sobre la mesa.


—Ahí lo tienes, pesado, —dice, ahogando el cigarrillo en el impoluto cenicero que tengo, (no sé por qué razón desde hace siglos), y levantándose, agarrando su bolso y esbozando una gran sonrisa. Después se abalanza sobre mí y me besa en la mejilla—. Gracias por todo, eres un cielo. Ya nos veremos. Espero que te vaya bien con la putita…


—No la llames así… —gruño—. Ten cuidado.


—Lo haré. Hasta la vista, —y desaparece del salón, dejándome en mi maravilloso mundo de soledad, en mis cavilaciones dispares y cómo no, con los mini Héctors golpeteando en las paredes de mi cráneo. Han aparecido conforme he escuchado que se cerraba la puerta de la entrada, como si no quisieran que me quedase solo, como si quisieran hacerme una compañía sobrenatural, a la que no estoy acostumbrado y no creo que llegue a estarlo. Esta vez me miran con seriedad, están ahí, delante, en el suelo del salón. De pronto, uno de ellos salta:


—Miradlo, tan solo como siempre. Tratando de eludir una pena tan grande que le corroe entero su ser, es lo que trae la soledad a veces.


Los miro y sonrío, parecen las palabras del mismo Héctor pero dichas desde un enano parlanchín con voz de ser diminuto. Y es que parece que, para mí, Héctor no ha llegado a morir del todo, muestra de ello son estas visiones tan extrañas a la par que reales.


—No le digas eso, hombre, míralo. Él nunca ha querido estar solo, pero la vida lo ha llevado a que sea así, —le contesta otro de sus clones.


—¿Qué queréis? ¿Por qué aparecéis en mi cabeza? —Pregunto, sin dejar de sonreír. Parece mentira pero la situación me resulta de lo más cómica, no como las veces anteriores, que pensaba que me estaba volviendo loco por el shock de la muerte de mi mejor amigo. Quizá, las aclaraciones de Joe, hacen que lo vea todo de otro modo. Sea como sea, sigo sonriendo al formular las preguntas.


Todos me miran, hay siete en total y cada uno de ellos muestra una expresión diferente. Después miran hacia arriba, y desparecen sin contestar, como si alguien les hubiera llamado con urgencia y llegasen tarde a algún sitio, en donde, por no ser puntual, te cae un gran castigo. Me quedo con cara de bobo, tratando de atar cabos que están más desordenados que el cajón de escritorio de un quinceañero fanático del coleccionismo de piezas estúpidas.


Vuelvo en mí, siendo consciente de que el cansancio está haciendo mella en mis ojos, me escuecen. Me levanto del sofá y voy directo a la habitación, a pasar la que puede ser, la noche de más descanso desde hace una semana, pero, con un desorden doloroso en la cabeza a la vez que desconcertante. <<Mañana será otro día>>, pienso.


Me desvisto, me embuto en el nórdico y no sé lo que es antes, apoyar la cabeza en la almohada o quedarme dormido…


Un sonido escandaloso resuena en mi mente y provoca que despierte, sobresaltado. Es la maldita alarma del despertador, que parece haber cobrado vida propia, pidiendo ser desconectada. Son la siete de la mañana y en mi cabeza ya rondan los números y características de los seguros del hotel, después, un rostro bonito amenizado por un bello cuerpo que tiene un nombre, Sandra. Le contaré todo lo que ha pasado y no creerá que mi fin de semana haya transcurrido así. Pensará que estoy bromeando, cómo suelo hacer, después se dará cuenta que hablo en serio y buscará la mejor forma de consolarme, cómo sólo ella sabe hacer. Sara aparece después de Sandra, pero su recuerdo es incierto, como de un sueño confuso, la desconfianza me está llevando a contraer mis sentimientos hacia ella, buena prueba de ello es, que es la primera vez en semanas, que su imagen no es la primera en aparecer en mi mente nada más despertar.


Me levanto, me aseo, me pongo el traje de batalla y salgo hacia el trabajo. Una nueva semana me espera, llena de labores y compromisos.





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José Lorente.




miércoles, 26 de marzo de 2014

Carta de un admirador virtual

Y entonces te vi, comprobé que no eras esa chica extraña con la que había cruzado cuatro vagas frases mediante la mensajería de una red social. Tu imagen me transmitió cosas que ni siquiera yo puedo entender. En ese momento no tenía la certeza de que esa imagen de ti fuera la que en realidad es, tenía cierta incertidumbre por no saber quién eras realmente, por otro lado, si esa de la foto eras tú, el cielo me quería regalar tu sonrisa cada cierto tiempo en forma de imágenes de ti.


    El tiempo puso las cosas en su lugar, poco a poco, esa incertidumbre fue dando paso a una certeza cargada de dulzura, de miradas profundas, serenas y llanas. A esas alturas ya no cabía duda de que eras esa mujer que era capaz de despertar cosas en mi interior, sensaciones que muy pocas han logrado, aun estando distante y sin tú saberlo, lograste trasladarme a tus pies. Eso es algo que yo nunca entenderé, pero es que los sentimientos son tan caprichosos y misteriosos, que si los entendiéramos perderían todo su encanto, no sería lo mismo si pudiéramos decidir qué personas serán especiales en la vida. Todo es un ir y venir de circunstancias, de causalidades inquietantes y no casualidades, que te llevan a conocer personas sin apenas explicación. Y tú eres eso, una persona que conozco exiguamente, pero con la que tengo la impresión de haber compartido media vida, escuchando tus risas y penas, sólo leyendo tu mirada. No sé nada y sin embargo lo sé todo. Estas palabras tenían que ser escritas para que tú las leas y te sientas tan especial como eres, tanto, que eres capaz de provocar sentimientos en personas con las que no has compartido más que varias publicaciones, que dejan entrever parte de tu vida